lunes, 15 de marzo de 2010

LO MEJOR DE LETRAS LIBRES

Letras Libres - Antiguos:

When men cease to explore they will cease to be men./ Memes or units of knowledge such as gossip, jokes and so on are to culture what genes are to life. Biological evolution is driven by the survival of the fittest genees in the gene pool, cultural evolution may be driven by the most succesful memes, this is because our cultural life is full of things that seem to propagate virus-like from one mind to another: tunes, ideas, catchphrases, fashions, ways of making pots or bulding arches. The word meme (rhymes with cream) was coined for these self-replicating units of culture that have a life of their own. Some think of the mind as a seething hotbed of meemes.// Bill Gates´ rules: 1. Insist that communication flow through E-mail, because power comes not from knowledge kept but from knowledge shared./ I think my most important job is to listen for bad news and then act on them. 2. Study sales data on line to share insights easily, because "knowing your numbers" is a fundamental precept of business; you can digitaliza stock and sales figures, going digital changes your business. 3. Let everybody, from the line employee to the high-level executives know about business data, an immediate constant flow and rich views of the right information. A new level of information analysis that enables knowledge workers to turn passive data into active information, information as a verb. 4. Use digital tools to create virtual teams: A collaborative culture, reinforced by information flow makes it possible for smart people all over a company to be in touch with each other. When you get a critical mass of high-IQ people working in concert, the energy level shoots way up. You are managing data, documents and people´s efforts. Your aim should be to enhance the way people work together. Digital tools are the best way to open the door and add flexibility. If the right people can be working on the issues within hours instead of days, a business obtains a huge advantage. 5. Convert every paper process to a digital process: "Paper consumption is a symptom of a bigger problem, though: administrative processes that were too complicated and time ntensive. Using intranet to replace paper forms produces striking results. When employees see a company eliminate bottle necks and time-draining routine administrative chores from their work days, they know the company values their time, and wants them to use it profitably. 6. Use digital tools to eliminate single-task jobs: One-dimensional repetitive work is exactly what computers, robots and other machines are best at, and what human workers are poorle suited to and almost uniformly despise. 7. Create a digital feedback loop:




Letras Libres - Diciembre 2009 - No. 132.

El uso del tiempo moderno permite cada vez menos el sosiego y la reflexión./ La desigualdad del automóvil y como degrada el espacio urbano. El auto, como la finca a orillas del mar, su beneficio: que la masa no puede poseer uno./ En su propósito el auto es un bien de lujo - el lujo por definición no se democratiza, si todos lo tienen ya no es lujo./ La Democratización admite sólo la solución colectivista - esta solución entra en conflicto con el lujo de una minoría a expensas del resto./ Un auto, como una finca con playa, no ocupa acaso un espacio que escasea? ¿Acaso no priva a los otros que usan las calles (peatones, ciclistas, autobuses)? ¿No pierde todo su valor de uso cuando todo el mundo usa su auto? / Demagogos piden que cada familia tenga al menos un coche./ El auto no es sagrado, es un lujo antisocial./ El automovilismo de masa materializa un triunfo de la ideología burguesa: la creencia ilusoria de que cada individuo puede prevalecer y beneficiarse a expensas de todos los demás./ El egoísmo cruel del conductor que ve a los otros como obstáculos, el egoísmo cruel del conductor que ve a los otros como obstáculos, el egoísmo de una conducta burguesa. / El auto es un objeto de lujo desvalorizado por su propia difusión./ El auto extiende la diferencia de clases a la velocidad./ Paradoja del automóvil: "Independencia" de desplazamiento e itinerarios vs. una dependencia extrema a comerciantes de la carburación, lubricación y autopartes para alimentar el coche o reparar averías./ El auto establecía con el conductor un vínculo de usuario y consumidor y no de poseedor o amo, con los anteriores medios de transporte. Era dependiente de terceros./ Los magnates del petróleo -promovieron difusión del automóvil- todo mundo sería cliente de los petroleros - el sueño de todo capitalista - monopolio por una dependencia de una fuente de energía para su locomoción./



Letras Libres - Febrero 2010 - Año XII - Número 134

La medicina no es ciencia, es un arte. - Francisco Gonzáles Crussí: Si la medicina es una ciencia, ¿entonces xq existen diferentes protocolos médicos, y xq lo que funciona en un paciente puede no funcionar con otro? Que el instrumental tecnológico mediante el cual los pacientes son sometidos a exámenes complejos; q estos arrojan resultados numéricos –¿y qué mejor prueba del carácter científico que su expresión matemática? Con la imagen del médico, en una bata blanca, según la imagen popular del científico. La gente piensa q la medicina usará los medios propios d la ciencia, lo cual es correcto, y q ella misma es una ciencia, la “ciencia médica” lo cual no es correcto. Me refiero a la medicina clínica, el médico frente al enfermo. Nadie puede negar q los avances de la medicina y la tecnología d diagnóstico se deban al progreso científico. Pero la referencia es al encuentro entre enfermo y el médico./ La ciencia es una actividad humana que se esfuerza por obtener una representación de la realidad libre de todo valor personal, de todo prejuicio cultural, de toda preferencia individual o parcialidad de cualquier tipo; es decir, una visión del mundo tan objetiva como sea humanamente posible./ El científico observa fenómenos, advierte similitudes., y abstrae una generalización q le sirve –tras cotejarla con los hechos observados– para comprender casos semejantes en el futuro. Al científico no le interesa el evento concreto; ni la singularidad d lo individual; lo q le importa es la generalización comprensible. Usando observación y experimento, se esfuerza por probar q sus conclusiones corresponden a la realidad. (El concepto d realidad: tema controversial filósofico, hasta se ha negado q existe) Para entonces integrar sus conceptos en su sistema lógicamente coherente, en su propia disciplina científica./ La ciencia tiende a aumentar el acervo de conocimientos: esa es su característica fundamental./ Si cada médico fuera un investigador científico, el cuidado d cada paciente sería para ellos un experimento. Pero el científico es, por definición, un observador imparcial: jamás desearía perturbar las condiciones del experimento, xq no quiere, de ninguna manera, enturbiar los resultados. En esas condiciones, lo que al paciente le pase no es d su principal incumbencia; después d todo, la finalidad principal es adquirir mayor conocimiento, no aliviar el sufrimiento del enfermo./ Adviértase la diferencia d enfoque: para el científico, tratar a un paciente sería evaluar o analizar la efectividad d un tratamiento; para el médico, mejorar el estado del enfermo. Los valores de la medicina se cifran en su altruismo, en su orientación hacia el alivio del sufrimiento y la curación de las enfermedades. Estos no son los valores propios de la ciencia./ La diferente disposición del científico y del médico: Aquel quiere saber, y la adquisición del conocimiento puede convertirse, en una obsesión d perseguir, a cualquier costo, la respuesta q busca. Pero en la práctica médica son muchas las preguntas q quedan sin respuesta. La terapia q curó a uno falló en otro, no obstante la semejanza d sus respectivas circunstancias. Los síntomas d un paciente aparecieron cuando menos se esperaban; los de otro más desaparecieron sin que pudiera aducirse una razón lógica. Una mente científica se desespera ante tantas preguntas irresueltas; clama por más investigaciones, mejores teorías y renovados experimentos. La incertidumbre lo atormenta; la frustración es constante./ El médico, en cambio, adopta una actitud diferente. ¿Los síntomas desaparecieron sin explicación aparente? Qué más da, el paciente ahora se siente mejor. ¿Hubo muchas manifestaciones ininteligibles? Paciencia. No será la primera ni la última vez q esto suceda; pero la ignorancia de la causa de los síntomas se compensa con la posibilidad d aminorar su violencia. En suma, el interés fundamental es el bienestar del paciente. Es deseable una mayor comprensión d su enfermedad, desde luego; pero, en último análisis, “lo que importa es que el enfermo se componga”./ Hay otra diferencia fundamental entre el enfoque médico y el científico. El ideal d la ciencia en su totalidad es construir un sistema monístico de validez universal. Llegar a formular una sola ecuación capaz de explicar todos los fenómenos del universo y que sin embargo cupiera en “el frente de una camiseta”. La ciencia camina d generalización en generalización hacia un ideal unitario en el cual la enorme multiplicidad de las cosas del mundo, con su inconcebible sucesión de fenómenos únicos y diferentes entre sí, pudiera simplificarse, y organizarse bajo un solo orden racional. Este muchos lo ven como un sueño, como algo q no es realizable. El ideal científico sería llegar a explicar todo mediante criterios valederos para cualquier rama del saber./ Sin embargo, el médico tiene q entendérselas con seres humanos, y los seres humanos no son “generalizables”. Un apotegma que viene desde la antigüedad clásica dice que “no hay enfermedades, sólo hay enfermos”. La experiencia d la enfermedad nunca es idéntica de paciente a paciente; cada uno la sufre d acuerdo con su única e irreemplazable individualidad./ Notaba Aldous Huxley que el físico o el químico, en cuanto ser humano, vive en ese mundo mudable, caótico y deleznable; pero en cuanto científico habita otro mundo muy diferente. No el mundo d la diversidad y la singularidad, sino el mundo de las cualidades regulares y cuantificables./ Ningún concepto puede considerarse propiamente científico hasta tanto no pueda expresarse matemáticamente. ¿Y quién podrá medir los fenómenos específicamente humanos? El médico, entonces, se ve reducido a la vergonzante admisión de que no le interesa el ser humano en su totalidad, sino únicamente los aspectos orgánicos, o bien debe aceptar que su campo no es científico, puesto que se ocupa de lo que no es mensurable./ Un ejemplo es el dolor. ¿Cómo medirlo o cuantificarlo? En el S. XIX, la “metromanía” : medir absolutamente todo. La medición del dolor no fue una excepción, y para ello se concibieron ideas desquiciadas: Clasificación del dolor d acuerdo con los tonos de modulación d las quejas del sufriente, o descubrir el órgano corporal afectado según los gritos q el paciente emite, ¿por qué no observarlos tal como se observan los que corresponden a los caracteres y a las pasiones? Con esa pregunta se aludía a otra boga q cundió durante los siglos XVIII y XIX (y q perdura hoy, pero sólo al margen d la medicina oficial), la “fisiognomonía”, la pseudociencia q pretendía distinguir el carácter, el temperamento y toda la psicología d una persona mediante el estudio detallado d sus rasgos faciales./ La ciencia, en su proceder metódico y sistemático, trata de reducir todo a número y medida: su análisis tiene que ser reduccionista; así lo exige su naturaleza. Pero no puede indagar con un instrumento d evaluación lo que significa ‘ser humano’./ Los criterios normativos d la ciencia son perfectamente claros e invariables: la manera correcta de efectuar un procedimiento se reconoce porque produce resultados exactos y reproducibles. Análogamente, se supone q una “ciencia médica” establece las maneras correctas para diagnosticar y tratar las enfermedades, y q estas disposiciones son aceptadas y respetadas por la comunidad científica a nivel mundial, hasta tanto no sean refutadas por el método científico. Pero en la medicina clínica interviene el prejuicio, la parcialidad, el apego excesivo a valores sociales, el chovinismo nacional y el subjetivismo: en suma, todo aquello q se considera fundamentalmente anticientífico. Ejemplos: Se han descrito enfermedades aceptadas por el gremio médico d un país y descartadas en otro. Como la “espasmofilia”, contracciones musculares espásticas acompañadas d hiperventilación y ansiedad, es una enfermedad q ocupó la atención d la medicina francesa. Se le excluyó formal y definitivamente d otras latitudes. Es, como alguien observó, un “diagnóstico francés”. Obviamente, los franceses no son fisiológicamente diferentes de los habitantes de otros países europeos; las diferencias son de naturaleza cultural./ En Francia se recurre a formas alternativas d medicina q en otros países se relegan o se exceptúan. Médicos alópatas recomiendan homeopatía. En contraste, en Estados Unidos se piensa q es charlatanería./ La medicina oficial francesa (y la d otros países europeos) aprueba el uso de aguas termales y baños en manantiales. En la medicina oficial americana, en cambio, fontanas y alfaguaras (= manantial copioso q surge con violencia) ocupan un lugar reducidísimo; los médicos no incluyen este recurso en sus recomendaciones terapéuticas, pues opinan q su efecto es puramente psicosomático./ Los mismos síntomas pueden recibir un diagnóstico diferente según donde resida el paciente. Cifras de presión arterial que en Estados Unidos se consideran anormalmente altas, y q deben tratarse, serían adjudicadas d carácter dudoso o “limítrofe” (borderline) en el Reino Unido, donde no se daría ningún tratamiento. De modo semejante, una presión arterial baja (hipotensión) con ausencia d síntomas no se considera anormal. Al contrario, la consideraría como un factor favorecedor d longevidad. Pero en Alemania recibiría tratamiento con fármacos. En Alemania hay una obsesión por el corazón: las medicinas se recetan con inusitada frecuencia y a dosis mayores q en otros países./ Hasta las pruebas de diagnóstico más impersonales y automatizadas están sujetas a interpretación subjetiva. Desacuerdos entre radiólogos leyendo un mismo mamograma o entre patólogos leyendo al microscopio un mismo tejido d biopsia./ La medicina en Estados Unidos se ha distinguido por ser “agresiva”. Hay una tendencia a intervenir activamente bajo cualquier circunstancia. Esto influencía a México. La vecindad con US, especialistas mexicanos entrenandose allá son factores q explican por qué los problemas d la profesión médica comunes en ambos países./ “Agresividad” médica estadounidense: 2% de mujeres con una histerectomía, remoción completa del útero. En Inglaterra la mitad d ese número d histerectomías; todavía menos en otros países europeos. Una mujer con “miomas” o “fibromas” del útero (tumores benignos de la matriz, frecuente causa d sangrado) tiene mucho más probabilidades d ser sometida a una histerectomía total en Estados Unidos q en Europa. La histerectomía total con remoción completa d ambos ovarios, una vez q la mujer había tenido familia esos órganos resultaban “inútiles” –pero había q administrar hormonas ováricas a la paciente durante años después de la cirugía./ El prejuicio y los valores culturales: En US las mujeres minoritarias y destituidas, como las negras y las hispanas, son operadas con mucho mayor frecuencia q las mujeres blancas d clase media o acomodada./ El lenguaje en q se formula la nueva directriz conservadora es belicoso: “la guerra contra el cáncer”, y la enfermedad o la muerte como “enemigo”../ Era mejor tratar d sustituir el tratamiento farmacológico con medidas d vida sana, como bajar d peso, dejar d fumar y vigilar la dieta./ El desarrollo d una nación en referencia a la forma d curar sus enfermedades: La importancia desmedida q los alemanes conceden al corazón (electrocardiogramas) se relaciona con el simbolismo d este órgano y el papel descollante q la nación germánica tuvo en el movimiento romántico del siglo XIX. La importancia q los franceses conceden al “terreno”, es decir, a las condiciones del individuo en quien se desarrolla la enfermedad, sería consecuencia del cartesianismo, con su dualidad cuerpo-alma, cuya historia se enfatiza grandemente en el sistema escolar francés. En cuanto a la agresividad americana, se ha dicho q Estados Unidos evolucionó gracias al tesón d generaciones d inmigrantes, sobre todo europeos, quienes tuvieron q dominar el “oeste salvaje” y bastarse a sí mismos como pioneros en condiciones adversas. Fue así como surgió un espíritu nacional combativo y propenso al ataque. Pero este espíritu no es perjudicial, también tiene un lado positivo: es un estímulo para la innovación y la investigación, en la cual US es líder./ La medicina no es ciencia. Sus doctrinas y procedimientos cambian d país a país y su práctica está profundamente influenciada por actitudes y valores personales, modas y prejuicios./ La tarea intelectual del médico debe ser doble: entender la enfermedad y entender al paciente. El encuentro con el enfermo constituye un reto: la enfermedad se manifiesta con síntomas, le corresponde al médico dotarlos d un sentido, y esta atribución es un proceso subjetivo restringido por el conocimiento, la experiencia y la habilidad del facultativo. A cada paso acecha la incertidumbre; los signos pueden ser caprichosos, mentirosos, delusivos: las heces fecales d color negro pueden significar sangrado gastrointestinal alto, pero también puede ser q el paciente haya tomado salicilato de bismuto o q comió nabos verdes. Todo depende. Una diarrea en un joven sano habitualmente es algo trivial, pero en un anciano puede anunciar una oclusión intestinal d pronóstico grave. El contexto en que aparece cada signo es de gran importancia, tanto para el diagnosticador como para el enfermo. Una infección en una uña de la mano tiene una resonancia mental mínima para un gerente d banco, pero es devastadora en un pianista d concierto. La interpretación médica d los sintomas es una inferencia, y en cuanto tal está estragada por la duda./ Por tratar d escapar al peligro dla interpretación subjetiva, la medicina moderna ha caído en el otro extremo, q es el d tratar d convertirse en una disciplina puramente cuantitativa. La ironía es q eso equivale a suprimir al sujeto como ser humano viviente y multifacético. Antes se estudiaba el paciente con cáncer; hoy se estudia una serie de “marcadores” bioquímicos –sustancias cuya cuantificación permite pronosticar la progresión del tumor. Antes se examinaba el paciente con una enfermedad hereditaria; hoy se escruta minuciosamente su genoma, simbolizado en papel por columnas d rayas paralelas. Antes, en un hospital de enseñanza, el médico, en su papel de profesor y acompañado d sus estudiantes, visitaba a los enfermos, se detenía a charlar con cada uno d ellos y, tras solicitar su anuencia con la debida delicadeza, demostraba maniobras d interés diagnóstico o terapéutico para la edificación d sus educandos. Hoy en los más afamados hospitales universitarios la visita consiste en una brevísima conversación con el afligido y una detenida consideración d los resultados de laboratorio. Profesor y estudiantes discuten cada cambio en los análisis d laboratorio. A todo esto, el paciente se pregunta: “¿Y yo?” Imposible culpar a los médicos d negligencia: vienen regularmente y despliegan una encomiable atención a los reportes y las notas del expediente. A medida que la medicina se va haciendo cada vez más precisa, más cuantitativa y, en una palabra, más “científica”, el enfermo se va sintiendo más y más solo. Hoy la información se multiplica. Internet pone al alcance del público una masa inmensa d datos. La tele informa sobre nuevas drogas, mejores tratamientos y técnicas quirúrgicas novedosas. Este diluvio d información es a un tiempo bendición y maldición para los pacientes. Una persona cae enferma d cáncer y se entera d los posibles beneficios q puede recibir d drogas q acaban d salir al mercado, d regímenes d radioterapia recién diseñados y d cirugías prometedoras. ¿Qué tratamiento escoger? Los expertos no saben. “Estamos en la frontera del conocimiento médico”, dicen. Y agregan: “Es usted quien debe escoger. La decisión es suya.” Y el enfermo, cansado, y apesadumbrado, expresa su desconsuelo: “¡Pero si yo no soy médico! ¿Cómo voy a saber qué escoger?” / El progreso médico impone al enfermo nuevos pesares y cargas insólitas. Ante se veía al médico como la suprema figura de autoridad. La relación médico-paciente era comparable a la d los vasos comunicantes. Para que el líquido que contienen pueda fluir del uno al otro, es necesario que estén a diferente nivel el uno del otro. En esta metáfora el líquido es la vis curativa. Y el médico, naturalmente, es el vaso en la posición superior, puesto q el enfermo pide ayuda, contrito y necesitado, mientras q el médico, es quien ha d proporcionar el socorro q se le pide. El desnivel se consideraba esencial: si no existiera, la fuerza curativa encontraría dificultad en pasar d un recipiente al otro. El médico debía, necesariamente, estar arriba. Era él (en su mayoría eran hombres) quien sabía y decidía. Pero esta actitud autoritaria y paternalista se hizo sospechosa. En efecto, era una forma de opresión contraria al espíritu libertario, y se prestaba a abusos. La gente protestó. En los países industrializados el paternalismo médico fue seriamente erosionado. Los pacientes quieren sentir q tienen cierta medida d control sobre la aflicción q los aqueja. Pero la plétora d información los abruma y los confunde. En su mayoría no están preparados para hacer la decisión q se les pide. Gran parte d la información q obtienen es incompleta, falta d confirmación o errónea. El autoritarismo paternalista del médico se ha debilitado. Pero su papel de guía y experto es hoy tan deseable como ayer./ Los avances d la informática hacen posible la transmisión expedita d datos./ Los estudiantes de medicina aprenden cada vez más junto al monitor electrónico que a la cabecera de la cama del enfermo./ Los clínicos formados a la vieja usanza protestan.: El cuerpo humano, dicen, es un libro de texto que cambia constantemente y que debe ser inspeccionado, auscultado, manipulado y percutido atentamente de acuerdo con la venerable tradición del “examen físico completo”. La habilidad para ejecutar estas maniobras se va perdiendo poco a poco en los países con mayor avance tecnológico. ¿Qué caso tiene si hay máquinas d ultrasonido q pueden decirnos, al momento y con mayor precisión q la mano, si existe, o no, un quiste en el ovario, si la tecnología actual –el ecocardiograma, la resonancia magnética, la tomografía computarizada– produce imágenes q retratan la anatomía d las válvulas cardíacas con asombrosa claridad, y nos informa d su estado funcional con un detalle y una precisión antes inimaginables? / Los maestros clínicos “a la vieja usanza” aducen razones técnicas y prácticas para no olvidar los procedimientos tradicionales del examen del enfermo. Advierten q nada sustituye el examen experto y reiterado; q a veces el olor del cuarto le sugiere al médico sagaz una nueva línea d investigación diagnóstica; q una observación o comentario d un familiar reorientan el pensamiento del médico; q por omitir el examen frecuente del paciente se dejan d ver importantes signos y síntomas d aparición reciente; q hay manifestaciones físicas q no son reflejadas por ningún examen d laboratorio; y, en fin, q está demostrado q el médico q prescinde del examen físico del enfermo tiende a ordenar pruebas d laboratorio innecesarias, contribuyendo así al alto costo d la atención médica. Se arguye también q el médico debe estar preparado para ejercer su profesión en cualquier circunstancia, y siempre es posible q la vida coloque al galeno en un medio carente d sofisticados aparatos tecnológicos y, en ese caso, deberá confiar en la información recogida por sus sentidos./ El exámen físico del paciente es un verdadero ritual, con todo el valor simbólico de los ritos o ceremonias. Su impacto psicológico no puede descuidarse: el paciente se da cuenta de quién es el médico que prefiere alejarse de su contacto y quién es el profesional que se acerca a él sin temer ni rehuir su contacto y está genuinamente interesado en proporcionarle alivio. Se establece así un vínculo entre dos seres humanos, la antiquísima relación médico-paciente en su forma más excelsa y respetable. / La cama del paciente es territorio sagrado: el espacio donde un ser humano puede tocar, palpar, manipular, auscultar a otro –actos q fuera d este contexto pudieran incriminarse como delictuosos– con un fin puramente altruista, al q nadie puede imputar falta, crimen o maldad./ Salvador de Madariaga dijo: Si el ser humano no es más que un ser biológico, y la biología no es más que un conjunto de leyes fisicoquímicas, entonces debe ser posible construir una biomedicina. Una especie de “mecánica biológica”, cuyas leyes rigen el funcionamiento y condicionan la reparación de las partes de la máquina humana. En ese caso, podríamos hablar de una “ciencia médica” y la tarea del doctor consistiría en adquirir un vasto conocimiento de las leyes de esa ciencia para aplicarlas de manera uniforme, y por así decirlo automática, con poca participación de su criterio personal. Pero si, por el contrario, el ser humano es sobre todo y principalmente un ser vivo en cuya especie cada individuo es nuevo y original, un ser fuertemente influenciado por facultades ultrafísicas –mente, espíritu, intelecto, emociones–; entonces la medicina sería un arte o artesanía que se aplica en cada individuo concreto. / La medicina clínica no es una ciencia, es un arte..// La Mosca - Antonio del Toro: Al salir del portal - un solemne me obliga - a la primera sonrisa - educada, - pero d pronto, - me distraigo - y aflora mi cara de idiota: - es q la mosca - me llama con su vuelo - insistente, - q me absorbe - con más fuerza - q el vuelo silencioso - y ondulado d la mariposa. - La urbanidades me cansan, - me obligan a un esfuerzo - d hipocresía. - La mosca, - no vive del aire, - vuela d uno a otro - excremento, - pero el ruido d su vuelo - me devuelve - al sol de la broma y el juego. - Cuando debo sonreír, - sonrío, - pero no entiendo - por qué sonreír en ayunas - de placer y disfrute; - la mosca, - con su vuelo ladino y pegajoso, - interrumpe reverencias y zalamerías, - entonces y sólo entonces, verdaderamente, sonrío - e, incluso, me vence - la risa franca.// Hospitales: lo viejo y lo nuevo - David Rieff: Durante meses David Rieff observó la heroica manera en q su madre, Susan Sontag, enfrentaba el cáncer. De esa experiencia surgió su libro: "Un mar de muerte". Las coincidencias entre el hospital, el asilo y la prisión./ Internet da a los pacientes hospitalizados y a sus familiares un acceso sin precedentes a fuentes de información médica. Pero el conocimiento médico es un conocimiento cada vez más especializado y, por ello, para quienes no son doctores es cada vez más difícil de dominar. El q un lego, aun con un nivel aceptable d conocimientos sobre biología y el suficiente ingenio para saber distinguir los websites fundados en hechos d aquellos, mucho más numerosos, q se fundan en engaños, pueda evaluar realmente lo q está leyendo no es demasiado creíble./ “La historia de los anhelos y la historia del destino, y la tragedia es que la razón humana nunca ha aprendido a distinguir entre las dos”. / Un cínico avezado diría q es fácil decir eso cuando se goza d buena salud, pero no se puede esperar q un paciente q languidece en una cama d hospital con una enfermedad posiblemente letal, o los familiares q albergan esperanzas, miren la vida con tal frialdad./ El practicante d la ciencia médica está protegido por una delgada capa d hielo alrededor del corazón, tan importante para el ejercicio d su vocación. Sin esta protección, serían gente q camina sin piel../ Para el médico, el hospital es su lugar de trabajo. Para el paciente o el familiar, es casi siempre un recinto de dolor, el escenario de nuestro comienzo y nuestro final./ La mayoría d los hospitales en el mundo desarrollado son mucho menos autoritarios y carcelarios q hace una generación. Ni siquiera estas instituciones pudieron evitar la transformación d la interacción humana producto dl ataque generalizado a los emblemas obvios d jerarquía social en Europa y Norteamérica. / La descolonización del hospital: Lo q ha estado sucediendo en el hospital es la desacralización fundamental de la relación médico-paciente. La frontera entre estilo y sustancia, como entre forma y fondo, es bastante porosa./ Este cambio ha sido provechoso porque, las normas previas q gobernaban las relaciones entre médicos y pacientes eran abominables para quienes no estuvieran cómodos con las rutinas dla obediencia y la abyección. Los deseos d los pacientes eran irrelevantes, simplemente tenían q obedecer. Disentir era una invitación a la represalia, aunque esta tomara la forma d la negligencia; una distinción q para quien padece dolores constantemente no es ninguna atenuante./ Pero en hospitales en cualquier barrio pobre d cualquier ciudad europea o norteamericana, los viejos hábitos deshumanizantes d control y dominación siguen tan vivos como siempre./ En retrospectiva, el modelo tradicional del hospital se asemeja mucho a una versión benigna del colonialismo europeo del siglo XIX. La medicina ha tenido un papel central en el trabajo d los misioneros en África y Asia, así como en el proyecto colonial europeo: Curaban para que los invasores no se contagiaran./ El buen colonizador actúa pensando en el bienestar dlos colonizados y por eso trae consigo dinero, tecnología y conocimiento q el colonizado no habría disfrutado d otro modo. Pero el colonizador no tolerará ningún tipo d oposición a la implementación d estas mejorías d acuerdo con sus propios planes. El colonizado tiene q ser un receptor pasivo d estos beneficios y nada más. Del mismo modo, la estructura del hospital, aunque dispuesta d tal modo q al final busca el beneficio del paciente, estaba organizada en función d lo que los médicos y administradores creían q eran los mejores modos d hacer. El problema era q el personal rendía cuentas ante los administradores d las instituciones y las sociedades médicas, y no ante los pacientes y sus familias./ En un proceso histórico q tiene más d un paralelo incómodo con la descolonización, este viraje en las actitudes occidentales a lo largo del último medio siglo hacia una medicina mucho más respetuosa d la autonomía humana d los pacientes ha resultado en un estilo d hospital en el q, por lo menos, existe un simulacro de igualdad sostenible entre personal médico y enfermos./Hasta entrados los años setenta, en Estados Unidos se consideraba escandaloso q un enfermo al q se le sugería una intervención quirúrgica para lidiar con un cáncer buscara una segunda opinión en otro hospital. En estos casos, los cirujanos se comportaban como si los enfermos cometieran un acto d lesa majestad. Hoy es mucho más común, si no es que la norma, q los doctores por iniciativa propia recomienden q los enfermos den ese paso hacia una segunda opinión./ Es claro q aún hoy hay corrientes opuestas. El área de urgencias de un hospital es por definición y por necesidad una institución autoritaria, y los doctores y enfermeras que ahí laboran tienen que tomar decisiones de vida o muerte en las que, en términos prácticos, el paciente o quienes lo acompañan no intervienen. También es el caso con algunas enfermedades contagiosas –la tuberculosis es el ejemplo histórico y, con la amenaza d la tuberculosis resistente a fármacos– ante las cuales el doctor tiene no sólo el derecho sino la obligación ética y legal d actuar como policía además d cómo médico. En la mayoría d los casos la metáfora d la descolonización sí se aplica, aunque sea parcialmente, a la transformación hospitalaria. El problema es q, como con la descolonización, el resultado d lo q ha sido un notable cambio en las relaciones médico-paciente –sobre todo dentro del hospital, pero también en la práctica privada d cada médico– ha sido en general más neocolonial q emancipador. Pero es aquí donde esta metáfora colonial toca lo q en el ejército se llama su límite d explotación. El colonialismo, a pesar de la nostalgia endémica que suscita, fue una empresa criminal. La esencia del colonialismo era la ganancia y no la filantropía. / El hospital, incluso en su encarnación más autoritaria, es justo lo q convencionalmente propugna ser: caritativo primero q nada. El colonialismo no era necesario, en cambio siempre necesitaremos hospitales./ Los doctores obtienen un gran estatus social y, en Estados Unidos, una gran cantidad d dinero por el ejercicio de su profesión (las enfermeras, son mucho menos recompensadas). / Mientras la mayoría de los profesionales burgueses cargan con algún tipo de asistente digital personal, sólo una pequeñísima parte de los mensajes recibidos por ahí son de vida o muerte./ Aquellos inclinados a minimizar los rigores inherentes al servicio médico harían bien en preguntarse si ellos podrían mantener sus vidas privadas, sus responsabilidades familiares e intereses en orden al ser sometidos a semejantes exigencias d tiempo./ Sería ingenuo pensar q la empatía en un hospital se puede enseñar en un salón d clases como si fuera anatomía./ Revalorar la importancia institucional del trato gentil y respetuoso a los pacientes d parte del personal médico ha hecho, por lo menos, q la indiferencia y la negligencia sean normativamente inaceptables. Dadas las presiones bajo las q laboran los médicos, este es un efecto d considerable importancia./ La empatía es sobre todo un don, no una habilidad (como lo sería, por ejemplo, la cirugía), y sigue siendo una pregunta abierta el saber si es razonable esperar q los doctores lleguen simultáneamente al punto d ser buenos científicos, buenos médicos clínicos y buenos fisiólogos, todo en el mismo paquete./ Los doctores quieren q sus pacientes estén bien informados para q tomen decisiones inteligentes, pero q no esperen milagros y q no se imaginen q el médico o el hospital pueden dedicar toda su atención a su caso individual./ Lo q los sociólogos clásicos del siglo XX, de Max Weber y Emile Durkheim a Talcott Parsons y Daniel Bell, han escrito acerca d la atomización y la alienación dla modernidad nos parece obvio ahora. Sin embargo, lejos d haber asimilado todos sus hallazgos, nuestras instituciones son más propensas a incentivar estas patologías q a mitigarlas. Y en ninguna es esto más cierto q en un centro médico, donde la distancia física q mantenemos entre nosotros como personas modernas se anula al cruzar la puerta del hospital, y donde la actual desconfianza ante toda jerarquía y el escepticismo ante la sabiduría se estrella contra la necesidad real d jerarquía y la dependencia d la sabiduría. Añadamos a esto q los pacientes esperan d sus médicos una forma intensa d comunión humana y el resultado es diferente./ El pasado no es un menú. Uno no puede elegir tener la comunidad pero no la superstición, el apoyo de la familia extendida pero no la subyugación de la mujer./ ¿Verdaderamente quieren los críticos de la sobremedicalización de la experiencia y del alcance avasallador del hospital morir sin echar mano de analgésicos? No es necesario que la gente muera sintiendo dolor. Morir sin sentir dolor significa morir en un contexto en que los analgésicos se administran con inteligencia y con un monitoreo adecuado (no estamos hablando d suicidios asistidos). El hospital en la época de Chéjov, el sanatorio de Mann: esos eran recintos d dolor. Sólo un enloquecido o un místico querría regresar a ellos./ El hospital es un contexto humanamente imposible para doctores y pacientes por igual. Pero no hay otro lugar adónde ir. // Apresurados e impacientes - Julio Derbéz: ¿Por qué los médicos –sobre todo los cirujanos– no curan a sus seres queridos? No quieren involucrarse para no correr el riesgo d cometer un error. Esa frialdad es una d las características d la profesión. Por ello el trato con los médicos, además d imponer respeto, da miedo. No sólo por el pedestal en q se encumbran sino además por la forma en q se dirigen a los pacientes. Por lo general hay un tonillo despótico y una indiferencia glacial. No estaría mal que en las materias que los galenos cursan para poder ser llamados así hubiera una de acercamiento y contacto con el paciente. Más bien, se les inculca lo contrario: la manera d alejarse del dolor, cuando el individuo que está frente a ellos requiere, además d una gragea, una sonrisa y una palmada d otro ser humano, d un profesional d la salud q sepa explorar nuestro cuerpo y transmitir con sus manos el inicio d una curación. Una caricatura setentera de Quino muestra en una playa a un individuo en un lugar tan elevado como el del salvavidas; al verlo una persona le pregunta a otra si se trata del salvavidas; la respuesta, inmediata y fulminante, se reduce a dos palabras: es médico./ Así como sabemos q no hay enfermedades sino enfermos, d la misma manera cada paciente es una singularidad en su trato con quien lo atiende. El médico no debe intenta resolver el problema como si fueran productos en serie../ Lo peor de todo, médicos comerciantes./ La relación con el médico implica d entrada la palabra confianza y simpatía. Si un paciente no confía en su médico o le cae mal, las cosas seguramente no marcharán bien y lo indicado en esos casos es cambiar de doctor./ Al ser humano lo compone una tríada: cuerpo, mente y espíritu. La mente está en todos los padecimientos clínicos, ya sea un resfriado, un problema óseo, visual, estomacal, cardiaco, respiratorio, una enfermedad crónica, etcétera./ Los órganos del cuerpo humano se prestan a las jugarretas que el pensamiento propone; sin embargo, la gran mayoría de los médicos hacen a un lado esa perspectiva. El médico familiar que conocía la habitación y el entorno d su paciente era más integral en su visión; a cambio atendía un menor número d enfermos. Hoy en día las máquinas parecen haber sustituido las manos y los ojos d los médicos. Son una generación en la cual la tecnología es una deidad y con ella pretenden resolver lo q los médicos con experiencia clínica, a veces d un vistazo, diagnostican. Someten al enfermo a una serie d estudios q son peores q la enfermedad misma y el remedio muchas veces incluye pastillas imposibles d tragar../ Desde hace siglos en diversos continentes se han desarrollado técnicas para curar las afecciones. Los egipcios trepanaban los cerebros enfermos. En los alrededores del siglo XI, en Persia, Avicena era capaz d curar las cataratas. Los aztecas desarrollaron una farmacia con base en la flora que tenían a su alcance y su conocimiento quedó plasmado en el Códice Badiano./ El médico occidental piensa q la única medicina q existe es la q él practica. Desprecia cualquier otro ejercicio d sanación. De esas otras medicinas, la población acepta cada vez más la homeopatía y la acupuntura. La competencia es una actividad que el mundo occidental ha impuesto prácticamente a todas las disciplinas humanas. ¿No sería mejor e incluso más fácil pensar en las “otras prácticas” como complementarias y no como rivales a los que hay que derrotar? / Cuando uno encuentra a un médico con el que se establece una relación amable, debe intentar conservarlo; cuando uno encuentra un equipo médico con las mismas características, estamos hablando d un tesoro. / No sólo el trato helado que reduce al enfermo a tejidos construye el muro q divide a pacientes y médicos, también los enfermos ponen tabiques para hacer crecer la barda. Los impacientes somos muy difíciles, y peor aún nuestras familias y amigos q saben todo, q corrigen todo, q de todo dudan y q todo lo quieren entender, mientras el paciente espera en cama d hospital./ Además, existe una nueva plaga, que es internet. Con esa cucaracha moderna la gente pretende sustituir siete o diez años de instrucción, y otros tantos de práctica, por una lectura veloz acuciada por el miedo, en una falta de respeto a aquellos que lograron formarse profesionalmente después de desveladas y esfuerzos realizados a lo largo de varios años. En internet los enfermos se refugian para evitar la visita al médico. Lo hacen por cuestiones económicas, por ignorancia, por el dificultoso acceso en los sanatorios públicos, para evitar las tortuosas calles de la ciudad de México o por soberbia, entre otras razones./ La literatura mexicana ha tenido escritores q originalmente fueron médicos o estudiantes dla carrera. Sin embargo, las páginas pergeñadas por nuestros autores no han construido una figura con base en un galeno, salvo quizá el médico-escritor Mariano Azuela, quien en varias d sus novelas se sirve d personajes q son médicos; en particular la primera q escribió, "María Luisa", Juan Villoro: "El disparo de argón", Fernando del Paso: "Palinuro de México" / Algunos poetas se han acercado con buena fortuna al dolor y el malestar, pero no a quien alivia esos pesares. Sanar es un arte, pero la gran mayoría de los médicos ha olvidado la poesía.// El lenguaje d la enfermedad - Arnoldo Kraus: El decisivo papel dlas palabras en la agonía dlos enfermos terminales./ El lenguaje de la enfermedad nace cuando nace el ser humano. La enfermedad y la muerte son compañeros añejos, perpetuos e imprescindibles. Los enfermos crean metáforas e inventan un lenguaje, su lenguaje. Quienes dicen que existe una poética de la enfermedad tienen razón. “Mi piel es como un vestido que se encoge”, comentó una enferma con esclerodermia generalizada. “Me rechinan mis zapatos”, expresó uno con diabetes. Una enferma con lupus eritematoso generalizado q tenía afectación neurológica en una extremidad anotó: “Mi pie se divorció de mí.” Interpretar esas sensaciones es un arte. Leer lo q escriben algunos autores acerca d sus padeceres y entremezclarlo con lo q dicen los enfermos deviene lenguaje dla enfermedad./ En "En la tierra del dolor" Alphonse Daudet (1840-1897) expone sus vivencias sobre la sífilis, en sus páginas contagia desasosiego, temor y dolor. Contagiar dolor por medio de las letras no es sencillo. Se requiere primero vivirlo –que circule por la sangre– y después respirarlo hasta transformar la exhalación dolorosa en lenguaje. El libro fue publicado por su viuda hasta 1930. Aunque se desconocen las razones del “retraso” lo hizo para evitar la estigmatización tanto para su difunto esposo como para ella misma./ Algunas patologías, sobre todo las contagiosas, estigmatizan a las personas y a sus seres cercanos. La sífilis, la tuberculosis y la lepra eran, en el pasado, algo más que enfermedades. Eran una especie de tatuaje que laceraba y marcaba a los afectados. En ocasiones el rumor puede dañar tanto o más que la enfermedad. La estigmatización plantea un problema sociológico complejo. El síndrome de inmunodeficiencia adquirida es un brete actual similar al d la sífilis, q afectó a algunos d los escritores franceses más famosos del siglo XIX, entre ellos Baudelaire, Flaubert y Maupassant. Muchos infectados eran, y son, señalados y maltratados. Incluso hoy en algunos países del primer mundo se denuesta en las escuelas a los hijos d personas enfermas d sida. A pesar de que "En la tierra del dolor" está repleto de citas memorables, Daudet afirma que el dolor es enemigo del lenguaje: “Y además, ¿d qué sirven las palabras para todo aquello q se siente a fondo en el dolor (y también en la pasión)? Aparecen cuando todo ha acabado ya, se ha calmado ya. Nombran recuerdos estériles o mendaces.” Daudet vivía preso d una angustia desgarradora. Su cuerpo se fragmentaba mientras su alma se desmoronaba. En la época cuando contrajo la sífilis no había cura para la enfermedad ni remedios adecuados para mitigar el dolor./ Daudet debió aguardar doce largos años plagados d dolor e incomodidades antes d morir. Las mermas físicas lo apabullaban. No encontraba consuelo. Daudet no sabía d dónde sacar fuerza para seguir luchando: “Tener que estar echándole siempre fuerza d voluntad a las cosas más sencillas, más naturales, caminar, levantarse, sentarse, estar d pie, quitarse o volverse a poner el sombrero. ¡Es espantoso! En lo único en q no puede influir la voluntad es en el pensamiento y su movimiento perpetuo. Porque hace años que Macbeth mató el sueño. Muchas personas enferman más cuando el sueño se convierte en pesadilla en vez de compañero. No logro pensar en ‘el futuro’: suficiente asfixia me produce saber q tardará mucho en llegar el nuevo día. Y después d ese día, las horas lentas d la tarde. Y después, el reloj que no avanza, el tictac nocturno que se atasca. Las horas que nunca acaban son el demonio personificado. De noche el tiempo transcurre más lento. Ayer se detuvo. No siguió. No se movió. Y yo, aquí. Preso dentro de mí. Aguardando, siempre esperando: pastillas, la luz de la mañana, la visita del doctor, la llamada de la hija, la mano de alguien que me voltee, la mano de ese mismo alguien que me limpie, el dictamen del médico que afirme que todo acabará pronto, la enfermera que me rasure, la fuerza que falta, la voz que me autorice a despedirme, el soplo de vida que no llega. Entre nada y muy poco queda de mí.” Sus vínculos hedónicos, consigo mismo y con las personas, se fracturaron cuando la espiroqueta empezó a trastocar su existencia. En el caso de Daudet la sífilis prosiguió hasta el estado tardío caracterizado por gran deterioro físico e invalidez. Fue víctima d dolores muy intensos e incapacitantes, sobre todo en huesos y articulaciones./ Daudet se sometió a todos los tratamientos asequibles./ Víctima d grandes dolores usó diversos remedios. Probó cloral, bromuro y morfina; como otras víctimas d dolores insoportables, utilizó cada vez más morfina hasta convertirse en dependiente. Los tratamientos fueron inútiles./ En muchas enfermedades crónicas la fatiga es un problema muy serio; incluso hoy, a pesar de los grandes avances farmacológicos, en algunos casos poco se puede hacer para remediar la fatiga./ “Una noche más, una mañana más, un día más. Ya no puedo”, escribió una paciente antes de suicidarse./ Para Daudet, la clausura del hedonismo fue sinónimo de una muerte prolongada. Poco a poco la muerte se apersonó./ El discurso del dolor. El lenguaje dla enfermedad. ‘Ocupa tus días en vivir, no en morir.’ "el desmenuzamiento paulatino, imparable, sordo." Rodeado d grandes intelectuales, amigo d muchas d las queridas d sus amigos, buen escritor y amante d las bebidas alcohólicas, la sífilis fue una inmensa tragedia: “El dolor me oculta el horizonte, lo llena todo.” / “Desde que sé que es para siempre –¡que no sea un para siempre muy largo, Dios mío!” / Algunas personas escriben para atemperar el dolor. Otros lo hacen para reacomodarse a la “nueva vida” y algunos para darle voz a su cuerpo y su alma. Las palabras se convirtieron en su arma. Rebasadas las posibilidades médicas, las palabras pueden ser terapéuticas. En ocasiones las letras pueden suplir a los médicos./ En la tierra del dolor: “Con una sombra a mi lado camino más tranquilo, de la misma forma que camino mejor si voy junto a alguien.” Daudet transformó su padecer en su razón d vida: “En mi pobre carcasa que la anemia ha socavado y vaciado retumba el dolor como la voz en una vivienda desamueblada y sin cortinas. Días enteros, largos días, en q no hay ya nada vivo en mí sino el padecer.” Cuando uno enferma, sobre todo cuando la vida se desmorona, el tiempo deja de ser inocuo y nada, absolutamente nada, es casual./ Experiencias similares transmiten algunos enfermos. Sus sentimientos forman parte d la poética d la enfermedad. Frases como “mi vida es como la noche”, “este dolor es más que nunca mi vida” o “en mi cuerpo enfermo el tiempo ha dejado de existir, la única prueba de vida son los latidos de mi corazón, sobre todo los nocturnos, los que tocan la noche cuando todo calla”, son fragmentos d personas q retratan la vida y la muerte desde muchos ángulos. / Guibert, golpeado por el sida, desanimado por la frialdad d la medicina y aterrado por lo q el espejo le mostraba cuando reflejaba su cara, escribió en "Al amigo que no me salvó la vida": “Comienzo un nuevo libro para tener un compañero, un interlocutor, alguien con quien comer y dormir, al lado del cual soñar y tener pesadillas, el único amigo q en este momento puedo soportar.” En sus páginas podría depositar una esperanza distinta e intentaría confabular contra la muerte. Buscaría robarle a la muerte un pedazo d vida para afrontar sus heridas desde otra perspectiva. Las palabras no detienen la muerte. Tampoco curan. Las palabras no hacen eso, pero sí permiten a quien las escribe leerlas cuantas veces sea necesario, cuantas veces se requiera saber que se está vivo. Birlar la muerte es tarea de todo enfermo. De no ser así, ¿cómo seguir vivo? Distraer a la muerte es un arte. Algunas palabras lo logran, algunos enfermos lo consiguen./ Anatole Broyard, en "Intoxicated by my illness", reflexiona: “Cuando te das cuenta d q tu vida se encuentra amenazada, puedes confrontar esa situación o puedes evadirla.” Ambas posibilidades son válidas. Yo pienso q confrontarla es mejor opción. Guibert, encontró en la escritura una compañía útil. De no haber escrito hubiera fallecido d otra forma, quizá con más dolor, quizás antes, seguro sin penetrar el universo d la muerte./ El dolor, en ocasiones, es el último pretexto para llamarle a la vida vida; es también una razón para reclamarle a la muerte su soberbia, su sordera, su impenetrabilidad y el desprecio absoluto que ejerce sobre los humanos. El dolor dialoga, la muerte no. Después de la muerte, sólo el infinito./ El dolor permite apropiarse d un pedazo d vida para seguir viviendo. Otros optan por la escritura en vez d suicidarse. Hay quienes apelan a Dios cuando la muerte es inminente y hay quienes escriben sus libros para postergar el fin, o bien, para pedirle prestado unos días a la muerte hasta escribir la última palabra. “No quiero hacer el elogio de la muerte; pero, en la inmediatez, la muerte confiere a las horas cierta belleza; una belleza que acaso no se parezca a ninguna otra, pero es abrumadora.” / Al igual q para Daudet y para Guibert, la pluma representó para Brodkey una forma d expiación y d consuelo. Acosado por la fatiga cavilaba acerca del final: “La muerte no es una voz suave ni un paso vago en las cercanías. Está a la puerta. En vez de escurrirse y desaparecer, la debilidad permanece. Parece como remansada. Me inunda y la inundación es tan ancha como el alma. La caja donde venían mi fuerza y mi suerte esta vacía y vibra un poco.” Las palabras no detienen la muerte. Sólo hablan con ella./ “Mi trío” –Brodkey, Guibert y Daudet– vivía acosado por la fatiga, esa terrible sensación que impide la vida y asfixia el deseo. El cansancio extremo es muy frecuente en algunas enfermedades; para muchos, la imposibilidad para confrontarlo es consejero de la muerte pero también amigo de la reflexión. / "Ahora q la deglución me da un dolor horrible y cada bocado se ha vuelto una tortura y un tormento y resulta q, desde hace tres días, el simple hecho d estar acostado en la cama me causa dolor, xq ya no puedo darme la vuelta, tengo los brazos y las piernas demasiado débiles.” / La falta de fuerza mina casi todo. Mover una palabra o tocar una idea puede ser imposible. La ausencia de energía trastoca las cosas más simples. Incluso el recuerdo de lo bello se difumina entre las tenazas del cansancio extremo. Para muchos enfermos, víctimas de agotamiento, el único refugio posible es la espera: del tiempo que no regresa, de las amantes instaladas en la bruma del olvido, de los hilos que suturen las heridas del alma, de un hálito de fuerza que permita la vida. Otros tallan su última morada por medio de palabras donde el lenguaje de la enfermedad emerge como recurso y resguardo. Así lo sienten algunos pacientes: “Poco, casi nada queda d mí. Moverme es un suplicio, comer una agonía. Escuchar las súplicas d los seres queridos profundiza la tristeza. ¿Que qué queda de mí? Nada o casi nada. La frontera entre nada y casi nada es imperceptible. Se escurre entre los dedos. ¿Que por qué no me esfuerzo más? Porque la muerte ha penetrado en mí y se ha adueñado d todo. De todo menos del momento del adiós.”/ Daudet: Envuelto por el dolor escribe: “Dolor, has de serlo todo para mí. Deja que encuentre en ti todas esas tierras extranjeras que no me dejarás que visite. Sé mi filosofía, sé mi ciencia.” / En algunos enfermos el dolor expone partes desconocidas. Recuerdo una conversación con un paciente terminal: “Ahora me encuentro atrapado en un guión q no deseo actuar. Pensé q sería dueño de mi final. Que mi voluntad diría: no o sí. Que el tiempo de la vida siempre sería mi tiempo. Ahora sé que me equivoqué: me encuentro atrapado dentro de mí. Yo soy el actor y no tengo escapatoria. Yo soy el dolor y el dolor soy yo. Yo no escribí el guión y tengo que actuarlo. El final, curiosamente, soy yo. Sin mí no hay final. No puedo evadirme de él. Cuando lo haga moriré. Lo peor es que no tengo con quién dialogar. El dolor es ciego, es crudo. La única solución para aliviarlo es la muerte. ¿Que por qué no me suicido?, me preguntas. No lo hago porque aún tengo cosas que decir. Por ejemplo, decirle al dolor que mi muerte será su derrota.” / El dolor y la cercanía d la idea d la muerte suelen evocar muchas reflexiones. A partir d las pérdidas emerge la necesidad del encuentro, en ocasiones con uno mismo, otras veces con seres cercanos. Invocar el pasado y evocar bellos recuerdos puede ser terapéutico./ Ningún dolor es nuevo. Cuerpo y alma los experimentan continuamente. Algunas veces más, otras menos. La existencia, per se, conlleva diversos grados de dolor. Hay enfermos q dicen: “me siento polvo. Cada amanecer veo cómo el viento se lleva pequeños pedazos de mi existencia”, “la oscuridad crece por dentro. Desde hace días no consigo encontrarme. Mis brazos, mis manos, mis ojos, ya no son míos” / Susan Sontag afirmaba en su libro "Illness as metaphor and aids and its metaphors" que “la enfermedad es el lado nocturno de la vida, y es una ciudadanía más onerosa. Todas las personas tienen una doble ciudadanía, en el reino del bienestar y en el reino de la enfermedad”. Al viajar al lado nocturno de la vida, víctima de enfermedades, o al escuchar a los enfermos o al evocar la imagen de una mujer deprimida que explica que “se acuesta temprano porque al dormir duele menos la vida”, se comprende que la vida, como dice Sontag, consta de dos reinos y que la poética del dolor deviene lenguaje de la enfermedad. // Si alguien querría ser una tortuga - Mirta Rosenberg : Si alguien querría ser una tortuga - sería yo: - hacer de una sección cónica - mi propia sede prehistórica - alojada en la espina dorsal. - Ser tortuga - tiene algo d ideal: Sin lazos familiares - después de desovar, - igual a todas y cada una, - naturalmente hija de la luna, - sin embargo - no hay cisma - entre ella misma y sus lares. - Poco cuenta que sea lenta - su marcha en la superficie: - eso - me haría durar - y capaz de entrar al mar, - –que cubre dos tercios del mundo– - sabiendo que si me hundo - gano velocidad.// Médicos y medicina: el caso mexicano - Ruy Pérez Tamayo: El Dr. Ruy Pérez Tamayo investigador q se da tiempo para acercar la ciencia al gran público. Patólogo d renombre internacional, miembro d El Colegio Nacional, es autor d tres decenas d libros. Humanista y riguroso, ha sido una d las voces más lúcidas y combativas a favor del pensamiento científico./ Eso es la investigación. Las preguntas que se hacen, sin embargo, deben ser buenas preguntas./ Un profesor que cambió mi vida: el Dr. Isaac Costero. Él era un trasterrado, un médico español refugiado, había llegado a México en 1939. Me sedujo, las clases eran extraordinarias. El maestro Costero traía la escuela histológica española, la escuela de Cajal. Se caracterizaba por ser una escuela estrictamente morfológica; lo q él quería era demostrar los cambios anatómicos, lo q se ve con el microscopio. Sin tratar d correlacionar esto con lo q le pasa al paciente. En Estados Unidos lo único que les interesaba era la correlación con el paciente, es decir, la patología asistencial./ Estaba la escuela francesa, la escuela clínica por excelencia, y estaba la escuela alemana, q era la escuela científica. De aquí surgió la escuela norteamericana, q era una especie d mezcla xq usaban los datos científicos a la alemana para estudiar a los pacientes desde un punto d vista clínico. El médico francés era un médico de gran intuición, con capacidad para relacionarse con el paciente y con mucha imaginación, pero con pocos elementos sólidos, mientras que el médico alemán era un médico metido en los institutos, trabajando tras los microscopios y generando conocimientos científicos pero con poco rapport humano. Con la Primera Guerra Mundial sucede la emigración d los sabios europeos hacia Estados Unidos y entonces hay esta síntesis entre los dos estilos. Surge un nuevo estilo d hacer medicina q reúne estas dos tendencias: la tendencia clínica. Cuando yo llegué a Estados Unidos venía con una idea mucho más germana, y me tropecé con esto, q me pareció fantástico. El patólogo es el médico de los médicos. A través de los médicos vemos a los enfermos y los ayudamos, porque lo que hacemos es utilizar métodos científicos para establecer el diagnóstico, y ya con esto el médico tratante puede trabajar./ La formación de estudiantes de influencia norteamericana prevalece. Es la más importante ahora. Cuando yo era estudiante era la francesa. Mis primeros libros los estudié en francés; tuve que estudiar el idioma para poder estudiar medicina. Pero a la mitad de la carrera empezaron a aparecer libros en español y en inglés. La medicina se ha transformado. Ha habido cuatro transformaciones importantes en la medicina. La primera fue la transformación científica, q empezó en 1543, el año en q se publicó el libro de Andrés Vesalio, "De humani corporis fabrica". Casualmente es el mismo año en que Copérnico publicó "De revolutionibus orbium coelestium". La ciencia moderna empieza a fines del siglo XVI. Lo que Vesalio hizo fue decir “la realidad está allá afuera, no en los libros de Galeno”. Los médicos se reunían, discutían y, para encontrar la solución, en vez de ir al paciente, iban a los libros de Galeno. Vesalio dijo que no: “quieren aprender anatomía, está en el paciente”. Ese es el principio d la medicina científica. Hay todavía mucho q le falta para hacerse completamente científica, aunque dudo que lo alcance porque quienes la hacen son seres humanos y no robots perfectos./ La segunda transformación fue la transformación tecnológica. Empezaron los franceses. Laënnec, al inventar el estetoscopio en 1816, dijo q necesitábamos aumentar nuestra capacidad perceptiva. Antes se usaba la toalla de auscultar, como le llamaban los franceses: descubrían el tórax del enfermo y ponían una toalla y pegaban el oído. Lo que Laënnec hizo fue formar un cilindro d papel, pegarlo al tórax del enfermo y acercar su oído al otro lado. Después siguió el oftalmoscopio, el laringoscopio, el laboratorio clínico, los rayos X a finales del siglo XIX, la imagenología: el desarrollo de la medicina ha sido una revolución fenomenal./ La tercera es la social. Antes la medicina era privada, pero en Alemania surgió por primera vez el seguro social, un sistema de atención médica en que participan tres elementos: el empleador, el empleado y el Estado. La medicina entonces se socializa, se transforma en un servicio social, el Estado adquiere la responsabilidad y la comparte con los empleadores y con los pacientes. Así es posible dar atención a un número mayor de gente. Bismarck rescató la idea de la seguridad social, y llegó a decir: “la razón por la cual el trabajador es un peligro para el Estado es porque no tiene salud”. El modelo social d la medicina representa la mejor estructura concebible para darle buen servicio médico a una población. Que los recursos provengan d toda la población y qe sean aprovechados por los sectores qe lo necesitan. Esto se puede tergiversar, corromper, como lo hemos visto en muchos países. Ha habido distintos tipos de servicios médicos en todos los países excepto en uno, Estados Unidos. Ahí la medicina siempre ha sido privada. Ahora Obama está tratando de modificar esto, pero las asociaciones médicas, los médicos, no quieren que se meta mano en sus negocios, porque es un negocio. Esa es la cuarta, la peor de todas, la transformación económica. La medicina, en toda su historia, nunca fue cara. Empezó a transformarse de un servicio en un negocio a mediados del siglo pasado, cuando los empresarios descubrieron que tenían un mercado cautivo./ Finalmente tienen una cartera de clientes inagotable... Sí, todo el mundo necesita servicios médicos. Los empresarios empezaron a generar tecnología d primerísimo nivel, q es una maravilla, y a transformar la práctica d la medicina. Los hospitales privados, los laboratorios clínicos privados comenzaron a complicarse y a hacerse cada vez más caros. Empezaron a surgir los seguros. Entonces la relación ya no fue sólo entre paciente y médico sino entre el médico, el paciente y la compañía de seguros. Y la compañía de seguros está ejerciendo la medicina, porque le dice al paciente qué médicos te pueden ver, que exámenes te pueden hacer, a qué clase de hospital puedes acudir y qué está excluido. Entonces están ejerciendo la medicina; la ejerce el contador de la compañía de seguros. En Estados Unidos esto llegó a niveles grotescos./ En este sentido, ¿cómo se han visto reflejados estos cambios en la salud pública en México? A mí me tocó ver esta transformación, xq el Seguro Social se instauró en México en 1945. Al principio hubo resistencia por parte del cuerpo médico. Decían: “ya no va a ser uno su propio jefe, tengo q checar tarjeta, tengo q ver a treinta pacientes en tanto tiempo...”. Entonces hubo una especie d división en la comunidad médica. Los médicos de segunda estaban en el Seguro y, peor, en el ISSSTE, y los de más alcurnia trabajaban por fuera. Poco a poco la población médica fue creciendo –en las ciudades, no en el campo, xq había y sigue habiendo un problema d distribución d la atención en México–, y algunos d los médicos más importantes empezaron a aceptar plazas en el Seguro. Pero el Seguro Social tiene una capacidad limitada, y la movilidad social ha ido creciendo en el país; por lo mismo la demanda de servicios es mucho mayor que la oferta. Y el resultado de esto ha sido una disminución en la calidad del servicio./ Te cuento una anécdota. Cuando me tuvieron q operar de la columna vertebral, fui a los hospitales del Seguro, eran los mejores. Estuve espléndidamente bien atendido, y no tuve ningún problema. Veía cómo trataban a los enfermos y el trato era d primera. He trabajado en Estados Unidos y en Alemania, d manera q conozco las cosas desde dentro, y nosotros no teníamos nada q pedirles. Y en algunas cosas estábamos en la frontera, en la vanguardia./ Los médicos venían aquí a aprender. Yo iba a enseñar a España en la época de Franco. Se habían quedado en el medioevo. Se murió Franco, vino la República, empezaron a llamar a todos los que se habían ido y, con el espíritu español de siempre, en una generación saltaron al primer mundo./ En nuestro caso, las instituciones empezaron a sucumbir a la burocratización. Con tanta demanda y tan poca capacidad para enfrentarse a ella, lo que pasa primero es que los estándares bajan y la gente empieza a frustrarse. No nada más los pacientes, la gente q tiene q esperar meses para un quirófano; también los médicos, y los sindicatos y los empleados. Todo se pierde en esta masa deshumanizada de la burocracia. Esto afecta muy gravemente a nuestros hospitales. Están tratando de salir cuando de repente el Dr. Julio Frenk inventa el Seguro Popular. Vamos a darle a la gente que no tiene atención médica la oportunidad de que la tenga: lo va a pagar el Estado. Entonces se multiplica la demanda, sin aumentar la oferta: no se construyen nuevos hospitales, no se amplían las instituciones de investigación. Simplemente se intenta hacer más con lo que había antes. Peor todavía: hay q ver el Instituto Nacional de Cancerología. A las tres d la mañana no cabe la gente en la acera, enfermos acostados en el suelo, y los médicos trabajando como desesperados sin lograr dar atención a todos./ ¿Cuál es la solución? ¿Ampliar la oferta? La única solución, yo siempre regreso a lo mismo, es la educación. Lo q necesitamos es invertir en la gente, haciendo más universidades, dando más becas, formando más médicos. En 1950 se dividió Corea por la guerra. Qué le tocó a Corea del Norte: la industria, todo. Qué le tocó a Corea del Sur: la agricultura, nada. Pero los coreanos del sur se preguntaron “qué nos queda”, y se respondieron “nos quedan coreanos, entonces vamos a invertir en los coreanos”. Hicieron mil universidades. ¡Mil! Y dos generaciones después están en el primer mundo. Sólo hay que creer en la gente. Nosotros no hemos tenido estadistas, gente preocupada por mejorar el país. Tenemos partidos políticos, o sea, gente preocupada por ganar el poder. Y los políticos una vez que han adquirido el poder, y la riqueza, entonces quieren ejercerlo, no mejorar las condiciones del país. Nosotros tenemos los recursos –este es un país rico– y tenemos a la gente. Pero necesitamos preocuparnos por la calidad de vida de todos, no nada más de los de mi partido./ Hemos ido mejorando porque somos muy tercos, muy testarudos. Hemos sido nosotros, la sociedad, los que hemos logrado avanzar. No los políticos, eso no ha funcionado. Lo que ha funcionado es el aguante; lo que nosotros hemos hecho por nosotros mismos. Y por eso soy optimista. Esto yo lo puedo ver en mi caso: cuando yo crecí éramos muy pobres en mi casa, y ahora soy profesor emérito en la Universidad. Creo que cada vez es mayor el sector ilustrado, y poco a poco se irá diluyendo el residuo medieval que todavía tenemos./ Menciona el residuo medieval en la sociedad mexicana y, siguiendo esa imagen, es claro que sigue habiendo, a pesar de los avances médicos, una prevalencia del pensamiento mágico, de supersticiones... ¿Cómo lidiar con pacientes que, a pesar de poder ver hechos, de tener datos objetivos a la mano, siguen recurriendo a lo invisible, lo incomprobable como remedio? Sí, lo vemos todos los días. Es una realidad cotidiana. Estamos compitiendo, no ganando, con las medicinas alternativas. Me restrinjo a la medicina, aunque podríamos referirnos a muchos más aspectos de la cultura. Tenemos una carga tradicional muy pesada, de la que Juárez trató de empezar a librarnos y no lo logró. No se logró combatir estas fuerzas del pasado. No somos la única sociedad q tiene este problema: Estados Unidos enfrenta ahora una oleada d creacionismo q no es más q la misma gata revolcada. Todavía hay un enorme peso de la tradición. Si tú le preguntas a una persona en una procesión qué opina del uso d los antibióticos para el manejo del VIH, dicen: no, hay q recurrir a la Virgen. Le tienen más fe a la Virgen xq desde pequeños les enseñaron eso, xq sus padres y sus abuelos lo creían. Sacar a la gente d eso es tremendamente difícil./ No es un problema exclusivo del campo. En el campo es donde está más manifiesto el problema, porque ahí está más subdesarrollada la educación, pero en los centros urbanos también pasa. En las ciudades hay colegios confesionales, ¡y caros! Regreso a lo que decía: es un problema de educación./ El lado opuesto d este fenómeno puede ser la accesibilidad inmediata q trae internet. Ahora cualquier persona con cualquier padecimiento puede buscarlo, encontrar una especie de diagnóstico y sentirse informada. ¿Qué opina de esto? Una persona que no tiene la capacidad para analizar críticamente la información cree que está informada, pero en realidad está deformada. Otra vez, es un problema de educación. Mientras sigamos reduciendo el presupuesto de educación, estamos mal./ En varios de sus ensayos y algunas entrevistas ha dicho que es necesario no sólo estar en contacto y darle su lugar al pensamiento científico, sino que es necesario vivir la ciencia, vivir científicamente. Me gustaría pedirle que ampliara un poco esta idea. Me enfocaría en los criterios q debemos enseñar a una persona para q crea algo. ¿Cuáles son las formas q tienen los distintos tipos d creencias? Ya mencionamos la tradición. Otra es la revelación: creo esto xq Dios me habló y me lo reveló. Pero hay una forma d creencia q se basa en la evidencia: creo esto xq lo he visto o, aunque no lo conozco, xq he leído a gente q me presenta evidencia, o porque si yo reprodujera esos experimentos vería q son ciertos. Si nosotros fuéramos educados para creer solamente aquello de lo que existe evidencia, pruebas o posibilidad de verificación, entonces no existirían esas otras formas de creencia, por autoridad, por revelación o por tradición, esto es vivir la ciencia, vivir científicamente. Pero si uno acepta la realidad cuando hay evidencia, o cuando lo q le dicen a uno es susceptible d ser examinado, yo lo creo. Por ejemplo, yo nunca he medido la velocidad de la luz, pero creo q es d trescientos mil kilómetros por segundo. ¿Por qué? Porque leí cómo la midieron y estoy convencido d q si yo lo hago llegaré al mismo resultado. En cambio, ¿dónde está la transustanciación? ¿Dónde está la eucaristía? En la autoridad. Sí, hay que saber ciencia, porque es fascinante y divertida, pero lo que hace más falta, en realidad, es el espíritu científico./ ¿Cómo enfrentarse a lo que no se sabe? ¿Cómo hacer que los jóvenes médicos encaren esta condición? Lo que yo les digo a mis alumnos y a mis residentes es: humildad. Esa es la actitud moral que uno debe desarrollar. Uno sabe ciertas cosas y, si está seguro, debe obrar en función de ellas. Pero también uno sabe que no sabe muchas cosas. Eso podría llevar a la parálisis, pero el médico no puede paralizarse. Lo que dice Lewis Thomas es que, si lo que estás haciendo sale bien, síguelo haciendo; si lo que estás haciendo no sale bien, deja de hacerlo y, si no sabes qué hacer, no hagas nada. Ahí, en esto último, no estoy de acuerdo, xq el médico tiene q hacer algo, y el paciente está esperando q haga algo. Entonces el médico, si no tiene conocimiento, debe recurrir a su intuición. Y esto nace de la experiencia. Habiéndolo hecho muchas veces, poco a poco, el médico puede irse convenciendo de que si sigue su intuición puede ser que las cosas salgan bien. Lo que uno tiene que hacer cuando no sabe es tratar de aprender: “yo no sé lo q tiene este paciente, por lo mismo tengo q ver cómo saber; le haré estos exámenes, probaré esta otra cosa”. Trabajar en función d hipótesis con posibilidad d verificación. Lo q no hay q hacer es hacerse el tonto, xq el q sufre es el paciente. Claro, no siempre salen las cosas bien. Uno que hace experimentos sabe que no todos los experimentos salen. Una de las cosas que nunca falla es hablar con el paciente. Decirle: mire, su caso es complicado, podría ser esto pero en este momento todavía no sé, no tengo suficiente información, le propongo q hagamos esto. Es necesario que el paciente esté enterado de cómo funciona el médico, pero hay una gran tendencia de tratar a los pacientes con paternalismo. Y esto lleva al fracaso de la medicina. Y ¿cómo inculcarle a los estudiantes esta manera de relacionarse con la ignorancia, con lo q no se sabe? Trabajé una temporada en el sanatorio español, propuse un proyecto d reestructuración del departamento q incluía una pequeña hemeroteca d publicaciones especializadas y libros d uso continuo. Se presentó al patronato, q eran empresarios, viejos españoles q sostenían al sanatorio. La respuesta fue: sí, q se reestructure, pero para qué quieren una hemeroteca, lo que nosotros queremos son médicos ya preparados, no médicos en preparación. ¡Eso fue lo que dijeron! No es q fueran tacaños, pero no entendían q un médico tiene que estar preparándose siempre. Esto pasa con mucha frecuencia. Le cuento esta historia a mis estudiantes, xq ellos piensan q es mucho lo que tienen que estudiar pero que, cuando terminen la carrera, ya. Y no: la carrera es esto, estudiar siempre. Tú me preguntabas qué hacer cuándo uno no sabe. Hay que confesarlo y estudiar. / Prevalece la idea del conocimiento como algo finito, como una meta a la que se llega o no... Sí, como si fuera un recipiente cerrado: lo posees y ya. Pero no: está abierto y nunca lo posees del todo. La medicina no se da en un círculo cerrado; el paciente, sus amigos, su familia, las enfermeras, otros médicos, todos están involucrados al mismo tiempo. Uno tiene que vigilar su comportamiento porque hay que obtener la aprobación de todos; si no, no hay cooperación./ A un paciente lo pueden ver varios especialistas, pero al final quién suma. Ahora dicen que hay algo nuevo, que llaman médico familiar, pero están inventando la leche tibia porque así era como se empezó. Esto existe porque hay la necesidad d integrar. En cancerología yo lo he visto: el paciente rebota d un médico a otro, y no sabe quién es su médico. Están luchando ahora porque exista el médico que haga la síntesis./ La hiperespecialización obliga a los médicos a estar cada vez más al tanto de los detalles de su área, volverse más profundos y no necesariamente más amplios. Y con esto se deja el gran panorama descuidado. Es un dilema: ser un especialista cada vez más profundo... de cada vez menos cosas. Hasta que llegas a ser, como yo le digo a los cardiólogos, médico del ventrículo izquierdo, y no te metas con el ventrículo derecho, porque ese es de otro especialista. Es un dilema q se ha tratado d resolver creando este médico, el médico personal. Una vez q uno ha ido con todos los especialistas regresa con el médico personal, y él intenta sintetizar lo dicho por los especialistas./ Representa una vuelta al origen. Significa regresar a la medicina general, al médico general. Esa es la tristeza: ya no hay esos médicos. En las estructuras hospitalarias ahora se está tratando d dar ese tipo d función, por lo menos en una institución q yo conozco, Nutrición, a las Primeras. Las Primeras son las jefas d enfermeras. La Primera es una persona q tiene experiencia y autoridad. Es un hospital con 120 camas, una cosa pequeña. El maestro Zubirán, q era el director, dijo: por qué no le damos esta responsabilidad a la Primera. Habló con dos de ellas y les planteó la cuestión. Una aceptó y la otra dijo: no, yo no puedo sustituir a los médicos, yo soy enfermera; usted quiere alguien q haga el papel de un médico, por qué no busca a un médico. Y lo q hizo el maestro Zubirán fue eso: nombró a una de las enfermeras y a un médico. Claro, si tienes 120 camas se puede, pero ¿si tienes dos mil? / ¿Cómo ve usted la manera en que se relacionan los médicos y los pacientes? La medicina surge cuando una persona busca la ayuda d otra persona que cree saber, q cree q puede ayudarlo y q acepta hacerlo. Se establece entonces lo q yo considero la relación central en la medicina: la relación médico-paciente. En la medida en que esta relación se de bien –que el paciente tenga confianza en el médico, que vaya mejorando, que el médico lo trate como ser humano, respete su autonomía y le explique las cosas, lo vea con afecto–, en esa medida la medicina funciona. Si no se da esa relación, la medicina no funciona, aunque sea muy científica. La relación humana es central, y no lo ha cambiado la tecnología ni lo cambiará nada. El problema central ahora es que, para que se establezca esta relación, se tiene que tener tiempo. Por lo mismo el médico familiar que iba a la casa y veía al abuelo, a la mamá, al papá, a los hijos era un médico muy efectivo aunque con muy pocas armas terapéuticas. Tenía una, infalible e hipocrática: la palabra./ Era un verdadero diálogo. Exactamente. Ahora, ¿para qué sirve la medicina? Las funciones de la medicina son tres. Uno, preservar la salud. La medicina clásica no estaba para preservar la salud sino para la segunda función: curar al enfermo. Y ahora hay medicina social... Todo el aspecto preventivo...Sí, el aspecto profiláctico. Antes era pura terapéutica: proteger la salud, curar y, cuando no se puede, ayudar. Y siempre consolar y acompañar al paciente, aunque sepas q va a morir. El médico es un ser humano atendiendo a otro ser humano, entonces tiene que acompañarlo, porque el otro lo respeta, le hace caso. Todo esto es medicina. La tercera función es evitar las muertes prematuras e innecesarias. Bueno, esas tres funciones se dan sólo cuando existe una relación óptima entre médico y paciente./ ¿Le parece que esa relación está minada por la velocidad a la que estamos obligados a vivir? Un obstáculo importante es la burocratización, la desigualdad entre la oferta y la demanda. Es de lo que se acusa a las instituciones hospitalarias, frecuentemente con razón, y es que se han transformado en estructuras que van en contra de las funciones de la medicina. Se están oponiendo a ella. Lo que tendríamos que hacer es reconsiderar este tipo de estructuras. Divide y vencerás, dice la famosa máxima a la que nadie hace caso. En el temblor del 85, cuando se cayeron los hospitales, Guillermo Soberón era el secretario de Salud, y dijo que los hospitales grandes estaban obsoletos, q no era posible hacer buena medicina con 2000 camas. Debían tener cuando más cuatrocientas camas, y estar en distintas partes d la ciudad. Propuso transformar el Hospital General en cinco hospitales, en distintas áreas de la ciudad, con distintas especialidades, para atender mejor a los pacientes. Pero no quisieron./ Estamos muy atados al monumento, a la monumentalidad, todavía. Sí. Decían: “este es un gran hospital, y la tradición...”, pero ¡si estamos hablando de medicina! Acuérdense de los pacientes, de qué se trata la medicina. ¿La privatización d la medicina alivia un poco estas fallas, sana un poco la relación médico-paciente? La privatización no las alivia, eso depende d la calidad humana. Puedes tener gente muy perversa en instituciones públicas y médicos privados que son unos ángeles. Pero la privatización introduce el elemento económico, y en el momento en que este entra se pervierte, yo diría que se prostituye la relación. Deja d ser una relación médico-paciente limpia. El paciente llega y pregunta cuánto se le va a cobrar, y el médico piensa si le va a poder pagar o no. Es por eso q yo creo q el seguro social, la medicina social, debe ser pagada d forma global. Que no interfiera el factor económico, que esté resuelto de entrada. Eso es lo que lograron en Suecia, en Alemania. Yo he estado enfermo en Alemania y están obligados a atender a todo sujeto que entre a cualquier hospital y diga que se siente mal./ El sistema inglés funciona... En Inglaterra es un sistema híbrido. Tú puedes ir al médico q tú escojas, y el médico tiene la obligación d atenderte. Te cobra, pero sólo una fracción y la otra fracción la paga el Estado. El médico gana lo q piensa q debe ganar, y el paciente paga lo q puede. Ese es un sistema especial d los ingleses. A los noruegos les quitan el setenta por ciento de impuestos, pero la educación y la salud son gratuitas. Si necesitas un implante de cadera, vas al hospital y te lo hacen y no pagas un centavo. Lo pagan tus impuestos y los de todos los noruegos. Hay distintas soluciones, pero lo que nunca se debe perder de vista es que cualquiera que sea la solución no debe prostituir la naturaleza de la profesión. Y lo que ha ocurrido con el Seguro en México es exactamente eso: está trabajando en contra de sí mismo./ Y en términos d soluciones, aquí la posibilidad d cobrar impuestos muy altos en pos d hacer q los servicios sean gratuitos es prácticamente imposible, pero quizá el sistema más a la inglesa podría funcionar. Sí, creo q ese podría ser el experimento. Yo creo en los experimentos y se podría hacer ese experimento. Hubo una vez esa oportunidad, y yo estuve involucrado. Había un hospital de los ferrocarrileros, cuando había ferrocarriles, y el sindicato presentó a los directivos –yo era miembro– un proyecto para que la empresa pagara una parte, los trabajadores aumentarían su contribución, y así irían al Estado y le dirían: “ya generamos estos, igualen esta cantidad y mejoren el servicio”. La solución que se les dio, lo que les dijo el gerente de los ferrocarriles en contubernio con el director del hospital, fue que de ese modo nos estábamos transformando en el Seguro Social, y que para qué imitar esa institución si nosotros éramos mejores. Y ahí se acabó. Y también se acabó el hospital. // Poemas posibles - Gabriel Zaid: La vanguardia llevó al extremo la cuestión. ¿Habrá poemas posibles fuera d las formas fijas? Se han escrito grandes poemas al margen d las formas establecidas. Cerrarse d antemano a q surgieran (diciendo, por ejemplo, qe no eran poemas, sino trozos d prosa cortados en renglones desiguales) hubiera sido una mutilación. Pero también es cierto q con el verso libre se multiplicaron los poemas q son puro facilismo; o q, siendo algo más, teniendo buena factura, carecen d interés. Así como tantos sonetos repetían formas consabidas hasta el aburrimiento, hay libertades consabidas muy poco libres y más bien ramplonas. Cuando las formas fijas vinieron a menos, el mapa d las exploraciones se volvió nebuloso. ¿Contra qué medir lo desconocido? Lo conocido es lo codificado. Pero muchos aspectos d un poema no están codificados: no se ha hecho el inventario ni creado la nomenclatura q ayudan a reconocer y clasificar. Y, sin embargo, esta distinción ha operado en la práctica, al menos desde Catulo. En el poema VIII (Pobre Catulo...), el autor narrador protagonista se desdobla con arte refinado, plenamente consciente del recurso q está poniendo en juego. Pero se trata d un recurso hasta hoy no definido y bautizado en todas sus variantes./ Hace falta sentido del humor, un dominio completo del oficio, mucho talento y una vocación denodada para buscar poesía contra la corriente. De su contrapoética habla en "Manchas nombradas": así quisiste comenzar a desbarrar - ni a tiros y contra el blanco - contra el éxtasis sacado a concurso - contra las fuentes contra los senderos - y contra todo aquello q se larga sin ruido - contra los trepadores envidiosos - contra la corte y confección fisgando./ José-Miguel Ullán se internó decididamente en la selva de lo desconocido y descubrió una flora inédita de poemas posibles. // De Montaigne a Walter Benjamin - Claudia Kerik: Michel de Montaigne inventó el género del ensayo y reinventó el uso de las citas textuales. Walter Benjamin, en el "Libro de los pasajes", llevó ambos recursos a un formidable extremo. / Si mi libertad no estuviera en el libro, ¿dónde estaría? - Edmond Jabés 1. Montaigne y el arte de ensayar tomando prestado: Cuando Michel de Montaigne puso a prueba su juicio en los irrepetibles "Essais", con los q inauguraría un género revelador y novedoso, dejó establecidas, sin intención d convertirlas en reglas, o sin conciencia d su valor directriz, las pautas formales q le darían su sello al ensayo moderno. Bajo la forma d advertencias recurrentes, dirigidas a un lector inocente, incapaz d anticipar el recorrido textual que el autor proponía; o a uno más bien curtido en otras lecturas, perspicaz y dispuesto a la censura inmediata, o al nuevo lector q fundaría con la lectura inusual q exigía su obra, Montaigne intervino aclarando lo q hasta la fecha nos ha quedado como el único legado q legitima la forma abierta del ensayo, tal cual ha llegado a nuestros días./ Nada d lo q se iba a encontrar bajo estas formas nuevas d escritura, denominadas por vez primera como “ensayos”, iba a repetir el modo habitual en q el escritor e su época se explayaba sobre temas propios o tratados por otros, en presentaciones codificadas, como verdades últimas o discusiones con punto final. Montaigne dejó claro desde el comienzo q para leer sus ensayos había q dirigir la mirada hacia otro foco de atención. “No se atienda, pues, a las materias, sino a la manera cómo las expongo.” Esta manipulación sutil de la atención del lector, dirigida no a los asuntos, sino al modo en que estos son expuestos, es lo que ha hecho del ensayo un género fundado en el arte de la exposición de los argumentos, más que en los temas en torno a los cuales gira dicha exposición. Desde 1580, en q fueron publicados los "Essais" de Montaigne, hasta la fecha, este sigue siendo uno d sus rasgos inherentes, cuyo alcance es difícil d precisar. Se trata d eso q Adorno, en el siglo XX, dejaría sintetizado bajo el título “el ensayo como forma”, una reflexión sobre la preeminencia del modo en q el ensayista elige comunicar sus contenidos, aceptando el riesgo q reside en la autonomía de la exhibición de su material. Comparado con el discurso científico, el ensayo ha sido malinterpretado como un género carente de solidez, justamente por esta libertad intrínseca, concebida desde su génesis, para dar rienda suelta al curso del pensamiento, sin forzarlo a tomar una forma preconcebida y establecida con rigor. Pero, como Adorno ha puntualizado, esta movilidad propia del ensayo es la del espíritu mismo, una vez emancipado. Y sólo tiene la apariencia de una renuncia q facilita el camino al pensador. En realidad, se trata d un esfuerzo diferente por comunicar “lo que hay de ciego en sus objetos”, abandonando los contenidos preparados y asumiendo “la tensión entre la exposición y lo expuesto” en un reto discursivo q lo vuelve “más dinámico que el pensamiento tradicional” y lo acerca a la imagen, por tratarse d una “yuxtaposición construida”. Montaigne nos legó el desafío d un género que puso el énfasis en la forma y en la vinculación de esta con la subjetividad del autor. Con los "Essais", asistimos al nacimiento d un tipo d experimentación textual q ensayó un modo distinto de tratar los asuntos, y que propuso simultáneamente una materia inédita como objeto d análisis: la del propio sujeto pensador. Nunca se agotará el sentido que le dio a la forma del ensayo la sentencia de Montaigne: “yo soy la materia de mi libro”, unida al decreto de no atender las materias sino las formas en que estas se presentan. Doble cambio radical: En el ensayo la materia es el autor, y el autor no está en la materia, sino en la forma. La persona determina el asunto, pero el asunto no es lo que importa, sino el modo en que se manifiesta. Atienda pues, el lector, a la manera como un autor se representa en la escritura o nos deja saber su punto de vista sobre algo. Eso es lo que está en juego en el texto del ensayo: la escritura improvisada de un yo que ensaya sus puntos de vista sobre un objeto. El ensayo se construye mientras avanza, no hay modo de preparar la forma definitiva que asumirá el curso de los pensamientos para construir su argumentación. Lo que parece una excesiva flexibilidad de adaptación del pensamiento al texto es, en realidad, un reto de sometimiento del pensamiento a su material./ Montaigne nos dejó el ejemplo d su propio intento d someter su escritura a su yo, y tuvo claro, desde un comienzo, q para hacerlo se auxiliaría del pensamiento de los otros a fin de dar relieve o respaldar su propia creación: “y véase, en lo que de otros tomo, si he sabido escoger bien aquello que realza o socorre la invención, la cual nace de mí”. Así abrió el camino para la utilización de la cita textual como un acto a la vista del lector, quien podrá juzgar por sí mismo la capacidad del escritor para elegir aquello que apuntale la demostración de sus razonamientos. Sobre esto también marcó una pauta formal, la del uso d la cita incorporada en el texto como herramienta del pensamiento, abandonando otros usos de la misma, como el d ser una demostración deliberada dlos conocimientos del autor. Para el futuro género del q era, sin saberlo, su fundador, indicaciones como estas fueron esencialmente constructivas a fin d ilustrar una nueva relación del autor con la obra y el pensamiento d los otros, la de ser libre para crear bajo plena responsabilidad un producto, hecho también d otros textos, en q la intertextualidad quedara asumida como uno de sus rasgos propios. “Hago, por ende, q los demás expresen, no antes, sino después q yo, las cosas que no puedo decir bien, por flaqueza d mi lenguaje o d mis sentidos. En las citas q aduzco me atengo al peso y no a la cantidad, pues si número hubiese querido, habría doblado los pasajes ajenos.” Montaigne propuso un uso d la cita textual mucho más vinculado a la propia construcción formal del texto, al incorporar la noción d peso en contra d la noción d cantidad. Aclaró, con suficiente énfasis y memorable modestia, que el hecho de citar a otros autores no revelaba su propia erudición sino los límites de la misma, y que acudir a los otros era darles la palabra porque lo saben decir mejor que uno. En sus observaciones se puede distinguir una voz clara que reconoce la responsabilidad del escritor frente a lo escrito, al otorgarle a los otros el primer lugar en relación a uno mismo, pues lo dicen mejor que uno, y el segundo en relación a lo que uno dice, pues el compromiso por las ideas expuestas es todo del escritor y no de los autores a los que remiten las citas. Por otra parte, no titubeó para asumir la libertad de citar como la habilidad para apropiarse de los textos ajenos y convertirlos en algo distinto: “Con tantas cosas que tomar prestadas, me siento feliz si puedo robar algo, modificarlo y disfrazarlo para un nuevo fin.” / La práctica d citar textualmente para acompañar el propio pensamiento ha llegado hasta nuestros días como rasgo característico del ensayo, un género q se ha liberado del compromiso formal d dar cuenta obligada de textos y fuentes al lector. A la tensión propia del ensayo por equilibrar fondo y forma, pensamiento y discurso, se suma la del equilibrio q le otorga al texto el juicio d los otros, en lo q puede tornarse a veces un juego de citas, no siempre jugado con fortuna, pues puede saturar el discurso dando la impresión de un catálogo de conocimientos, más que de una construcción subordinada, cuidadosa y exigente. Aún así, a partir del modelo inaugurado por Montaigne, el ensayo ha recorrido un camino en q se ha conservado la esencia ilustrada por los "Essais". El papel q la cita textual ha jugado para darle forma al género ha llevado al mismo a extremos tales como el q Walter Benjamin tocó para dejar un ejemplo único: el d un proyecto q hizo de la cita y su comentario uno d sus principales recursos para comunicar, construir y presentar su tesis personal./ 2. Walter Benjamin, un talmudista moderno: El "Libro de los pasajes" representa el grado más alto d polarización d algunos de los rasgos esenciales del ensayo moderno. En primer lugar, porque se trata de una obra inconclusa (por razones históricas) y sin conclusión (por razones artísticas y filosóficas). Walter Benjamin lo experimentó como una obra en marcha, el mayor de sus proyectos histórico-literarios, un trabajo monumental de investigación sobre algunos temas del París del siglo XIX, cuya forma intrínseca no admitía el tratamiento de los contenidos presentados como una exposición acabada. Benjamin estaba seguro d q nunca había escrito “con tanto riesgo de fracasar”. Lo verdaderamente actual siempre llega a tiempo. / Debido al suicidio del escritor judío (ante el temor d ser destinado a morir en un campo d exterminio), su obra adquirió la doble dimensión d un texto sin final. Lo que Benjamin concibió como la forma inicial del proyecto d su ensayo pasó a ocupar la forma definitiva, decidida por su destino, lo cual vino a iluminar su concepción original. De todos los géneros literarios, el ensayo es el único que, por su misma naturaleza de experimentación crítica, fiel a su génesis hasta la fecha, admite que un autor deje abiertos los caminos de reflexión que ha ensayado ante un lector invisible, esa manera deshilvanada de tratar la ciencia, que prefería Montaigne. No es una falta de capacidad del ensayista el elegir no conducir sus razonamientos a la articulación de una tesis irrefutable o de un cuerpo de ideas cerrado, imposible de cuestionar. Es parte del mismo acto de ensayar el pensamiento en el discurso, la cualidad d examen y apertura propia del “centauro de los géneros”. No hay muros q detengan las rutas hacia donde lleva una reflexión cuyo mensaje está encerrado justamente en su apariencia d apertura formal. Si Harold Bloom calificó los "Essais" de Montaigne como un milagro de mutabilidad, el "Libro de los pasajes" de Walter Benjamin podría invertir el sentido de dicha expresión pues se trata de la mutabilidad de un milagro, el de la caída en el pozo vertiginoso del libro, una lectura hacia adentro en busca de la voz que orienta la lectura en una dirección determinada. La tendencia del ensayo moderno “a la curva abierta”, o “al etcétera” que ha señalado Alfonso Reyes, es llevada, en el caso del "Passagen-Werk", a un extremo de realización. Pero nada más alejado de Walter Benjamin que proponerse deslumbrar a sus lectores arbitrariamente con una maniobra formal de alto riesgo. El libro se presenta como una obra inacabada porque existe ante nosotros sólo como proyecto; por lo tanto, como señala Susan Buck-Morss, nos enfrentamos a su vacío. Pero, en realidad, se trata de un acto de extremo acercamiento a su objeto de análisis, característico de la “mirada de medusa” propia de su filosofía, que volvía inconmensurable lo que tenía ante sí, como si al observarlo bajo una lupa perdiera su tamaño real y mantuviera su movilidad en una imagen fija. Si hemos hablado d un sometimiento del pensamiento a su material en la forma q asume el ensayo como género, este es un caso q ilustra a la perfección dicho rasgo esencial. Pues Benjamin eligió como objeto d reflexión el París decimonónico, “capital del siglo XIX”, y encontró en el montaje d textos una forma d reproducir la experiencia fragmentaria del hombre y del lector moderno. La ciudad fue el principio formal elegido, presente en la yuxtaposición d materiales y argumentos. Adorno ha subrayado el origen de la capacidad de Walter Benjamin “de establecer constantemente aspectos nuevos de las cosas –no tanto por el procedimiento de romper críticamente las convenciones cuanto por comportarse según su organización interna con el objeto como si la convención no tuviera poder alguno sobre este”. Sólo tomando como punto de partida la experiencia urbana como alegoría de una época histórica podemos entender el cambio formal que operó en el ensayo como un cambio obligado por el objeto de análisis y representado por el discurso simultáneo que resultó del entrecruzamiento de citas, reflexiones, fragmentos, comentarios, anotaciones, etcétera./ El libro incluyó, en sus distintas fases d concepción y clasificación d materiales, juegos d citas intercaladas que hablan unas con otras y entre las cuales nos habla el propio autor. Usando en ocasiones su propia voz como una cita, Benjamin consigue anular su propia autoridad como autor del libro, simulando ocultarse detrás de los textos que lo circundan. Al insertar sus reflexiones y comentarios bajo la forma d fragmentos, Benjamin consigue hacer d su pensamiento una cita más entre las citas, q no destaca ni invade el conjunto formal, sino q reverbera entre las demás. Su voz no aparece precisamente para dictaminar el juicio q el lector deberá crearse sobre el conjunto del material exhibido, sino para comentar la naturaleza d las reflexiones contenidas en las citas. Sus comentarios parecieran reflejar d nueva cuenta la posición de Montaigne, quien dijo: “Expongo libremente mi opinión sobre todas las cosas, incluso aquellas que quizás rebasan mi capacidad y no pertenecen a mi jurisdicción, porque en mis opiniones pretendo dar la medida de mi visión y no de las cosas.” Tampoco Benjamin pretendía dar la medida d las cosas, sino la d su visión, materializada en la forma del libro. En muchos sentidos, el "Libro de los pasajes" extrema los rasgos del género. La yuxtaposición d textos citados, como recurso formal predilecto, consigue convocar eso q Adorno denominó un “campo de fuerzas”, creado a partir del comentario d cada cita y la lectura simultánea d lo q se despliega ante los ojos del lector como una “constelación de ideas”. Benjamin procede como un talmudista moderno, un pensador habituado a la exégesis que elige como material para la interpretación lo cotidiano e inmediato, haciéndolo ocupar el lugar de lo sagrado. En la postura d un exégeta convierte también al lector dispuesto a asumir el recorrido al q su proyecto invita, pues exige del mismo una inclinación a la lectura como relectura e interpretación. Su obra, d la q este libro es sólo una d las partes más significativas, se asoma en el límite, ya borroso, ya luminoso, entre literatura y revelación, pues el texto no tiene un sentido último y está más emparentado con la visión sustentada por él mismo d una ruina o un conjunto d desechos q albergan la promesa de uno o más sentidos. Benjamin nos acerca a la historia del siglo XIX a través d las imágenes q elige para representarla, tomadas d la vida urbana del París decimonónico, y consigue arraigar en ellas su percepción crítica. Toma además, como una fuente confiable, la visión q la literatura, y en particular la poesía de Charles Baudelaire, consigue sobre la ciudad transformada. En todos los casos, procede al análisis d imágenes y a la construcción d un juego de significados q, aunque están siendo dirigidos por su discreta y ubicua autoridad, no admiten una sola dirección en la lectura. Calles, materiales d construcción, tipos d iluminación, así como personajes y paisajes urbanos (entreverados con trasfondos de mitos), son capturados en instantáneas y expuestos ante el lector como una topografía, llena d desviaciones y rodeos./ Si el lector se detiene en alguna d las páginas d la sección “Apuntes y materiales”, podrá encontrarse con distintos tipos y tamaños d letras (q en la edición en español sirven para distinguir el idioma original en q aparecen las citas), distintos modos d fragmentar lo citado, y una corriente paralela y subordinada d anotaciones, enmiendas, explicaciones, preguntas y reflexiones que recuerdan una página del Rashi o de alguno otro de los principales comentaristas del Talmud, la obra fundamental q recoge las discusiones rabínicas en torno a las leyes, costumbres, historias y leyendas del pueblo judío a manera d comentarios a pie d página o de anotaciones al margen del texto central. Resultado d siglos d debate, en principio d tradición oral, el Talmud, en sus diferentes ediciones, se convirtió en una obra representativa del modo característico de razonar de los sabios judíos, a través de preguntas y cuestionamientos permanentes a la tradición, así como de comentarios cortos que ofrecen explicaciones diversas de las sagradas escrituras. A lo largo d generaciones d comentaristas, el Talmud fue adquiriendo la forma d un texto hecho por acumulación d anotaciones superpuestas, unas sobre otras, preservando así, d modo singularísimo, la libertad para opinar, cuestionar e incluso contradecir, bajo la forma d enmiendas y agregados, los temas contenidos en los textos centrales. Al desplazar hasta los márgenes la discusión y exégesis del texto central, obligó a un nuevo modo de lectura hermenéutica, pues el hilo argumental sostenido por alguno d los comentaristas podía constituir por sí mismo una línea de lectura. Un juego óptico, d letras y tamaños d letras, de renglones, anotaciones en cursiva, subrayados y tachones, frases inconclusas, o ideas agregadas q se suman a la discusión original, y q exponen la vitalidad del debate y la importancia d la atención a cada mínima línea escrita sobre los temas en cuestión. El talmudista hacía de la polémica escrita una obligación, transmitida por la tradición, que crecía de un comentarista a otro, de maestros a alumnos, de modo que el libro fuera el resultado de la discusión abierta y de continuo actualizada, entretejida por la escritura de unos sobre la de otros, en los márgenes de cada pasaje. Walter Benjamin parece hacer lo mismo con sus contemporáneos al acercarse a sus textos, eligiendo extractos q discutir, aclarar, interpretar o rememorar, añadiendo sus propios comentarios, como parte del pasaje q comenta. Como un talmudista, expone sus puntos de vista a través de anotaciones y preguntas que, en ocasiones, vuelven a retomarse junto a otro fragmento o en un capítulo sobre otro tema, y en los que podemos distinguir la voz de una reflexión sostenida con la intención de acercarse a cada cita para insistir en su importancia, desde una perspectiva diferente. En lugar d avanzar exponiendo una teoría abstraída del material, elige la forma del comentario enlazado d un fragmento a otro, para mostrar cómo nacen sus ideas, al mismo tiempo q exhibe gráficamente el recorrido d sus asociaciones. La escritura desde los márgenes, q va desplazando nuestra atención y transformando la experiencia d la lectura en un acto d reconstrucción personal, es asumida por este talmudista moderno en su mirada marginal d judío, con la seguridad del q sabe q el libro habla desde donde sea q se lo oiga si el lector elige entrar en él./ Una obra q ha llegado así hasta nosotros, eternizada como proyecto d obra (hoy en día constituida como libro), parece reproducir lo q en la plástica se habría de llamar más adelante "action painting", esa corriente pictórica que exhibe el modo en que el pintor llega a sus resultados finales como una obra acabada en sí misma. A un reto similar nos obliga la lectura d un libro que nos pone en apuros como lectores, pues nos involucra en el procedimiento crítico de descifrar y reconstruir. El acto de exhibir ante el lector sus argumentos a partir de un cruce de fragmentos, imágenes, citas y comentarios le da preeminencia al texto, en un esfuerzo por anular la subjetividad del autor. Adorno ha señalado que “la intención de Benjamin era renunciar a toda interpretación manifiesta y hacer que las significaciones se impusieran simplemente por el montaje contrastado del material [...] Para coronar el antisubjetivismo, la obra entera tenía que constar de citas”. La deliberada construcción q parece ocultar a la persona del autor, y dejar en primer plano al texto, alienta la libertad d apreciación pues crece el espacio del lector. No tiene prioridad un fragmento sobre otro. Aquí es el juicio del lector, y no solamente el del autor, el q se pone a prueba, y toda la obra constituye un testimonio d la capacidad d ensayar los puntos de vista como imperativo textual para hablar d la modernidad. La obra, sin embargo, no se plantea sin una línea d investigación rigurosa. “No se trata sólo de invocar experiencias sino de probar la validez de ciertos conocimientos decisivos de la conciencia histórica bajo una luz inesperada”, nos aclara Walter Benjamin./ El efecto singular q provoca una obra q ha llevado al extremo algunos d los rasgos formales del género es inseparable del juego consciente q el escritor estableció con una d las formas del discurso filosófico y literario q admitían un tratamiento más libre. Walter Benjamin ensayó con el ensayo su propio modo de comunicar un punto de vista absolutamente nuevo, que requirió igualmente una vinculación nueva entre la palabra y la realidad, así como entre el texto y el lector. “Su propia sustancia, la experiencia espiritual no reglamentada”, quedó latente esperando ser revelada en este proyecto textual, un reverberante ensayo q tuvo como imagen espacial los pasajes d la ciudad de París, construidos en el paso d un siglo a otro, y q fueron convertidos por el autor en la prueba q ofrece el pensamiento cuando se lo somete a la exégesis d una clave d la historia. Las poderosas tendencias judías manifiestas en estas y otras elecciones formales, q tanto Scholem como Adorno han advertido en la obra de Walter Benjamin, resultan ser un modo d apropiación de la tradición judía talmúdica del comentario en manos d un autor moderno “que estaba decidido a no renunciar, aunque debiera pagar por ello un alto precio, a la fuerza que él mismo había redescubierto mejor que ningún otro contemporáneo judío en la vida secreta del comentario como categoría religiosa decisiva”./ De Montaigne a Walter Benjamin, el ensayo como género ha transitado entre los extremos que su misma naturaleza permite, como el del uso particular de la cita textual que aparece en el "Libro de los pasajes", convertida en la materia del tejido argumental de la obra, desplazando al autor constructor de ese tejido al lugar de un comentarista de citas, empeñado en demostrar mediante la forma del libro la intención de su contenido, en un esfuerzo único por dignificar el valor de la escritura y la lectura fragmentarias.// Dos poemas (versiones de Una Pérez Ruiz) - por Tanya Huntington: Hierve el agua: Pájaros q desgarran el aire cargado de azufre - sobre rocas peladas d terracota - incrustadas con gruesas vetas minerales - dejan al sol fulminante pulsando - detrás d un banco de espléndidas nubes - reflejadas en charcos tóxicos.- Entonces, de la sierra azul índigo - llegó el estruendo de una tormenta. - (No, no “entonces”, como si fuera en pasado. - Sino ahora que lo escribo: vienen cortinas de lluvia y su golpeteo.) / Árbol giratorio: Who can impress the forest, bid the tree - Unfix his earth-bound root? Girando lento sobre tu eje inclinado, - ¿cómo atrapaste tu tapete de musgo - y lo enredaste en tu tronco ennegrecido? - Flecos, velos cobrizos cuelgan de tus múltiples brazos, - arqueados en pose de flamenco en torno - de una dorada corona de brotes diminutos. - Cada uno, una mano que se estira - (no: mano que se tiende) hacia arriba - al brillo incandescente; el reflector del sol.// Doce voces de la historiografía mexicana: II. Miguel León-Portilla: 2,500 años de literatura - por Christopher Domínguez Michael: Su conversación es sabrosa, colorida: podría recogerse entre los Icniuhcuicatl, esos cantos d amistad q ocupan toda una sección de "La tinta negra y roja" (Era/El Colegio Nacional/Galaxia Gutenberg, 2009) la magna antología d poesía náhuatl q publicó../ Discípulo del padre Ángel María Garibay Kintana (1892-1967), León-Portilla es una autoridad mundial desde q publicó "La visión de los vencidos" (1959), uno d los libros más influyentes en la historia mexicana, una pieza de convicción que le da voz al enmudecido universo de México-Tenochtitlán, la ciudad aplastada, militar y metafísicamente como pocas en la historia universal, en 1521./ Y es la historia universal el punto d partida, siempre, de León-Portilla. Ha recogido el testigo donde lo dejaron Bartolomé de Las Casas y Bernardino de Sahagún, los frailes que fundaron, al mismo tiempo, el moderno derecho de gentes y la etnografía como una ciencia justa. No diría yo que León-Portilla es un multiculturalista o un relativista: es un antiguo humanista empeñado en q el colegio indígena de Santa Cruz de Tlatelolco, como utopía de concordia y florecimiento, vuelva a abrirse, y a ello ha dedicado su obra desde "La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes" (1956) hasta "Para entender a Bernardino de Sahagún" (2009), pasando por "Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares" (1961) y por "Quince poetas del mundo náhuatl" (1993)./ Autoridad, León-Portilla, también ha sido cuestionado. Se advierte, según algunos d sus críticos, que si el padre Garibay “helenizó” la literatura náhuatl, León-Portilla “aztequizó” un mundo que ya estaba irremediablemente tocado, deformado, por el catolicismo europeo. Se discute, también, la pertinencia d usar, ante el corpus precortesiano, la noción autoral d literatura. Pero Garibay y, sobre todo, León-Portilla no sólo recobraron la expresión escrita d toda una cultura: le dieron –justa, artificial o tardíamente– al romanticismo mexicano esa literatura nacional, originaria y autóctona q en el siglo XIX no pudo establecerse ni fijarse. Autor de "Toltecáyotl / Aspectos de la cultura náhuatl" (1981), libro colocado en el centro de una nutrida bibliografía, a la vez erudita y didáctica, es, insisto, un renacentista. Mira el mundo con los ojos de Campanella, Tomás Moro y Vasco de Quiroga. En su denostación d los destructores d las Indias asoma Erasmo pero sus verdaderos héroes son, menos q los artistas y sabios náhuatls, menos q los tlamatimine, los frailes misioneros, franciscanos y dominicos, etnógrafos piadosos q lograron, en el siglo XVI, hacer subsistir, en cuerpo y en espíritu, a los vencidos. Y entre Herodoto y Tucídides León-Portilla, vota por Herodoto, el generoso oteador de los extremos del mundo, autor de un inventario curioso y polifónico de pueblos, naciones y maravillas. No cree León-Portilla que deba ponerse el sacrificio humano, el Estado militarista, en el centro del mundo azteca. Sería para él, me imagino, como colocar a la Inquisición en el corazón de España ./ León-Portilla en la UNAM, q sería su primera patria d no estar subordinada, a un universo superior, el d esa toltecáyotl en la q el historiador pasa sus horas más felices. El motivo d la entrevista es, tal cual estaba planeado, la historia d los antiguos mexicanos y el trauma d la Conquista en el doble aniversario q conmemoramos en 2010: Independencia y Revolución. Pero a León-Portilla, más que esa historia mexicana q se conoce d memoria, le interesa la actualidad cultural y política d los indígenas. Le interesa su futuro. Pese al escepticismo q la desdeña como una experiencia literaria en agraz, una literatura a la vez anticuada e ingenua, León-Portilla promueve y exalta la literatura indígena que, al transitar del siglo XX al XXI, se escribe en náhuatl, en mayo yucateco, en mixteco y zapoteco. Dos veces ha sido partero León-Portilla y es evidente q se enorgullece de lo que ha traído al mundo. Es historiador, filólogo y filósofo. Su mundo es una utopía en la cual la herida de 1521 ha cicatrizado./ A la luz o a la sombra d los festejos de 2010, centenario d la Revolución mexicana y bicentenario del comienzo d la Independencia, ¿desde qué perspectiva ve usted al México antiguo? ¿La historia del mundo indígena ya es asumida plenamente como parte d la historia universal? / Creo q la historia universal durante muchísimo tiempo no fue universal, xq no abarcaba el orbe, es decir, la historia q se escribía en el siglo, vamos a decir, XV o XVI, en Italia, por ejemplo, no era universal. Era nada más d los europeos, cuando mucho entraban los pueblos del norte de África y vagamente la India, China y Japón. Hasta que entra en contacto con lo que hoy llamamos Nuevo Mundo, el Viejo se encamina hacia una historia universal. Estuvo aquí un profesor francés q se dedica precisamente a la historia universal y yo le dije: “¿Usted no sabe q hubo intentos de indígenas de hacer historia universal?” y se me quedó viendo como diciendo: “Este está loco, siempre con los indios, ¿verdad?” “Bueno –dije–, no, no en la época prehispánica. Pero ya después d la Conquista tanto Chimalpáhin como Alva Ixtlilxóchitl, cuando van refiriendo los hechos, bien sea de Tezcoco, Chalco o Amecameca, cuando van refiriendo todo eso, hacen alusiones a lo q ocurría en Europa.”/ Los frailes trataron de insertar a los pueblos de aquí en la historia universal, en la historia bíblica, judeocristiana; era la única historia que interesaba. Y acudieron a elementos como el teatro náhuatl y misional, que tiene una cantidad de hechos del Antiguo Testamento, de Abraham, del Juicio Final... Y los indios, algunos de ellos como Chimalpáhin y como Alva Ixtlilxóchitl, que ya eran cristianos, aceptan eso, y por ello establecen sincronologías (en griego sin-, “con”), o sea, correspondencias, cronologías para situarse en lo que sería la historia de la salvación. En un ensayo que presenté hace años sobre el teatro indígena muestro cómo también los indios se apoderaron del teatro, es decir, ya no se trata solamente de ser insertados en la historia universal sino de insertarse a su manera. Se introducen a tal grado que algunos de los concilios eclesiásticos, aquí en México, prohíben esas representaciones porque las hallan vinculadas con la cultura indígena./ Es cosa d pensar en un Robin G. Collingwood, q me diría: “no ha habido historia en serio más q a partir d los griegos, y luego en el mundo europeo”; d manera q si yo digo q aquí había historia, se carcajearía. Con Edmundo O’Gorman tuve ese altercado xq él era seguidor de Collingwood. De hecho, tradujo "La idea de la historia". En el caso de Mesoamérica, incluyendo a los mayas, a la gente de Oaxaca, etcétera, sí hubo una cierta conciencia histórica. Basta con ir a cualquiera de los sitios mayas, a Uxmal, a Palenque, a Tikal, y ver las estelas. Y en esas estelas ¿qué hay? Hay registros calendáricos de entronizaciones, de guerras, de historias, una manera de conciencia histórica, aunque no de filosofía de la historia. Cuando los mexicas vencen a los de Azcapotzalco hacia 1431 con Itzcóatl y el consejero Tlacaélel, dicen: “En los libros de pinturas donde están nuestras historias hay mucha mentira. Vamos a quemarlos y vamos a escribir la verdadera historia.” Alguien me dirá: “ya ve usted, no les interesaba”. Al revés: les interesaba tanto que la querían reescribir./ En los códices, por ejemplo, mixtecos, q son los q nos dan más datos historiográficos, conjugaban el marco geográfico en el cual se iban deslizando los acontecimientos. Espacio y tiempo, como diría Kant, y así van apareciendo las fechas en un escenario con montañas y ríos, pueblos con sus glifos toponímicos y antroponímicos, y los hechos van ocurriendo mediante una conciencia histórica muy sui géneris. La prueba es q cuando se consuma la Conquista se empiezan a elaborar otros códices con la intervención d los frailes, como el Códice Telleriano-Remensis, el Vaticano A muchos q tenemos d la época colonial, como el Azcatitlán. Es una manera historiográfica q da entrada a la cultura occidental. Ellos, sobre todo esos q mencionaba antes, están tratando d situarse no ya sólo en la historia sagrada sino en la historia universal./ Usted continúa la obra d los grandes cronistas e historiadores novohispanos –Sahagún, Las Casas, Clavijero–, quienes son también, por qué no decirlo, sus maestros espirituales. Pero d los q conoció usted en persona destaca el padre Ángel María Garibay K. ¿Nos puede hablar de él? Mi primer contacto con él fue indirecto. Estaba yo estudiando en Los Ángeles, preparando una tesis sobre "Las dos fuentes de la moral y la religión" de Henri Bergson, obra q no estaba tan alejada d lo q serían mis intereses xq en ella entran varias culturas: los sufíes, los místicos, la religión dinámica. Y en ese momento caen en mis manos unas versiones de Garibay, la "Poesía indígena de la altiplanicie", publicada aquí, en la UNAM, en la Colección del Estudiante Universitario. Empiezo entonces a leer expresiones como estas: “¿Podemos decir acaso palabras verdaderas en la Tierra? ¿Todo es como un sueño? ¿Qué rumbo podemos dar a nuestro corazón? ¿Qué podemos decir del Dador de la vida? ¿Hay vida o hay muerte después de la muerte? ¿Volveré a cuajar como cuajé por primera vez en el seno de mi madre? ¿Veré a mis padres?” Estos son los presocráticos, nada más que en náhuatl./ Del padre Garibay, cuando empezó a publicar, algunos dijeron –creo q atribuyéndoselo a Alfonso Reyes– q “como este padrecito conoce muy bien su Horacio y a los presocráticos, ahora les pone plumas de quetzal y resulta que son palabras verdaderas. Ni qué un indio fuera a plantearse esa pregunta”./ Así conocí a Garibay. Regresé a México y fui a ver al doctor Manuel Gamio. Había escrito yo una obra d teatro, "La huida de Quetzalcóatl", y le dije q si la quería leer. Me dijo: “La voy a leer, pero es mejor q la lea el padre Garibay, él sabe d eso. Háblale.” Le hablé a la Villa de Guadalupe. Garibay no tenía teléfono propio, pues tenía telefonofobia. Le hablo y viene al teléfono: “Padre, quería yo hablar...” “¡Ya me esta hablando!” “Quisiera enseñarle...” “¡Qué, qué me quiere enseñar de qué!” “Que el doctor Gamio me dijo q si lo podía ver.” “Bueno, mire, venga el viernes a las seis, y si no viene me da igual.” / Ese fue mi primer contacto con Garibay. Naturalmente llegué bastante temeroso y me dijo: “Mire, le voy a regalar un ejemplar d mi "Llave del náhuatl". Usted dice q quiere estudiar el pensamiento indígena, ¿sabe náhuatl?” “No, no sé náhuatl.” “Aquí en México”, continuó, “tenemos grandes helenistas que no saben griego, grandes estudiosos de Kant y Hegel que no saben alemán. Por eso, si usted quiere meterse en esto, tiene que saber náhuatl. Mire, venga en quince días, siga las lecciones de mi libro. Tiene usted que saber tres o cuatro lecciones. Si no las estudia, mejor no venga porque yo no pierdo el tiempo ni con tontos ni con flojos.” Me puse a estudiar./ Garibay era un profesor extraordinario d la Facultad de Filosofía y Letras. Había recibido, con Gamio, con Jaime Torres Bodet, con Reyes, un doctorado honoris causa cuando el cuarto centenario d la Universidad. Por eso después fui a ver a Garibay y le dije: “¿Quiere usted dirigirme la tesis?”, y responde: “¿Por qué le tengo q dirigir a usted?” “Bueno, xq usted es un profesor extraordinario.” “Pues sí, por eso soy extraordinario, para no tener q hacerlo.” Total, aceptó. Tuve q mover cielo y tierra para q se admitiera mi estudio d la filosofía náhuatl. Tomé cursos con Garibay y con Justino Fernández, que acababa de hacer su tesis sobre la Coatlicue y tenía una especie d historia d las ideas estéticas aplicadas al arte indígena. Tardé como tres años y medio en hacer la tesis y tuve la temeridad d ponerle como título "La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes". Llegó el día del examen y presidió el examen el doctor Francisco Larroyo, director de la facultad, un filósofo neokantiano que no creía en los indios. Vinieron el padre Garibay, Justino Fernández, el secretario d la facultad. / “Yo lo apoyo a usted. Yo lo apoyo. Sí creo q hay un pensamiento indígena.” Y así se desarrolló el examen. Al terminar, Garibay me dijo: “Lo felicito mucho.” “Pero ¿por qué, padre?”, le pregunté. “Porque le contestó a Larroyo. Yo no entendí nada d lo que preguntaba, q quién sabe qué con la inflación d conceptos.” Bueno, me aprobaron con mención honorífica. Algunos filósofos d aquí se retorcían d risa, dicen: “Qué imbecilidad será esta.” Un famoso profesor d aquí de Estéticas q se decía “marqués”, ya no le doy más pistas, vio en la mesa de Justino Fernández "La filosofía náhuatl..." y dijo: “Y esta necedad ¿qué es?” / Como a los quince días hubo una comida q daban los Porrúa a varios d los q publicaban con ellos, y estaba este señor con el padre Garibay, q me llamó y le dijo: “Mire usted, le voy a presentar a un idiota.” Dice: “¡Que qué!, ¿oí bien?” “Le voy a presentar al señor León-Portilla, q es un idiota.” “¿Por qué es idiota?” “Porque figúrese usted que él cree que los indios piensan.” “Yo d eso no sé nada.” Le respondió Garibay: “Si no sabe, cállese entonces.” / Así me fui abriendo camino. Durante mucho tiempo creían q estaba yo loco. Ni se tomaron la molestia d leerme. Ahora puedo decir con gozo q el libro se ha traducido al alemán, al francés, al inglés, al ruso y se está traduciendo al croata. Hace poco participé en un congreso internacional de filosofía. Aceptaron que hablara yo de esas “necedades”, porque al fin y al cabo ¿qué es la filosofía? Es la reflexión que hace el ser humano –todos somos filósofos– sobre una serie de problemas. Cuando escribí La filosofía náhuatl no lo hice nada más por interés académico sino por interés vital. Yo era casi escéptico –sigo siendo casi escéptico– pero me encontré un pensamiento que es poesía, flor y canto. Hay un diálogo precioso, por ejemplo, en que va apareciendo una serie de sabios para tratar de decir qué es la flor y el canto, y al final se dice: “tal vez sea la única manera de decir palabras verdaderas”. Entonces echamos a un lado a Hegel, a Santo Tomás de Aquino y hasta a Aristóteles, y nos quedamos con la flor y el canto. En ese sentido me quedo con Bergson. Él es también flor y canto./ Así fue mi relación con Garibay. Después lo seguí viendo hasta q murió en 1967. Yo era ya director d este Instituto d Investigaciones Históricas y él era investigador. Hay quien dice: “Ah, pero sus traducciones tenían muchos defectos.” Si no fuera por los trabajos de Garibay, casi nadie se dedicaría ahora a estas cosas. Garibay trabajó mucho. En su Historia d la literatura náhuatl nos revela el caudal gigantesco d fuentes que hay. De manera q aunque haya cometido errores, ¿quién no los comete? A mí me decía: “Mire, usted no sufra con las erratas de los libros, aunque sean gordas, no importa.” “¿Por qué, padre?” “Dios omnipotente –dice– hizo este mundo y esta lleno de erratas, que somos nosotros, y no nos quitó. Así que no se inquiete usted mucho.”./ ¿La obra de Garibay es una respuesta al desprecio hacia las civilizaciones indígenas, al racismo de, por ejemplo, un José Vasconcelos en su última época? / Claro. Hay unos programas de televisión en que aparecen Vasconcelos, Alfonso Junco y Andrés Henestrosa, que luego la universidad ha vuelto a sacar, y es terrible ver allí a Vasconcelos. Da tristeza. Lea usted el prólogo a la "Breve historia de México" (1939), donde dice: “Y qué tenemos de los indios, la otra sangre de nuestra sangre... Nada, porque nada de lo que hicieron valía la pena conservarse.” ¡Así dice!, ¡terrible! Y a mí Gamio me contó cosas terribles de Vasconcelos que prefiero no contar porque no puedo demostrarlas. Vasconcelos llegó a una actitud fascistoide casi, era partidario de Franco. No sé por qué terminó así./ Garibay levantó otra bandera. Yo por eso venero profundamente a Gamio y a Garibay. A Gamio también lo han acusado d q quería aplicar el método de Franz Boas para q los indios dejaran d ser indios y se volvieran culturalmente mestizos. Eso es falso. He espigado sus obras y en un pequeño trabajo, "Pueblos originarios y globalización", muestro que las afirmaciones de Gamio casi coinciden con los Acuerdos de San Andrés Larráinzar: que los indios se gobiernen internamente, con sus representantes en las cámaras: que aprovechen las riquezas de sus territorios, que sus lenguas se mantengan, que se cultive la literatura. Eso no es Franz Boas, a quien, además, no deben de atacarlo porque él fue quien, en Columbia University, inició mucho de la moderna antropología, exigiendo a sus alumnos que aprendieran la lengua del pueblo indígena con quien trataban. Vaya usted a saber si hoy día los antropólogos mexicanos conocen la lengua indígena de aquellos con quienes trabajan./ Las lenguas indígenas no sólo persisten sino q tienen una expresión literaria contemporánea q usted ha recopilado y divulgado. En 2004 publicó usted una antología: "Antigua y nueva palabra". Quisiera saber cómo lee usted la poesía actual d los indígenas tras haber rescatado el acervo precolombino, d la Conquista y del virreinato. También me da mucha curiosidad, finalmente, saber cómo leen los escritores indígenas actuales a sus clásicos, si es q los consideran sus clásicos. ¿Usted ha leído con ellos, por ejemplo, "Trece poetas del mundo azteca"? Gamio me decía siempre: “¿Te interesa el indio muerto? No te fijes nomás en el indio muerto, piensa en el indio vivo.” He procurado seguir siempre ese consejo, porque el indio vivo es el heredero primario de todo eso. Y antes de que Garibay y yo contribuyésemos a rescatarlo, hubo precursores en Alemania. Ellos habían hecho traducciones y las publicaron como ediciones de etnología en un instituto alemán, que no trascendían. Leerlas, en el mundo de habla hispana, era un poco como ir a importar pulque a Alemania. Se hicieron, a veces, traducciones de traducciones del alemán, como las de Konrad Preuss; los textos que recogió entre los mexicaneros de Durango han sido traducidos no de náhuatl sino del alemán./ Me empecé a vincular con la literatura indígena q se produce actualmente. Confieso q al principio yo decía: “Pero si tenemos tantos textos antiguos, para qué vamos a desviar la atención hacia los modernos.” Pero poco a poco fui cambiando d opinión. Quedé maravillado. Había una señora “informante” q se llamaba doña Luz Jiménez, de Milpa Alta. Hablaba náhuatl perfectamente. Ella ayudaba a hacer la traducción, q es como hacen muchos investigadores, malamente, xq no saben bien la lengua. Doña Luz Jiménez era una persona excepcional, dio unos textos: “Yo los quiero publicar como material de lectura para mis estudiantes.” “No –le dije–, no como material de lectura. Son valiosísimos.” Yo le ayudé con el título, "Memoria náhuatl de Milpa Alta / De Emiliano Zapata a Porfirio Díaz". Hay varias ediciones, está traducido al inglés./ En 1949, 1950, no había muchos autores indígenas. Empezaron a venir algunos maestros, cuando daba yo conferencias sobre los poetas indígenas. Y estas cosas les empezaron a atraer, me venían a ver mucho./ Al principio, cuando llegaban de varios lugares no se entendían entre sí. ¿Por qué? Porque las variantes del náhuatl desde la época prehispánica han sido intensas. No nos debe de extrañar: el italiano o el alemán tiene una variedad tremenda. Pero yo les decía: “Vamos despacito. A ver, ¿cómo dices tú ahora?” “Yo digo áxatl.” “Y tú, ¿cómo dices ahora?” “Yo digo aman.” “¿Y cómo decían antiguamente?” “Pues axcan.” Me empecé a hacer su amigo y pude platicar con ellos. Antes no tenía con quién hablar./ Recibió d ellos la dimensión coloquial del lenguaje. Totalmente./ Con el paso del tiempo Carlos Montemayor, por ejemplo, ha hecho un trabajo espléndido con los talleres literarios, sobre todo con tzotziles, tzeltales, mayas y yucatecos, para q se formen como escritores, y para q aprendan a escribir en castellano. ¿Por qué? Porque ellos vienen a hacer su propias traducciones, y si las hacen mal van a decir: “Es una literatura d a cuartilla que no vale nada.” “¿Y quién va a leer nuestras cosas?”, me preguntan. En la medida, les respondo, en q haya más gente q conozca la educación bilingüe, q pueda leer, q realice la lectura d los escritos en la propia lengua, se leerá más. Ayudarán, en el ínterin, los programas radiofónicos, las radios comunitarias en lengua indígena./ Cada lengua es como una atalaya. A partir de ella se contempla el mundo. Para conocer la mente humana el mejor camino es estudiar las lenguas. / Fui miembro de la Junta de Gobierno de la UNAM, y cuando venían filósofos para elegir a su director les decía: “En vez de ser eco de ecos, de filosofías europeas, de manera que si hoy hay existencialismo, todos somos existencialistas, les voy a dar un consejo: traten de ver cómo se conceptúa, cómo es el proceso cognoscitivo en una lengua indígena. Eso sí es filosofía, y van a descubrir paradigmas mentales que ni sospechan. ¿Cómo segmenta la realidad la mente de un zapoteco?” / Hay un purépecha, Irineo Rojas, que estudió física en Alemania y es defensor también de su lengua. / Al principio, los escritores indígenas caían mucho en los ritornelos, en llorar su desgracia o en copiar textos antiguos, ante lo cual yo les decía: “Ustedes, como cualquier literato d hoy, pueden crear, inspirarse en el pasado.”/ Así empieza toda literatura y usted ha tenido la suerte no sólo d ser testigo sino partero d una nueva literatura. Así empieza. Creo q los escritores griegos modernos así han d haber empezado, inspirándose en Sófocles o en otros autores d la antigüedad clásica./ ¿Tiene algún recuerdo d la experiencia de ellos leyendo la poesía mesoamericana? Era una verdadera vergüenza q los descendientes d quienes concibieron eso no tuvieran acceso a los libros d sus ancestros. Le voy a contar dos experiencias. Una de ellas tiene q ver con q hemos organizado, reuniones d hablantes d lenguas indígenas, q en náhuatl se dice Nahuanechiconixtli, en lugares como Milpa Alta, Santa Ana Tlacotenco... La gente viene, pero por desgracia son más bien viejos. Las lenguas, si no se refuerzan, están siempre en peligro. Cuando ya son solamente cuatro sabios los que hablan cierta lengua, es ya un momento artificial: el kiliwa, el paipai, el tipai, el cucapá en el norte de México, en Baja California, tienen cincuenta, sesenta hablantes, y se van a San Diego o a Ensenada. ¿Qué pasa cuando muere una lengua?, dice un poema en náhuatl. Es terrible, la humanidad se empobrece./ Entre los zapotecos, sobre todo entre los del Istmo, ha habido siempre una tradición literaria; podemos encontrar textos escritos en 1890. Víctor de la Cruz, autor de "La flor de la palabra", arranca con inscripciones que están en estelas de Monte Albán y termina en la actualidad: 2,500 años de literatura./ En el quinto centenario, en 1992, pensé que podíamos publicar una obra importantísima en náhuatl, los "Huehuehtlahtolli": quiere decir “palabra antigua” o “palabra de los viejos”. Bernardino de Sahagún decía que valen más que los sermones: son consejos al nuevo gobernante, a la muchacha y al muchacho cuando se van a casar, cuando nace un niño, cuando alguien acaba de morir. Es la sabiduría decantada. Sahagún decía en el libro VI de su obra: “Aquí esta la filosofía moral.” Se conocen varias recopilaciones de los Huehuehtlahtolli: la que hizo Sahagún cerca de 1546, pero hubo otra antes que hizo fray Andrés de Olmos, que recogió a partir de 1533, la recopilación más temprana. Bueno, pues esa recopilación se publicó en Tlatelolco en 1600 y no había más que dos ejemplares truncos, uno en la John Carter Brown Library y otro en la Universidad de Filadelfia. Conseguí q me enviaran fotografías, y los armé. Y le dije a mi amigo Librado: “Librado, yo hago la introducción y tú lo traduces. Pero yo quiero que tú seas el traductor.” “¿Y por qué lo quieres así?”, me preguntó. “Para que sea uno del mismo linaje el que mantenga la lengua”, le respondí. Él, que habla una lengua muy parecida al clásico, lo tradujo y lo publicamos./ Hay lenguas indígenas que no van a morir. Quizá voy contra la opinión de muchos que dicen: “¡Ay, qué lástima que haya tanta Babel aquí! El ideal es que todos hablemos español.” He tenido ocasión de hablar en asambleas de la Academia Mexicana de la Lengua, en la primera reunión de la lengua abierta, en Valladolid, hará como siete, ocho años. Estaban el rey y el presidente Fox, y les dije: “Señores, un tesoro tenemos: las lenguas indígenas. La lengua española desde que nació convivió con muchas lenguas. Convivió con la madre de ella, que era el latín; convivió con la lengua d’oc; convivió con los dialectos italianos; convivió con el vascuence; convivió con el catalán; y después cuando se abrió el mundo convivió con centenares de lenguas, y eso enriqueció a la lengua española, porque tenemos palabras de todas esas lenguas. Y también del náhuatl han pasado a la lengua universal castellana un buen número de palabras. Son centenares que han enriquecido nuestro léxico, nuestra fonética, nuestra manera de estructurar la oración. La lengua española tiene una responsabilidad: respetar estas lenguas y no matarlas, no cometer un crimen, un idiomacidio o lengüicidio, sería terrible. Debemos apoyarla.” Y he logrado q en la Academia haya gente q sepa lenguas indígenas, y voy a lograr q entren algunos indígenas a la Academia. No puede haber un representante de las sesenta y tantas lenguas indígenas, porque entonces ya sería la Academia de las Lenguas Indígenas, pero sí por lo menos de las cuatro principales: el náhuatl, el maya yucateco, el zapoteco y el mixteco./ Regresando al pasado, ¿ignoramos casi todo sobre el mundo indígena durante la guerra de Independencia y durante la Revolución mexicana? Ignoramos casi todo. Es evidente q la Independencia nos trajo la posibilidad d escoger nuestro destino y d no ser tributarios de un país extranjero. No sé si habríamos encontrado nuestro destino d otro modo. Y la Revolución, ¿qué nos trajo? Fue un sacudimiento tremendo, quizá, pero puso en contacto a la población mexicana del norte y del sur. Nos trajo ciertas conquistas sociales, como la restitución de las tierras comunales. / Los indígenas en la época colonial, ¿cómo estuvieron? Fueron pateados y encomendados. Pese a q hubo epidemias terribles y por poco desaparecen, legalmente tenían personalidad jurídica, se reconocían sus instituciones políticas, económicas. Con cierta ambivalencia se reconocían sus lenguas, sobre todo con los Austrias; con los Borbones ya no tanto porque ellos, como buenos franceses, eran unos centralistas terribles. Llegó entonces el arzobispo Lorenzana, después cardenal de Toledo, a decir en una circular a sus párrocos que no rezaran nunca en lengua indígena porque era falta de respeto a Dios. A ese grado./ Contra lo q se cree, la política d los españoles no fue, hasta el siglo XVIII, la d una castellanización virulenta. Los Austrias habían gobernado muchos territorios de Europa donde hablaban checo y una serie d lenguas diferentes, y por ello eran tolerantes. “Hay otras lenguas en nuestros reinos de ultramar, se hablan...”, presumían. Los franciscanos incluso llegaron a pensar que el náhuatl fuera no sólo la lengua franca sino aquella en que se enseñara todo a los indios. Pero hay un libro de un historiador, Hammet, que muestra cómo las tierras de los indios iban reduciéndose porque los hacendados muy ricos, con mañas y artimañas, lograban comprarles y expandían la hacienda, y los indios pasaban a ser peones. Naturalmente eso creaba un ambiente de odio. Hay casos anteriores a 1810 en que hubo rebeliones de indios en que incluso mataron a hacendados. Viene entonces la guerra de Independencia./ Admiro a Hidalgo. Era un hombre inteligente, que había sido rector del Colegio de San Nicolás en Michoacán, había escrito tratados sobre el método de estudiar la teología y se interesaba por el cultivo de la seda. Hallándose en Dolores, Guanajuato, en una casa con españoles, por la noche viene Allende y le dice: “Ya se ha descubierto la conspiración.” Dejó a los españoles, se fue corriendo y soltó a los presos, entre los cuales había muchos indígenas. Junta al pueblo y le siguen muchos indígenas. Lucas Alamán describió el momento en que Hidalgo salí de Dolores así: “No parecía un ejército. Venían los peones en cuadrillas con sus jefes, traían lanzas, flechas, arcos, hondas, uno que otro traía un fusil viejo, venían con mujeres y niños cargando. Parecía más un pueblo trashumante q un ejército.”/ Para la hora de la toma de la Alhóndiga de Granaditas, que fue terrible, Hidalgo ya llevaba como cincuenta mil indios y tenía el batallón de la Reina, q en Celaya se pasó d su lado, un batallón q comandaba Allende, pero el grueso eran indios. Durante la toma de la Alhóndiga, se empiezan a llenar todas las calzadas de los alrededores con indígenas, quienes llevaban hachas y con sus ondas tiraban a las ventanas. Los españoles llenaron frascos con pólvora, los arrojaban y mataban a un montón de indios. Hasta que por fin los indios lograron entrar, bien sea con el Pípila, con piedras o con una madera con la que rompen la puerta./ Tengo documentados a más de cincuenta caudillos indígenas. No eran nada más carne de cañón, había también caudillos, y muchos de ellos terminaban fusilados o ahorcados o muertos en batalla. Hubo casos en que fusilaron a mil indios; colgaban la cabeza de sus jefes, como hicieron con la de Hidalgo. Fue intensísima la participación de los indígenas. Hubo un indio al que le llamaban “el capador” porque a cuanto español cogía lo capaba. Ahí tienes una muestra del odio terrible que había. Por ese tiempo se expide la Constitución de Cádiz de 1812, y luego en Apatzingán la de Morelos, en 1814, y, ya consumada la Independencia, la de 1824. Y todas esas constituciones parten de la idea liberal de un concepto de ciudadanía nuevo: todos somos iguales, no hay nadie que sea superior, y toda idea de las castas hay que abolirla./ Se esperaba q, al integrarse, gracias a la igualdad civil, desaparecieran los indios. Exactamente. Nadie debía tener ningún privilegio ni leyes especiales ni nada. Todavía usted les dice a muchos abogados q los indios deben tener leyes especiales y les parece una locura. Los indios empezaron a ser borrados del mapa, y luego los gobiernos republicanos acentuaron eso cada vez más, y los indios fueron perdiendo las tierras q tenían. Con las leyes de Reforma lo que tenemos es el golpe de gracia porque, al suprimir la propiedad comunal de la Iglesia, se cargan también a las comunidades indígenas, y los voraces compran esas tierras y el latifundismo crece de una manera terrible./ Dice Gonzalo Aguirre Beltrán que eso ayudó mucho al mestizaje. Pues sí, claro, porque, al quedar desenraizados los indígenas de sus comunidades, se empezaron a mezclar. Para mí –y no es una idea nueva: está en los estudiosos del siglo XIX, en los socialistas, en Jean Meyer– los indios se encontraron peor q antes, desprotegidos totalmente. ¿A qué apelaban, a quién? Antes, por lo menos, se podía apelar al tribunal indígena./ En la Revolución se repite lo mismo. Es obra de indios e indios e indios... ¿Y qué sacan? Por lo pronto, que mataran a muchos. En la época de la Independencia algunos creyeron que se iba a restaurar el orden prehispánico, incluso Bustamante fue muy dado a pensar eso. Cuando estaba Morelos en Chilpancingo le hizo un discurso que decía: “Invoco a los manes de Cuauhtémoc y de la matanza del Templo Mayor y de quién sabe quién. Ya vendréis desde el día funesto, el 13 de agosto, el día de vuestra destrucción. Mañana, con la constitución de Chilpancingo, será el día de vuestra liberación.” Palabras bellas pero nada más./ Curiosamente aquello cambia, durante un breve tiempo, con Maximiliano, cuya actitud contrasta con la de Benito Juárez hacia los indígenas. Conseguí hace tiempo una colección de los decretos en náhuatl de Maximiliano, traducidos por Faustino Chimalpopoca Galicia. Son básicamente del fundo legal de los pueblos, registrados con la intención de restituir la propiedad comunal. A Maximiliano le interesaron los indios románticamente; tenía su preceptor imperial de náhuatl, el mismo Chimalpopoca Galicia. Cuando estaba sitiado en Querétaro le daba lecciones de náhuatl, un poco ingenua la cosa. Maximiliano se interesó por los indios, el pobre. Pero ahora vamos con don Benito. A Juárez le decían “el indio”, a veces sin cariño, como “el indio ese”. Sus leyes de Reforma fueron desastrosas para los indios. (Reforma, no paternalismo con los indios.) Decía Vallarta, el famoso Ignacio L. Vallarta: “Se nos ha reprochado que al hacer la constitución y al incorporar las leyes de Reforma no pensamos en los indios. Claro que los tuvimos presentes todo el tiempo: queríamos que fueran como nosotros. Que quiten esas instituciones tontas como la propiedad comunal. Hasta que sean como nosotros estarán bien.” Cuando se acababa d recibir d abogado, fueron unos indios zapotecas con Juárez para pedirle q los defendiera del cura q les cobraba mucho por las misas y los entierros, y Juárez fue y los defendió, y logró algo. En ese pueblo gobernaba un liberal, pero cambió todo y quedaron los conservadores, y entonces volvió Juárez y lo metieron preso por defender a los pobres del pueblo aquel. Estuvo como tres meses preso. ¿Qué otras cosas hizo Juárez? Expidió tres o cuatro decretos condenando a muerte a aquel que llevara indios mayas a Cuba, porque por los años en que estaba él ya de gobernante, por 1862, había yucatecos ricos que querían debilitar cada vez más a los indios por la guerra de castas, y entonces fingían un contrato con un español de Cuba para sus plantaciones./ Luego, cuando fue gobernador de Oaxaca, tuvo otras disposiciones para controlar la leva de indígenas, porque los indígenas eran los primeros en ser pescados para el ejército. Imagínese cómo estarían las tropas mexicanas en la guerra con Estados Unidos. En la batalla de El Álamo con los texanos, cómo estarían. Todavía en la época de Porfirio Díaz a veces les pintaban de negro las piernas para que pareciera que traían botas, pero estaban descalzos. Cómo iban esos pobres indios: con unos harapos, su cama de petate, un rifle viejo de mecha, mal comidos, junto con los otros fuertotes que venían de voluntarios. “No debemos de permitir la leva”, dijo Juárez. Bueno, sería una mentira decir que fue una persona concentrada en defender a los indios, pero en ciertos momentos sí se preocupó por ellos./ ¿Y qué pasa con el indígena en la Revolución? Lo mismo q en la guerra de Independencia: muchos se levantan en las haciendas. ¿Por qué? Porque odiaban a los hacendados y a los administradores, q generalmente eran españoles. Me van a decir: “Los Serdán no eran indígenas.” Pero eso no quita q Álvaro Obregón haya traído en sus ejércitos a yaquis y mayos, y Zapata a nahuas. Hubo una presencia indígena enorme. Nada más vea las fotos del Archivo Casasola: todos los pelones esos, incluso los del gobierno, eran indios. ¿Y qué sacaron? Muchos, morir: otros, recuperar sus tierras, con el artículo 27 de la Constitución de 1917, q dice más o menos así: “tendrán derecho a los ejidos los que eran condueñazgos, o las tribus”. Las tribus: pensaban q la palabra tribu era náhuatl. Fue muy poco afortunado decir las “tribus”. / Los críticos de Lázaro Cárdenas dicen que repartió muchas tierras pero no ofreció medios para cultivarlas. Y era verdad en gran parte: si los indígenas hubieran tenido medios, estarían hoy florecientísimos, pero vaya usted a Chiapas, entre los tzeltales, tzotziles, tojolabales, o vaya a la Mixteca, y al regreso me platica cómo están los cultivos. Hoy q hay agricultura tecnificada en gran escala, ¿qué puedo hacer con media hectárea? Ni para comer. La prueba es la actualidad d las demandas indígenas. El aldabonazo d la rebelión en Chiapas fue para despertar a los mexicanos: “¿Creías q ya no había indios? Pa´que te enteres, sí hay indios.” Y recuerdo lo q ellos dicen: “Nunca un México sin nosotros.” Ellos no quieren soberanía sino autonomía. Recuerdo q una vez el presidente Zedillo fue al Colegio Nacional, yo le empecé a alegar, y me dijo: “A ver, ¿quién me define qué es la autonomía?” “Cuando quiera yo se la defino”, le respondí. No confundamos autonomía con soberanía. En la universidad somos autónomos. ¿Por qué? Porque elegimos a nuestras autoridades, nos gobernamos internamente con arreglo a nuestros reglamentos, organizamos libremente nuestros planes de estudio, administramos nuestro presupuesto. Ningún grupo indígena que yo sepa quiere hacer la república de los tojolabales. Tendría que estar loco. Y además llevan la bandera mexicana./ Tristeza o desesperanza, no lo sé. Yo digo q hoy hay una conciencia mucho más generalizada, incluso entre los indígenas. Mucha gente pensante está e acuerdo con la actitud d los indígenas y sus demandas. Aunque naturalmente hay gente q no quiere oír hablar de eso, d los indios “pata rajada”./ En los últimos años los indígenas americanos han aumentado. Por ejemplo, en Brasil hay estudios d antropólogos que dicen que, a principios del siglo XX, no llegaban a doscientos mil, y ahora se acercan a millón y medio. En Estados Unidos por el año 1930 habría 250 mil indios, y ahora pasan d dos millones. En México hubo un censo en 1921, el llamado “censo de las razas”, y ahí ponían q eran 4 millones 700 mil indios. Ahora son 13.7 millones, según el Consejo Nacional de Población. Han aumentado, pero ha habido grupos indígenas que desaparecieron, por ejemplo los ópatas. Ya no hay ópatas, pero no los mató nadie. Se fueron mestizando./ El mestizaje fue un símbolo d la Revolución mexicana cuya veracidad no sólo ideológica sino demográfica ha sido muy cuestionada... El mestizaje es un proceso natural que existe siempre. Oponerse a él de forma violenta sería estúpido. Pienso que hay argumentos para creer que varios grupos indígenas, no todos, se van a conservar y serán una riqueza para México, un baluarte contra la globalización cultural rampante. Ellos han soportado contra viento y marea cinco siglos de persecución y mantienen muchas de sus costumbres, de sus lenguas y de su visión del mundo. “¿Qué cosa es su visión del mundo?”, se preguntarán. Pues la q tiene mucha gente en México. A ver, pregúntale a un taxista: “¿Tú a quién le rezas?” “Le rezo a nuestra madre de Guadalupe.” “¿Nada más?” “No, también a nuestro padre Jesús.” “¿Ah sí?” Es la manera d concebir la divinidad en el mundo mesoamericano, y no es una aberración. En Inglaterra Juliana de Norwich decía que Dios es hembra porque es el principio cósmico. Los cuáqueros dicen que es nuestro padre y nuestra madre, y que es un machismo espantoso el de la Trinidad pues impone a tres hombres que se aman./ Eso nos llevaría a la naturaleza del cristianismo en México, tal cual se forja, aindiado o sincrético, durante la Nueva España. El cristianismo es judío, pero después San Pablo inventó un cristianismo nuevo. Inventó un cristianismo helenístico: el Logos y los prósopos. Si Jesús en la Última Cena le dice a un apóstol ‘tú eres el Logos’, ¿qué es eso del Logos? Entonces el cristianismo se volvió helenístico. En Mesoamérica hubo otra interpretación del cristianismo. Aquí se hace tlamacihualitztli, que significa merecimiento. Los que van a Chalma se van azotando, no, como en el cristianismo, por la sangre de Cristo sino por su propia sangre.”. / Hay muchos elementos de origen prehispánico en nuestra visión del mundo: la manera de comportarnos, la manera de hablar es mucho más indígena que española. Yo estoy casado con una extremeña, de manera que conozco muy bien España. Conozco a los españoles, son muy diferentes. Decía Henestrosa: “Los españoles hablan como mandando y los mexicanos como temiendo.” / "Las lecturas del libro" de doña Luz Jiménez: primero, como material didáctico para enseñar náhuatl. Después, se transformó en materia literaria y académica. Finalmente, concluye León-Portilla, ha quedado como lectura d los propios nahuas, q lo tienen, subraya él, como “la Biblia de ellos mismos”. // Doce libros del siglo XX mexicano - II. El verdadero Díaz y la revolución
- Mauricio Tenorio Trillo: Bulnes el venenoso: Clío no es, no puede ser, musa tiesa, solemne y circunspecta; si dicta historia, ha de inspirar ironía y sarcasmo porque sólo en estado irónico puede condensarse el gas huidizo y caótico del pasado. La ironía libera, “destruye dogmas” al revelar la “inevitable gangrena de la negativa en el corazón de cualquier afirmación” (W.C. Booth). Pero los irónicos son insoportables, no son para tener en casa ni para pedirles clases d moral. Claro, la ironía se ha llevado mal con la escritura de la historia mexicana, aunque sus dejos, de Lucas Alamán a Luis González, valgan más que pilas de historias patrias. Pero entre 1870 y 1924 no hubo ironía historiográfica más sonora y más odiada que la de un ingeniero: Francisco Bulnes (1847-1924). A cien años del inicio de la Revolución, Bulnes aún es invisible o indeseable. Sin embargo, precisamente por su capacidad irónica, Bulnes fue el más moderno y penetrante crítico de la historia nacional. Nadie como él acertó; nadie como él erró./ El verdadero Díaz y la Revolución: Bulnes fue odiado por todos, inclusive por el dictador a quien apoyó en varias reelecciones y por sus aliados, los Científicos. Su primer libro, casi olvidado, fue un curioso relato d viaje por Estados Unidos, Europa, China y Japón (Sobre el hemisferio norte: once mil leguas, 1875). En 1899 Bulnes comienza su saga d veneno con "El porvenir de las naciones hispanoamericanas". Un libro, como todo Bulnes, contracorriente, sin el amor a España, sin el odio a Estados Unidos, que era ley después de la guerra de 1898. Con ironía despiadada, Bulnes deshidrata el consenso hispanista, panlatino y arielista de entonces (Rodó o Darío): “No son Europa y Estados Unidos, con sus abusos, los enemigos de los pueblos latinos de América; no hay más enemigos terribles de nuestro bienestar e independencia que nosotros mismos.” Un libro pletórico de biología racial (Lamarck, Darwin y Spencer) cuyo reduccionismo cae en el ridículo: los hombres del maíz resultan inferiores a los hombres del trigo. No obstante, es todavía sonora su burla contra el latinismo y la supuesta unidad y superioridad espiritual de América Latina –los hermanos brasileños y argentinos acabaron con los hermanos paraguayos. Pero claro, la sátira está teñida de racismo (¿hay otra manera de hablar de América “Latina”?)./ En junio de 1903, en la Segunda Convención Nacional Liberal, organizada en apoyo a la sexta reelección de Díaz, Bulnes ofreció la pieza oratoria más escandalosa del Porfiriato. En ella, frente a Díaz y la camarilla científica, Bulnes armó malabares irónicos para apoyar la reelección pero acentuando, con peculiar clarividencia, los riesgos políticos d un Díaz eterno. Sus silogismos aún son d antología: “Es muy difícil sostener una sexta reelección ante un criterio institucional democrático [...] El argumento positivo debe ser: jamás un pueblo democrático ha votado una sexta reelección; pero si se prueba que la sexta reelección es necesaria para el bien del país, hay que deducir serena y tranquilamente que todavía no hemos logrado un pueblo democrático.” / En 1904 el señor d los escándalos publicó la diatriba más sonada en contra del consenso liberal d la época: una pedrada al nuevo héroe, Benito Juárez ("El verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención y el imperio"). Para Bulnes, Juárez era un personaje menor, aspirante a César, con la ambición pero sin la capacidad de Díaz. Nadie –excepto el pensamiento católico más reaccionario– le ha perdonado a Bulnes la osadía, ni en 1904 ni hoy. Empero, el Juárez de Bulnes fue una provocación menor, un escarnio simplón para un profesional d la controversia. Porque también en 1904 Bulnes publicó un estudio más importante y acabado, "Las grandes mentiras de nuestra historia / La nación y el ejército en las guerras extranjeras". El volumen causó poco revuelo, porque era un hueso difícil d roer, una mezcla d ironía y mala leche con el cuidadoso análisis d documentos y puntos d vista. El libro examina tres momentos: la invasión española de 1829, la guerra de Texas y sus consecuencias y la primera guerra con Francia en 1838, todo para poner patas para arriba el heroísmo d la historia patria: “la vanidad nacional ha hecho de nuestra historia una madriguera de fanfarronadas y mentiras.”/ Su detallado análisis de la guerra de Texas no tiene desperdicio alguno. Bulnes era una mente bélica en busca de contrincantes dignos, no de compinches ideológicos, y para él en la primera mitad del siglo xix sólo Lucas Alamán y J.M.L. Mora le valían el esfuerzo. Admiró a ambos y los criticó con especial inmisericordia. Para Bulnes, el gran error de Alamán –educado en España, donde sólo aprendió lecciones “metafísicas”– fue no conocer Estados Unidos, no entender que en la década de 1830 no existía un Estados Unidos sino dos, divididos por intereses, sobre todo por la esclavitud. Alamán permitió la esclavitud en Texas en lugar de favorecer la migración de colonos antiesclavistas de Nueva Inglaterra y del mundo libre, y así apuntaló los intereses esclavistas que a la larga provocaron tanto la secesión texana como la guerra civil estadounidense. Bulnes mostraba un conocimiento insólito –para México– de la historia norteamericana, y un desencantado sarcasmo ante los mitos históricos de ambos países. Si en el sur de Estados Unidos la esclavitud era permitida sin principios, en el norte “semejante doctrina escandalizaba a las almas que tenían principios precisamente porque no tenían negros”. Y el sacrosanto orgullo indigenista mexicano, que aún circula entre nosotros, le merecía cosas como: “la benevolencia de la conquista española que conservó a los indios en vez de exterminarlos como se le echa en cara a los norteamericanos, es una rueda de molino, conveniente para deglución de los ignorantes”./ En 1915 Bulnes se exilia y en La Habana escribe los dos trabajos q expresan su visión de la Revolución, uno publicado en inglés ("The whole truth about Mexico / President Wilson’s responsibility", 1916), y su más acabada opinión de la historia de México entre 1876 y 1917: "El verdadero Díaz y la Revolución" (1920), cuyos ecos sonarán a todo lo largo del siglo xx. El verdadero Díaz... fue una elocuente, si tramposa, puesta en claro en cuatro frentes: Díaz, la Revolución, los científicos y los intelectuales. Díaz recibe de Bulnes un piropo de pragmatismo y maquiavelismo: el dictador Díaz cumplió como tal, como César, produjo paz, seguridad, “justicia de califa”, administración pública y progreso económico. Inútil juzgarlo por lo que ni quiso ni podía ser, un demócrata. Ni ladrón comprobable ni gran tirano: “Mi frase queda en la historia: el general Díaz gobernó en México con un mínimo d terror y un máximo d benevolencia.” Pero Díaz mismo, creía Bulnes, sembró el caos futuro de México al frustrar el surgimiento de nuevos líderes, al promover las rencillas entre sus partidarios para sostener su poder mediador, al acatrinarse, al dedicarse a una modernización selectiva sin irrigación y sin redistribución, y al promover y alimentar intelectuales. De todo ello sólo podría surgir el caos, cosa que Bulnes venía diciendo desde 1903./ Al calificar el Porfiriato, en una prosa más decimonónica, más alusiva q concluyente, Justo Sierra hacía política por hacer sociología: la investidura d Díaz, “la sumisión del pueblo en todos sus órganos oficiales [...] a la voluntad del presidente, puede bautizársele con el nombre de dictadura social, de cesarismo espontáneo, de lo que se quiera; la verdad es q tiene caracteres singulares q no permiten clasificarla lógicamente en las formas clásicas del despotismo. Es un gobierno personal q amplia, defiende y robustece al gobierno legal”. En "El verdadero Díaz...", con una retórica más moderna, más directa y desencantada, Bulnes hacía su sociología despreocupado de las consecuencias políticas: “El general Díaz entendió bien que en México, hasta 1877, el problema de la paz era un problema de hambre; el problema de la justicia, una cuestión de mano de hierro; el problema de la libertad, una jaula de alpiste; el problema del patriotismo, medio siglo de cepo de campaña para todo el país, siempre que tuviera sobresaltos democráticos.” En efecto, para Bulnes lo que el chileno Diego Portales llamó “el peso de la noche” (el peso d la tradición y la inercia del caos) causaba el irrefrenable ciclo de Césares y caos. La solución, creía, no estaba en soñar en democracias liberales sino en procurar que el César pudiera transformar el “peso de la noche” y, entonces sí, embarcarse en sueños democráticos./ Ante todo, El verdadero Díaz... sostiene q entre 1910 y 1918 se dio la revuelta de la mediocracia, d los jacobinos ilusos e irresponsables. El “apóstol de la anarquía” (Madero) no fue para Bulnes un interlocutor digno, como habían sido Mora o Alamán; era un simple espiritista cuya obra "La sucesión presidencial de 1910" le merecía el epíteto de “mamarracho jacobino de lo más vulgar”. Ante la Revolución, Bulnes repite las ideas antidemocráticas q venía armando desde la década de 1890. Sobre todo, despoja a los revolucionarios del mérito d haber destruido el régimen, sencillamente xq, a ojos de Bulnes, el régimen se había suicidado antes del inicio de la Revolución. También "El verdadero Díaz...," como "Las grandes mentiras...", revisa el papel de Estados Unidos, su influencia en el Porfiriato y la Revolución; señala los errores estratégicos de Díaz, los que causaron la animadversión de Estados Unidos y por tanto el apoyo estadounidense a Madero y a otros revolucionarios. Ataca lo mismo a la administración Wilson que a los revolucionarios mexicanos, ambos culpables del caos./ "El verdadero Díaz..". es también una agridulce defensa de los Científicos. Bulnes repite la crítica a los reyistas, e intenta mostrar con datos duros q los Científicos no fueron ni los mejores vendepatrias, ni los q más se enriquecieron, ni los paleros del dictador. Los insultos anti-Científicos, decía Bulnes, eran “fastidiosos chascarrillos del chancletismo intelectual”. Pero la ironía de Bulnes nunca supo de límites: arremete también contra los Científicos, en especial contra Limantour, por la modernización selectiva, por “expulsar a los pobres” d los planes financieros. Mas el blanco predilecto de Bulnes es la mediocracia, el “chancletismo intelectual”, es decir, los intelectuales: los verdaderos beneficiados del Porfiriato y los irresponsables padres de la Revolución. En esto Bulnes es radicalmente diferente a casi todos, de Sierra a Manuel Gamio, porque Bulnes no cree en la educación pública sino en la educación de los más aptos. Para él los esfuerzos porfirianos por educar masas sólo produjeron mediocres de peligro./ En fin, "El verdadero Díaz... " fue la virulenta ocurrencia y la lucidez vestidas de verdad, pero en un ambiente de pocas ideas y menos verdades la lúcida ocurrencia hace las veces de verdad incómoda. Por ello a lo largo del siglo xx Bulnes fue señalado como la causa y el efecto d todos los males. Tenía Bulnes, ha dicho David Brading, “todas las características racistas [...] su darwinismo social y su inclinación maquiavélica [...] lo acercaban al fascismo”. Es más, concluye postreramente Brading, “Bulnes era un liberal desencantado”, “y aún así, no tomarlo en cuenta sería un error”. En efecto, sería un error, no xq haya q querer o creer a Bulnes para aceptar q la historia patria ha sido un relato solemne carente d lucidez e ironía, sino porque Bulnes apersonó como pocos los dilemas no del pasado nacional sino del que se sienta a narrar “México”./ Entre Taine y Michelet: Francisco Bulnes fue el más molesto intelectual porfiriano, el mejor exponente de las contradicciones modernistas, el hacedor de argucias que eran, decía Salvador Quevedo y Zubieta, “esfuerzo[s] del ingenio en preñez de paradojas”. La crítica trasciende, es moderna, porque acierta a equivocarse con lucidez, no porque menciona lo banal aunque sea verdadero. La crítica de Bulnes está viva sobre todo por fallar en lo q quiso ser: se quiso más Taine que ninguno –historia: raza, milieu y momento–, se asumió el más anti-Michelet, el antipoeta d la historia, el científico del pasado, pero la relectura revela a un gran Michelet de la irónica épica nacional. En ironía y penetración Bulnes sólo fue superado en el siglo xx por Edmundo O’Gorman./ Taine decía d la obra de Michelet: “seduce pero no convence. Puede ser q, dentro de cincuenta años, cuando uno quiera definirla, uno dirá q fue l’épopée lyrique de la France”. Nada q ver con la ciencia de la historia. Tal desprecio mostraba Bulnes ante la épica nacional, pero acabó siendo el autor más retórico, el más logrado creador d encantadoras paradojas en un lenguaje modernista, mezcla certera de arabescos librescos, datos duros cuales centavos d níquel, jerigonza burlesca más o menos popular y unas infinitas y perennes ganas d joder a todos. Una prosa, pues, más modernista q la de sus contemporáneos, para los cuales, como para Federico Gamboa, Bulnes era la “independencia casi montaraz de alejamiento del buen decir”, porque su castellano irónico era más cercano a Cuesta o Baroja que a Gamboa o Sierra./ Bulnes también se imaginó el más desencantado antidemócrata, el elitista d los aptos, como Sierra o Rabasa, enemigo d utopías liberales o socialistas. Un conocedor y admirador crítico, como Taine, de Estados Unidos e Inglaterra, antes q de sueños jacobinos franceses o d míticos espíritus hispánicos. La libertad, decía, siempre fue una construcción de arriba para abajo, como "The Bill of Rights", y el único ejemplo de abajo para arriba, la Revolución francesa, acabó en el terror. “Queremos llenar con datos, estadísticas y documentos”, decía Taine pero como si dijera Bulnes, “las cabezas q, si vacías, acogerían utopías”. Bulnes fue el antiutópico por excelencia, la realpolitik: por ello aparece como más descreído del liberalismo que Emilio Rabasa. Fue el ideólogo porfiriano más acabado de la antidemocracia. Está claro, eso sí, que tan flacos han sido nuestros teóricos de la democracia como los de la antidemocracia. Porque este antidemócrata se rindió, primero, ante el ideal de la democracia –algún día en algún lugar será alcanzada; es decir, Bulnes termina por hablar, aunque sea como ideal, el esperanto político de nuestra era, la democracia–; y, segundo, su elitismo se venció ante la necesidad de la democratización vía la redistribución. Bulnes creía en la aristocracia de los aptos, temía tanto a la desaparición de la autoridad como al acatrinamiento de los porfiristas, olvidados de la redistribución vía modernización. Fue, pues, un elitista a medias. Ponía en pausa la libertad para favorecer la igualdad./ Pero Bulnes era un solitario. Se creyó capaz d hacer grupo (los del periódico La Libertad o más tarde los Científicos), pero fastidió a los liberales idealistas y a los reyistas tanto como a Díaz, Sierra o Limantour. Su incordia lo acorraló en la más absoluta soledad intelectual. Sin embargo, en su tiempo fue seguro el ensayista d historia más vendido y leído, aunque sólo fuera para criticarlo. El historiador bestseller fue a la vez el intelectual más solo. Él, como en el siglo xx sólo José Revueltas o acaso Gabriel Zaid, plasmó la soledad del intelectual moderno. Pero, eso sí, era un impresentable. Qué le va uno a hacer, con estos bueyes hay que arar los surcos, los renglones, de la historia titulada “México”./ Lo que Bulnes quiso ser y fue constituye una retahíla de epítetos bien conocidos: racista, reaccionario, elitista y oportunista. Seguro fue, como su tiempo, racista, pero ni más ni menos que cualquier historiador estadounidense entre 1880 y 1920, o que Domingo Facundo Sarmiento en Argentina o Eduardo Prado en Brasil o Manuel Gamio o Andrés Molina Enríquez en México. Creemos que el nacionalismo revolucionario nos ha enseñado a despreciar racistas, pero lo que hemos aprendido es a privilegiar a unos racistas (Sierra, Gamio, Molina Enríquez, Vasconcelos) sobre otros (Bulnes). Porque, entre 1870 y 1930, no hubo quien no fuera, de una u otra manera, racista en México, Estados Unidos, Argentina o España. No obstante, como Gamio y Molina Enríquez, o como el nacionalismo revolucionario, Bulnes acabó por abrazar un futuro mestizo para México./ Fue reaccionario, antirrevolucionario, tanto como el primer Carranza, como Alfonso y Rodolfo Reyes, pero era un reaccionario más cercano a Maquiavelo que a cualquier posición católica, liberal o fascista. Fue un irónico elitista como Sierra, Alfonso Reyes, Amado Nervo, Díaz Mirón o Federico Gamboa, o como Baroja u Ortega en España. Y fue tan oportunista y “maiceable” como casi todos los intelectuales en el mundo. En pocas palabras, odiarlo ha sido más consecuencia de que don Francisco era una monserga, un criticón insoportable. Pero ¿qué no es eso lo que debe ser un crítico moderno? Él fue de esos que no dejan seguidores: el ácido de su lengua lo disolvía todo, inclusive sus huellas./ A un siglo d distancia, Bulnes se nos revela como un intelectual sin grupo, uno más d los q en busca d la modernización y la estabilidad política temían a la democracia, añoraban la redistribución basada en la modernización legal y tecnológica, pero cuya propuesta alternativa más emblemática –no poca cosa en nuestro ambiente– fue la mordacidad. En 1919 Bulnes dijo que lo que seguiría a la Revolución era o más caos o un nuevo César capaz de hacer las de Díaz creando una nueva oligarquía. Y vino el PRI. “Aquellos que temen constantemente que en el mundo del futuro”, decía Weber, “pueda existir mucha democracia e individualismo, muy poca autoridad, aristocracia y respeto a las instituciones [...] se pueden tranquilizar [...] de acuerdo a toda la experiencia, la historia incansablemente da paso a nuevos nacimientos de aristocracias y autoridad”. Bulnes lo sospechaba con la ironía del pesimista que no aguarda encontrar en la historia otra sorpresa que la de ser, ojalá y a tiempo, sorprendido.// El pájaro (cuento) - Juan Abreu ¿Cómo puede uno ponerse a salvo de aquello que jamás desaparece? - Heráclito / 1. Matarse no es distanciarse d los seres humanos, es acercarse a ellos. Llego a esta conclusión justo a tiempo. Me saco el arma d la boca. Es magnífico haber arribado a esta gran verdad. Experimento un extraordinario sosiego./ Cien mil seres humanos se matan cada año en Europa. Un millón en todo el mundo. Es la cúspide d la humanización./ Colinas azules en la distancia. Humosos bosques./ Hace tiempo fui escritor. Ganaba mucho dinero escribiendo historias estúpidas. La gente quiere historias cada vez más estúpidas. Ya no se lee otra cosa. Me tradujeron a todas las lenguas del mundo. La gente quería historias cada vez más estúpidas en todas partes. Lo único que cambiaba era el idioma. Pero la estupidez siempre tenía q ser la misma. En otro caso, el libro no se vendía./ Si existe algo genuinamente universal, es la estupidez./ Gané mucho dinero. Gracias a mi habilidad para escribir estupideces vivo en este lugar tan agradable. Y luego hay quien dice q la estupidez no da frutos. Pero pasaron los años y llegó el momento en q ya no toleraba las estupideces q escribía. Ya no necesitaba trabajar. Lo dejé. El mundo está lleno d dementes q no pueden vivir sin trabajar. Yo no soy uno d ellos. Me dediqué al jardín. Adoro las plantas. Son verdes, no hablan. Me gusta leer. Disfruto del zumbar d los abejorros, del canto d los pájaros. Me gusta cierta música. Voy a echar de menos los libros y la música. Es lo único q echaré d menos. Hay muchos pájaros en el jardín. / Un poco raro, sí. ¿Pero quien que sea brillante no lo es? / Siempre he sido hábil para pelear. No me importa el dolor. Ni padecerlo, ni causarlo. Esa es la clave para mantener a raya a la manada. Los más inteligentes, los diferentes, lo pasaban mal en la escuela./ La manada tiene la piel gris. Si alguien tiene la piel de otro color hay que castigarlo. Ese es el código de la manada. Z. tenía la piel azul, roja, amarilla. Muchas veces tuve q interponerme entre él y la manada./ Eso selló nuestra amistad./ Da igual a qué parte del mundo uno vaya. Los mismos anuncios, las mismas ropas, los mismos gestos, las mismas películas, los mismos peinados. Los mismos rostros. Los mismos paisajes./ Tiene debilidad por las criaturas del mar. Sobre todo por las extinguidas./ Respiro un líquido cremoso./ Ahora podría estar dentro d un hígado. El hígado del Universo. La textura q me rodea es lisa y magenta y correosa. O en el aceitoso estómago d un pez. O en el fondo del mar. Millones d toneladas d agua sobre mi cabeza. O en la barriga d mi madre. O en un pozo estelar. O en un buche de semen./ En cualquier caso, son sensaciones agradables. No hay dolor./ A continuación, burbujas. Millones d pinchazos en el pecho, en la cara, en la planta d los pies. La lengua q crece, los párpados pesados./ Un sabor nudoso en la boca./ Siento mayor asco que antes cerca de mis congéneres. Qué detestable especie./ Fuman. Un hábito asqueroso. La brisa trae el hedor del tabaco. Todo lo envilecemos, hasta la brisa. No son d aquí. Pero son d algún sitio. Yo no soy d ninguna parte. Una gran ventaja./ Los cuatro obreros van aplastados por un peso invisible. Conozco ese peso. Nunca lo he padecido, xq nací arrogante, pero lo conozco. Me basta mirar a alguien para saber si lo padece o no./ No hay nada como nacer arrogante. Te ahorra una enorme cantidad de porquería./ Qué incordio la gente. Siento un malestar físico d tan sólo mirarla. Un malestar q va en aumento. Buena señal. Es un pequeño precio a pagar. Cuando concluyan el trabajo aumentará mi tranquilidad./ Odio las normas. Hay una ranura en la puerta por la q el cartero arroja el correo. Transcurridos algunos días, el correo forma un creciente montón. No toqué nada. ¿Para qué? / Como un verdadero artista, busca sin cesar nuevos horizontes./ Cada vez con mayor frecuencia, permanezco largo rato sin pensar en nada. Es como si el pensamiento atravesara zonas d vacío. Lo agradezco. Mi cerebro siempre ha sido un torbellino perpetuo./ Antes, esa mujer y yo vivimos juntos. Hace tiempo, antes d q empezara a entender la vida. Pobre mujer. No teníamos futuro. Ningún amor humano lo tiene. ¿Y por qué empeñarse en algo condenado a acabar mal? Después de un rato, la mujer se aburre d tocar el timbre y se marcha./ Los libros son los únicos seres a los que he sido fiel y me han sido fieles./ Si adonde voy fuera posible sentir nostalgia, sentiría nostalgia de los libros./ El cuerpo es más o menos lo q va a ser. Pero el cerebro está casi intacto. Eso cambiará pronto. Y este cambio será el fundamental. Ansío el arribo de la falta de conciencia. Qué horror, ser. Días después, siento por primera vez el corrientazo en la cabeza. Quedo a oscuras un rato. Veo el mundo, pero es otra cosa. Lo veo sin nombrarlo. El calambre desciende y se acumula detrás d los ojos. Z. me advirtió d q sucedería. Es normal. Ah, cuántas plumas./ Pensé que sería diferente. Pero no. Es como debe ser. Los humanos, siempre tan dados a lo trágico. A lo melodramático. ¿Qué siento? Alivio, alivio, alivio... / Antes d q suceda, dirijo los últimos destellos d mi conciencia al pasado, a lo q fui. No hay sino pérdida y dolor. ¿Qué iba a haber? Después, despliego mis alas.// Tierras: Este hombre sentado a un lado del arroyo, trazo seco en la tierra solitaria, hijo de hijos.// Relecturas de Gabriel Zaid - VII. Adiós al PRI: Sea el vivo testimonio de que ese porvenir en ciernes sobre el q escribió Zaid es, ahora, pasado inmediato/. En principio, el escenario que Zaid proyectaba no implicaba la desaparición del PRI, ni siquiera su derrota, sino su reinvención como un partido político competitivo. Si se sometía al veredicto d las urnas, si presentaba candidatos dispuestos y capaces d convencer a los ciudadanos, si abandonaba la práctica del dedazo o la cargada o todo ese viejo repertorio d chapucerías mejor conocido como alquimia electoral, el PRI podía seguir existiendo, incluso ganar elecciones, pero ya no sería igual. Semejante metamorfosis no sobrevendría, sin embargo, por la propia voluntad d los priistas ni por una graciosa concesión presidencial. La oportunidad estaba, más bien, en q los valores y los votos d la sociedad siguieran gravitando hacia la oposición. Y es que Zaid confiaba en que el proceso de transformación socioeconómica que México había experimentado durante varias décadas conduciría, inevitablemente, a una transformación política. “A mayores ingresos, escolaridad, conciencia moderna, mayor rechazo a un sistema premoderno” (1985)./ Zaid identificaba la política local como el ámbito más propicio para ese creciente electorado moderno. Los municipios y los gobiernos estatales eran el cauce más seguro (por ser relativamente menor su importancia dentro del sistema y, por ende, más débiles las resistencias a vencer) para q esas fuerzas reformadoras accedieran, poco a poco, al poder. La democracia tendría q empezar desde la periferia./ Perturbaron la ruta trazada por Zaid. No sólo porque “si la escolaridad condujera a la democracia, la máxima democracia estaría en las cúpulas del sector público, cuya escolaridad promedio es de posgrado”/ “las únicas elecciones creíbles serían las q perdiera el PRI” (1991) / Caería d todas maneras. No sería una transición d terciopelo pero tampoco una catástrofe./ El resultado d la elección presidencial en 1994, en consecuencia, lo toma por sorpresa. Una participación sin precedentes (casi el 80% de los empadronados), en un contexto por demás propicio para la alternancia, entregó una holgada victoria al candidato priista, Ernesto Zedillo. “Resulta extraño q los mexicanos hayan salido a votar como nunca, para votar como siempre” (1994). Al poco tiempo, no obstante, el enfrentamiento entre Salinas y Zedillo a raíz del error de diciembre, con sus múltiples reverberaciones, es para Zaid un indicio de que algo se ha quebrado irremediablemente, de que al desfase entre sistema político y sociedad había que sumar la ruptura al interior del PRI. Entonces advierte un riesgo, antes insospechado, q la democratización podría traer consigo: “hay q evitar q el derrumbe del presidencialismo termine simplemente en la autonomía d las mafias sin ley” (1995)./ Pensar no es salir de la caverna, ni reemplazar la incertidumbre de las sombras con el nítido perfil de las cosas mismas, el titubeante resplandor de una llama con la luz del verdadero Sol. Pensar es entrar en el laberinto Es perderse en galerías q sólo existen xq las cavamos incansablemente, dar vueltas en el fondo d un callejón sin salida cuyo acceso se ha cerrado tras nuestros pasos –hasta q ese girar abre, inexplicablemente, fisuras transitables en el muro q nos rodea.// Libros: Todo termina y todo recomienza./ Neruda llegaba a residir en un lugar y sentía la necesidad imperiosa d transformarlo, d adaptarlo a su estilo. Cuando tuvo q instalarse en el segundo piso d la mansión d la avenida de la Motte-Piquet, la embajada de Chile en París, no descansó hasta q las paredes decimonónicas adquirieron un aire d feria mexicana, d cachureo santiaguino, d juguetería de país de la imaginación. (cachureo: objeto sin utilidad o valor poco definido q conservamos sin razones muy claras q van llenando los estantes.)/ En sus años finales el novelista tenía afición a las actitudes magisteriales o patriarcales, una tendencia a la gerontofilia, como me gustaba decirle./ Un atardecer salió con María Pilar a pasear el perro (el infaltable perro d la vida y d las novelas), / Aspiró siempre a tener una casa hermosa, a rodearse d gente educada, refinada, d buenos libros, d objetos y cuadros d calidad estética ./ Por encima d todo, con ansiedad, con angustia, con miedo permanente a perderlo. Uno puede pensar, desde lejos, q eran ansiedades perfectamente innecesarias, fantasmas mentales, pero ¿cómo liberarse? Si hubiera tenido más dinero, ¿se habría sentido más seguro, más tranquilo, más confiado? Es imposible saberlo, y queda en pie una gran pregunta: si hubiera tenido más seguridad en todo orden d cosas, ¿habría escrito mejor? / Le gustaba estudiar la vejez de los artistas célebres, y parecía que eso le daba fuerzas para trabajar y no deprimirse en su edad avanzada. En sus últimos años descubrió con sorpresa ingenua Rayuela, de Julio Cortázar, q por algún motivo no había leído en la época d su salida. Su entusiasmo se parecía al de los q leímos la novela en el tiempo d su aparición, a fines d la década de los sesenta./ Sin escenarios vastos, cósmicos, de pura y desatada imaginación, no podría existir La Divina Comedia. Y declaró q durante algún tiempo se había aburrido con Rimbaud, cosa q me parece sorprendente. No creo q exista en la historia d la literatura un poeta menos aburrido que Jean-Arthur Rimbaud. Pero los juicios críticos d los escritores son casi siempre arbitrarios, parciales, adaptados a las necesidades d su propia obra./ Lo salvaba un gran sentido del humor./ Textos donde el autor se las ingeniaba para q no se conociera nunca su verdadera posición, para quedar bien con un lado y con el lado contrario./ Pensé, por mi parte, en los innumerables casos d censura y d autocensura q han existido en la literatura chilena: diarios íntimos, memorias y hasta novelas expurgados por las familias, quemados, hechos desaparecer d la manera más expedita posible. Álvaro Yáñez, tío del escritor, q firmaba sus escritos como Juan Emar (d la expresión francesa j’en ai marre, tengo fastidio), se salvó d la censura xq sus novelas d los años treinta del siglo pasado en adelante, cercanas al surrealismo, al género fantástico, resultaban ininteligibles para los inquisidores familiares. Hoy día es uno de los autores más estudiados y leídos de nuestra vanguardia estética, junto a su amigo Vicente Huidobro y al Neruda de "Residencia en la tierra"./ Tuvo epifanías extraordinarias, minutos de inspiración, d felicidad, pero casi siempre trabajó y sufrió como un condenado a galeras../ José Donoso disimuló y ocultó a lo largo d su vida en forma tenaz su homosexualidad. Odiaba y con justa razón, que lo clasificaran, que le pusieran el rótulo de homosexual, sobre todo en el venenoso y envidioso mundillo chileno. Era más qe eso, y era otra cosa, y defendió hasta el último suspiro (como habría dicho su amigo Luis Buñuel) su complejidad humana, su individualidad, su condición d artista independiente e inclasificable, en medio del coro homófobo, provinciano, reducidor, de sus coterráneos. En el testimonio d su hija, el novelista sale muy bien parado y el coro de la maledicencia nacional queda a la altura que merece, en las letrinas criollas./ La lubricidad genera la sensación en un personaje d tener “piedras de hielo en los testículos” / No abundan los autores q se atrevan a abordar con tanta valentía asuntos q las modas intelectuales no favorecen; la tendencia dominante es hoy la de creer q la nación como punto d referencia entre creadores ha retrocedido ante el avance d un capitalismo mundializado. No sólo no esquiva el tema, sino q lo explora con honradez expresiva, acaso xq el desaliento, el crimen y el asco son las contraseñas con que el nuevo milenio recibe a los escritores q aún sienten el peso d lo real como un íntimo compromiso de su oficio./ Es terriblemente inquietante q la carrera d un político d izquierda tan inteligente como José Woldenberg se encuentre hoy sumergida en la desilusión. Desde luego, no es suya la culpa. En sus memorias –envueltas en una ligera capa de ficción– nos va describiendo las circunstancias qe paso a paso fueron tejiendo el lienzo del desencanto./ El movimiento obrero en México, en realidad, constituía el bloque más autoritario y de derecha del sistema priista./ Reflexiona sobre la situación: “Lo nuestro es el movimiento de masas, no las elecciones; las organizaciones laborales, no los partidos.” / El tercer desencanto: el estallido, más simbólico q real, de la violencia guerrillera desencadenado en 1994 por el EZLN. ¡Tanto trabajo para legitimar una transición pacífica para q unos maoístas trasnochados vinieran a poner en duda en forma espectacular el necesario proceso d cambio democrático!/ El sentido de estas memorias es impedir que el pasado se pierda./ "Los indígenas de Chiapas y la rebelión zapatista", de Marco Estrada Saavedra y Juan Pedro Viqueira: El neozapatismo ha pasado prácticamente al olvido. La rebelión en Chiapas, q en sus primeros momentos despertó la imaginación y el entusiasmo d muchos en México y en el resto del mundo, q suscitó encendidas adhesiones y compromisos, discursos, análisis, grandes palabras en fin, desapareció d la escena pública, en esta época d fama efímera, simplemente por desinterés, por aburrimiento. Otros espectáculos políticos y mediáticos le robaron el protagonismo. ¿Quién se acuerda ahora d la llamada Ley de Derechos y Cultura Indígenas, q cuando fue presentada (y aprobada) en 2001 fue discutida y disputada como si al país le fuera la vida en ello? De haber pasado en 1994, para muchos, a ser súbitamente uno d los elementos esenciales por los q necesariamente pasaba el nuevo México, los indios han vuelto a su no lugar de siempre. Veleidades intelectuales: el siglo XX nos ha demostrado con qué facilidad los intelectuales y académicos se han puesto a polemizar en el mundo d las ideas políticas y qué poca atención han prestado a lo que verdaderamente estaba sucediendo en la práctica./ En realidad, Chiapas y los indios fueron, como tantas otras veces, el pretexto para hablar d otras cosas. Podría parecer q fue un sueño, q no pasó nada. Pero el Ejército Zapatista de Liberación Nacional es bien real, y en ciertas regiones de Chiapas sigue funcionando como una suerte de para-Estado. Para muchos indígenas de Chiapas, la rebelión zapatista transformó sus vidas y su mundo. Y aunq el poder d los zapatistas, ahora q la mayoría d sus miembros indígenas lo han abandonado, hasta el punto d q ya sólo van quedando aquellos comprometidos en cargos d responsabilidad y, sobre todo, los jóvenes q eran aún niños en 1994 y han sido adoctrinados en las escuelas zapatistas (por supuesto, las únicas permitidas), se ha reducido sustancialmente, todavía el EZLN sigue siendo un actor esencial en la región./ ¿Qué sabemos d todo esto, del zapatismo entre los indígenas de Chiapas, ahora q los artículos de opinión han desaparecido y permiten ver el bosque? Desde hace algunos años han ido apareciendo paulatinamente lo q se necesita: estudios basados en el trabajo sobre el terreno y con datos bien establecidos. En general, estos estudios han tendido a concentrarse en comunidades concretas o muy pequeñas regiones. En cambio, Los indígenas de Chiapas y la rebelión zapatista es el primer trabajo q se ocupa d manera organizada, en siete capítulos d distintos autores, del efecto del zapatismo en varias regiones indígenas del estado. Como reza su subtítulo –“Microhistorias políticas”–, su línea d interés es fundamentalmente la historia política local. Pero no se trata –probablemente por fortuna– d trabajos d análisis teórico ni están dirigidos, en conjunto, a demostrar una tesis o a extraer conclusiones o pautas generales, como tampoco a sustanciar una posición política. Una compleja, diversa y muy pragmática relación entre la población indígena de Chiapas y el EZLN, en un juego político en el q intervienen decisivament también otros factores y agentes (el Estado, la Iglesia católica, las iglesias evangélicas, las ONG y demás). Es un ejemplo d cómo unos estudios sin pretensiones d generalidad, pero muy atentos al detalle, pueden ofrecer una descripción y explicación mucho más convincente d los acontecimientos q la mayoría d los estudios basados en grandes armazones teóricos. Lo que Marc Bloch, con una frase bellísima, llamó “la emoción de aprender cosas singulares”. / Porque, por raro q pueda parecer a los funcionalistas, los seres humanos no se rebelan por sus malas condiciones de vida, pues si así fuera la rebelión sería el estado normal de la vida social, sino porque son capaces de vislumbrar una vida distinta. Y si este es el caso indígena, ¿d qué clase de mundo se trataba? Es casi seguro que la utopía indígena –por vaga que fuera, como son siempre las utopías– era muy distinta del futuro que imagina la izquierda revolucionaria o el altermundismo internacional. Saber cómo era (cómo es) la utopía indígena es un estudio q resta por hacer, esencial para entender la rebelión desde el punto d vista d los indígenas d Chiapas./ "Los indígenas de Chiapas" es el trabajo más completo sobre el neozapatismo. No el dlos grandes (y efímeros) discursos políticos o el dlos (igualmente efímeros) análisis teóricos a la moda, sino el dlas enrevesadas pero fascinantes circunstancias locales./ Pitecántropo, de Julio Trujillo: Hay poetas q perciben la tradición como una incalculable cuenta bancaria q inesperadament se les legó. Cautelosos, se acomodan a vivir dlos holgados intereses sin poner nunca en juego el capital (xq, ¿y si lo pierden todo?). Otros poetas, en cambio, ejercen su tradicionalismo con la actitud d quien hereda una casona y decide mudarse a vivir en ella. Se animan –herejes, insensatos– a practicar reparaciones, rasgar un tapiz del XIX o d plano echar abajo cierto muro./ No poemas. Des-poesía. / “Un instructivo es siempre fatigable”; “Inventarías los números en un verano, si no existieran. Tu vida, luego, sería la empresa inútil de olvidarlos”/ “Esta oreja ardiente se está abriendo, carnívora y vulgar, para atrapar viscosidades”. / Shakespeare, Harold Bloom señala lo q considera la mayor relevancia psíquica, estética, cultural en las tragedias del dramaturgo inglés: “el personaje se escucha a sí mismo por accidente”. A la mitad d un monólogo, Hamlet o Iago o Marco Bruto descubren algo d sí mismos q ignoraban, o mejor: al espiarse diciendo algo, se conocen ajenos. Esta vocación por el autoespionaje lingüístico (el poeta se escucha a sí mismo por accidente) es piedra angular dla poesía lírica: es ahí donde se tensan el sonido y el sentido, el aparato fonético y la teoría literaria./ Lo más privado que uno posee no es aquello que confiesa sino aquello que percibe y no logra codificar por entero. "La última de las historias posibles". La frase por sí sola suena a palabrota: esas que de tanto abarcar sentidos terminan por no significar nada. Proviene d un fragmento d Lezama Lima. “La imagen como un absoluto, la imagen que se sabe imagen, la imagen como la última d las historias posibles.” / Imaginar, intimidad última. Hasta la tristeza que se fermenta en una gasolinera. Imaginar mediante un catálogo minucioso d grietas en el cuerpo de la lógica. Imaginar contra (pero también, inevitablement, a merced d) la prosodia./ "Pitecántropo" es un libro de belleza consternada. Su manera de afrontar la poesía no es la de un rétor o un declamador sino la de un irredento cazador de huracanes: No hay lienzos asesinos ni pelis q devasten kilómetros d casas. El miedo real potencia su hermosura. Son muerte aproximándose y no hay red q los atrape./ Hosco, desencantado y esotérico como todos los eslavos q he conocido./ Nuestras charlas eran una suerte d epítome de la buena comunicación: breves, al grano, sin conclusiones finales./ El ruso y el inglés son polos lingüísticos opuestos./ La intraducibilidad esencial del verso rimado y dla métrica regular dla poesía en ruso, al inglés. La poesía rusa, se dice, no sólo echa mano d rima sino q está firmemente arraigada en ella; no es sólo un recurso formal sino una especie d vehículo del espíritu eslavo. “Es una cuestión q funciona a nivel neurológico, es una manera d estructurar el tiempo y el espacio”./ Puede ser. A Brodsky, como a varios d sus contemporáneos (el caso más conocido es el d Nabokov), le obsesionaba la dificultad dla traducción del ruso al inglés. Argumentaba, en una entrevista con Solomon Volkov, q el poder expresivo del ruso está, además d en su potencial fonético, “en sus cláusulas subordinadas, en el uso del participio y en todos esos giros gramaticales” q el inglés simplemente no posee. Dada la complejidad estructural del idioma, según Brodsky, la traducción de la poesía rusa al inglés siempre implica una simplificación y un empobrecimiento del texto. ¿Por qué decía eso? ¿Estaba sentenciando su propia obra poética al fracaso? ¿Se estaba cubriendo la espalda dlos críticos anglosajones? Lo irónico es qla obra poética d Brodsky no sólo se tradujo prácticament entera al inglés, sino q, como Nabokov, él mismo se encargó d traducirla./ Estos versos podrían pertenecer a una canción de Eminem. “Brodsky is not a great poet in English but a great Russian poet.” / Una buena traducción no es la que más se apegue al original, sino la que mejor haga revivir el original en la nueva lengua y genere un cambio o deje una huella en la tradición a la que se integra./ En su ensayo “Tres poetas filósofos”, sobre Goethe, Dante y Lucrecio, George Santayana define al poeta filósofo como el q tiene un esquema del universo o el q sostiene una visión del mundo./ “Así como el genio tiende a la unidad, la mediocridad tiende a la uniformidad”./ Quizá no se pueda traducir el “espíritu eslavo”, pero sí se puede traducir el “espíritu brodskiano”./ La personalidad de un autor es su sintaxis./ En mi calidad d infrecuent, - y tal vez único visitante de este - [sitio, - dispongo, creo, del derecho - a describir lo q observo. Aquí está - [nuestro pequeño Valhala, - nuestro fundo cubierto de maleza - desde hace tiempo, con un manojo - [d almas hipotecadas - y prados donde d seguro no ha d - [correr con desenfreno - una afilada segadera; - donde copos d nieve flotan en el - [aire, como un buen ejemplo - e aplomo en el vacío./ Transición, de Carmen Aristegui y Ricardo Trabulsi: La actitud servil de Carmen Aristegui ante algunos de sus entrevistados. Con algunos Aristegui es incisiva, suspicaz y severa. A Diego Fernández de Cevallos, por ejemplo, lo cuestiona sobre su desaparición d los medios d comunicación luego d haber ganado el debate d 1994: “¿Y no mientes cuando dices q después del debate no te escondiste?” En cambio, a otros, como a Andrés Manuel López Obrador, a propósito dla aprobación unánime de la llamada “Ley Televisa” pocos meses antes dlas elecciones de 2006, los deja decir cosas como la siguiente a propósito del voto perredista a favor d esa ley: “[votaron así] porque son libres [...] Además, por lo general a mí no me consultan”. Así, la entrevistadora emplea dos raseros: con unos se muestra como periodista, con otros como “compañera de ruta”. ¿Con quiénes sí y con quiénes no? Sí con los que son afines a su ideología./ Esta falta d profesionalismo periodístico permite la inclusión d medias verdades y hasta d mentiras francas. Es el caso de Denise Dresser, quien comenta: “Recuerdo haber estado en una comida con Luis Donaldo Colosio tres semanas antes d q lo mataran y saqué a colación la idea d observadores extranjeros. Y bueno, los q estaban ahí –Fernando Solana, la gente de Vuelta– dijeron: ‘Ah claro, Denise, la primera norteamericana nacida en México, ¿cómo nos viene a sugerir q alguien d fuera venga a calificar nuestras elecciones?’” ¿La “gente de Vuelta”? La afirmación es calumniosa y absurda: ¿quién d Vuelta se hubiera opuesto a la presencia d observadores extranjeros? Dresser, además d plagiaria (cfr. Letras Libres, mayo 2006), es mentirosa. Aristegui la deja pasar, ¿por qué? ¿Por falta d rigor en su investigación o xq la “gente” de Vuelta y ahora la de Letras Libres no piensa como ella? / La pieza fuerte del libro (tanto q le dedica un anexo para dar cuenta d cómo impactó en los medios) es la entrevista con Miguel de la Madrid en la q este se arrepiente d haber dejado a Carlos Salinas de Gortari como presidente y habla dla mal habida fortuna de Carlos y Raúl. El escándalo q provocaron estas declaraciones fue mayúsculo ya q, a los pocos días d trasmitida la entrevista, De la Madrid fue obligado a retractarse. Sin embargo, en esa misma entrevista De la Madrid afirma q las elecciones de 1988 fueron limpias y no hubo fraude. Si nadie en su sano juicio cree esta última afirmación, ¿por qué habríamos d creer la primera? Las preguntas de Carmen Aristegui, al no estar sustentadas en una investigación sólida, dejan traslucir el punto d vista en el q se apoya. No ejerce su función de medio, no es neutral; trata de imponer sus opiniones sobre la transición. ¿Cuál son estas? En el prólogo d su libro finge objetividad: “Las preguntas q acompañan este libro [...] pretenden resumir el conjunto d preocupaciones q se desprenden d esta compleja e inquietant realidad.” Pero no es cierto. El eje central d "Transición" es el proceso electoral de 2006. De 26 entrevistados, dieciséis afirman q las elecciones d ese año fueron limpias, ocho q hubo algún tipo d fraude y dos (De la Madrid y Monsiváis) se muestran ambiguos. Es decir, la mayoría (incluidos los dos últimos presidentes consejeros del IFE) afirman q en 2006 salió avante, pese a las presiones inmensas del frente opositor, la democracia mexicana. Pero las preguntas de Aristegui no reflejan ese punto de vista sino otro muy distinto: le dice a Alonso Lujambio: “En este país de ambigüedades, el concepto d equidad electoral quedó hecho trizas [...]”, y a Monsiváis: “Lo de Felipe Calderón en 2006 le dio la puntilla a lo q había sido la degradación d los avances en materia electoral.” / Le interesa a Aristegui cargar los dados, inducir preguntas a favor dla tesis d q la presidencia de Fox se logró gracias a un acuerdo entre el PRI y el PAN, d q en 2006 hubo un fraude a favor de Calderón y d q nos aproximamos a la imposición de Enrique Peña Nieto como presidente gracias al poder dlas televisoras. No importa q una y otra vez la mayoría dlos entrevistados le refuten sus conclusiones antidemocráticas. No le importa, por ejemplo, que Cuauhtémoc Cárdenas le diga q en 2006 no apoyó a López Obrador xq en la contienda interna por la candidatura detectó apoyos hacia este de parte del gobierno del Distrito Federal. No le importa, tampoco, q Luis Carlos Ugalde le señale q el día d las elecciones haya habido acarreo d vendedores ambulantes a favor de AMLO y q el SME haya inducido el voto d sus agremiados a favor d este candidato. ¿Qué importa q alguien como José Woldenberg afirme: “Creo q la responsabilidad fundamental del descrédito fue dla Coalición por el Bien de Todos. Inventó versiones sobre el fraude electoral q hasta la fecha no ha podido probar, ni podrá”, si lo que le interesa a Aristegui es otra cosa, otra cosa que no tiene que ver con la búsqueda de la verdad sino con la radicalización interesada de sus posiciones? ¿Interesada? Su caso es un ejemplo de lo que Gabriel Zaid expuso en su ensayo “De cómo el radicalismo aumenta con los ingresos”. / "Transición" no es un libro serio. Admite afirmaciones extravagantes, como la de Juan Ramón de la Fuente: “La gran crisis del modelo q prevalece en México surgió dlas democracias liberales q han mostrado su ineficiencia”; sensibleras, como las de Rosario Ibarra: “Para mí, Andrés Manuel era la luz dla esperanza, lo más hermoso q podía suceder”; delirantes, como las de Carlos Fuentes: “Yo no quiero partidos vírgenes, ¡quiero partidos q follen todos con todos muy contentos!”; apocalípticas, como las de Granados Chapa: “Hay que impulsar [...] el cambio social q es el verdaderament necesario. Si no se puede romper el país”; o francamente calumniosas, como las de Dresser. Pero lo más notable no es eso sino la casi total falta d esperanza q los políticos e intelectuales, por lo menos los q este libro reúne, tienen sobre el porvenir de México. Dice Lorenzo Meyer: “Yo no tengo imaginación, se me fueron las ganas d imaginarla, xq si la imaginas y medio lo logras te queda un sabor muy positivo, pero si te la imaginas y no logras absolutamente nada, el sabor es muy ácido.” / Esta desesperanza permea el libro de Aristegui. Una desesperanza que nace, hay que repetirlo, con el fracasado intento de López Obrador de hacerse con el poder en 2006 a como diera lugar. Mintió, falseó, provocó a los poderes, tomó la ciudad de México, inventó algoritmos mágicos. El daño ocasionado a las instituciones democráticas ha sido mayúsculo. Pero dañó algo más que las instituciones: dañó la capacidad de esperanza de una clase política que se ha quedado sin miras, que es incapaz de dibujar un nuevo horizonte. Hay a quienes este panorama ensombrece: hay otros, en cambio, que sacan partido de él, que se asumen como radicales, como víctimas, como promotores del cambio. Es el caso de Carmen Aristegui.// Enemigo interno, de Werner Herzog por Fernanda Solórzano: Harvey Keitel: hay escenas en las q el actor parece cruzar un umbral. Dos d ellas pertenecen a la película "Bad Lieutenant", de 1992. En una d ellas, su personaje –un policía abusivo y sin escrúpulos– está en una especie d burdel. Totalmente intoxicado, apenas se sostiene de pie. Lo vemos desnudo (la toma es frontal), llorando como niño y torciendo la cara en un gesto d dolor. Ya que no puede avanzar, hace en su lugar un bailecito como de payaso triste. En la otra escena, d la misma película, el policía está casi tendido en el pasillo d una iglesia. Le pide cuentas –y luego perdón– a su interlocutor: Jesucristo. No a una figura d yeso sino al hombre mismo en persona. Está parado frente al policía, con su corona d espinas y el cuerpo lacerado y sangrante. Puede o no ser un delirio; el caso es q está hablando con Dios./ Keitel pasa invicto una de las pruebas más difíciles para un actor: que un personaje patético en una situación ridícula no se traduzca en una escena patética y/o ridícula. El mérito no es sólo suyo sino del director italoamericano Abel Ferrara. Casi desconocido y cada vez más al margen del cine, sus películas no son sátiras sino ensayos –en muchos casos religiosos– sobre el hombre mal encaminado y sus momentos de crisis. Por difícil q suene en teoría, el espectador de "Bad Lieutenant" llega a experimentar algo parecido a la piedad./ Directores como Scorsese (otro católico renegado) nombran a "Bad Lieutenan" como una dlas mejores películas dlos años noventa. Así las cosas, ¿qué director –y con qué sentido– querría resucitar al personaje d aquella? Y dado el caso, ¿qué actor sería capaz d crear un retrato nuevo, y no una simple imitación, dlocura o degradación? Entran a escena el alemán Werner Herzog y, bajo su dirección, Nicolas Cage: un binomio inesperado q no tarda en hacer sentido./ Hizo posible q abordara asuntos como la redención personal sin caer en las ñoñerías del cine evangelizador./ Con Herzog las cosas cambian. Quizá no exista un director vivo q, a través de su cine, reniegue con tanta fuerza d todo lo que suene a inteligencia o voluntad superiores –llámese religión, orden cósmico o la idea d q la naturaleza es benévola d forma inherente. Esta última creencia lo irrita en particular. Si en algo no se cansa d insistir en sus documentales y películas d ficción (distinción q él detesta), es en q naturaleza es, si acaso, sinónimo d sinsentido y caos. Esto incluye los instintos y pulsiones del hombre, quien al verse sin frenos externos –como el miedo al castigo, religioso o social– tendería a autocomplacerse a costa d sus semejantes, violando toda ley moral./ Este último es el tema d "Enemigo interno", el título en español dla “nueva” Bad Lieutenant. No es casual que, en vez de Nueva York, tenga como escenario a una Nueva Orleans devastada por Katrina: el huracán como evidencia del lado oscuro de los fenómenos naturales, indiferentes al hombre y ajenos a sus nociones del bien y el mal." / Quizá desde "Salvaje de corazón" (Lynch, 90) y "Adiós a Las Vegas" (Figgis, 95), Nicolas Cage no había vuelto a brillar como uno dlos pocos actores capaces d interpretar estados mentales en descomposición. En Enemigo interno –y espoleado por Herzog– se le ve como nunca hasta ahora: su teniente es una especie d zombi con perenne síndrome deabstinencia, cuya mirada entre perdida y psicótica redefine cualquier noción previa de “policía fuera de control”. Detrás de su locura no se percibe alma torturada, ya no se diga un deseo de rehabilitación. Esto presupondría la existencia de valores, tema que a Herzog sin duda lo haría bostezar./ “Uno no podría vivir en una casa iluminada hasta el último rincón”, afirmó el director hace poco al referirse al psicoanálisis, al que califica como uno de los errores más grandes del siglo XX. “Cuando los seres humanos son iluminados y escrutados hasta en sus más pequeños y oscuros abismos –dijo–, se vuelven inhabitables y menos interesantes.” / Uno sólo puede imaginar la reacción d placer de Herzog si se enterara d q la película "Avatar", sobre un mundo en q plantas, animales y humanos conviven en armonía, ha generado un billón de dólares pero también un trauma extendido entre sus fans estadounidenses. En foros dedicados a discutir la “depresión d saber que Avatar es un mundo intangible”, hay tantos pensamientos suicidas q el fenómeno se convirtió en noticia nacional./ Depende d cómo se vea, esta es una sentencia oscura o la única ley dla vida q vale la pena acatar.// Alquimistas daneses: El grupo indie Mew. Todo culmina en una auténtica sinfonía q se queda a una guitarra, a un violín, a un tamborazo d ser sólo ruido./ Lo poco q les importa adherirse al dogma d estrofa, puente y coro./ No es coincidencia q los tres integrantes provengan del mismo país q Hans Christian Andersen. El paralelo "cuando Andersen escribe estas historias sobre árboles vivientes, es una reflexión dla soledad y el abandono humanos. Sólo lo describe d manera diferente. Y puede q te conmuevan aún más precisamente xq le da la vuelta a la frontera d lo real”. Pedir que te despierten antes de que comiencen las pesadillas. Algunas d sus canciones esconden rincones tétricos, oscuros: “dig out yourself from rubble, removing all your skin”, “leave me in the ditch where they kick me, sever my limbs and deceive me”. La capacidad d jugar y experimentar como parte del proceso musical, al q comparó con armar figuras a base d Legos./ Nos conmueven sin saber –a ciencia cierta– qué o por qué nos está conmoviendo./ Los animales como símbolos.// Un ajedrecista llamado Humphrey Bogart: Nunca se tomó demasiado en serio a sí mismo, pero sí su trabajo. Contemplaba la figura un tanto chabacana de Bogart, la estrella, con divertido cinismo, pero por Bogart, el actor, sentía un profundo respeto./ Era el auge del anticomunismo en Hollywood, y el Comité de Actividades Norteamericanas, primero con Diess y luego con McCarthy, elaboraba listas, llamaba a comparecencias y acusaba a actores, productores y guionistas./ El archivo del FBI de Bogart se había iniciado en 1936, cuando el actor apoyó la huelga d lechugueros del valle de San Joaquín y la dlos reporteros de Seattle; continuaba con la acusación d un mitómano contra él y otra veintena d actores d pertenecer al Partido Comunista y había aumentado considerablement con el apoyo de Bogart a Los Diez (un grupo d actores, productores y guionistas acusados d comunistas y q finalmente formarían parte dla lista negra de Hollywood)./ Era la época en q los muchachos del Buró interceptaban la correspondencia del actor y luego se presentaban en su casa preguntando qué tipo de claves eran aquellas. Bogie les explicaba, inmutable, q él participaba en torneos d ajedrez por correspondencia en Europa y Estados Unidos, y q las notas interceptadas eran sus movimientos en varias partidas en proceso./ Bogart, sufría su tercer matrimonio./ Al iniciarse el rodaje de "Tener y no tener" Bacall se echó al equipo al bolsillo. Simpática y voluntariosa, aceptaba las bromas y las enseñanzas. Todos veían en ella a una futura estrella. Dominaba su nerviosismo d debutante con mucha suerte. En las primeras tomas temblaba d pies a cabeza y relata: “Me di cuenta de que una manera de mantener quieta la cabeza era inclinarla, la barbilla hundida, casi en el pecho, los ojos vueltos hacia Bogart, lo que resultó ser el comienzo de La Mirada.”/ Bacall fue bautizada por el equipo d filmación como “El resto del reparto”, pues cuando la esposa de Bogart aparecía por el set o llamaba por teléfono buscando a su marido, el equipo le decía q había salido a tomar una copa con “el resto del reparto”./ Finalmente Bogart contrajo matrimonio con Lauren Bacall en mayo de 1945. Ella tenía 20 y él 45 años./ Bacall también superaba a todas las demás por algo muy sencillo: sabía jugar ajedrez./ La primera versión de "Casablanca" fue una obra d teatro, "Everybody Comes to Rick’s," de Murray Burnett y Joan Alison, q se vio favorecida por la guerra. Antes dla incorporación de Estados Unidos a las hostilidades, la oficina d censura gubernamental –un antecedente del Comité de Actividades Antinorteamericanas– rechazaba cualquier cosa q alentara los ánimos belicistas o atacara a Hitler, pero con la incursión japonesa en Pearl Harbor adquirió interés la obra q transcurría en un lugar exótico, con nazis arrogantes y una historia d amor entre una bella europea q duda entre un líder partisano y un bon vivant./ No fue fácil encontrar trabajo. Nadie en Broadway se impresionaba por el hecho d q Bogart hubiera filmado películas en Hollywood. Las obras para las q era contratado no permanecían más d una semana en cartelera, y se veía en serios problemas financieros. La pareja tenía como vecinos a otros dos matrimonios d actores con quienes hicieron un “fondo común para comida”. Y como el hambre es inteligente, a Bogart se le ocurrió q una forma d conseguir ingresos extras era jugando ajedrez. Una vez lo intentó y fue a las galerías dla Sexta Avenida donde ofrecía jugar una partida por una apuesta d medio dólar. Al final del día los resultados fueron suficientes para colaborar con “el fondo de la comida”. Así q el actor iba por las mañanas a las galerías, entraba a un local u otro y esperaba a los apostadores.// El genio d la modestia - Vicente Molina Foix: Éric Rohmer quiso hacer siempre un cine sin costuras, es decir, sin “arte”, y d ahí la famosa polémica indirecta q el director recién fallecido y Pier Paolo Pasolini sostuvieron en 1965 a propósito del cine de poesía y el cine de prosa, que, resumiendo lo q ocupó en su día páginas y páginas, podría definirse como la contraposición entre un lenguaje fílmico q se deja notar (“donde se siente la cámara”, decía Rohmer), y otro, el q él prefería y practicaba, autolimitado al relato y reacio al tropo y la rima. Ambos cineastas marcan (junto a Godard, q está por supuesto, junto a Pasolini, en el grupo dlos metafóricos) el desarrollo del cine de la segunda mitad del siglo XX, y a todos los aficionados nos cabe –y no sólo xq estén ya muertos– la posibilidad d celebrar el enorme genio dlos dos sin tener q decidir una preferencia o formular una exclusión./ Él aspiraba una fotografía q no tuviese ese lado brillante, lamido, hiperrealista, dla película actual./ La filmografía de Rohmer es muy extensa (más d treinta títulos entre largos y cortometrajes). Me ha excitado siempre mucho que Rohmer fuese tan viejo verde en su elección d jóvenes figuras eróticas: Haydée Politoff, Françoise Fabian, Béatrice Romand, Zouzou, Marie Rivière, Arielle Dombasle, algunass descubiertas y así lanzadas por él, y todas escrutadas sensualmente por el objetivo d su cámara de jansenista. Sólo en esto, se parecía a otro gran cineasta womaniser del cine francés, el tan católico Robert Bresson.// Otros pájaros azules - Hugo Hiriart: El pájaro azul cantaba en su jaula d plata. Doña Zeledonia solemnemente prohibió a los niños, niño y niña, q se acercaran al animal cautivo; se oyeron amenazas. Pero el niño, el mayor dlos dos, q era muy resuelto, escuchaba atribulado los cantos melodiosos, tristísimos, del prisionero, y alentaba en su ánimo el propósito d liberarlo. Empleó el niño toda su elocuencia en persuadir a su dulce hermana, q era bella, pero tímida, d q le prestara su ayuda en la hazaña, y urdieron los hermanos un plan para la fuga del pájaro azul. No era empresa sencilla: doña Zeledonia sometía al animal a muy estrecha vigilancia, y entre los niños y el ave se alzaban esmerados dispositivos d seguridad. Pero ¿qué pueden rejas, candados y guardianes frente al canto desesperado del animal cautivo q de día y de noche llamaba a los niños? La jaula d plata del pájaro pendía del techo d un cuarto desnudo cerrado a cuatro llaves. Fueron los niños tan constantes como astutos, y por fin una noche ese Mozart dlas escapatorias y su dulce hermana tuvieron todo dispuesto para la liberación del pájaro azul. Y cautelosament avanzaron en la oscuridad, cumplieron con el ritual d cerciorarse d q doña Zeledonia, lentes sobre la silla, cuerpo enorme bajo el edredón, labios entreabiertos, almohada babeada, roncaba apaciblemente y profanaron el cuarto desnudo q guardaba al ave prisionera. La luz dla luna hería la jaula d plata; el pájaro pareció gritar d alegría al ver entrar a los niños./ –Debí habérselos dicho, debí decirles –profería entre sollozos a la mañana siguiente doña Zeledonia. Los cuerpos destrozados dlos niños yacían en el suelo. El pájaro azul había vuelto a su jaula y su canto melodioso y más triste q nunca volvía a oírse./ Este boceto d cuento se basa en el sencillo hecho d q la jaula del tigre está hecha para que el tigre no pueda escapar, pero también para que nadie cometa la imprudencia de meterse a la jaula a tratar de fraternizar con él. El desenlace dla historia se dirige a esta segunda condición excluyente del artefacto. Doña Zeledonia olvidó o no quiso revelar a los niños la ferocidad del animal./ Por supuesto q esta versión juega un poco con El pájaro azul de Maeterlinck y parece por tanto investirse d cierto sentido alegórico. Más rico, pero más complicado, habría sido montar el cuento sobre una princesa enjaulada y un héroe enamorado que, para su desgracia, se resuelve a liberarla. Las princesitas asesinas, sobre todo si son envenenadoras, luego de violencia hipócrita, son interesantes. Ahora q el cuento debería aparentar un candor dulce, luego bruscament la atrocidad del final, es decir, la princesita le aplasta al héroe la cabeza con una piedra./ Si se pudiera dotar al pájaro carnívoro (o a la princesita delincuente) d una cierta ingenuidad, sería mejor q mejor. La personalidad de doña Zeledonia, diluida y vaga, está bien como está: buena parte dla desgracia se funda en su, más q extraña, sospechosa imprevisión./ Dado el planteamiento podemos fácilment urdir otros finales./ Los niños devoran al pájaro en salsa d chile pasilla. Explicaría inesperadament la prohibición de doña Zeledonia tomando el pájaro en calidad d manjar delicioso y a los niños como gourmets exigentes./ Liberado el animal por los niños, el ave crece y se hace enorme, los niños remontan el vuelo en sus lomos y se pierden para siempre./ Los niños quedan encerrados en la jaula y cantan, el pájaro revolotea silencioso alrededor de ella./ Todas las conclusiones tipo príncipe-sapo: el pájaro, al salir de la jaula, se transforma en un dragón o una princesa de cabellos rojos o un anciano d doscientos años que maldice a sus libertadores y después muere./ Un desenlace inverosímil: sale el pájaro y sobreviene el fin del mundo. En ese caso ¿quién era doña Zeledonia y d qué estábamos hablando? / Y etcétera, hay mil y una posibilidades. Un cuento, como un tema de música, es muchos cuentos posibles. Dicen q cuando Chopin hacía un hallazgo musical, un asunto, una melodía, alguna idea, se ponía expansivo, alegre, sonriente, feliz. Ese dichoso momento era preludio dlos días sombríos d malhumor, irritación, silencio, en q el maestro se ponía imposible. Era este el periodo en que Chopin luchaba por darle a su descubrimiento el más cumplido desarrollo, la forma óptima, la presentación definitiva, en suma, el periodo en q el artista elegía una entre las incontables variantes posibles para su composición./ Sin embargo, la tortura chopinesca no suele aplicarse al escritor: las posibilidades del relato no se despliegan ante él, la narración se presenta ya hecha, ya terminada, una sola posibilidad. Este hecho constituye una prueba más d que el arte se hace con imaginerías bruscas y completas, y no pensando. Se puede hacer pensando, pero queda redicho, amanerado, sin frescura, falso, en suma, mal hecho./ En su jaula d plata canta el pájaro azul.// Conquistas amenazadas - Enrique Serna: Quizá la única alternativa para salvar del naufragio a nuestra joven democracia es el surgimiento d una izquierda liberal con vocación modernizadora./ Dentro dla izquierda mexicana hay una corriente menos cautelosa y acomodaticia q antepone las convicciones a las argucias del clientelismo./ Dos pasos históricos en materia d libertades civiles: la despenalización del aborto y la legalización del matrimonio homosexual./ Tamaño atrevimiento, q no debería indignar a ningún partidario d la separación entre la Iglesia y el Estado, ha provocado la formación de una triple alianza integrada por el clero católico, el PAN y el PRI, que busca perpetuar la tutela moral de la Iglesia sobre la sociedad mexicana y ha logrado ya reformar la constitución de dieciocho estados para criminalizar a las mujeres que abortan (incluyendo, en muchos casos, a quienes abortan por haber sido violadas). La postura del PAN era previsible porque en materia de moral sexual sus militantes son censores intransigentes, no así en el terreno de la moral cívica, donde muestran a diario una fuerte proclividad a las corruptelas. El presidente Calderón ha visto cruzado d brazos los atropellos de Mario Marín y los latrocinios de Ulises Ruiz, pero en cambio las infanterías d su partido persiguen encarnizadament a las campesinas, obreras y desempleadas q recurren al aborto clandestino. Según datos dla organización Human Rights Watch, antes d esta contraofensiva, los gobiernos panistas de Guanajuato habían encarcelado ya a más d 130 mujeres renuentes a aceptar la maternidad no deseada. Pero la reacción del pri, que se preciaba de ser un partido laico, marca un hito en la historia del tartufismo político. En su afán por conquistar el voto conservador a cualquier precio, los herederos de Obregón y Calles ya ni siquiera se molestan en fingir una mínima lealtad a los principios fundacionales de su partido. Después de haber traicionado los ideales de la Revolución, ahora pisotean los de la Reforma./ Para ponerse a tono con las fiestas del bicentenario, el arzobispo Norberto Rivera se ha propuesto emular a Manuel Abad y Queipo, el obispo de Valladolid q decretó la excomunión de Hidalgo. Su cruzada contra la homosexualidad y el aborto demuestra que el único interés político de la Iglesia mexicana, desde la Colonia hasta hoy, ha sido restringir las libertades de los mexicanos para mantenerlos en una eterna minoría de edad. Si por él fuera seguiríamos en los tiempos de la colonia, cuando los “sométicos” (apócope de sodomíticos) eran quemados vivos en las plazas públicas. No soy un entusiasta partidario del matrimonio gay y, d hecho, temo q la imitación de las instituciones monogámicas heterosexuales pueda convertir esa opción sexual en un remedo insulso dla pareja buga. Pero si un núcleo importante de la comunidad gay quiere alinearse con el mainstream, ningún ministro de la Iglesia tiene derecho a impedirlo./ El derecho de adopción concedido a las parejas homosexuales es el agravio que más sulfura a nuestro prelado. Desde una postura humanitaria, la posibilidad de que miles de parejas homosexuales adopten criaturas debería alegrarlo, pues ahora muchos niños huérfanos tendrán una mejor vida. Las familias alternativas no significan una amenaza para la familia tradicional: más bien demuestran la fortaleza dla institución familiar y el fracaso dlos modelos d vida individualistas. Norberto Rivera fue un acérrimo defensor de Marcial Maciel y se hizo dla vista gorda cuando le reportaron las tropelías del sacerdote pederasta Nicolás Aguilar, acusado de violar a más de 90 niños en México y Estados Unidos. Tal vez por eso cree q todos los homosexuales se comportan como los sórdidos curas a quienes ha protegido. Pero la experiencia demuestra q las madres lesbianas y los padres homosexuales quieren la felicidad d sus hijos y, por lo tanto, respetan su orientación sexual sin tratar d influenciarla. Si Rivera Carrera quiere combatir la corrupción de menores, que empiece por barrer debajo de su alfombra, en vez de lanzar anatemas contra las conciencias libres de Sodoma./ La meta dla Iglesia es derogar las dos reformas sacrílegas aprobadas en la ciudad de México, pero hasta el momento la Suprema Corte de Justicia ha mantenido una postura firme a favor dlas libertades recién conquistadas. Ojalá siga ocurriendo así en los próximos años. Pero d cualquier manera el arzobispo de México es un líder de opinión y sus bravatas han azuzado ya a las jaurías de mastines que esperan su grito de guerra para saltarle a la yugular a las huestes de Satanás. En Jalisco y Guanajuato, algunos médicos mochos del sector Salud actúan como delatores dlas mujeres que acuden a verlos por complicaciones después d un aborto mal practicado. La cruzada contra los herejes se ha dejado sentir también en los medios de comunicación masiva. Las bravatas machistas del conductor televisivo Esteban Arce son un indicador alarmante de que algunos comunicadores, envalentonados por la beligerancia del arzobispo, empiezan a utilizar sus tribunas para condenar la homosexualidad, con argumentos propios de un pleito de cantina. El medio dla farándula ha sido siempre un reducto d libertad donde homosexuales y lesbianas pueden hacer carrera sin ser perseguidos. De hecho, en los últimos tiempos Televisa ha producido varias telenovelas en las que se defiende abiertamente el amor homosexual, de manera que la postura de Arce no representa en este caso la ideología de su empresa. Pero la descalificación es el preámbulo de la incitación a la violencia, y si nadie impone límites a la locuacidad de los asnos, otros inquisidores caerán en la tentación de atizar el odio contra un grupo social que en la mayor parte del país sigue siendo muy vulnerable.// Matrimonio Gay en Argentina - Graciela Mochkofsky: El tema d la diversidad sexual se ha convertido en moneda d intercambio en la negociación política general./ Los cambios en España son una premonición de lo que cambiará en America Latina./ Si ha sido posible en España, es posible en todos y cada uno dlos países de la realidad latinoamericana, entre otras cosas xq tenemos muchas tradiciones y costumbres comunes, y también la legislación civil.” / Mientras tanto, el matrimonio entre Freyre y Di Bello es válido y, por ahora, d duración perpetua: el divorcio en Argentina sólo es válido para hombre y mujer.// Cambio climático - Hopenhagen: la esperanza perdida: Las probables consecuencias que habrá de afrontar el mundo si fracasan los esfuerzos por impedir que la temperatura del planeta se eleve más de dos grados centígrados son alarmantes: posible desaparición del hielo marino para la última etapa del siglo XXI; incremento en la frecuencia de calores extremos, olas de calor y densidad de precipitaciones; incremento en la intensidad de ciclones tropicales; disminución de los recursos acuíferos en diversas áreas semidesérticas; posible eliminación de la capa de hielo de Groenlandia con el resultante incremento del nivel del mar en 7 metros; y peligro de extinción de entre el 20 y 30 por ciento de las especies evaluadas hasta el momento. Para el año 2020, entre 75 y 250 millones de personas en África podrían carecer de agua, y en algunos países de este continente los terrenos para agricultura se reducirían hasta en un 50 por ciento. Asimismo, de continuar la tendencia de acidificación de los océanos, estaría en riesgo la supervivencia de gran parte de las especies marinas. Junto a estas dramáticas previsiones, la realidad sobre el cambio climático ya comienza a tener consecuencias irreversibles en la geografía de la Tierra. Tuvalu, el cuarto país más pequeño del mundo, localizado en el océano Pacífico –entre Hawaii y Australia– está próximo a desaparecer. La migración ha iniciado hacia Nueva Zelanda, país que ha accedido a dar asilo a 75 personas por año. Los habitantes de Tuvalu son así los primeros refugiados del cambio climático./ En una guerra d acusaciones, las naciones en vías d desarrollo insisten en q los países desarrollados deben asumir su “responsabilidad histórica” por haber alcanzado altos niveles d industrialización a costa d contaminar al planeta y afectar a sus habitantes. Por su parte, Estados Unidos –país q aún no ratifica el Protocolo de Kioto– exige q países como China –emisor número uno d gases efecto invernadero en el mundo– adopten obligaciones vinculantes y asuman compromisos d transparencia en la gestión d fondos y en el fortalecimiento d sus capacidades y comunidades./ El porcentaje d emisiones y d intensidad d carbón –índice que se obtiene de dividir las toneladas de CO2 emitidas a la atmósfera entre el PIB.// Verdes campos de golf para siempre - Bruno H. Piché: Un auténtico bosque de rascacielos cuya joya de la corona es el "Burj Khalifa" (primero llamado "Burj Dubai"), el edificio más alto del mundo, inaugurado el pasado 4 de enero, con casi 830 metros de altura y 162 pisos./ Mientras recorro el imponente Mall de los Emiratos, el mismo q aloja en su interior una pista para esquiar de 600 metros d longitud, el contraste entre los usos locales y foráneos llama poderosament mi atención. Me refiero a la contigüidad d bellas e inquietantes mujeres ocultas bajo finísimos burkas d diseñador, por un lado, y llamativas damas eslavas provenientes del viejo imperio soviético, por el otro. Justo al lado d una belleza árabe que porta el obligado velo negro, camina impúdica una despampanant y neumática rubia. Mientras imagino las piernas alargadas y cubiertas dla primera, me enfrento a la realidad contundent dlas caderas expuestas dla segunda. Ambas son imposibles en mi mente, pero no dejo d preguntarme: ¿cómo conviven las dos versiones en un mismo sitio? ¿Será la aldea global su auténtico lugar de convergencia? / Apenas hay varones, solamente mujeres rusas, chicas y grandes, todas guapas, todas portando las prendas más mínimas y suntuosas q mi desconocimiento d marcas y diseñadores me permite colegir. Una nube d preguntas sin respuesta se cierne sobre mí. En un interminable recorrido hacia el célebre conjunto habitacional de Palm Beach, Abdul Salam, chofer de taxi y agudo observador del mundo a su alrededor, despeja mis dudas. La razón por la que abundan las rusas en Dubái es sencilla: son las mujeres e hijas de la gran mafia rusa; son enviadas aquí para evitar la violencia que impera en la vida de sus esposos y sus padres, para escapar de las vendettas y las ejecuciones; son las hijas y nietas de la dictadura del proletariado que hoy disfrutan en Dubái los ríos de dinero que fluyen procedentes del capitalismo mafioso./ Caigo en la cuenta. El emirato es no solamente un paraíso fiscal; es también un oasis de seguridad, de ahí el lento fluir de las aduanas, la rigurosa toma digital de las pupilas en el aeropuerto. A pesar d q en Dubái la riqueza está expuesta a los cuatro vientos, el crimen es prácticament inexistent. El último caso de asesinato vinculado a la mafia data de 2006, cuando un ruso fue ejecutado en una habitación del exclusivo hotel "Burj Al Arab". Ese mismo año el jefe dla mafia georgiana en España, Zakhar Knyazevich Kalashov, también conocido como “el hombre invisible”, fue detenido en Dubái./ A nadie parece sorprender q el crimen y el terrorismo internacionales aprovechen los mismos canales de apertura financiera y d inversiones para disfrazar sus dudosas operaciones. Lo mismo hacen contrabandistas d piedras preciosas q miembros de Al Qaeda. Según investigaciones oficiales de Estados Unidos y de los propios Emiratos Árabes, al menos 250 mil dólares fueron transferidos a los perpetradores del 11 de septiembre desde bancos locales./ Las inversiones raras, el exceso en los centros comerciales, la obscenidad del más ostentoso consumo, el lavado de dinero; todo ello ayuda a explicar por qué, al contrario de sus hombres, las rusas son las mujeres más visibles del emirato./ Los demógrafos de Dubái recurren a métodos peculiares para elaborar sus mediciones. De acuerdo con datos oficiales, la población actual del emirato es d un millón 645 mil personas, mientras q la cifra d dos millones 451 mil almas corresponde a la “Población Total Activa Durante El Día”. Lo cual es otra manera d referirse a los 806 mil hombres invisibles provenientes dla India, Pakistán, China, Bangladesh y Afganistán q trabajan principalment en la construcción. El eufemismo se torna macabro cuando me acerco a las inmediaciones dla torre Burj Khalifa hacia el final dla jornada laboral. Encuentro filas d trabajadores vestidos con uniforme azul esperando el momento d subir a decenas d minibuses. Quizás es el efecto del atardecer, pero todo, las calles, las ropas, los rostros, parecen estar cubiertos por una delgada capa d arcilla amarilla. Es el polvo dla construcción. Entre la variedad d rasgos distingo jornaleros chinos, afganos, indios, filipinos, pakistaníes. Son la cadena humana q soporta el enloquecido crecimiento de Dubái. Parecen exhaustos, pero varios d ellos sonríen. Quiero preguntarles adónde los llevan. Un capataz me sale al paso. Con tono seco me advierte q los trabajadores dla construcción viven en “los campos”, ubicados en el extrarradio del emirato, y q el acceso a esos lugares está prohibido por las autoridades./ Walter Benjamin reconoció en las arcadas parisinas un fenómeno típicamente moderno: el arte puesto al servicio del comercio. Mientras sigo deambulando entre un bosque de grúas, andamios, edificios y torres en construcción, me resulta evident que todo cuanto he visto en Dubái, el cual me parece cada vez más un inmenso astillero, sirve a un único y salvaje propósito: levantar una ciudad-Estado a todo lujo en el menor tiempo posible, sin importar el costo humano o material. Ambos, personas y objetos, son el elemento superabundante en la era de la globalización./ En mi intento por explicarme el prodigio d presenciar en tiempo real un acto históricamente disfuncional, es decir la construcción simultánea d una ciudad entera q además le regatea al espacio urbano cualquier noción d tiempo acumulado, me quedo con una única imagen: Dubái y sus ruinas al revés representan el perfecto anverso dlas ciudades hasta ahora conocidas./ Dubái sólo tendrá historia el día que comience a desaparecer.// El régimen y el buscador - Pablo Duarte: El acuerdo era negar la existencia virtual dlos detractores. El gobierno chino, hábil a fuerza d práctica al suprimir cualquier disidencia, ofrecía a cambio un negocio inmenso: unos 338 millones d usuarios potenciales. Google, en 2006, aceptó las condiciones, lanzó una versión censurada d su portal, comprometió su lema (Don’t do evil) y metió un pie en un pantano ético./ Como muy pocas herramientas, las compañías proveedoras d aplicaciones en internet pueden ser las mejores armas para la represión. Develamiento de anonimatos, sesgos en la información y vigilancia permanente es el paquete de servicios que los estados compran a cambio de dar acceso a sus hinchadas demografías. Los gurús q prometían una revolución a través d microblogs, buscadores, plataformas d video, no quisieron ver el ojo del Gran Estado escrutando cada entrada, cada dirección d correo electrónico. En estas circunstancias, internet no es aquella supercarretera d información, el advenimiento d la democracia más pura. Bienvenidos a las callejuelas del hostigamiento./ Un ataque d hackers sospechosamente oficiales q intentaban sustraer información personal d cuentas d correos llevó a Google a repensar su relación con China. Al hacer cuentas, se llevarían menos del 20 por ciento del mercado, y una gran mancha en su imagen pública. Por su parte, el gobierno chino ni se inmuta.// Espectadores: En las exposiciones d arte contemporáneo suelen presenciarse las reacciones más diversas. Por un lado está la sorpresa auténtica, la incomprensión d qué hace ese conjunto d objetos en esa sala tan elegante. Esta reacción, d extrañeza, comprende un cierto tipo d experiencia estética. Después están los diletantes, entre los cuales puede haber tanto pedantería como disposición al hallazgo (no es sensato suponer que conspiran todos en aras de una estafa que dura ya cien años); estos suelen descalificar lo contemplado basándose en criterios puramente subjetivos: les gusta o no les gusta. También están los espectadores críticos, q bien pueden echar mano del sentido común y d experiencias previas para descartar, argumentando, tal o cual pieza, tal o cual artista, tal o cual corriente./ Con todos puedo llegar a experimentar cierto grado d empatía (me han desconcertado las cosas q veo expuestas como arte, he vestido el bluff más lustroso d la sala, me he quedado indiferente y, en muchos casos, me emocioné y lo contemplado cambió mi forma d entender las cosas), con todos menos con una especie de espectador que no llamo “negacionista” por no frivolizar con el término, aunque le quedaría al dedillo: aquel que accede a la sala con los prejuicios tendidos ante la mirada, el que ha decidido de antemano que el arte contemporáneo (todo el arte contemporáneo) es una misma tomadura de pelo, sin matices, de la cual pudo librarse por virtud de su intelecto.// El megaevento - Guillermo Sheridan: No son pocos los convencidos d q los periodos d paz q manchan la historia de México han sido solamente treguas para agarrar fuerzas y entrarle a los fregadazos con renovados bríos. Y no son pocos aquellos para los q la mejor manera d celebrar el centenario d la guerra d independencia y el bicentenario d la revolución será haciendo estallar d nuevo las hostilidades a como dé lugar.//


Letras Libres - Antiguos:

When men cease to explore they will cease to be men./ Memes or units of knowledge such as gossip, jokes and so on are to culture what genes are to life. Biological evolution is driven by the survival of the fittest genees in the gene pool, cultural evolution may be driven by the most succesful memes, this is because our cultural life is full of things that seem to propagate virus-like from one mind to another: tunes, ideas, catchphrases, fashions, ways of making pots or bulding arches. The word meme (rhymes with cream) was coined for these self-replicating units of culture that have a life of their own. Some think of the mind as a seething hotbed of meemes.// Bill Gates´ rules: 1. Insist that communication flow through E-mail, because power comes not from knowledge kept but from knowledge shared./ I think my most important job is to listen for bad news and then act on them. 2. Study sales data on line to share insights easily, because "knowing your numbers" is a fundamental precept of business; you can digitaliza stock and sales figures, going digital changes your business. 3. Let everybody, from the line employee to the high-level executives know about business data, an immediate constant flow and rich views of the right information. A new level of information analysis that enables knowledge workers to turn passive data into active information, information as a verb. 4. Use digital tools to create virtual teams: A collaborative culture, reinforced by information flow makes it possible for smart people all over a company to be in touch with each other. When you get a critical mass of high-IQ people working in concert, the energy level shoots way up. You are managing data, documents and people´s efforts. Your aim should be to enhance the way people work together. Digital tools are the best way to open the door and add flexibility. If the right people can be working on the issues within hours instead of days, a business obtains a huge advantage. 5. Convert every paper process to a digital process: "Paper consumption is a symptom of a bigger problem, though: administrative processes that were too complicated and time ntensive. Using intranet to replace paper forms produces striking results. When employees see a company eliminate bottle necks and time-draining routine administrative chores from their work days, they know the company values their time, and wants them to use it profitably. 6. Use digital tools to eliminate single-task jobs: One-dimensional repetitive work is exactly what computers, robots and other machines are best at, and what human workers are poorle suited to and almost uniformly despise. 7. Create a digital feedback loop:



Letras Libres - Noviembre 2005 - No. 83 - Welcome to Tijuana:

Platón se cuece aparte - Josu Landa : Más q a una tertulia, la academia de Platón se asemejaba a un cenáculo d cariz teórico-religioso. En este punto, lo q inspira al gran filósofo es la escuela pitagórica, conocida por su carácter iniciático. En clara consecuencia con el espíritu inherente a esa manera d encauzar la filosofía, por ejemplo, se lee en República (539 d): "... es a las naturalezas ordenadas y estables a las q hay q darles acceso a las discusiones y no como se hace ahora, al primero q pasa..." Y, desde luego, tales "discusiones" se inscribían en un largo y arduo proceso d cultura y reforma éticas, q Platón sintetizaba con la idea de "dialéctica" ­la cual, dicho sea al pasar, muy poco tenía q ver con lo q después llamará así Hegel. Las diferencias entre cualquier modo dla tertulia y la academia platónica serían mayores, con mucho, q las semejanzas. Todo indica q, en la historia d esas tres maneras d dar cauce al discurso ­tertulia, academia y universidad­, Platón y su escuela se cuecen aparte. Y la "dispersión semántica" ­como la llama Zaid­ sufrida por el vocablo "academia", durante siglos d uso, no niega esa posibilidad. Más bien la reafirma.// Welcome to Tijuana: ¿Por qué fascina Tijuana? La primera y más fácil respuesta es en realidad un espejismo: por la estridencia d sus mitos. Tijuana, según esto, es la zona franca donde cunden la violencia y el libertinaje, la franja fronteriza q facilita una espontánea hibridación cultural, la Tercera Nación, un experimento en llamas. Pero esa definición de Polaroid, tan efectiva para cierto tipo d turismo extremo, fija y congela a una dlas ciudades más huidizas del orbe. No dejarse encuadrar es parte d su esencia: Tijuana se mueve constantemente, desafía el pie de foto, es dinámica por el tesón de sus resistencias. Lo que ahí sucede no es la mezcla de un Norte también mitificado y un Sur que expulsa, sino la fértil indocilidad ante ambas fuerzas. Ciudad-cornisa, lo que Tijuana ofrece es vértigo y vientos encontrados; vaso comunicante, su elemento es el agua, la cultura esencialmente inasible. Fascina porque es de nadie./ Pero habría que estar ahí para entender que su postal es imposible.// Man Ray hizo la foto - Gonzalo Rojas: No toda muchacha es inmortal, Nusch - es inmortal y besa - con beso de mujer a otra mujer en el espejo - ligeramente másculo y es adivina - y tendrá 25, todo - lo más tendrá 25 y estoy viéndola - arder —" Corydon - ardebat Alexin, delicias domini"—, y eso lo dijo - Virgilio, supongo que lo dijo - Virgilio, tiene que haberlo dicho - Virgilio - para que se entienda lo estrafalario - que es el amor, los percances - del amor, de Roma - Imperial a Tel Aviv si es que alguna vez - hubo Tel Aviv, si es que Nusch tuvo dos pechos - exiguos, dos mordiscos de muchacha alta - de besar, dos mordiscos, - si es que sigue siendo mordisco, - todo eso en diálogo arterial másculo con fémino - como es el animal, que lo diga - arrullo contra arrullo Eluard, que algo sabía - de hueso de lamer - mariposa, de pensar - mariposa, de últimamente ser Nusch él mismo: abrirla - o verla - como ven los ciegos, Terpsícore - o potranca, contratiempo - de potranca - contra el mar: tigresa - preciosa que no parió, ni nueve meses gimió - flexible, pero orgasmo - interminable, pero beso - contra beso aullante, pero flaca, - pero vidente y párpada, - Man Ray hizo la foto.— Lufthansa, de Sao Paulo a Frankfurt // El principio de un líder empresarial reside en crear valor.// La frontera sedentaria - Federico Campbell: La distancia y el desdén terminaron por trabajar a favor del mito de Tijuana: su calidad de emblema fronterizo viene en buena medida del manto de ignorancia que oculta su origen. ¿Qué es ser tijuanense? Un trazo de teodolito, una línea imaginaria y jurídica, tendida desde la conjunción de los ríos Gila y Colorado hasta una legua marina al sur de San Diego, vino a determinar en 1848 la existencia de Tijuana como entidad mexicana. Lo que no había sucedido espontáneamente hubo de cumplirse por la geografía política: los Tratados de Guadalupe Hidalgo resultantes de la guerra con Estados Unidos impusieron por el norte un corte al territorio nacional (un atraco, ahora ya lo sabemos). El valle de San Diego, al que pertenecían de manera natural las hondonadas de Tijuana, se cercenó por el sur y la aldea de Tijuana empezó a existir como una manchita en el mapa. Durante toda la segunda mitad del siglo XIX no pasó de ser unas cuantas casas y banquetas de madera, unos corrales y unas "calles" de lodo, y una garita aduanal para registrar el paso de las caravanas a Ensenada, pero al promediar el siglo XX la mancha ya contaba con quinientas almas./ Un documento legal permite estatuir su fecha de fundación el 11 de julio de 1889, día en que se suscribió —hace ciento dieciséis años— el primer acto jurídico del que se haya podido tener memoria y con el que se finiquitaba un largo litigio sobre unos terrenos del Rancho de Tijuana./ Un caserío muy ralo, conocido como Tijuán o "de Tía Juana", fue el primer tipo de asentamiento temporal en el valle, según una cartografía de 1833. La primera "mención documentada de ortografía fidedigna" de Tijuana, según investigó Dean Conklin, procede de una acta bautismal de la misión de San Diego en la que se asienta que en 1809 el padre Sánchez registró el bautismo de un indígena de 54 años "de la ranchería de Tía Juana". Creen los lingüistas, sin embargo, que no es improbable que el religioso haya castellanizado la palabra indígena yumana Llatijuan para colocar la semilla del mito: la improbable leyenda de la tía./ En la primera década del siglo XX el poblado tenía la apariencia de un set hollywoodense por las banquetas de madera y las fachadas de las tiendas, pero no llegaba aún a los mil habitantes. Cuando en mayo de 1911 se produjo la toma militar de Tijuana por parte de los revolucionarios magonistas —inspirados desde Los Ángeles por Enrique Flores Magón y que no eran "filibusteros" como quiere la historia oral—, ya empezaba a parecer un pueblo que se organizaba para derrotar a los invasores y expulsarlos./ Se creó el primer hipódromo en 1916 pero pronto se lo llevó el río. Otros negocios se aventuraban: pequeños casinos, arenas de box, bares, pero no fue sino hasta la década de los años veinte cuando la prohibición del licor en Estados Unidos le dio otro valor comercial y turístico a Tijuana, que instaló sus barras y empezó a fabricar todo tipo de alcoholes digeribles, desde brandy y aguardientes hasta la cerveza "Mexicali", de fama deliciosa y germana. La legalidad de entonces era otra: en tiempos del coronel Esteban Cantú, gobernador del Distrito Norte de la Baja California, la venta de opio (cuyos paquetitos llevaban estampado un elefante) no era un delito y servía para cubrir los gastos de la administración pública./ A partir de entonces la ciudad fronteriza empezó a incorporarse al inconsciente colectivo y a lo largo de los años se convirtió en una leyenda y en un estereotipo: la ciudad perdida, la antesala del infierno, la morada del pecado, la Babilonia mexicana, la Sodoma y Gomorra "que está del otro lado", la urbe del vicio y de la droga, el asiento de burdeles y casinos./ Humberto Félix Berumen, crítico e historiador de la literatura, examina en Tijuana la horrible los orígenes y la conformación del mito tijuanense. Razona que los seres humanos necesitan de los mitos y las creencias para identificarse y sobrellevar y encontrarle un sentido a su existencia. Su idea es comprender cómo se va construyendo la representación imaginaria de Tijuana, su naturaleza y sus atributos sociales más reconocidos. Se demora también en las novelas que han textualizado de manera explícita el mito de Tijuana y en las obras cinematográficas (mexicanas y hollywoodenses) que han abonado el lugar común./ A pesar de funcionar como estereotipos injustos muchas veces derivados del racismo o del prejuicio, la verdad es que el mito o la "leyenda negra" siempre tienen un sustento histórico verificable. Entre 1920 y 1933 Tijuana se armó como ciudad gracias a que en Estados Unidos imperaba la ley seca, la enmienda Volstead, que no sólo vedaba la fabricación y el consumo de licor sino también los juegos de azar, las peleas de box o de perros y las carreras de caballos. Todo esto sumado al hecho de que en California cundía una campaña puritana y moralizante en contra del "vicio" y los placeres mundanos. Los estadounidenses podían preservar su buena conciencia gracias a que acá, de este lado, nacía una ciudad predestinada al turismo y a la oferta de juegos, alcohol, opio y prostitutas. Una zona de tolerancia./ Pero la verdad documentada es que Tijuana si no fue fundada al menos fue puesta a funcionar por gángsters disfrazados de "hombres de negocios": el escaso caserío, la aldea que no llegaba a pueblo en 1916 tuvo sus primeros casinos y cabarets como resultado de la inversión de capital norteamericano. Según la indagación de Félix Berumen, Mavin Allen, Frank Beyer y Carl Withington, fundaron la ABW Corporation y pusieron la primera piedra de casinos como el Foreign Club, el Montecarlo y el Molino Rojo, que sólo daban trabajo a empleados estadounidenses. "Vivíamos como extranjeros en nuestro propio país", llegó a decir Francisco Rodríguez "El Bocabrava", líder de los trabajadores gastronómicos./ Más tarde, en 1927, en un negocio redondo del gobernador Abelardo Rodríguez, llegaron con una fuerte inyección de capital los tahúres James Croffton, Baron Long y Writ Bowman, y construyeron el casino de Agua Caliente junto a unos manantiales de aguas termales y en terrenos propiedad del general Rodríguez. "Los constructores de Tijuana fueron en realidad los gángsters norteamericanos... influyeron para crear la infraestructura y los servicios necesarios para atender la demanda de los turistas que hacían el viaje hasta Tijuana", dice Félix Berumen. Luego entonces fueron ellos, y no los escasos mexicanos empleados, los que abonaron en un principio la leyenda negra./ Despoblada, lejana y aislada, a la deriva gubernamental en gran parte, Tijuana carecía de comunicación terrestre con el resto del país (sólo hasta 1948 se tendió el ferrocarril hacia Sonora) y de un mínimo de control por parte del gobierno federal, sobre todo durante los años de la lucha armada revolucionaria. El aislamiento fue siempre su marca distintiva. De hecho, los poderes locales y de facto estaban en manos de los negociantes que se llevaban las ganancias a los bancos de San Diego. Así, el desarrollo de una ranchería perdida del noroeste mexicano —que ahora anda en los dos millones de habitantes— no se explica sin la delincuencia estadounidense de los bulliciosos años veinte./ Después vinieron las guerras, la Segunda Mundial, la de Corea, la de Vietnam, y tuvieron una repercusión determinante en una ciudad sin industria ni agricultura: con la derrama de dólares que traían los soldados y el aumento de empleos en el sur de California se fortaleció la infraestructura de servicios. Más adelante, el flujo migratorio procedente del sur la metió en otra dinámica sociológica y antropológica. El pueblo ya no era una pequeña ciudad y por su población flotante el conteo estadístico tenía que ser incierto; a lo largo de no muchos años, sus habitantes nacidos en todas las ciudades del país superaban en número a los nativos./ Después de cumplir cien años de edad, en 1989, la mancha urbana no podía crecer hacia el norte estadounidense ni hacia el océano Pacífico por el oeste. Luego entonces se ha desparramado hacia el sureste hasta las inmediaciones de Tecate. De tal modo que la gran Tijuana, el setenta por ciento de los tijuanenses actuales, viven hacia la región de la presa Rodríguez, el cerro Colorado y El Florido. Y no en el antiguo centro ni en las colinas que lo circundan./ De Tijuana, como de cualquier lugar, se suelen tener por lo menos tres visiones: la de los extranjeros, la de los mexicanos y la de los nativos. Existe una Tijuana interior, la de las familias más antiguas, las de abuelos y bisabuelos tijuanenses. La mirada del exterior suele alimentarse, en cambio, de la fantasía y, en el mejor de los casos, del estereotipo y el lugar común./ Es difícil explicar a alguien venido de afuera que en la dimensión de la vida cotidiana, por ejemplo, el tijuanense vive a medias en Estados Unidos. Lo gringo le resulta natural porque allí estaban los rubios desde siempre. Se mueve en un mismo territorio, en ninguna parte delimitado por la "línea internacional". Trasladarse del centro de Tijuana a un cine de Chulavista no comporta en la práctica franquear ninguna barrera tangible. Es como desplazarse en la misma zona de una cotidianidad que tiene como marco el espacio binacional, sin telones de por medio./ Pero ¿qué significa ser tijuanense? Es como plantearse qué significa ser siciliano o persa. A Leonardo Sciascia le gustaba citar unas líneas entresacadas de "Cartas persas", el libro de Montesquieu: "Pero si alguien, de casualidad, comunica a los aquí presentes que soy persa, enseguida empiezo a oír murmullos a mi alrededor. Ah, ¿el señor es persa? ¡Qué cosa más extraordinaria! ¿Cómo se puede ser persa?" Como si ser persa entrañase una diversidad y unas dificultades vitales para los demás. Tijuanense significa ser de todas partes y ninguna, un ser colocado ante el umbral, entre un país y otro, una lengua y otra, pero al mismo tiempo culturalmente autónomo.
Nativo o inmigrante, el tijuanense va incorporando a su vida —infancia, adolescencia— el ser de la ciudad. Se mueve en ella como en su propia piel. Y se impone la conclusión natural: uno no es de donde nació sino de donde lo quieren. Uno es del lugar de sus afectos, sus hijos y sus muertos./ Los viejos residentes conocieron los efectos de las sucesivas guerras de los años cuarenta y principios de los cincuenta. Aún se sentían algunas secuelas de la reciente conflagración mundial —los apagones antiaéreos de San Diego— y el flujo entre un país y otro era mucho menos que ahora. La ciudad andaba en los sesenta mil habitantes, a pesar de que ya no se cruzaba, como en las primeras décadas del siglo XX, por la Puerta Blanca, cuando los estadounidenses se venían en manada a echarse el trago que allá les tenía prohibido la ley seca. / A la vuelta de los años, y paradójicamente desde que entró en funcionamiento el "Tratado de Libre Comercio", la muralla metálica y electrónica se ha ido ensanchando y alargando no como el proyecto de una arquitectura defensiva —no llega a ser arquitectura— sino como resultado de un constructivismo burdo, pragmático y "estratégico". Tal vez por ello a Rubén Bonet se le ocurrió pensar que "todo Tijuana es una instalación", como si fuera una propuesta plástica, refiriéndose a la oxidada valla de lámina —desecho de autopistas militares— que constituye el muro disuasivo. El impedimento es contundente: por aquí no pasa nadie ni habrá de pasar nadie por la barrera natural e infranqueable del desierto, el sol, la sed, la inanición y la deshidratación./ Áreas deshilachadas, irregularmente urbanizadas, sin acontecimientos espaciales, privadas de comunicación arquitectónica, lo que a simple vista abarca la mirada parece un campo lacónico./ Sin embargo, para las nuevas generaciones de artistas plásticos esa heterogeneidad tiene el encanto del collage, insinúa una cultura híbrida, una refundición de materiales, en pocas palabras, una estética. Para una sensibilidad conceptualista del arte moderno la gráfica vernácula de la ciudad equivale a una propuesta original y espontánea que no ofrece cualquier otra ciudad de mundo. La aparición de esa riqueza gráfica a la vuelta de la esquina irradia una energía inigualable y estimula la creatividad./ Pero la creación artística de los más jóvenes en estos momentos también asimila la ciudad, en la dramaturgia y la narrativa. En los narradores más recientes el alma de la ciudad está en el habla y sus componentes. Los personajes se dan por su lenguaje y se expresan como nadie se expresa en otra parte del mundo./ Se decía hace muchos años: Tijuana, novela sin novelistas. Al inaugurarse el siglo XXI y con el cambio de las generaciones, esa novela empieza a vislumbrarse. Y, además, escrita en tijuanense: una refundición del habla colectiva./ Si el español mexicano pertenece al árbol de la lengua española, de la misma manera el tijuanense es un habla y empieza a ser una escritura afluente del río mexicano del español. No es como el espánglish, el cambiar una palabra por otra; se trata más bien de la intrusión de frases coloquiales o dichos o latiguillos que literalmente en inglés pasan, porque siempre estuvieron en él, al idioma tijuanense. "A veces no entienden nuestro lado anglo", se quejaba un bloguero tijuanense que vive en Suecia. Y es cierto: las frases en inglés están allí desde que el niño oye, en las primeras horas. Luego entonces ¿cómo asumirlas como algo foráneo? / Por otra parte, y durante los últimos años, los fotógrafos han ido tomándole el pulso al hormiguero social desesperado, de noche, a mediodía, en la madrugada, al amanecer, cuando se presiente una amenaza y se descubren signos de un peligro inminente./ Es la fotografía de los intersticios: la frontera agrietada por la que se cuela y se deshace la esperanza en la polvareda distante de la border patrol. Esta grieta o espacio lineal abierto que queda entre dos cuerpos nacionales evoca —en la fotografía de profundidad— la monumental muralla china de inspiración militar. ¿Y qué vemos en esas fotos? Vemos unas patrullas diseminadas allá a lo lejos, en el Cañón de la Cabra. Vemos las siluetas negras de unos doce agentes rubios de protuberantes pistolas, linternas al cinto, contra el sol del atardecer, justo en el instante del rayo verde que se cancela sobre la inmensidad del Pacífico. Vemos a un hombre solo en playas de Tijuana, con la mirada perdida hacia el norte de la barra herrumbrosa que corta las olas mar adentro. Vemos a un niño metido en su jorongo, a un adolescente sin país, a un anciano sin respaldo. Vemos un helicóptero que clava con sus reflectores a un campesino de Nayarit mientras esconde su rostro con una cachucha de beisbol. Vemos un convoy de camionetas oficiales de doble tracción, motoconformadoras y tractores demarcando la "tierra de nadie", esta expresión militar calificativa de la zona que queda entre una trinchera y otra y que nadie puede atravesar sin el riesgo de ser acribillado por un francotirador excitado de la border patrol. Vemos un montón de zapatos y botas usadas, signos de la caminata y la emigración, que alguien vende en el rincón de una calle. Vemos a un muchacho que coloca más de trescientas cruces blancas en el mural de un par de figuras negras, recuento de los migrantes muertos en la línea. Vemos a un grupo de jóvenes que hacen su rancho aparte debajo de un árbol mientras esperan, esperan, esperan, en el cañón Zapata. Vemos una mojonera en el nido de las Águilas, en la porción limítrofe, establecida por la fuerza de las armas en 1848. Vemos la doble valla, el perímetro de seguridad, alambradas de púas como en las trincheras, censores sísmicos para rastrear a los caminantes subrepticios, telescopios infrarrojos de larga distancia, cámaras de video, instrumentos de detectación nocturna. Vemos una zona de guerra. Vemos un abandono de todos los gobiernos, su indiferencia, su sonrisa macabra y estúpida, vemos una conspiración contra el derecho internacional al trabajo.// La playa - Inti García Santamaría: Todas las estrellas - son estrellas - fugaces. - Estas arañas veloces - son cangrejos malaquitas. - ¿Reconoces a Cáncer en el cielo? - Todos los mapas cambian. - Los brillos de sal - sobre nuestros cuerpos oscuros - son estrellas - fugaces.~ // Ciudadanos del sentimiento - Antonio Navalón: La ciudad de Tijuana: no un escenario torturado por el tránsito de todo, sino la dignidad rotunda de los que, pese a todo, siguen adelante./ Para notables poetas y pensadores, la verdadera patria del hombre es la niñez. En ella se forman y arraigan en nosotros las nociones de quiénes somos y de dónde venimos, quiénes queremos ser y a dónde queremos ir. Y habrán de acompañarnos hasta el final de nuestros días./ Los últimos treinta años del siglo XX fueron terribles: en ellos, quienes alguna vez tuvimos fe en que las utopías estaban a nuestro alcance vimos cómo se nos morían en los brazos, y cómo ciertos conceptos peregrinos (macroeconomía, estabilidad económica, socialdemocracia) fueron ahogando los perfiles del sueño, las revoluciones posibles, la conciencia de que podemos desafiar los estrechos márgenes de la realidad al menos con los ideales, a los que uno tras otro fuimos sepultando. El dios mercado triunfó donde los ideólogos y los profetas fracasaron; con supuesta justicia retributiva habría de repartir los bienes de acuerdo con los méritos de cada uno. / Han pasado dieciséis años desde que, corroído por su fracaso, cayó el muro de Berlín, y por ello aproximadamente mil millones de personas se quedaron sin Dios y, lo que es peor, sin legitimidad histórica, como una suerte de bastardos de la historia; pronto vimos cómo, de manera múltiple, masiva e inconmensurable, las manchas de las migraciones lo inundaban todo. Conozco Tijuana desde 1978. Entonces me impresionaba ver en el Cañón Zapata, antes de que ahí hubiera un muro, los partidos de futbol entre los que iban a cruzar y los miembros de la migra. Me gustaba verlos compartir los tacos y la devoción por el Niño de Atocha y la Virgen de Guadalupe, para luego despedirse deseándose los unos a los otros no encontrarse en el camino./ Eran tiempos en que el cruce era tolerado en función de las cosechas. Jimmy Carter ya había descubierto que el concepto "derechos humanos" incluye a los latinoamericanos, los que hablamos español, los persas y los negros. La ilegalidad ayudaba a balancear las condiciones de vida de los californianos con el sudor de los mexicanos, pero todavía resultaba difícil llegar a imaginar cuál sería el peso y la fuerza que adquirirían los mexicanos en Estados Unidos, especialmente en California./ No sé por qué me fascina Tijuana, aunque he podido y he querido entenderla desde todos los puntos de vista. La ciudad de los fairways, del pecado y del salvajismo tiene leyes propias. Su medio ambiente está determinado porque lo delimitan el desierto, el mar y el imperio; es tierra de libertinaje para quien lo pueda pagar y tierra de libertad para quien pueda gobernar su vida. Nunca entendí muy bien por qué desde el inicio de mi relación con esa ciudad me acosó la intuición de que una de las claves de la mexicanidad (y por tanto de los que hablamos, lloramos y sufrimos en español) residía en Tijuana, ni por qué estoy seguro de que es tierra de creación./ Advertí que, extrañamente, el mal no "chingaba", que se rompían los estereotipos y al final del día éramos más resistentes, que podíamos con el desierto, con nuestros gobernantes, con nuestro idioma de doble filo y con la dignidad. Única dignidad en el mundo que habla español, frente al terrible vecino del Norte./ Nueva York, que, como todo el mundo sabe, está en Estados Unidos pero es mucho más que el país que la contiene. Ahí comencé a saber algo y lo fui entendiendo tarde a tarde frente a la televisión neoyorquina, página a página leyendo el New York Times. Comencé a entender que sólo México y los mexicanos iban a tener peso determinante en la construcción de América del Norte./ En la ciudad de Nueva York hay más de dos millones y medio de personas que hablan español; se habla español de Puerto Rico, de la República Dominicana, del Caribe, pero ninguna de esas migraciones podría ser un elemento que determinase el futuro de Estados Unidos. Durante el tiempo que viví en Nueva York "de seguido", como decimos aquí, nunca entendí por qué México, aparte de su numerosa representación migratoria y de su colindancia fronteriza, iba a terminar alterando, modificando, cambiando sustancialmente los Estados Unidos de América. No sabía, pero sí intuía, que negarse a ser melt de retiros era un salto cualitativo en la historia de Estados Unidos, y sabía que eso sólo lo podían hacer los mexicanos./ Luego, en el año 2000, decidí mudarme a México. Quería entender en el lugar de origen lo que no terminaba de comprender en el lugar de destino. (Ahora que lo pienso, puedo decir que mi migración interna es siempre a la búsqueda de América del Norte.) La última vez que antes de ese año había estado en Tijuana fue en 1994, días después del asesinato de Luis Donaldo Colosio, que debió ocurrir ahí para que Tijuana siguiera cumpliendo el inescrutable destino trágico que hace de ella el lugar donde empieza o termina la patria, según se vea. Después no volví a Tijuana hasta el 2002, y entonces comencé a entender por qué todos somos tijuanenses; por qué Tijuana es la patria de los sentimientos; por qué nos conviene; por qué nos convierte en ciudadanos del sentimiento; por qué hace que nuestra vida se vea afectada y contaminada por las estadísticas. Por aquellas cosas que deben ser, pero que no nos dejan ser; por esa resignación que debemos tener para ver cómo nuestra vida se destruye. Al llegar a ella, Tijuana nos da un pasaporte cuya visa es nuestra propia fuerza, y nos permite reconstruir nuestra vida desde el dolor de pedir hasta el esfuerzo de ofrecer./ Y por ello cada día entiendo peor que Tijuana siga siendo considerada un elemento exótico, de asombro para el turista; que el color, la vida y la fuerza que emanan por cada uno de sus poros nos sigan cautivando superficialmente y nos neguemos a reconocerle a esa ciudad la fuerza moral que ha conquistado./ Porque hay que tener mucha fuerza moral para surgir de la nada y convertirse en tierra de asilo para quienes tengan el valor de luchar por cambiar sus vidas. Porque no sólo no se puede seguir tratando a Tijuana con la aberrante visión de una ciudad viciosa, violenta y sin estructura moral, sino que se debe reconocer que es muestra cotidiana y permanente del querer ser mexicano, tierra de libertad y esperanza que convive, en condiciones de superioridad moral, con un vecino muy difícil, perdido en sueños de gloria./ Tijuana empieza en el último pueblo de Michoacán, donde el último varón se levanta una mañana para tomar el bus que lo llevará al norte, a la nueva vida, y termina con el último inmigrante ilegal que al caer la tarde se acostará sobre las piedras del canal de Los Ángeles con sus sentimientos como único techo./ Es necesario reconstruir esa Tijuana en que, hasta 1944, se atravesaba de un lado a otro sin necesidad de pasaporte; esa que, durante la sequedad inmoral de la depresión, se transmutó en nirvana de los bebedores; esa que, a fines de los años setenta, fue capital de un sueño que hizo nacer en medio de la nada un Centro Cultural, como premonición de cuál sería la gran capital ilustrada de la frontera norte y muestra de que en ella las individualidades artísticas harían surgir "el hongo creativo de Tijuana". Quien tenga sensibilidad frente al desierto, el imperio, el mar, la escasez de agua, el trabajo semiesclavo de las maquilas, tendrá su microclima para crear y no estallar en ese borde de la patria, mientras se reconstruye o se reinventa. Tijuana somos todos, todos somos tijuanenses./ De la frontera más transparente de Carlos Fuentes. Tierra de libertad, de asilo: no es un espejismo. Sus movimientos artísticos no son alucinaciones a la búsqueda del oasis: tienen cara y ojos, padre y madre, nombre y apellido. Tijuana es la república de los sentimientos y su existencia como fenómeno sólo se puede entender desde los ciudadanos del sentimiento; es la patria de quien tiene el valor de querer cambiar su vida; es el abandono de la resignación y del concepto de sufrimiento colectivo. En ella no hay piedad, sólo hay lucha; no hay margen para sólo pedir y llorar: sólo lo hay para construirse y construir... Y para ofrecer a los demás lo mismo que nos fue ofrecido a nosotros: un comienzo.// Tijuana makes me happy - Jordi Soler: Si el viaje emblemático de Sur a Norte puede comenzar en Managua y terminar en Los Ángeles, esta crónica de Jordi Soler se concentra en el trayecto inverso: de San Diego a Tijuana, ruta que le permite retratar los miedos y los curiosos astigmatismos de los gringos./ A los sandiegans, según una reciente encuesta, les tiene sin cuidado lo que sucede quince millas al sur y además no les parece que su ciudad esté tan cerca de la frontera. El sandiegan (cuánto me gusta este gentilicio) nunca mira hacia el sur, se siente en el corazón de Estados Unidos, y sus únicos contactos con ese país que hierve del otro lado de la línea fronteriza son la cerveza, la sirvienta y la comida mexicana traducida al inglés. Tres semanas de noticiario en San Diego me permitieron comprobar que en España, donde vivo, me entero más de lo que pasa en México que en esa ciudad tan cercana, con nombre de santo hispano, rodeada de nombres absurdos pero hispanos —como La Jolla con su desternillante doble ele, o Chula Vista con vistas a Tijuana nada chulas, o Bonita, nombre infeliz entre lo simple y lo tonto. Bastan tres semanas de vida de playa en San Diego California para criar un bulto en el abdomen que no se sabe bien si es panza o pura indolencia, y para pensar que sería bueno mirar al sur, hacer un viaje a Tijuana, cosa nada fácil si ese bulto indolente, como fue mi caso, se había criado en el penthouse de una urbanización de donde no podía salirse más que conduciendo un automóvil —actividad que no ejerzo en Estados Unidos por el pánico que me produce saltarme un semáforo y que me caiga una cadena perpetua./ El eufemismo aéreo y lánguido que utilizan los sandiegans para nombrar a México en los letreros de esa carretera: South. No poner México sino Sur, para hacerse la ilusión de que San Diego está en el centro, en el cogollo, en las profundidades de Estados Unidos, y no, como en realidad está, en el espinazo del desfiladero mexicano./ "Vi en el noticiario que hoy estamos en alerta terrorista máxima", le dije a Crosthwaite, por si había que tomar alguna precaución antes de abandonar el país, y calculando que nuestro automóvil parcialmente chamuscado podía levantar sospechas. "Y qué, ¿sientes algo raro, percibes algo anormal?", me preguntó sin adentrarse mucho en el sarcasmo. Unas millas antes de la frontera vi un anuncio que decía: "Las armas son ilegales en México", una información pertinente para el estadounidense que anda siempre armado, y una sentencia excéntrica para quien ha vivido en México y sabe que esa ilegalidad es el abono con que las armas florecen y se multiplican a lo largo y ancho del país. Llegando a la línea fronteriza puede elegirse entre dos garitas, la de "cosas que declarar" o la de "nada que declarar"; la elección depende del viajero, y en el momento en que pasamos era completamente intrascendente porque no había nadie ni en una ni en otra y cualquiera podía introducir al país, si quería, un par de tráilers de armas ilegales, o de restos radiactivos, o de veteranos intratables de la Guerra de Vietnam./ Cruzando la línea el mundo cambia. El aire huele a las gasolinas de Pemex (que teóricamente cumplen con la norma internacional, aunque su olor sea inequívocamente nacional), las calles están infestadas de vochos (aunque sea un automóvil que se extinguió hace tiempo) y la urbanización de la ciudad tiende a lo laberíntico, a lo inacabado, a lo precario, a lo polvoriento y a lo carcomido. En cuanto se cruza la línea se sabe que se ha llegado a México, por más que los sandiegans se hayan esforzado en decirte, durante quince millas de freeway, que ibas a South./ Cumplimos con nuestra encomienda de poner gasolina, y mientras llenaban el tanque de esencia olorosa, aproveché para acercarme a un cajero automático a sacar un poco de dinero, y ahí me encontré con otra señal inequívoca de que estábamos en México: el sistema estaba fuera de servicio y más tarde, cuando quise pagar unos tragos con la tarjeta, me informaron lo mismo, que no había sistema. Esa cosa rara que pasa en México y que no sucede en otros países: esos apagones que dan los bancos, varias veces al día, y que pensando mal (o bien) son un margen, una zona oscura para manipular a sus anchas el dinero de sus clientes, ¿o será que a estas alturas del milenio funciona tan mal la informática nacional? "¿A dónde vamos?", preguntó Crosthwaite. "A la esquina noroeste de Latinoamérica", le dije, "donde hay: 1- un muro de metal, 2- un faro, 3- un obelisco, 4- una plaza de toros, 5- unos excusados"./ Cayó la noche mientras recorríamos esa carretera trazada junto a la línea fronteriza. Del otro lado se veían las luces de San Ysidro y Chulavista, y yo iba pensando en el muro que divide Belfast, en Irlanda del Norte: una barda altísima de hormigón que tiene el nombre de Peace Wall y que sirve, según dicen, para evitar que los católicos y los protestantes, que viven de un lado y otro de la calle, se maten a tiros; también pensaba en el muro que partía en dos Berlín, y en el que ha construido Ariel Sharon en la frontera palestina, y en la valla que ha levantado el gobierno español en la frontera de Melilla. Iba, en suma, pensando en la naturaleza ignominiosa de estos muros, cada uno levantado por razones distintas pero que, en el fondo, se parecen porque todos son la representación de la incapacidad de diálogo, de la incompetencia para comprender al vecino, del miedo al otro. Todos ellos representan, cada uno en su frontera, el fracaso de la civilización./ Llegamos de noche cerrada a la esquina noroeste de Latinoamérica, al límite de las playas de Tijuana que están separadas de Imperial Beach por el final de esa valla que acabábamos de recorrer por carretera. Aparcamos el coche. "Ojalá que no se le ocurra tener otra combustión espontánea", pensé. El entorno era básicamente el mismo que había leído en el libro, pero era de noche y corría un viento helado y húmedo. Nos acercamos al obelisco, una pieza más bien modesta y apretujada en medio de la valla, que tiene una orgullosa inscripción: "Éste es el límite de la República Mexicana." / Hacia la Zona Norte, hacia La Coahuila, un barrio vital y peligroso donde conviven sombrerudos, putas, estudiantes, narcotraficantes botudos y aspirantes a wetback que andan buscando cómo brincarse la frontera —un grupo heterodoxo que trashuma por la calle y que se abastece y se sacia en cantinas y congales. Un barrio de colores terrosos y olor acre, acerbo, revenido y ácido; un andurrial donde se concentran no sólo los que van escapando de México, también los que han ido subiendo de otros países de Latinoamérica y han tenido que hacer un alto ahí para pensar cómo chingados van a pasar del otro lado y, mientras lo piensan, beben o inhalan algo y además se refocilan con una gorda que subió hace cinco años de Managua con la idea de pasar a Estados Unidos y por alguna razón, por los dólares o los pesos que le deja el refocilar con media América Latina, se ha quedado ahí junto al bar Zacazonapan, justamente ahí donde entramos a beber cerveza: un bar construido en un sótano que tiene rocola y un señor que limpia permanentemente el piso con una solución desinfectante que huele a lima. "Si quieres bebemos en el suelo, que estará más limpio que las mesas", dijo Crosthwaite mientras sorteábamos una fauna similar a la que iba a la deriva por las calles: un matón de gomina con una pistola que en algún momento de la noche sacaría a relucir, a blandir junto a la cara de un veterano de Corea, o de Vietnam, o del Pérsico; un payaso de nariz roja, pelo verde y zapatones, bailando a brincos una canción de los Doors y compartiendo una bazuca de marihuana con un estudiante de gafas gruesas, boina revolucionaria y ánimo por los suelos. Después de la primera cerveza compré un dulce de leche que un señor maltrecho insistía en venderme, y en cuanto el dulce tocó la mesa se descolgó una mujer de la barra, se lo apropió de un manotazo, se lo metió dentro del calzón, lo paseó por su pelambre y sus recovecos y lo regresó a su sitio, "Así te sabe más bueno", dijo y regresó a la barra, a seguir bailando la mezcla de música insólita que ambienta el Zacazonapan. Por poner un ejemplo: Love her madly de los Doors, Another brick in the wall de Pink Floyd, algo de calderilla tropical y Paint it black de los Rolling Stones: una mezcla que es el reflejo de la heterodoxia que reinaba en el bar, de la diversidad que trashumaba en la calle, una diversidad canalla y tremendamente viva que me hizo pensar, mientras contemplaba mi dulce de leche apasionadamente aliñado, en que los sandiegans no miran al sur porque tienen miedo, se sienten en el cogollo de Estados Unidos para sentirse más lejos de la frontera, de esa multitud vital que palpita del otro lado de la valla y que en una tarde de inspiración, si le da la gana, se brinca y les llena su país de su gente y de su lengua; una amenaza latente que, si yo fuera sandiegan, me haría vivir permanentemente acojonado, mirando al norte y apasionándome por las alarmas terroristas de los noticiarios. Pero no lo soy y tanta vida reconforta y Tijuana makes me happy, le dije a Crosthwaite, recordando el estribillo de una de las canciones que nos habían llevado hasta allá./ Llegué hasta abajo, muy cerca de donde reventaban las olas, y le pregunté a un muchacho que qué hacía ahí cogido de la valla y mirando hacia Estados Unidos. Me dijo que venía de El Salvador, que había llegado hacía un par de horas y que no sabía qué hacer. Me puse entre ellos a mirar lo mismo, cogido como ellos de la valla fronteriza, pensando en los peligros que entrañaba ese proyecto donde se jugaban la vida. Y mientras pensaba esto vi a lo lejos el puente que une Coronado con San Diego y, siguiendo las luces que delineaban su forma, localicé la urbanización donde llevaba tres semanas viviendo y, aguzando un poco más la vista, encontré el edificio y el piso donde en ese momento mi mujer y mis hijos veían la televisión y donde yo mismo, más tarde, una vez que cruzara de regreso la frontera, en automóvil y con pasaporte, me metería a la cama y dormiría a pierna suelta hasta el día siguiente. Cerré los ojos de golpe y me fui de ahí./ Había comenzado a sentir añoranza y alivio de no estar en la misma situación del muchacho salvadoreño. Y eso era algo que ahí, agarrado entre ellos de la valla, no podía permitirme.// Prolegómenos a toda tijuanología del peor-venir - Heriberto Yépez: Cruzar fronteras y la excitación que me provoca me permite aprehender directamente la esencia de la nación en que voy entrando. Penetrando menos en un país que el interior de una imagen. - Jean Genet / Lexias que delinquen, la tijuanología es un rechazo a admitir centros. Tijuana se refacciona ad infinitumecido. Su desintegración clama loops, whatevas o feonomenología de su extrarrelajo. ¿Porqué Tijuana interesa? Porque se antoja ínsula distinta./ The Otredad. ¿Qué no ha sido dicho de Tijuana? Della se puede decir cualquier cosa y mañana, Tijuana es otra. Lo propio de Tijuana es dividirse —en su plano urbano, al Este, ya existe una zona inmensa que se autodenomina la "Nueva Tijuana"— y por su partición, sus versiones desconstructivas son innúmeras. Anyway, en fall-out de tergiversaciones su perfil es preclaro: Tijuana es centrífuga porque sus centros son insoportables. Tales centros, sin embargo, existen. Centros díscolos./ La tijuanología es laberíntica porque su logos es lábil. La labilidad es la incapacidad de causalidad o concentración./ Lo lábil es deflectivo, evade lo centrípeta, para deslizarse. Patria devenida Party. Matchmaker de todos los conceptos. "Ciudad excepcional", chancecita de deslindar a la cultura mexicana de sí misma. Tijuana te encanta porque Tijuana te sirve pa' decir que México no es México. Tijuana es una rama de la patafísica. / No queremos darnos cuenta que lo chilango, lo chicano y lo tijuano son variantes de un mismo mito mostrenco./ Tijuana como oportunidad fantástica de desvanecer el contexto; urbe de la que puede decirse equis porque en su conjetura lo lábil manda. Tijuana (¡oh Devorado Debord!) o la ciudad hecha nada más que espectáculo: no nos relacionaremos con Tijuana sino a través de sus imágenes. Tijuana tijuanizada./Tijuana simula y traga. La cultura tijuanense es buffet de pseudo-signos./ Pero la tragazón limítrofe no es como la pinta la tijuanología canónica./ Tijuana, backyard de lo que en fachada se llama "integración" o "mezcla", realmente es chacra chacal, contrabando y fisión. ¿Hibridación? ¿Fusión? C'mmon! Los 90's, amigos, resultaron ser los 80's. Las teorías de los 90's acerca de la frontera resultaron ser las tonterías de los 80's acerca de la "integración". Existiendo por antítesis, Tijuana prueba el retorno maléfico de la Historia. Minutemen no mienten./ Si "Aleph" es una metáfora que ha sido aplicada a la cultura de Tijuana, no olvidemos que "Aleph" es progenie genial de la burla bruja de Borges. El Aleph, nos dice el gran sudaca, es un falso Aleph. Todo Aleph es pseudo-Aleph. Del mismo acomodo que el Aleph de Borges es una parodia de las listas whitmaníacas —Daneri es una cosmicomedia del jefe de Leaves of Grass—, Tijuana es un dizque-Aleph que parodia la conjunción hiperbólica de EUA y México. Tijuana es summa mofa. Somos una McUltura con la interlengua de fuera. Buffer zone bufón./ La cultura tijuanense trastoca elementos multiculturales, consume otredades en festín caníbal, anestesiando las contradicciones a la vez que implosionando la tentación de esencia. Remix a la mex. Este trastocamiento tiene efecto comediante, sí, pero también es una catálisis de catarsis cantina que esconde la entropía pervertida que practica, pues los emblemas grotescos que caracterizan a Tijuana ocultan su ironía ebria desdibujando la discontinuidad de las partes arrejuntadas y secreteando el contexto de la remezcla culera. Comprende compadre? La cooltura tijuanense está compuesta de una serie de retruécanos que, sin embargo, son vendidos como si fueran cognados. As if rifa./ Tijuana sobrevive las culturas mex/usa(s). Esta cultura disloca, recicla, reensambla. (Ambas, that is, varias.) Hiper postura post. Un consumo de lo cholo-pocho-naco-gringo-indio que tras variopintos zooms rizomantecosos, encalla acidia; Tijuana es lo desnacional, sí, pero también la herida introspectiva. Tijuana es la península que paulatinamente se separa debido a la Falla, pero también la sinergia de orgías. Tijuana: todas tus otredades juntas./ 2. Mister, Happy Hybrido No Existir: Como cultura disléxica o paratáctica, la teoría y metaforización de Tijuana ha consistido, primordialmente, en malentendidos. El malentendido protagónico es el rosario de nociones/imágenes que han sido empleadas para definir a Tijuana y la frontera en general: "fusión" o "hibridación" y sus derivados como "MexAmerica". Ya lo dijo Ella Shohat: "Como un término descriptivo catch-all, 'hibridismo' per se no discrimina entre las diversas modalidades de hibridismo, por ejemplo, asimilación forzada, autorechazo internalizado, cooptación política, conformismo social, simulacro cultural y trascendencia creativa." Sin embargo, la noción de cultura "híbrida" (Bhabha), precisamente por general y despolitizada en su superficie trapeada, ha sido el paradigma delicatessen de la tijuanología./ Lo "híbrido" esconde, ante todo, la hegemonía estadounidense. Haciendo la traducción, donde hemos dicho "híbrido" decimos en verdad: relación-tensorial en que la hegemonía estadounidense se ejerce y, por ende, se desdibuja a través de la aparente neutralidad del resultante "bipolar", "multicultural". Lo híbrido es lo que oculta la asimetría./ Tijuana es, fundamentalmente, contradicción no resuelta. Sin embargo, la tijuanología la define por lo contrario: Tijuana como síntesis, como tercer-estado, como superación hegeliana de las antítesis. Repasando el ABC de la tijuanología, A, B y C son variantes de la cultura tijuanense definida como "sincrética". Por eso la tijuanología no ha dejado de ser folclorizante, exotizante, ingenua, light./ Welcome to Tercera Nación! Bienvenidos a MexAmérica! Fusión For All! En la tijuanología sigue ganando Hegel y no la alternativa kierkegaardiana ni Adorno (dialéctica negativa, sin síntesis). Las metáforas recientes de la tijuanología apestan a Hegel, de ahí su anacronismo hipócrita. Son el optimismo del amo./ Desde hace algún tiempo he estado haciendo esta crítica al concepto de hibridización como malentendido central del discurso tijuanológico y de la frontera. Generalmente se toma esta crítica como una presunta petición de "purismo". Por el contrario, la crítica de la metáfora de lo "híbrido" lo que solicita es deshacernos de una noción pop, academizante, fashion statement, despolitizable, para ver más de cerca y más de lejos. Tijuana no sintetiza, Tijuana contradice. We are contrapunto. Lo que ocurre es que nos hemos vuelto adictos a ideas tranquilizantes acerca de la relación binacional. La hibridación es uno destos analgésicos. Incluso Lacan lo sabe: "Ninguna síntesis, nunca la hay, por lo demás... La Aufhebung 1 no es más que un bonito sueño de la filosofía." / Tijuana no se define por su integración, mas por su dialéctica magnética, en que las fuerzas de atracción tienen la misma importancia que sus fuerzas-de-resistencia. La cultura de Tijuana es un campo magnético —los dos imanes son los dos países—, cuya forma está producida ya sea por el atrayente abrazo amante o por polos que se repulsan. Tijuana es cómo los dos países se unen y también cómo se repudian. Tijuana es una cultura magnética./ 3. OK del Burro, Crazy Barrioco y Anestética Tiyei Style: El OK que Tijuana da a lo "gringo" es el Sí del Asno —el sí del burro-cebra— del que habla Nietzsche-Deleuze: cada sí dado por el asno se vuelve una carga. Por cada sí que la cultura tijuanense hace a Estados Unidos en su look urbano, en su lenguaje, en su ideología, en sus autos, sí ante la migra, sí a ca, sí al boss, yes! yes! yes!, la carga del asno aumenta hasta quedar convertido en un burro pintado de cebra (tercermundeando a las zebras del San Diego Zoo). Tijuana es el ok del Burro./ La estética tijuanológica pretende aliviar el trauma de la fisión. Por ende, simula la fusión, barrunta la explosión y, luego, la niega en un noise distractor. La proS.A. tijuanense por excelencia, la del deshecho y rehecho en México, conjunta términos en un metaspanglish irónico —esta ironía la distingue del chicañol, que es mainstreamente happy togethershipeño— que da por entendido que en la mezcla no hay resolución feliz sino desencuentro. En la conjunción hay disyunción, en el mix hay resistencia a la juntura. Una dicción de la contradicción./ El burro cebra, emblema máximo de la estética tijuanaca, sigue también esta dialéctica de las tensiones disimuladas. El burro es un artefacto servil al turismo gringo como también un engaño de welcoming. Al turista se le entrega como esencia Mexican lo que es fabricación burlona. El burro es el gringo mismo. Zonkey! El ok del Burro es el No del Charro, el Show del Charro, la marca del Chowrro./ La estética tijuanense es tanto el espacio-tiempo de la remezcla como la disimulación de que no hay violencia, resentimiento, desigualdad ingredientes, de que everything is just fine! Free Beers For Everybody! No Esencia Required! La estética tijuanense es la anestesia para no sentir las contradicciones que involucran. Che Guevara + Cepillín = Tijuana, Clown Cabrón./ Reciclar inglés es ingrediente de dicha anestética. Sus escritores, medios y jóvenes, usan inglés granulado para enajenar el own aquí y ahora, usando a language less mine to talk about a completely artificial self. Separarme de mí mesmo a través del uso cool de lengua globalter ego. Got it? These words are not me./ La principal anestética de Tijuana es el muro. El muro es casinvisible para los tijuanenses. El muro es negado y, últimamente, convertido en sitio anestesiado a través del "arte" cool. Lo importante es no sentir el muro. Chepillín, Zonkey, el muro, son bloqueos en primera instancia, ironías para deshacer las antítesis y, en segundo momento (un segundo round más difícil de aprehender), críticas de este bloqueo, restablecimiento de la contradicción. To Not Feel la Diferencia! Nada de Desigualdad! El muro busca crear la indiferencia al muro y por eso en algunos sectores ya hay tres muros. Uno llama a otro y, a la vez, ninguno de los muros parece cierto. ¡Viva la anestesia! / La fórmula de Tijuana es clara: donde Yo & You se encuentran, la contradicción es anestesiada. Yo soy You./ 4. Made In Tijuana: del mito al cuento de hadas: La tijuanología ha sido centralmente mitográfica. Desde el siglo XIX, "Tijuana" es narrada como mito. Con detenimiento, el devenir de este mito ha sido descrito por Humberto Félix Berumen en Tijuana, la Horrible. Entre la historia y el mito (2003). Este mito convoca una polis babilónica, ninfomañosa, nocherniega, borderline. Más que una urbe, una metástasis. Tal mitobscuro se actualiza merced a los muertos del bordo y la (a)narcocultura. Pero en tijuanología, el mito está cediendo paso al cuento de hadas. Walter Benjamin dicotomizaba entre el mito y el cuento de hadas. Según el judío errante, el cuento de hadas tiene como función relajar la angustia que produce el mito. "El cuento de hadas nos da noticias de las más tempranas disposiciones tomadas por la humanidad para sacudir la opresión depositada sobre su pecho por el mito... Hace ya mucho que los cuentos de hadas enseñaron a los hombres, y siguen haciéndolo hoy a los niños, que lo más aconsejable es oponerse a las fuerzas del mundo mítico con astucia e insolencia." Mientras el mito es terrible y apela al inconsciente trágico, el cuento de hadas es reconfortante, solapador del metadiscurso bálsamo./ El mito es un viaje de ascenso y/o descenso; viaje vertical. El cuento de hadas es un desplazamiento plano; viaje horizontal. Como mito, Tijuana significa "iniciación", tour por lo terrible, noche total, amor amok. Como mito, asimismo, significa distancia entre el discurso mitográfico y la realidad tangible, pues lo propio del mito es la diferencia entre éste y la experiencia cotidiana. "Tijuana no es como la cuentan" es la reacción típica de quien ha escuchado su mito. Casi nadie ha entendido esto: reflexionando sobre "tj" no hablamos realmente de una urbe, sino de un mito. El alias de ese mito criminal es "Tijuana". Pero Tijuana no es "Tijuana"./ En el afán de construir una tijuanología menos mítica, hemos llegado al cuento de hadas, es decir (¡Ay Benjaminsote!), una versión narrativa más softcore, una diet tijuanología, donde el desgarramiento del mito tijuanense es intercambiado por el optimismo de su cuento de hadas./ El mito de Tijuana asegura que Tijuana es Killer Malinche, desmother, pocacosa, pírrica piruja. Su cuento de hadas —que ha tomado fuerza desde el TLC— quiere pasar de la leyenda negra al lavado de imagen. (Comités para limpiar su nombre, festivales de arte que subrayan la Bonita, Cool o Nice City, spots televisivos hacia la Mejor Tijuana, etc.) El cuento de hadas acerca de Tijuana quiere desalojar las ambivalencias del mito y dejarnos el relato de una ciudad cenicienta que representa la unión con el Príncipe Azul ("América del Norte"). A este cuento de hadas, por ejemplo, apeló el actual alcalde en su campaña: convertir a Tijuana en San Diego. El cuento de hadas narra a Tijuana como ciudad progresista, esperanzada, experversa, pobre pero decente o rica pero noble, luchona, emprendedora, rara pero simpática, ¡una transnación con lo mejor de ambas! "Híbrido", "fusión" y demás conceptos relajantes, by the way, pertenecen al cuento de hadas, bros. El cuento de hadas consiste en simular que sólo hay atractores. Al negar las resistencias, ha perdido el magnetismo entero que distingue a los lugares-límite./ Pero, como en el cuento de hadas, la calabaza desaparece a medianoche y con la calabaza reaparece la mugrienta Tijuana, Tijuana maletas, Tijuana putenga, Tijuanaca, maquiloca y maquilaraña, Tijuana la (precavida) sirvienta soñando con ser la princesa (precaria). Usted elija, cuento de hadas o mito. Confort o fracaso./ 5. Gnosis de garita: Sumandos atareados de jamasíntesis, las definiciones de Tijuana posponen su "unidad" eleáticamente. A pesar del apuro de acepción exacta —la tijuanología desde los noventa anhela atinar eidos tajante de lo que Tijuana representa—, la urbe-intertexto traba imágenes antitéticas; malabar de avatares dispares. Unos noemas no invalidan otros; al contrario, acaece un diálogo diabólico sin anexión asequible, una fascinante fisión creciente, multiplicación de centrosemiosis conflictivas. Preguntar cuál es Tijuana es absurdia. La cultura de Tijuana no es una. No está hecha de sus definiciones sino, sobre todo, de los espacios intermedios entre ellas, de sus fallas./ Al salir de Tijuana, en los metros últimos antes de cruzar a California, entre las filas de autos hacia la garita, pulula una casta de pediches niños malabaristas. Siempre he pensando que ellos entregan la lección final de la frontera. Y es que el niño malabarista se coloca entre los coches y al lanzar sus pelotas al aire deja clarobscuro que Tijuana no es exclusivamente una bola sino la forma etérea de todas ellas girando. Sabe que aunque una definición se caiga al suelo es posible reinstalarla gracias a las prontas manos; el secreto de la urbe es intercalar sus definiciones para que continúe la girándula. Con cada nueva tesis sobre la cultura fronteriza, se agrega una bola con la cual el malabarista tendrá que liar. A él, la adición elíptica no le parece obstáculo, pues seguirá arrojándolas al aire, sabiendo que no hay integración posible y, por ende, no apresa: su sabiduría es saber rotar y soltar los elementos, mantener la dinámica andando; incluso recogiendo del suelo lo que se caiga, sin desprecio de su propia errática. Ante los carros de turistas y nativos, tránsfugas y commuters, en el centro de esa órbita de tesis, el malabarista (contrahecho) ríe.// Foukaka Crew - Rafa Saavedra: Los escritores y críticos especializados en literatura fronteriza coinciden en un nombre cuando se pregunta sobre los autores novísimos más representantivos de Tijuana: Rafa Saavedra. El relato que nos envió muestra que las realidades límite destilan su propio lenguaje./ Lo que quedaba de la experiencia sería un afiche de juventud perdida, conversaciones para fiestas futuras, un cúmulo de citas signadas por el fracaso, la historia sesgada en poses ambiguas que alguien, algún día, trataría de armar sin considerar que le faltarían piezas./ Tanto por hacer en tan poco tiempo, lograrlo era mi mejor apuesta. Cumplir es una promesa, la excusa perfecta para el idealista que todos llevamos a cuestas./ Los intentos histéricos de un stand-up comedian para trivializar una tragedia que, a pesar de lo que se proclame, cada cierto tiempo se repetirá: nuestra tambaleante torre existencial, nuestra ola de pasiones mutiladas, nuestra indolente tempestad. L'indifférence./ A veces, cuando la gente observa una pintura vulgar, se reconoce a sí misma; son simples sujetos de la primera hora, con un valor coreográfico que valida ese realismo neurótico en dosis de galería./ We're all pretenders./ Tras una conversación en escalones./ Nunca imaginé la posibilidad de sufrir esa crisis de mediana edad que, señalan los tests en las revistas de tendencias, te mastica y traga; nunca sentí esa envidia envasada en frascos importados. La felicidad llegaba a borbotones, me hacia sudar en espiral. Era, puedo decirlo, un sujeto duty free./ Enfilé a un bar alejado del circuito de los chicos felices. Un sitio trendy a la inversa, música selecta y ese 2x1 toda la noche. Estuvimos tranquilos, bebiendo cerveza y hablando de cosas inciertas: el nuevo ansiolítico que se podía comprar sin receta, del sexo sin juego ni riesgo, del amor fou e insípidos intentos de ligar la belleza en forma exacta y neutral. Boo era graciosa, pasaba de los gags a los gadgets o al trick or threat sin pudor alguno; Ander, algo nervioso, mencionaba a cada instante que traía un gift para nosotros; y yo, sonriendo, confesaba que nunca había tocado unas tetas de silicona mientras presumía mi chapita de Deleuze. Afuera, sin que nos enteráramos, un grupo radical de chicas gordas tiraba piedras a modelos que lo único que hacían era protegerse la cara y correr hacia la puerta del club. No las dejaron entrar./ The suffering's going to come to everyone someday./ Idealización de las amas de casas que vimos en la pasada temporada televisiva: puro deseo insatisfecho, una provocación aletargada. Ya de cerca, en el trato íntimo, Nanilkah era un 4 queriendo ser 9, alguien que pedía a gritos un poquito de atención, que pretendía escapar a una estrategia familiar hegemónica con el firme propósito de la individualidad en dosis freak. Lo consiguió a medias./ Con el brío que nos dio el cristal que Ander extrajo de unas bolsitas de plástico y que compartimos en el baño, hicimos una fiesta. En ese estado saludé a Hache que no entendía el motivo de nuestra euforia pero brindaba por ella, a Monique que insistió en tomarnos fotos de baja resolución con su celular para "postearlas mañana, amigos", a un eléctrico Matt que externó sincero un "Los hombres son unos pendejos. Éste es mi último año como gay", antes de perderse en la pista de baile con Melissa, la chica con los hombros más sexys en la city. Todos reímos y, por un largo instante, aquélla fue la noche ideal: the perfect choice, the perfect drug, the perfect people. Falling and laughing, dancing and drinking, fotos y risas: nuestra gran noche./ ¿Cuándo empezamos a ser sólo siluetas? // Aztlán: ruta de venida y de regreso - Miguel León Portilla: Las tierras occidentales más norteñas de la República tienen el lustre de lo edénico: el primer grupo de hombres y mujeres que se identificó a sí mismo como mexicanos vino de allá. Miguel León-Portilla hace la arqueología de esa ruta y arriesga una teoría sobre la naturaleza de su encanto. Muchos antiguos relatos en náhuatl hablan de Aztlán (Aztlan), "Lugar de garzas", y de Chicomóztoc, "El de las Siete Cuevas", como lugar y patria de origen de los mexicas o aztecas, ubicado por ellos en el norte. Escuchamos la antigua palabra: Ínic hualquixóhuac Teocolhuacan Aztlan ca tel mochi nican móttaz.: Así salieron del antiguo Colhuacan, de Aztlan, todo esto aquí se verá./ Los nahuas pensaban además que Aztlán-Chicomóztoc no había desaparecido. En tiempos de Moctezuma (Motecuhzoma) Ilhuicamina, a mediados del siglo XV, su consejero Tlacaélel le propuso enviar una expedición a ese lugar. Según lo refiere el cronista Diego Durán con apoyo en antiguos testimonios, los embajadores de Moctezuma llegaron a Aztlán. Allí se encontraron con Coatlicue, la diosa madre del poderoso Huitzilopochtli. De regreso, informaron a Moctezuma Ilhuicamina: Señor, nosotros hemos cumplido lo que nos mandaste y tu palabra se pagó con haber visto lo que deseabas saber, y hemos visto aquella tierra de Aztlan y de Colhuacan, donde habitaron nuestros padres y abuelos y traemos de aquellas cosas que allá se dan y crían./ Fue ése un viaje a Aztlán, realizado en el mito por descendientes de quienes mucho antes habían salido de ese lugar. Aquel paraje no era tierra habitada por gente de cultura primitiva. Los enviados de Moctezuma probaron esto presentándole: Sartas de mazorcas frescas y las sartas de semillas y rosas, de todas diferencias que en aquella tierra se crían, y tomates, chile y mantas de fibra que aquella gente las criaba y bragueros. /Hasta aquí hemos escuchado la palabra del mito: salida y retorno, evocaciones siempre de Aztlán, "Lugar de las Garzas", Chicomóztoc, "El de las Siete Cuevas", y también Culhuacan, "El Cerro Encorvado". / Afirman que, desde los tiempos de Teotihuacan (siglos III-VIII d.C.), y aun desde antes, más allá de la gran zona cultural de Mesoamérica, situada en el centro y sur de México, muchos habitantes de esas tierras norteñas participaban en importantes logros culturales de los mesoamericanos. / Esto lo afirman por la evidencia de sus hallazgos arqueológicos y etnológicos. Desde algunos siglos antes de la era cristiana, la cultura del maíz había penetrado más allá de Mesoamérica, en el norte de México y en Nuevo México, Arizona y California. Asimismo han comprobado la producción de cerámica y el tallado de la piedra en pequeñas esculturas, también desde antes del primer milenio después de Cristo. El cultivo del algodón fue otro desarrollo asimilado de Mesoamérica en fechas tempranas. Gente de cultura Hohokam y Anasazi, en Arizona, y los Zunis, Hopis y otros indios Pueblo tenían un temprano urbanismo y juegos de pelota desde unos ochocientos años también después de Cristo. Notable hallazgo arqueológico en el área Hohokam fue el de una escultura del tipo de los Chac Mool, deidad de la lluvia en Mesoamérica. Los que allí vivían hilaban y producían textiles, así como adornos de plumas. Una gran riqueza de piezas de cerámica policromada, halladas en sitios como Casas Grandes, en Chihuahua, y en muchos otros lugares al norte, dan testimonio del refinamiento alcanzado por los habitantes de Aztlán. / Provenientes ya del segundo milenio d.C., numerosas campanitas de cobre han aparecido asimismo en lugares de lo que son hoy el Suroeste estadounidense y el Noroeste mexicano. Todo esto es prueba de que existía un intercambio comercial con Mesoamérica./ Veamos ahora lo que la etnología nos revela. Hay una clara relación entre deidades mesoamericanas y norteñas, como los kachinas y la efigie de Tláloc, la serpiente emplumada con cuernos y Quetzalcoátl, la idea de los rumbos cósmicos asociada a diversos colores, y numerosos rituales, entre ellos ciertas danzas y otras ceremonias. / Las investigaciones lingüísticas son también elocuentes. Gracias a la glotocronología (La glotocronología es una técnica para calcular la separación temporal o divergencia entre dos lenguas que se suponen emparentadas. Está basada en el porcentaje de palabras o cognados que son substituidos por otras palabras a lo largo del tiempo.) sabemos que la familia yutonahua comenzó a diferenciarse y a dispersarse desde el tercer milenio a.C., en una región cercana a los límites de Arizona y Sonora. Muchos de los grupos hablantes de lenguas yutonahuas quedaron en el Suroeste estadounidense, y otros entraron en el Noroeste mexicano y hasta el centro de México. Entre los primeros están los luiseños, cupeños y monos, y otros en California, y los hopis y págagos en Arizona, y algunos más en Nuevo México, así como en el noroeste mexicano, entre otros, los ópatas, yaquis, tarahumaras, tepehuanos, coras y huicholes. Los nahuas se asentaron en diversos lugares desde el sur de Durango, Zacatecas y Sinaloa hasta el centro de Mesoamérica y otras regiones del sur. Por otra parte, no debe olvidarse la presencia de pueblos no yuto-nahuas, como los de las familias atapascana (navajos y apaches) y de la hokana (cucapás, seris y las varias ramas de los pai), no pocos de ellos presentes hasta hoy en ambos lados de la actual frontera internacional./ La lingüística es así otra prueba de la interrelación de los yuto-nahuas, desde la mítica Aztlán hasta el centro de México. Las rutas de intercambio de los pochtecas o mercaderes habían contribuido a su expansión cultural en las tierras norteñas. El camino a Aztlán había sido ya recorrido y lo seguiría siendo por siglos, hasta ahora mismo, tanto de venida como de regreso./ Dos valiosos testimonios: Como vimos, la palabra de los investigadores ha iluminado la palabra del mito. Es curioso, a la luz de esto, que incluso entre algunos de ellos ha perdurado el propósito de identificar geográficamente la ubicación precisa de Aztlán-Chicomóztoc. Unos se han inclinado a situarla en la laguna de Mexcaltitlan en Nayarit, otros en Guanajuato, o en La Quemada y Chalchihuites, en Zacatecas. / Más sabio ha sido situar la palabra del mito en lo que algunos llaman el Gran Suroeste estadounidense, y otros señalamos el Gran Noroeste mexicano. Dos cronistas de estirpe náhuatl, uno de fines del siglo XVI y el otro de principios del XVII, hablaron ya de esto. Hernando Alvaro Tezozómoc (c. 1530-1610), nieto de Cuitláhuac —el sucesor de Moctezuma II— y autor de la Crónica mexicáyotl, escribió en náhuatl acerca de la venida de los mexicas a lo que llegó a ser México-Tenochtitlan: Los mexicas allá estaban en un gran altépetl, "agua, monte", pueblo. Era Aztlan, Chicomóztoc, Lugar de Garzas, El de las Siete Cuevas, que se hallaba allá, tal vez muy cerca, muy junto de las grandes orillas, las grandes riberas que los españoles llaman ahora Yáncuic Mexihco, Nuevo México [...] En el año 12-Caña (1057) entonces salieron de Aztlan Chicomóztoc los viejos mexicas chichimecas [...] entonces ya vienen, caminan hacia acá a pie./ A esa gran tierra, a la que habían penetrado ya varios españoles siguiendo las noticias de Fray Marcos de Niza, dio tal nombre Juan de Oñate precisamente porque pensó que podía rivalizar en riqueza con México./ El otro cronista, descendiente del rey poeta Nezahualcóyotl, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (c. 1578-1650), dejó a su vez, en su Historia de la nación chichimeca, el siguiente testimonio al hablar de origen de los tezcocanos: Ya era el año 1011 de la encarnación de Cristo Nuestro Señor cuando llegaron la nación de los aculhuas [...] Y, según sus historias, parece vinieron de la otra parte de aquel mar mediterráneo [interior] que llaman Bermejo que es donde caen las Californias./ No sabían Alvarado Tezozómoc ni Alva Ixtlilxóchitl que, al vincular a sus antepasados con Nuevo México y California, escribían el acta que confirmaba una relación para siempre perdurable. Así ha sido en efecto, y ello a pesar de muchos aconteceres. Entre otros, uno que no debe soslayarse: el hecho de que Nuevo México y California quedaron separadas de México en 1848 por una línea internacional. Tampoco sabían que la relación intercultural entre esas tierras norteñas y el centro de México era muchísimo más antigua, a partir de la difusión de la agricultura desde Mesoamérica al Septentrión, en el primer milenio antes de la era cristiana./ Nahuas y españoles se adentran en Aztlán: La historia de esta nueva entrada incluye capítulos que despiertan fascinación. Comencemos con el recorrido que hizo Álvar Núñez Cabeza de Vaca, entre 1528 y 1530, acompañado por el negro Estebanico, tras haber sido aniquilados en la Florida los españoles que comandaba Pánfilo de Narváez. Las noticias que llegaron a la capital de la Nueva España movieron al virrey Antonio de Mendoza a enviar una expedición en la que Fray Marcos de Niza salió al frente, acompañado por Estebanico y otro fraile y un grupo de indios. La expedición partió de Culiacán en Sinaloa y, tras cruzar Sonora, penetró en territorios de Arizona y Nuevo México. Allí tuvieron noticia de pueblos que dijeron se llamaban Cíbola, Quivira y otros. En su relación diría más tarde Fray Marcos que "Cíbola es más grande que la ciudad de México". / La ruta a Aztlán, abierta de nuevo, prenunciaba la atracción que ese Noroeste habría de ejercer para siempre. A la expedición de Fray Marcos siguieron otras, todas ellas reveladoras de la inmensidad del Septentrión americano. Recordemos al menos las exploraciones enviadas por Hernán Cortés, a partir de 1531, a la que hoy se llama Baja California, su estancia allí en 1535 y la posterior navegación de Francisco de Ulloa hasta las bocas del río Colorado. También, como en rápidas imágenes de un video, evoquemos las salidas, esta vez por órdenes del virrey Mendoza, de Hernando de Alarcón, por mar, hasta la confluencia de los ríos Colorado y Gila, y de Francisco Vázquez de Coronado por tierra, avanzando aún más que Fray Marcos de Niza. Con ojos asombrados, los indios nahuas, y otros que participaron en estas expediciones, daban nueva vida a la ruta de Aztlán./ A esto siguieron los establecimientos, en algunos casos transitorios y en otros permanentes, aunque a veces interrumpidos por rebeliones de los indios. La Alta California había sido descubierta por Juan Rodríguez Cabrillo en 1542. La conquista de Nuevo México, que entonces comprendía Arizona y otras regiones, la realizó Juan de Oñate. Y aunque años después, en 1680, ocurrió allí la gran rebelión de los indios Pueblo, el retorno de los españoles con sus aliados nahuas significó la renovación de la ruta de Aztlán. El destino de esa gran región volvería a unirse al de una Mesoamérica que, en parte, comenzaba a hispanizarse./ De esa entrada hispanomesoamericana quedaron huellas que han sido imborrables. Entre ellas están, como símbolo y realidad, numerosos nombres de lugar en español y también algunos en náhuatl. Muchos de ellos están ligados a las misiones cuyos edificios hasta hoy se yerguen con su bella arquitectura, retablos y pinturas, como parte muy significativa del patrimonio cultural del Suroeste. En California son muchas, desde San Diego hasta San Francisco y, como establecimiento secular, Los Ángeles; y también perduran Tumacácori y San Xavier del Bac, en Arizona, así como el cordón misional a lo largo del Río Bravo (o Río Grande), en Nuevo México. Más allá, dos importantes estados ostentan nombres españoles: Nevada y Colorado. Llamados por una sierra y un río, mantienen viva, como otros muchos accidentes geográficos, esa otra antigua presencia. En cuanto al náhuatl, sólo traeremos a la memoria un nombre en esa lengua, el de Analco, que significa "al otro lado del agua" o "del río", aplicado a un antiguo barrio de Santa Fe, en Nuevo México. Desde luego que, de la presencia hispanomesoamericana del período virreinal, perduran allí también los descendientes de muchos miles de colonos procedentes de México./ Dos siglos de ires y venires entre México y el Suroeste: Mesoamérica y Aztlán: Al consumar México su independencia en 1821, quedaron bajo su jurisdicción todos los territorios que formaban parte de la Nueva España y, por consiguiente, un grandísimo Norte y el gran Noroeste. Desde años antes (1819), España y Estados Unidos, con el Tratado Adams-Onís o Transcontinental, habían establecido una frontera internacional. Los territorios que hoy integran, completos, los estados de California, Nevada, Arizona, Nuevo México, Utah y Tejas, más gran parte de Colorado, y una pequeña parte de Wyoming, Kansas y Oklahoma, pertenecieron así a México.

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Desde muy temprana fecha Estados Unidos, primero con sus colonos establecidos en Texas y luego por medio de propuestas de compra, manifestaron su propósito de anexarse lo que hoy es el Suroeste Americano. No es necesario recordar aquí cómo lo lograron. Basta con decir que fue por medio de una guerra de conquista entre 1847 y 1848. Pudo entonces pensarse que esa enorme extensión de tierras —cerca de dos millones de kilómetros cuadrados— iba a perder poco a poco su identidad cultural, la del antiguo Aztlán en alto grado mesoamericanizado e hispanizado.
Lo que pudo pensarse no ocurrió. Los estadounidenses que penetraron entonces, en avalanchas, y fueron convirtiendo en emporios lugares como Los Ángeles y San Francisco, no cambiaron los nombres de lugar, aunque impusieron desde luego el idioma inglés. Tuvieron enfrentamientos violentos con los antiguos grupos indígenas, especialmente con los navajos y los apaches. Los habitantes de origen hispanomexicano muchas veces se vieron aislados y empobrecidos. Pero los ires y venires por la Ruta de Aztlán no se interrumpieron.
A los no muy numerosos mexicanos que siguieron cruzando, a lo largo del siglo XIX, la línea fronteriza, con escasos o nulos trámites migratorios, iban a seguir, sobre todo después de la Revolución de 1910, grandes oleadas de seres humanos. Procedían principalmente de los estados centrales de México. En algunos momentos se suscribieron acuerdos internacionales, como durante la Segunda Guerra Mundial, para que ingresaran los "braceros". Muchos sirvieron entonces a Estados Unidos no sólo en trabajos agrícolas, sino también alistándose como soldados, y llegaron a sacrificar su vida por la libertad frente a la agresión nazi.
Más tarde, a pesar de restricciones y luego de que se levantaran bardas metálicas y se montaran refuerzos con la patrulla fronteriza, los "indocumentados" continuaron recorriendo el Camino hacia Aztlán. Así es como existen hoy grandes núcleos de los que hoy se llaman chicanos o hispanos en muchos lugares del Suroeste estadounidense, y aun de otros estados. Se ha dicho así que Los Ángeles es la segunda gran urbe mexicana después de la ciudad de México. Aunque no hay cifras precisas, se calcula que, entre descendientes de mexicanos e indocumentados, hay más de treinta millones en la "Nueva Aztlán".
¿Cuál será el destino de ella? No pocos de los chicanos se han forjado un símbolo. Algunos han acuñado palabras como Califaztlán. Muchos evocan y se enorgullecen de su antigua herencia indígena y de ser a la vez hispanos. Se dice que, en unos veinte o poco más años, más de la mitad de los habitantes de California llevarán apellidos españoles. Hoy, el alcalde de Los Ángeles, Villarraigosa, es hijo de mexicanos.
¿Será la Nueva Aztlán, con el paso del tiempo, tierra Nepantla, es decir "de Enmedio", ni mexicana ni estadounidense? ¿Habrá así perdido toda identidad? Yo pienso que el Gran Suroeste, como ocurre con todas las realidades, se encuentra siempre reconstruyendo y forjando su identidad. Destino suyo es desarrollar su propio perfil cultural a partir de su rica historia. Así como los mexicanoestadounidenses han contribuido al desarrollo económico de Estados Unidos, también, con la conciencia de su propia historia, han surgido de entre ellos escritores, artistas e investigadores chicanos en distintas universidades y centros de cultura que saben que su destino dependerá de no traicionarse a sí mismos. Su destino estará además ligado a ser puente entre dos grandes naciones, más aún, entre dos partes de un mismo hemisferio, el de las Américas, la latina y la anglosajona.
Ojalá que gobiernos estadounidenses más abiertos, con conciencia de esta historia, la de Aztlán como ruta de venida y de regreso, reconozcan la necesidad de aceptar todo lo que ha tenido y tiene ella de ventajosa. Muchos, muchísimos de los que la han andado han contribuido a la economía y la bonanza de la Nueva Aztlán: el Gran Suroeste de Estados Unidos, vinculado desde luego, estrecha e irrevocablemente, con el Gran Noroeste de México, y también unido de forma muy estrecha con el país entero, con México. De esto proviene el original florecimiento de ese Aztlán y, en parte, su espectacular desarrollo como una de las primeras economías del mundo. Frente a todas estas realidades, ¿tiene acaso sentido querer obstaculizar con cercas y persecuciones la entrada —el ir y venir— de los cientos de miles que, aun a riesgo de sus vidas, mantienen abierta las varias veces milenaria ruta de Aztlán?~

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Referencias
• Historia Tolteca—Chichimeca, trad. y notas de Luis Reyes García y Odena Güemes, México, Fondo de Cultura Económica, 1992.

• Anales de Tlatelolco (Unos anales históricos de la Nación Mexicana), manuscristo Mexicain 22, Biblioteca Nacional, París.

•Durán, Fray Diego, Historia de las Indias de Nueva España, ed. Angel María Garibay K., 2 vv., Editorial Porrúa, 1967.

•Tezozómoc, Fernando Alvarado, Crónica mexicana, ed. Vigil, reimpreso por Editorial Leyenda, México, 1992.

• Alva Ixtlilxóchitl, Fernando de, Obras históricas, 2 vv., México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1975.


"¡Preparen a la niña!"
por Dora Reym

De entre los genocidios en que fue pródigo el siglo XX, el del pueblo judío ha quedado como paradigma por la lección que dejaron sus supervivientes: no olvidar. En su testimonio sobre los guetos y los campos de exterminio, Dora Reym confirma que la piedra de fundación de las libertades es la memoria.




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La familia Rembiszewski (cuyo nombre fue reducido a Reym tras emigrar a Estados Unidos) vivía en Bedzin, una pequeña ciudad en el suroeste de Polonia no lejos de lo que, en 1939, era la frontera del territorio checoslovaco ocupado por Alemania. Bedzin cuyó en poder de los nazis dos días después del ataque sorpresivo que Alemania lanzó sobre Polonia el 1o. de septiembre de 1939. Con el tiempo, los alemanes terminaron por confinar a la población judía en la parte más pobre de la ciudad, que se convirtió en el gueto donde los judíos vivieron mientras fungían como mano de obra esclava para los alemanes. En agosto de 1943, cuando el gueto fue cerrado y se deportó a sus habitantes a Auschwitz, los miembros de la familia -Dora, Mark y su única hija, Mira o Mirusia, de cinco años- se ocultaron durante siete días en un búnker que habían cavado bajo su casa, y lograron vivir allí sólo para ser agrupados con otros sobrevivientes a los que se asignó a un campo de trabajo temporal, Malobadz, de donde los judíos eran enviados regularmente al campo de exterminio de Auschwitz._______________________________
Entre los internos de Malobadz circulaba el rumor de que pronto seríamos transferidos a viviendas de la sección Koszary, cerca de la fábrica Rossner, y de que seríamos transportados diariamente a Malobadz para trabajar. ¿Qué haríamos con nuestra hija si tuviéramos que trasladarnos? Nos pusimos en contacto con el Judenälteste,1 el SeñorWulkan, quien nos prometió tomar las disposiciones necesarias para que yo saliera a la ciudad con un guardia de las SA2 y comprara artículos de primeros auxilios para el campo. Aunque no sabíamos nada de Marta, la hermana de nuestra antigua afanadora, teniendo en mente que le habíamos escrito una carta, decidimos esconder a Mirusia y sacarla del campo para llevarla a casa de Marta.
Al día siguiente, un viernes por la mañana, soborné a un guardia de las SA antes de abandonar el campo y me arriesgué a llevar a Mirusia conmigo. En lugar de comprar provisiones, fuimos de inmediato a la calle Zawale, donde vivía Marta. Mientras el guardia esperaba en la calle, Mirusia y yo fuimos rápidamente al patio trasero, en la planta baja donde Marta vivía. Llamé a la puerta. Llamé de nuevo. No hubo respuesta. Mirusia y yo permanecimos allí, en el corredor estrecho y oscuro, pero nadie contestó.
Asustada y confundida, intenté convencerla de esperar en el rincón bajo la escalera hasta que Marta regresara. Pero Mirusia lloraba y me decía: "No me dejes aquí, mamusiu, tengo miedo. Tal vez el hombre del balcón me vio cuando entré y supo que soy una judía. No me dejes aquí, por favor. Me da miedo que llame a la Gestapo."
Mi corazón lloraba junto con ella. Al borde del colapso, caminé de vuelta hacia el guardia de las SA y le supliqué que tuviera piedad de mí, que me ayudara a llevar a mi hija de vuelta al campo. Aquel guardia bondadoso me miró con compasión e, incapaz de negarse, nos llevó a ambas de regreso al campo.
Una vez ahí, tuvimos noticia de un búnker bajo el establo donde se guardaban los caballos. Supimos que había un sótano grande, con una mesa, un banco y un catre para dormir. Supimos que había que echar a un lado los caballos y que se debía retirar la paja y el alimento para abrir una compuerta. Habría allí una escalera que nos conduciría al búnker. Una mujer de apellido Dafner estaba oculta allí, con su hijo de cuatro años. Habían llegado poco tiempo atrás, después de esconderse con una familia polaca que temía ser descubierta por los alemanes y les había pedido que se fueran.
Mark y yo fuimos a ver al Señor Wulkan, quien nos dio permiso de utilizar el búnker. A primera hora de la mañana del sábado, llevamos a nuestra hija al búnker. Habíamos conocido a la Señora Dafner antes de la guerra y nos ofreció hacerse cargo de nuestra hija. Nosotros prometimos llevarle comida y otros artículos.
Nuestra angustia por la supervivencia de Mirusia hacía de cada momento del día una tortura. ¿Habría alguien capaz de ayudarnos? Pese a todo, me aferraba a mi fe y guardaba la esperanza. Recordé entonces algo que mi madre solía decir: "Hob betujen", ten fe, ten fe.
Fuimos trasladados a las barracas del barrio Koszary. Los edificios de ladrillo que ahora ocupábamos eran un antiguo cuartel militar polaco, separado de la Escuela Policíaca de Equitación por una valla. Gracias al Señor Wulkan, Mark y yo seguimos trabajando todos los días en Malobadz, donde Mirusia se escondía en la guarida, junto con la Señora Dafner y su hijo. Mark recibió la tarea de seleccionar los zapatos que, enviados desde Auschwitz, aún pudieran ser útiles, mientras yo limpiaba la oficina y lavaba la ropa de un oficial de las ss, el Obersturmbannführer3 Kroll.
Poco tiempo después, mientras éramos escoltados a Malobadz por guardias de las SA —en su mayoría viejos que habían combatido en la Primera Guerra Mundial— y caminábamos como prisioneros por las calles de nuestra propia ciudad, nos topamos con algunos hombres que reparaban la calle y tuvimos que andar más lento para sortearlos. Uno de ellos le hizo señas a Mark. Era el esposo de Marta, que se las arregló para darle una nota a mi marido.
No podíamos esperar para llegar al campo, pero esperamos y sólo ahí abrimos la nota. Marta había escrito: "Temo acoger a Mirusia porque una vecina mía sospecha que quiero alojar a un niño judío. Lo lamento."
Nos sentíamos devastados. Todas nuestras posibilidades parecían cerradas. Nos fuimos a trabajar, llenos de rabia.
Al mediodía, durante el receso, corrimos al búnker. Con la ayuda de unos amigos que montaban guardia afuera, empujamos los caballos, hicimos a un lado su alimento, bajamos hacia Mirusia al tiempo que un amigo cerraba la compuerta sobre nosotros y volvía a colocar la comida y los caballos en su lugar. Llevábamos un paquete de comida, pero Mirusia se negó a comer, diciendo "No tengo hambre, mamusiu". Se sentía sola, nos extrañaba y quería que la lleváramos con nosotros. Intentamos consolarla y convencerla de que pronto estaría con nosotros de nuevo, pero no fue de gran ayuda. Su alegría por habernos visto se desvaneció y cedió a la tristeza.

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Una tarde poco tiempo después, estaba sentada a solas en las escaleras de las barracas en Koszary. Pensaba en mi madre, mis hermanas y mis hermanos, me preguntaba dónde estarían y me torturaba con la idea de saber a mi hija abandonada en un escondrijo.
Perdida en mis pensamientos, sentí que una mano me tocaba. Sorprendida, di un respingo y vi ante mí a una mujer joven. Se presentó como Rozia Taus. "Todos los admiramos", dijo, "por la forma en que escaparon del transporte a Auschwitz, por el modo en que luchan por su hija. Sé lo que están pasando y me encantaría ayudarlos. Como ustedes salen a trabajar todos los días a Malobadz y tienen oportunidad de entrar en contacto con el exterior, permítanme darles la dirección de un polaco que conozco. Tal vez él pueda ayudarlos a esconder a la niña." Sus palabras me conmovieron y me llenaron de gratitud.
Entonces Rozia me llevó a un lado y me contó su propia historia. Había entregado a su bebé de tres meses a una mujer Volkdeutsch4 que vivía en Krolewska Huta, en Silesia. Acababa de recibir una nota donde le avisaban que la mujer se presentaría mañana a mediodía, en una calle frente a Malobadz, para que ella viera a su bebé. Pero Rozia debía trabajar en Koszary. ¿Podría yo asomarme a una ventana a mediodía y ver y mirar a la pequeña? Claro, acepté.
Al siguiente día, la mañana del 18 de agosto, partimos a Malobadz a trabajar, como siempre. Corrimos hacia el búnker con comida en cuanto llegamos y luego nos apresuramos hacia nuestros puestos de trabajo. El día era soleado y luminoso, y a las doce Mark y yo fuimos hacia una ventana para ver a la mujer que traería a la hija de Rozia. Al ver el cielo azul y el trajín de la vida en la calle, sentimos el soplo de la libertad a través de la ventana ligeramente entreabierta. Pero los guardias de las SA nos recordaron nuestro cautiverio.
Fue en esos momentos cuando vimos a dos mujeres caminando lentamente hacia nosotros, una de ellas con un bebé en brazos. Al pasar bajo la ventana una de ellas pronunció el nombre Taus. En ese momento tuve un impulso repentino y le dije a mi esposo: "¡Tal vez una de ellas acoja a nuestra hija!" Me miró sorprendido y luego, emocionado, dijo: "¡Intentémoslo!" y de inmediato comenzó a escribir una nota.
Mark escribió:


Rozia Taus, nuestra amiga, siente muchísimo no poder estar aquí para ver a su hija porque trabaja del otro lado del campo. Nos pidió que enviáramos saludos y que describiéramos cómo se ve ahora su bebé y cómo está. Y les rogamos que tengan compasión de nuestra propia hija, que es la única niña que queda aquí. Todos los demás han sido llevados a Auschwitz y pronto este campo será cerrado. Les aseguramos que no tendrán que preocuparse por su manutención. Les daremos todo el dinero y las joyas que tenemos, suficiente para durar por los muchos años que vendrán. Aquí está una foto de nuestra hija. Rezamos por que nos ayuden.


Sellamos la carta y les hicimos señas para indicarles que la echaríamos por la ventana tan pronto como un guardia cercano se alejara.
Cuando lo hizo, lanzamos la carta. Las dos mujeres se acercaron al edificio y una de ellas, fingiendo que se arreglaba una media, se agachó a recogerla. Con todo mi corazón y mi alma, y sabiendo que mi esposo sentía lo mismo, esperamos con angustia una respuesta. Durante lo que parecía una eternidad, las mujeres cruzaron la calle y pasearon de un lado a otro, de un lado a otro frente a los edificios.
Durante un segundo, me sentí perdida cuando la más alta de ellas, que llevaba en brazos a la niña Taus, alzó al bebé frente a nosotros para indicar que ya tenía un niño judío. De inmediato, instintivamente, señalé a la otra mujer, que tendría unoscuarenta años y mostraba un rostro muy sereno. Comprendió de inmediato que me refería a ella. Así que, sin llamar la atención del guardia, continuaron su paseo por la calle. Mientras esperábamos.
Finalmente las vimos regresar. Se detuvieron frente a la ventana y, en el dialecto de Silesia, la mujer con el rostro tranquilo y hermoso dijo:

"Przyrychtujcie." ¡Preparen a la niña!

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"¡Preparen a la niña!" Era como si las palabras crepitaran alrededor de nosotros como fuego. Ésta era la única manera de salvar a nuestra hija de una muerte segura.
Rápidamente reunimos a varios amigos que nos ayudarían a sacar a Mirusia. Las palabras aún resonaban en nuestros oídos, "¡Preparen a la niña!" Nos apresuramos hacia el búnker y apartamos los caballos y el alimento, y abrimos la compuerta y yo bajé por la escalera. Perdí la noción del tiempo. La vida parecía inmóvil cuando tomé a Mirusia entre mis brazos.
Sentí una mezcla de miedo y alegría al susurrarle: "Mirusiu, kochanie, Mirusiu, querida mía, tu tía está esperando afuera para llevarte con ella a su casa, donde estarás a salvo. ¿Me entiendes?", y con la voz quebrada le prometí que yo la alcanzaría al día siguiente.
Me miró y comenzó a llorar. "Tengo miedo de ir sin ti", dijo. "Mamá, por favor, ¡ven conmigo! ¡Por favor no me hagas ir sola!"
No podía soportarlo. Me destrozaba el corazón.
Pero encontré fuerza en mi interior y le grité: "¡Deja de llorar, Mirusiu, y escúchame! No tenemos tiempo y debemos apresurarnos. Si te quedas aquí, con tu padre y conmigo, nos matarán a todos. Pero si te vas con tu tía, todos tendremos una posibilidad de sobrevivir y estar juntos de nuevo. Tu tía está esperándote fuera del campo."
Aún entre lágrimas, aún aferrándose a mí, sollozó: "Mamusiu, iré. Lo haré. Por favor limpia mis lágrimas."
Limpié su rostro y comencé a vestirla con un abrigo a cuadros con capucha. Aunque temblaba de miedo, abracé y besé a mi pequeña una y otra vez, traté de pensar en más palabras que le hicieran creer que yo estaría pronto con ella.
Tomé el hatillo con las joyas y el dinero y lo amarré a su cuello. Alguien llamó desde arriba: señal de que todo estaba listo.
Nos despedimos de la Señora Dafner y de su pequeño, y ella nos deseó buena suerte.
Al subir por la escalera la sangre se me tornó fría, mientras pensaba en el momento en que tendría que dejar ir a mi hija. Pero el pensamiento de la muerte ineludible que tendría en Auschwitz me dio la fuerza para emprender el camino con ella.
Mark estaba arriba, en el establo, esperando ansioso. Algunos amigos habían salido para distraer a los guardias. Mark me indicó que debíamos ir rápido hacia el muro que daba al otro lado de la calle, donde un hombre rubio y muy alto llamado Tischler nos estaría esperando. El padre de mi hija la atrajo hacia su pecho y la bendijo. La besó brevemente y susurró: "Buena suerte, mi pequeño amor Mirusia. Te quiero."
Yo llevaba puesto un abrigo largo y holgado, bajo el cual sostenía a Mirusia muy cerca de mí. Estrechadas una contra la otra, avanzamos como una sola persona hacia el muro. El día de agosto era caluroso, el sol brillaba, pero el sudor de mi cuerpo era frío. Mark, Mirusia y yo atravesamos el campo con cuidado. Éste era el último momento que habríamos de compartir con nuestra hija, y algo dentro de nosotros anhelaba que no terminara nunca. Junto al muro, su padre la tomó y la entregó a Tischler. Un segundo después, vi cómo los largos brazos de Tischler levantaban a mi hija a lo alto de la valla.
Incapaz de moverme, la vi saltar hacia el otro lado. Las dos mujeres aparecieron y la tomaron de la mano, una a cada lado. Sin ver hacia atrás, mi hija se alejó junto con ellas. Permanecimos ahí, viendo y esperando hasta que las vimos entrar a un tranvía, y sólo entonces suspiramos profundamente y con alivio. Le dimos gracias a Dios por ese milagro y nos alejamos con lágrimas corriéndonos por las mejillas.
Algunos amigos se reunieron con nosotros —Ehrlich, Finder, Krzesiwo, Potok y los hermanos Zaks—, los mismos que nos habían ayudado a distraer a los guardias. Todos sentían que era una maravilla que hubiéramos podido ocultar a nuestra hija y sacarla de ahí a plena luz del día sin que la policía la viera escapar.
Ya en las barracas, lejos del sol, comencé a repetir una y otra vez: "¡Mi hija se ha ido!, ¡Mi hija se ha ido!" y rompí en llanto. ¿Habríamos hecho lo correcto? Aunque su angustia no era distinta de la mía, mi esposo intentó consolarme. Y nuestros amigos no dejaban de asegurarnos que sin duda habíamos hecho lo correcto, y que éramos afortunados de que esa mujer hubiera venido a nosotros y hubiera estado dispuesta a correr el riesgo de acoger a nuestra hija...

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Rozia Taus me dijo que las dos mujeres eran hermanas, ambas casadas con polacos. La mujer que tenía a la bebé de Rozia era Clara Zroski, y la otra, María Dyrda, vivía en Sielce, un suburbio de Sosnowiec, la ciudad contigua a Bezdin.
Esa noche soñé que escapaba del campo, que era perseguida por la Gestapo y que no podía encontrar a nuestra hija.
Por la mañana, salí rápidamente de las barracas de mujeres para encontrarme con mi esposo. Teníamos la esperanza de recibir de alguna manera noticias de la Señora Dyrda en nuestro camino hacia el trabajo. A la hora de la comida, nos reunimos en el lugar de siempre. Mientras comíamos, no dejábamos de ver por la ventana a la gente libre, y nos sentíamos alegres porque nuestra hija estaría entre ellos. Surgió en nosotros la tentación de escapar, pero no había ningún lugar al que pudiéramos ir.
Los días pasaban lentamente, sin noticias de nuestra hija. Pasé noches sin dormir preguntándome cómo estaría. ¿Estaría bien? ¿Dormiría por las noches? ¿Lloraría por su papá y su mamá? ¿Cómo se comportaría entre desconocidos? Rezaba y esperaba que nadie se diera cuenta de que era una niña judía.
Entonces, un día, mientras mirábamos por la ventana de la misma habitación, vimos a un muchacho rubio que al pasar nos mostró una carta. Tan pronto como el guardia se hizo a un lado, abrimos la ventana y el muchacho lanzó la carta hacia dentro. Era de la señora Dyrda:


Mirusia está bien y todos nos hemos encariñado mucho con ella. Mi hija Urszula, de doce años, y mi hijo Paulek, de catorce, juegan con ella y la tratan como a una hermana. Les he explicado que Mirusia es judía y que su vida correría peligro si la hubiéramos dejado en el campo. Y que nadie debe saber que es judía, pero que si alguien lo preguntara, ellos deben decir que es parte de nuestra familia, que es la hija de mi hermana. Cuando llegó, la bañé y la tallé porque estaba llena de tierra del búnker y tuve que quitarle los piojos de la cabeza con nafta. Cenó bien y durmió bien, después de la miseria del búnker, pero cuando despertó comenzó a llorar: "¿Dónde está mamusia?"


La Señora Dyrda escribió que había sentado a mi hija en su regazo y que la había abrazado hasta que dejó de llorar. Mirusia se quejaba de que su madre le había mentido, de que había prometido alcanzarla al día siguiente. Pero la familia Dyrda había intentado consolarla. También escribió que sus dos hijos mayores, Jerzy y Alfred estaban en el ejército alemán y que su esposo Pawel estaba oculto por razones de índole política. Finalmente, nos pedía avisarle a Rozia Taus que su hermana Clara había regresado con la bebé a Krolewska Huta.
Nos sentimos aliviados y esperanzados de que nuestra hija se adaptara a su nueva vida. Quemamos la carta y, mientras la veíamos arder, rezamos para que Dios protegiera a nuestra hija y a esa buena mujer que la había acogido. Nunca olvidaríamos esa carta escrita con tanta ternura, y nuestros ojos se llenaron de lágrimas y agradecimiento por esa mujer bondadosa y por su compasión maternal hacia nuestra niña. Esa noche fue la primera noche en que mi mente estuvo tranquila, con la sensación de que mi hija estaba fuera de peligro.

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Corría el mes de enero de 1944. Justo un día después de que Mark fuera deportado. Los que aún quedábamos en el campo fuimos conducidos a latigazos hacia la estación de tren de Bedzin. Nos decían todo el tiempo que íbamos hacia otro campo de trabajos forzados.
Los guardias de las SS nos empujaron hacia un tren y cerraron las puertas. Comenzamos a alejarnos de nuestro pueblo, donde dejé atrás una vida de recuerdos, sueños y esperanzas. Todos llevábamos bultos con unas cuantas pertenencias e intentábamos hallar un lugar para sentarnos.
Yo estaba acurrucada en una esquina, cerca de una ventana con mi amiga Rozka. Escuchábamos el sonido de las ruedas del tren y tratábamos de adivinar adónde nos dirigíamos. No pasó mucho tiempo antes de darnos cuenta de que íbamos a Auschwitz.
Estaba segura de que debía saltar fuera del tren. Comencé a abrir la ventana y de inmediato sonaron disparos de metralla. Rozka tiró de mí hacia atrás gritando: "¡Cierra la ventana! ¡Te matarán! ¡Nos matarán a todos!" Traté de controlar mis sentimientos, pero era inútil. El paisaje que conocíamos se quedaba atrás, mientras íbamos de camino a Auschwitz. Finalmente, el tren perdió velocidad y se detuvo en una estación; ahí estaba el letrero, y no nos quedó duda alguna.
Había nevado todo el tiempo y la nieve se apilaba afuera. Los SS, con sus perros y sus látigos, abrieron las puertas y nos sacaron gritando: "¡Raus, schnell!"5 Nos hicieron subir a unos camiones. A lo lejos podíamos ver a los prisioneros con sus trajes a rayas en medio del frío cortante.
Nos depositaron frente a unas barracas y fuimos llevados a un gran salón. Nos indicaron que allí dormiríamos y que por la mañana un doctor de nombre Mengele vendría y elegiría a algunas personas jóvenes para trabajar.
Un kapo judío estaba a cargo de nosotros. Su nombre era Berliner y era de Varsovia. Nos dijo que las personas jóvenes y saludables tenían posibilidad de sobrevivir, que muchos judíos y otras personas estaban trabajando allí y en Birkenau. Nos dijo también que no debíamos ceder al pánico y que él nos ayudaría. Para las mujeres trajo lápiz labial y rubor, y nos indicó que debíamos arreglarnos para parecer frescas y saludables por la mañana, para la visita del doctor Mengele.
Algunos se acomodaron en las bancas de madera, algunos en el piso de concreto. Una mujer joven trató de suicidarse tragando veneno, pero otra prisionera se lo impidió y salvó su vida esa noche. Algunos internos del campo estaban entre nosotros y trataron de animarnos mencionando algunos nombres de gente de Bedzin que vivía aún dentro del campo.
Llegó el alba. El kapo Berliner nos apremió para vernos lo mejor posible a la llegada del doctor Mengele. Poco después, llegó un oficial de las ss. Recuerdo que era alto, joven y apuesto. Tomó asiento frente a un escritorio y comenzó a mandar hacia la izquierda a familias con niños y ancianos, y a los solteros jóvenes hacia la derecha. Todos estábamos aterrados, incapaces de controlar nuestras emociones. Una mujer corrió hacia el grupo de los solteros, dejando atrás a sus hijos. Otra hizo lo mismo, abandonando a dos adolescentes, una hija y un hijo. Una madre rogaba a su hija que hiciera lo mismo, que la dejara, que se salvara. Pero la niña se rehusó, así que ambas fueron juntas a la cámara de gas. Todavía puedo verlos a todos, en especial a las madres y sus hijos, destinados a la muerte.
Al final, un pequeño grupo de mujeres solteras fueron obligadas a quitarse la ropa y permanecer completamente desnudas en una fila, para pasar luego una a una frente al ss Doktor Mengele. Una por una, dominadas por el miedo, pasamos frente al hombre que decidiría quiénes de entre nosotras sobrevivirían y quiénes debían morir. Sólo 35 mujeres fuimos elegidas para vivir.
Más tarde supimos, por boca del mismo kapo Berliner, lo cerca que todos habíamos estado de la muerte. Originalmente, estábamos programados para ir de inmediato a la cámara de gas. Pero, por razones de eficiencia, los SS nos habían dejado vivos durante la noche, ya que constituíamos un grupo demasiado pequeño para ser gaseado. Estaban esperando para reunirnos en la cámara con un grupo de judíos holandeses que no había llegado. Así que por la mañana habían hecho una selección y unos cuantos de nosotros resultamos aptos para realizar el trabajo que los alemanes requerían.
Tras la selección, los kapos alemanes nos condujeron con palos a otras barracas, donde debíamos entregar nuestras pertenencias y nuestra ropa. Rasuraron mi cabeza y el resto de mi cuerpo, y mi cabello y pelos cayeron muertos sobre el piso. Nos hicieron pasar por agua hirviendo y por agua helada, luego nos hicieron formarnos para recoger unos andrajos y unos zapatos que nos aventaban.
Debíamos vestirnos con esos andrajos, unos pijamas a rayas que llamábamos "pasiaki", sin algunos botones y con mangas rasgadas, o con vestidos que eran demasiado pequeños o demasiado grandes. En el campo principal, la mayor parte de los prisioneros usaba pijamas de rayas azules y grises, pero nuestra ropa durante la cuarentena tenía anchas franjas rojas pintadas en la espalda. Eran afortunados quienes tenían un zapato izquierdo y uno derecho, de otra forma, había que caminar con dos zapatos izquierdos o dos derechos y, temerosos de ser golpeados por los kapos, ni siquiera pensábamos en intercambiarlos con alguien más. Cuando veíamos a gente conocida, casi no podíamos reconocerla. Tatuaron números en nuestros antebrazos. Me convertí en el 74733. Ahora éramos esclavos, no teníamos ningún derecho.

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Una calamidad tras otra se sucedían, y ahora los kapos nos habían agrupado y nos decían que todos debíamos pasar por una "cuarentena" para asegurar que nadie portara enfermedades contagiosas. Nos llevaron a unas barracas. Allí, centenares de mujeres yacían en catres, algunas de ellas sumidas en una profunda depresión, con la mirada perdida, otras claramente enfermas, pero temerosas de admitirlo. Nos dijeron que si alguien era llevado al "hospital", el crematorio sería la siguiente parada.
Una mujer judía de nombre Itka, que fungía como kapo, estaba a cargo de la barraca. Nos mostró las literas de madera. Rozka y yo subimos a la parte alta.
La primera noche de cuarentena observé la miseria que me rodeaba y pensé que perdería la razón. El sueño nunca llegó esa noche.
La muerte estaba en cada rincón de la barraca: mujeres jóvenes y viejas yacían sin moverse, aferrándose apenas al aliento vital. Muchas de ellas parecían no tener más esperanza. Otras tenían una chispa en los ojos, un ligero movimiento en sus cuerpos y parecían luchar contra su dolor y su miedo. Había filas y filas de literas y sólo una luz tenue en medio de la noche.
Algunas de las mujeres ya eran musulmanas, como les llamaban en el campo, esqueletos humanos, muertos que aún caminaban. Como el resto de nosotras, debían arrastrarse a las letrinas durante la noche, a través de la nieve, el lodo y el viento feroz. A veces los pies se me hundían en el lodo y no era capaz de contenerme hasta llegar a las letrinas. Allí, el olor era insoportable y solía ver a mujeres debilitadas por la enfermedad, demasiado exhaustas como para levantarse de los hoyos en las tablas de madera, recibiendo allí mismo los golpes salvajes de las mujeres kapos. Obligada a vivir en estas condiciones, acabé por contraer una infección urinaria grave. Agradecía las pocas ocasiones en que nos enviaban a las duchas, aunque se alternara el agua helada e hirviente, pues eso parecía ayudarme a mantener mi cuerpo y mi alma con vida.
La cuarentena se guardaba en Birkenau, en el banco izquierdo del río Sola, a tres kilómetros de Auschwitz. Birkenau estaba rodeado de cercas eléctricas y había guardias de las SS dentro y fuera. No pasó mucho tiempo antes de que viera a mujeres que se arrojaban contra las alambradas para terminar con su agonía.
En Birkenau trabajaban sin tregua cuatro cámaras de gas, cada una con su crematorio. Todo aquel que llegaba era despojado totalmente de sus pertenencias. Todo lo que dejaban era almacenado en edificios llamados Effektenkammer,6 depósitos para pertenencias confiscadas, que otros prisioneros debíanclasificar con el fin de que cualquier cosa de valor fuera enviada a Alemania. Muchos grupos fueron asesinados en su totalidad inmediatamente a su llegada. Algunos prisioneros eran asignados a los "Sonderkommandos", unidades especiales forzadas a realizar la mayor parte del trabajo en las cámaras de gas y a quemar los cadáveres en los crematorios.
Nunca, nunca vi un cielo azul en Birkenau. El cielo era siempre gris: el humo no cesaba de manar día y noche de laschimeneas en los cuatro crematorios.

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A mediados de enero de 1945, justo el día en que cumplí treinta años, los prisioneros recibimos la orden de recoger nuestras raciones de comida y prepararnos para ser evacuados a un campo dentro de Alemania. Sabíamos que los rusos se acercaban y corría el rumor de que los alemanes destruirían Auschwitz-Birkenau y enviarían a Alemania camiones con toda la mercancía acumulada en los almacenes.
El caos se apoderó del campo y los SS perdieron el control. Los prisioneros y los kapos deambulaban sin saber qué debían hacer. Pasé frente a un almacén lleno de ropa. Los prisioneros habían forzado las puertas y tomaban todo lo que podían. Corrí al interior y tomé un vestido azul marino con saco y un pañuelo rojo de seda. Ninguna de estas prendas estaba marcada con franjas de prisionero.
Puesto que la evacuación tenía lugar en medio del invierno, todos trataban de ponerse la mayor cantidad de ropa posible. Me puse el vestido bajo mis pijamas rayados. Algunos prisioneros se vistieron con varias capas de ropa y otros echaron mantas sobre sus hombros.
Fuimos escoltados fuera del campo durante la noche del 18 de enero; al pasar las rejas del campo de exterminio, bajo un clima que debió haber alcanzado los veinte grados bajo cero, dejábamos atrás a los cientos de miles de almas inocentes que los nazis habían asesinado.
Caía la nieve. Los guardias de las SS y sus perros nos escoltaban. La caminata parecía no tener fin. Mi amiga Rozka y yo, temiendo que nuestros pies cedieran al frío y al dolor, nos sosteníamos la una a la otra, ayudándonos a mantenernos en pie. Los guardias no dejaban de gritar que debíamos apresurarnos, seguir caminando, avanzar. A cualquiera que cayera y no pudiera levantarse le disparaban ahí mismo.
La nieve que caería después cubriría los cuerpos de los muertos, sus últimos destellos de esperanza y su último hálito de vida.

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Una mañana gris, llegamos a una granja polaca en Poremba, en el distrito de Pszczyna. Los kapos nos ordenaron refugiarnos en los establos, desperdigados por la granja, mientras los SS montaban guardia fuera.
Nos sentíamos aliviados de tener un techo y de poder descansar. Se nos informó que seguiríamos caminando hacia el Oeste al anochecer, ya que durante el día los alemanes temían el ataque de las bombas rusas.
No tuve manera de conciliar el sueño. Pensaba y pensaba, añorando la libertad, añorando a mi hija. La libertad parecía estar tan cerca, y a la vez tan lejos. Entonces, escuché a cuatro mujeres jóvenes planeando una fuga. Tenían objetos de valor ocultos para sobornar a quien fuera necesario. Yo no tenía nada, pero ésta era mi tierra en Polonia. Conocía el campo, así que fui hacia ellas y les dije que yo podría encontrar un escondite para todas. Les gustó mi idea y la aceptaron. Pero se rehusaron a incluir a mi amiga Rozka, temiendo que el grupo fuera demasiado grande.
No teníamos tiempo que perder. Pronto caería la noche y continuaría la evacuación. Había un baño cerca del establo y decidimos utilizarlo como el primer punto de nuestra huida. Comenzaba a atardecer cuando logré llegar ahí. Me quité el pijama a rayas y me quedé con el vestido azul. Cuando abrí la puerta, las cuatro mujeres ya me habían alcanzado.
Ellas se habían encargado de informar a las mujeres polacas de la granja que éramos polacas huyendo de la evacuación y que necesitábamos un refugio por esa noche. Las mujeres estaban dispuestas a que permaneciéramos ahí. Súbitamente, llegó un joven, su vecino, y comenzó a hablar con nosotras. Nos dijo que los rusos se acercaban y nos preguntó sobre el campo y sobre la clase de trabajo que realizábamos ahí.
Cuando se marchó, comenzamos a sospechar, temimos que nos traicionara. Decidimos dividir el grupo en dos y buscar refugio con otros campesinos.
Una de las cuatro mujeres, Rachela, dijo que iría conmigo. Dijo también que tenía monedas de oro encontradas en las ropas que había clasificado. Rachela y yo atravesamos sigilosas la oscuridad hacia otra granja. Una mujer joven nos permitió entrar cuando llamamos a la puerta. Le dijimos que éramos polacas huyendo del combate y buscando refugio para la noche, y Rachela ofreció sus dos monedas de oro. Entonces, apareció la madre de la chica y aceptó escondernos. Subimos al desván por una escalera y nos cubrimos con el heno almacenado ahí.
Nos dejaron solas y quitaron la escalera. Poco después escuchamos gritos y disparos de metralla que venían de fuera. Los disparos no cesaban. Rachela y yo yacíamos entre el heno, sin movernos. Poco a poco, se dejó de escuchar el ruido de la metralla y la noche se tornó silenciosa de nuevo.
En medio de la oscuridad, escuchamos la voz de la chica que nos llamaba. "Gracias a Dios que están bien", dijo, "los evacuados se han ido. Pueden bajar". Salimos de entre el heno y bajamos. Madre e hija estaban sentadas cerca de la estufa, entrando en calor. La madre nos dijo que éramos afortunadas porque nos habíamos ocultado. Muchos prisioneros que trataban de huir habían sido asesinados por los ss, quienes habían entrado a algunas granjas. Algunos prisioneros habían sido descubiertos y forzados a reunirse con el resto. La hija, llamada Martha Copek, dijo: "Nos alegra que todo haya terminado."
Pero para Rachela y para mí, que pensábamos en las SS y la Gestapo, nada había terminado. Nos preguntábamos qué habría sucedido a nuestras amigas. Yo miraba hacia fuera y pensaba en Mark, hoy, 19 de enero, décimo aniversario de nuestra boda.
Aún teníamos miedo de salir y las mujeres estaban dispuestas a alojarnos. Un día, Martha regresó del pueblo y nos dijo que los rusos estaban cerca, pero nadie sabía qué tan cerca. Nos dijo que podríamos quedarnos ahí el tiempo que quisiéramos.
Sin embargo, yo ansiaba ir a Sielce, ese suburbio de Sosnowiec donde mi hija estaba escondida. Traté de convencer a Rachela de ir conmigo. Al principio, no quería dejar la granja, por temor a ser reconocida como judía. Pero finalmente la convencí de que los alemanes estarían más ocupados salvando su propio pellejo, ante la llegada inminente de los rusos.
A la mañana siguiente, comunicamos a Martha que habíamos decidido continuar hacia Sosnowiec donde vivían nuestros parientes. Ella nos dijo que los alemanes habían tomado el control de todos los vehículos y, a menos que corriéramos con la suerte de encontrar un coche y un caballo, tendríamos que caminar de un pueblo a otro.
Cuando Martha se dio cuenta de que realmente partiríamos, nos dijo que le preocupaba que nos congeláramos en este terrible frío invernal. Trajo un abrigo y una chaqueta para nosotras y nos dio algunos marcos. Me dio una fotografía de ella misma, con su cabello rubio recogido en una trenza e incluso se ofreció a acompañarnos al pueblo vecino para darnos indicaciones. Le agradecimos y le dijimos que eso no era necesario. Entonces escribió para nosotras los nombres de algunas aldeas cercanas. Nosotras les dijimos a ambas lo agradecidas que estábamos por todo y nos despidieron lamentando nuestra partida.
En las carreteras circulaban tanques. Los alemanes avanzaban prestos hacia su frontera; los había a pie, en bicicletas, a caballo. Los polacos iban hacia todas partes. Nadie prestó ninguna atención a estas dos mujeres que viajaban a pie hacia el pueblo más cercano.
Caminamos por la carretera y pasamos por campos y bosques cubiertos por la nieve. En cierto momento, a la distancia, vimos a un policía alemán en la carretera. Corrimos hacia el bosque y avanzamos por senderos estrechos. Las ramas de los árboles se vencían bajo la nieve y el hielo.
Vimos el brillo de una luz y avanzamos hacia ella. Las luces enmarcaban una vía de tren y seguimos esa vía por algún tiempo, pero nuestra energía se terminaba, y temíamos quedar paralizadas por el frío en aquella temperatura por debajo de los cero grados.
Cuando abandonamos el bosque, comenzó una tormenta de nieve, y se hizo difícil respirar con tanto viento.
Vimos una casa y llamamos a la puerta. La puerta estaba abierta, así que entramos. Una mujer mayor estaba sentada a solas en una mecedora. Le dijimos que estábamos en caminohacia Sosnowiec, para reunirnos con nuestras familias. Habíamos dejado atrás Pszczyna por la mañana y ahora no podíamos más con el frío y buscábamos calentarnos. La mujer nos dijo: "Hay leche fría en la estufa y pan y mantequilla sobre la mesa. Sírvanse." Mientras comíamos le dijimos que era difícil conseguir un medio de transporte. "Vayan al centro del pueblo", dijo, "allí podrán encontrar un coche y un caballo." Nos sentimos tan agradecidas con ella que le preguntamos si podíamos ayudarle de cualquier forma. No pidió nada; sólo dijo que ahora, cualquier día, esperaba que su hija regresara finalmente a casa.
Fuimos al centro del pueblo y allí vimos un coche tirado por un caballo que se acercaba. El coche se detuvo en mitad de la carretera, cerca de donde nos hallábamos. Escuchamos a los pasajeros hablar en polaco. Nuestros corazones palpitaron y corrimos hacia el conductor para pedirle que nos llevara. "¿Hacia dónde se dirigen?"
"Sosnowiec", respondimos.
"Suban", dijo, "las llevaré a Katowice y de ahí pueden tomar un tranvía a Sosnowiec." Rachela y yo subimos al coche. El conductor nos proporcionó una manta y nos acurrucamos juntas.
El caballo galopó a través de la nieve, pasando aldeas y granjas. Había gente viajando en todas direcciones. Nos rebasaron convoyes de camiones militares alemanes que se dirigían a Alemania. Rachela se durmió, pero yo estaba inquieta y despierta. De pronto, escuché al conductor decir que ya estábamos en Katowice. Detuvo el coche y Rachela y yo descendimos. Nos despedimos con un viejo dicho polaco: "Bog saplac", que Dios se lo pague.
Cruzamos la carretera hacia un tranvía dirigido a Sosnowiec. Compramos dos boletos con el dinero que Martha Copek, la hija de la campesina, nos había dado.
Había poca gente en el tranvía. No escuchábamos otra lengua más que el polaco. Parecía como si los alemanes hubieran abandonado Katowice.7 Ya casi terminaba el día cuando nos acercamos a Sosnowiec. Cuando descendimos, un viejo estaba de pie en la parada del tranvía, en plena calle, frente a una reja de acero. Le preguntamos si sabía dónde encontrar la calle Swieta Barbara. Señaló hacia una calle empinada, una cuadra a la izquierda, y nos dijo que Santa Bárbara estaba ahí. Nos indicó que debíamos darnos prisa, pues ya comenzaba el toque de queda. Rachela y yo emprendimos la subida y giramos a la izquierda en la calle de Santa Bárbara.
Ya casi llegábamos al número 128 cuando me detuve. "¿Por qué no sigues?", escuché la voz de Rachela, "¿Qué esperas?" Yo me hallaba frente a la casa en que estaría mi hija y, sin embargo, no podía moverme.
Tenía miedo de lo que pudiera haber pasado desde que la dejé. Mientras estaba de pie ahí, inmóvil, en la tarde oscura, vi a un muchacho rubio cuyo rostro me era familiar. Era Paulek Dyrda. Y, como si estuviéramos en otro mundo, escuché su voz llamando: "Marysiu! Marysiu! Twoja mamusia wrocila!" ¡Mirusia! ¡Mirusia! ¡Tu madre ha vuelto!8
Vi a mi hija correr hacia mí y abrí los brazos.
Ella brincó y me estrechó. Sentí su cuerpo junto al mío.
Nos abrazamos y nos besamos, llorando de alegría por encontrarnos vivas.
La sostuve entre los brazos, como en un trance, tocándola una y otra vez para asegurarme de que era real.
Sentí que estaba en un sueño, y que podría despertarme y encontrarme de nuevo en el infierno de Auschwitz. ~
— Traducción de Marianela Santoveña

__________________
1.El decano de la comunidad judía local.- N de la R.
2. Las Sturmabteilungen ("agrupaciones tormenta") o tropas de aslto: pequeños contingentes paramilitares, muy violentos, de los que se sirvieron Hitler y el nazismo al principio. Demasiado numerosos y pulverizados, resultaron difíciles de manejar —además de que juraban lealtad a sus jefes inmediatos, no al Führer. Fueron sustituidos —tras el temprano asesinato de sus líderes principales— por las poderosas y ultradisciplinadas SS (Schutzstaffeln, "relevos defensivos"), la policía militar secreta de Hitler, bajo el mando de Heinrich Himmler, encargada de llevar a cabo la "Solución Final" o asesinato en masa de los judíos, de otras minorías "eliminables" y de los opositores al régimen —alrededor de seis millones de víctimas inocentes—, decidida y ordenada por Hitler y la cúpula del partido nazi, y perpetrada con una muy amplia participación, activa o pasiva, de numerosísimos simpatizantes (decenas de miles o más) provenientes, en primer lugar, de todos los estratos sociales de Alemania y, secundariamente, de los paises aliados a ella u ocupados por ella.- N de la R.
3. "Ultraguía de grupo de tormenta": alto rango paramilitar, equiparable a un brigadier.- N de la R.
4. De etnia alemana. En la vieja Polonia había numerosos núcleos de etnias no polacas: alemanes, luituanos, ucranianos y, desde luego, judíos. Estas etnias no se deinían racialmente (se mezclaban desde siglos atrás), sino por su lengua familiar y sus tradiciones culturales.- N de la T.
5. "¡Largo de aquí, de prisa!".- N de la R.
6. "Habitación de efectos personales".- N de la R.
7. Katowice (en alemán Katowitz) tenía de antiguo una porción minoritaria de población alemana, y habría formado parte del Imperio Alemán de 1870 a 1919.- N de la R.
8. La familia Dyrda recibió la medalla Yad Vashem para los "Justos entre las naciones" por salvar la vida de Mira. el proceso para otorgar este reconocimiento a la familia Copek en Poreba, está en marcha.


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Jueves de Veracruz
por José-Miguel Ullán

A Sergio Pitol


Hoy por hoy, mañana por ti, más palabras, no: ni siquiera Mocambo, fíjate si..., por muuucho que esta noche vaya o no vaya y me desvele yendo o no yendo, entre latidos de impalpables olas, de Azul (ávido azul) al viscoso
Pulque
para dos. Ya sólo

inundaciones. (Lara-larala-laraira-lala — la-lá.) La miradita malva del danzón, la pausa de Moguer para orearse, ¡ay - uf!, el roce convertido en lentitud, ¿qué tal, don Salvador?, los pellizcos reptantes de la marimba en esos cuerpos graves y ufanos, en parejas concretas mientras dure el murmullo, que con dulzura antigua de telarañas vuelven, vuelven y vuelven, muy relativa, ci-ca-tri-za-da, la supuesta armonía de las distancias fijas, ¡ese abanico blanco!, mano por meta, y afirmativos hacen los nutridos pregones y las propuestas hechas al oído, entre la picardía y la necesidad - el anzuelo y el hambre, bajo los renovados ventiladores de enormes aspas colgados en el techo de los portales típicos para dar y tomar, discúlpeme:
—¡Yo solo la di en el chiste!

(Ruido libre de nuez.)

Más palabras, no. —¡Pues que nos sigan
trayendo!
Salvo tal vez, ¡eterna trampa o danzonero eco!, las de ese espabilado viejecito,

cuya voz ahora imitas sin esfuerzo alguno (para acordarte dentro, ándale),
que va de mesa en mesa, serpenteante
(¡cuántos relojes cien por cien piratas!, pulpa en el suelo, miiigas, colillas y gargajos),
aferrado a una cesta grande de mimbre,
se asoma el hule,

puesto que así nos las ofrece al venderse: —Patrón,
¡traigo el chicharrón caliente!


(Y aquí el estruendo logra que crezca luego un diente que pincha al punto un glooobo que claro está que estalla a su debido tiempo o como casi todo: un poco antes,
relincho y cuenta nueva / —Está requeteduro,
de la traca final.)

Estudio de piernas en el estudio
por Enrique Vila-Matas

Hay que lavarse los ojos después de cada mirada, dice un proverbio japonés. Pero, por fortuna, no siempre esto es necesario. No lo es, por ejemplo, con esta fotografía de Hans Finsler, Estudio de piernas, que es de una sobresaliente elegancia. No olvido la primera vez que la vi. Tardé mucho en verla en conjunto porque mi mirada se posó inicialmente en la parte inferior de la imagen, en las líneas brillantes que hay en cada una de las piernas, dos líneas de tono blanco que las recorren de arriba abajo y dan la sensación de que las medias son de seda. Tal vez hasta lo sean, pero eso es lo de menos porque para mí realmente lo importante es que lo parezcan. Y lo parecen. Lo importante es el efecto artificial que el fotógrafo supo darles a esas medias que, recorridas por las dos líneas de brillo blanco, se deslizan como la seda misma hacia dos sublimes zapatos blancos que, al principio, me parecieron de pista de tenis a lo Finzi-Contini, la única familia en la que pienso cuando pienso en el tenis. Aunque con esta foto también pensé en la mía, en mi familia. Y lo pensé por las figuras geométricas del suelo de la casa, idénticas a las de la casa en la que pasé mi infancia.
Primero vi las piernas, después las zapatillas de tenis, y de pronto vi que ni lo eran ni pretendían parecerlo, no eran zapatillas de tenis, pues la sombra de una de ellas delataba un sorprendente puntiagudo tacón. Eso lo cambió todo. Volví a mirar las piernas. Las medias parecían de seda. Los zapatos eran de tacones y ni eran ni parecían de tenis, me había engañado el deslumbramiento de las dos líneas de brillo blanco que se deslizaban hacia unos zapatos que tal vez ni eran plenamente blancos. Y finalmente vi el sillón de mimbre, una de cuyas piernas, la única visible, también era recorrida por un brillo que, por un efecto artístico, parecía de hierro y seda.
Me entusiasmó la fotografía. Y no lo pensé dos veces. Antes de escribir sobre ella, la llevé a enmarcar. En la planta baja de mi inmueble enmarcan cuadros. De un tiempo a esta parte también fotografías. Ahora, esta imagen de Finsler la estoy viendo colgada en la pared de mi estudio. Al atardecer, los postreros hilos del sol del crepúsculo bañan suavemente las piernas de la mujer de la fotografía y también la única pierna visible del sillón de mimbre. Placer visual de todas mis tardes. Placer de hoy, de ahora, al escribir sobre ella, sobre esa lectora anónima que leerá pronto lo que yo ahora escribo sobre ella en la luz de este atardecer en el que mi deseo se extiende sobre la fotografía y las medias de seda. Placer que no se extinguirá ni con el último rayo de luz que se pose sobre lo que ahora lentamente voy viendo. Cuando caiga la noche, me quedaré mirando el color de la falda de ropa antigua y su sombra, ese oscuro espacio a la derecha perfilándose —suntuoso y absoluto— sobre el señorial paso del tiempo.~

Un disparo
por Juan Villoro

El ferry parecía aún más lento que el río. Sólo un crujido metálico sugería que nos movíamos. Flotábamos en aguas de color terroso. El viento soplaba desde la isla, y desperdicié seis cerillos para encender un cigarro. El humo cubrió mi rostro como la huella de una mano en las sábanas. No la vería nunca más. Así me lo dijo en la isla. Sacó las desgracias como si las hubiera doblado y las desplegara para que volviera a hacer con ellas lo que había provocado en su vida. Tenía que irme, aún había un ferry. Habló de horarios mientras yo veía la huella de su mano en la sábana, los pliegues que comenzaban a alisarse.
Exigí detalles, circunstancias que me iban a humillar pero me ayudarían a salir de ahí. Se había enamorado de un masajista de boxeadores. Lo dijo como si eso fuera normal en la isla. "Aquí no hay box", dije. Me vio como si yo no entendiera que la vida se descompone y es rara y exige que alguien se vaya. Luego explicó que el hombre atendía un negocio de videos. Tal vez mencionó lo del box para que me doliera menos ser sustituido por los dedos que habían acariciado cuerpos semipesados. Nosotros nos habíamos aburrido en la isla sin que los videos fueran necesarios. A saber cómo encontró al amante en cuyas manos Bambi parecería un pequeño sarcófago. Vi un papel con los horarios del ferry, escritos por una caligrafía extraña (el último del domingo estaba subrayado). También vi la cámara con la que ella mataba el tiempo en la playa. Le quedaba una foto. Cuando ella se agachó para limpiar una mancha de ceniza, metí la cámara en mi mochila.
Mientras el humo del cigarro me cubría la cara en el ferry, pensé que el masajista podía estar a bordo. Quizá él escribió los horarios y subrayó ese trayecto. Ella lo sabía y quiso que viajáramos juntos para mezclar su futuro y su desastre. Pero yo tenía la cámara; podía descubrir el rostro degradado de tanto acariciar campeones sin corona, dispararle ahí, fijarlo a traición, con infinita venganza.
Entonces vi a la pareja, rodeada de gente que ya no tenía ojos para nada (los domingos cansan, nadie se concentra en las horas finales). Parecían suspendidos en el tránsito inmóvil. Él la besó en la frente, con despreocupada ternura, y luego apartó la vista. Ella cerró los ojos, en un gesto de dicha absoluta, como si cayera dentro de sí misma. Ajena al crujir del ferry, al viento que le agitaba el pelo, todo lo que no fueran los dedos entrelazados del hombre. Seguramente, habían hecho el amor en la isla. Ahora volvían y él miraba lejos.
Los vi con una curiosidad hambrienta. Ella aún no advertía los hombros rígidos, el cuerpo que empezaba a ser indiferente, los ojos que salían de ahí y buscaban la distancia, las cosas que aguardaban en el embarcadero, un destino extenso y ajeno. Pensé que la escena era triste porque yo la miraba y le imponía mi desgracia; poco a poco entendí que la alegría amenazada de la mujer era más terrible que la soledad que comenzaba para mí; me protegía contemplar algo peor: lo que ella iba a sufrir y aún no sufría.
El ferry crujió, como si dudara entre ir y volver. Ella sonreía, para nadie, o para sí misma, que no podía verse. Me quedaba una foto. Dejé de pensar en el hombre que me había sustituido. La felicidad fugitiva de la mujer llegaba como un dolor que no tiene remedio porque todavía no sucede. Yo estaba del otro lado, en lo ya sucedido. Tomé la cámara y disparé. Ella no lo notó. Caía dentro de sí misma, en una pausa entre lo que pasó y lo que aguarda su turno.
Terminé de fumar ante las aguas que no se movían.~


Este texto, así como la imagen, forma parte del libro Fotografía, publicado bajo el sello de Fundación Televisa. El libro se pondrá en circulación próximamente y será presentado el 27 de noviembre en la Feria del Libro de Guadalajara.

Camellos del Corán
por Gabriel Zaid

Un mito más se desmorona: en el Corán sí hay camellos, diecinueve, para ser exactos, afirma Gabriel Zaid en esta elegante refutación de Borges (y seguidores distraídos) y aclaración del aserto original de Gibbon.
Acusado de "evidente desvinculación de México", Alfonso Reyes se defiende desde Río de Janeiro: No "sólo es mexicano lo folklórico, lo costumbrista o lo pintoresco" ("A vuelta de correo", 1932, OC VIII, 428, 441). Ante acusaciones análogas, en Buenos Aires, Borges arguye con un ejemplo memorable: "Gibbon observa que en el libro árabe por excelencia, en el Alcorán, no hay camellos; yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad del Alcorán, bastaría esta ausencia de camellos para probar que es árabe." "Podemos parecernos a Mahoma, podemos creer en la posibilidad de ser argentinos sin abundar en color local." ("El escritor argentino y la tradición", 1951.)
No se sabe si Borges leyó la traducción del Corán que acababa de publicar su viejo amigo Rafael Cansinos Assens (El Korán, Aguilar, colección Crisol, 1951). Se conocieron en 1920, cuando ambos eran poetas ultraístas. Muchos años después, en 1954, Borges participa en un homenaje a Cansinos en Buenos Aires, donde éste acaba de publicar un libro sobre Mahoma y el Korán. Pero Borges incluye en Discusión (1957) el ensayo citado, que retocó (según Pedro Lastra, "Borges, Gibbon y el Korán") sin modificar el ejemplo de los camellos.
De la traducción de Cansinos se hizo una edición mexicana (Mahoma, El Corán, México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, colección Cien del Mundo, 1991), cuyo índice de materias registra cinco referencias a camellos. Pero son muchas más: diecinueve, sin contar las referencias a ganado de carga y caravanas, como puede verificarse. Los números entre corchetes indican el capítulo (sura o azora), versículo (aleya) y página en la edición de Conaculta.
Y de los camellos dos hembras, y de las vacas dos. [6:145, 144]
En verdad, a los que desmienten nuestras aleyas y se ensoberbecen, no se les abrirán las puertas del cielo y no entrarán en el alchenna [paraíso], hasta que no se pase el camello por el ojo de la aguja. [7:38, 150]
He aquí que os llegó una prueba de vuestro Señor, esta camella de Alá [será] para vosotros signo. [7:71, 154]
Y desjarretaron a la camella, y se apartaron del mandato de tu Señor. [7:75, 154] [Desjarretar es cortar las patas por las corvas.]
Cuando vosotros [estabais] en la parte más próxima y ellos en la más lejana, y los camellos más bajos que vosotros. [8:43, 169]
Esta camella de Alá [será] para vosotros una señal; dejadla, pues, que coma en la tierra de Alá y no la maltratéis. [11:67, 205]
Y guardaremos a nuestro hermano, y aumentaremos la medida de una carga de camello. [12:65, 215]
Echamos de menos la copa del rey, y a quien la traiga [daremos] la carga de un camello. [12:72, 216]
Y trajimos a Tsamud la camella, visible, y la maltrataron. [17:61, 250]
Vengan a ti los hombres a pie, o sobre todo camello estirado. [22:28, 290]
Y los pingües [camellos] los pusimos para vosotros, de los ritos de Alá. [22:37, 291]
Esta camella beberá, y vosotros beberéis, un día sabido. [26:155-157, 323]
Nosotros [somos] enviadores de la camella, prueba para ellos. [54:27, 458]
Y llamaron a amigo de ellos, y sacó y cortó [las ancas de la camella]. [54:29, 458]
No corristeis sobre ello con corceles o camellos. [59:6, 475]
Como si fueren camellos pelirrojos. [77:33, 517]
Y cuando las uscharas [camellas que ya pueden cargar] queden abandonadas. [81:4, 524]
¿Es que no miran al camello, cómo fue creado? ¿Y al cielo, cómo fue elevado? [88:17-18, 537]
Y les dijo el enviado de Alá: Camella de Alá, ¡abrevadla! Pero lo desmintieron y la desjarretaron, y los aniquiló su Señor en sus pecados. [91:13-14, 541]


Hay tres veces más camellos en la Biblia que en el Corán. Pero ninguna de las referencias (57, según la Concordancia de las Sagradas Escrituras de C.P. Denyer) los presenta como señal y don de Dios para su pueblo. Además de que la Biblia es más extensa que el Corán (unas ochocientas mil palabras contra ochenta mil).
Lastra se tomó el trabajo de buscar lo que dice Gibbon, lo encontró en la nota 13 del capítulo L y descubrió que se refiere, no a los camellos, sino a la leche de camella: "Mohamed himself, who was fond of milk, prefers the cow, and does not even mention the camel." Lo cual hace a Borges más responsable de la afirmación. O no la verificó en el Corán, o no le importó, complacido con el argumento. Si non è vero, è ben trovato.
El Corán está en línea, con buscadores para localizar cualquier palabra (en árabe, español, inglés, francés), en www.coran.org.ar de Argentina, www.hti.umich.edu/k/koran/ de la Universidad de Michigan y otras partes. Se encuentra información sobre Cansinos en www.cansinos.org, de la Fundación Archivo Rafael Cansinos Assens, que escribe los apellidos sin acento ni guión, aunque muchos escriben Cansinos-Asséns. (Su madre era Assens y su padre Cansino, apellido que el escritor transformó en Cansinos, como Margarita Carmen Cansino —su prima lejana, según él— se transformó en Rita Hayworth.) El artículo de Lastra puede localizarse en Google. El libro de Edward Gibbon, The decline and fall of the Roman Empire, puede leerse en The Online Library of Liberty (www.libertyfund.org). Hay muchos lugares en la red dedicados a Borges o Reyes, pero no permiten leer sus obras en línea, que sería utilísimo.
A la antigüita, puede verificarse que, cuando el joven Héctor Pérez Martínez criticó su "evidente desvinculación de México", Alfonso Reyes no estaba en el Olimpo, ajeno a toda preocupación nacional. Estaba de embajador en Brasil, informando por esos días "a la superioridad" que "hace dos años vengo procurando una clasificación [aduanera] especial para el garbanzo, que permita importarlo directamente de México" y espero dar "buenas noticias dentro de breve plazo" (Misión diplomática II, 116).~
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Música de despedida. Alegato con delirio
por Rafael Lemus

En el número anterior de Letras Libres, el narrador Eduardo Antonio Parra entregó un artículo que polemizaba con el ensayo "Balas de salva" (Letras Libres 81), de Rafael Lemus. En uso de su derecho de réplica, el crítico responde y propone una poética del ademán como género literario.
Señores del jurado, me declaro culpable. Otros, más sabios que yo, han decretado la grandeza de la literatura del Norte y yo discrepo. Críticos y lectores han coincidido, fraternos, en su júbilo y yo disiento. Intenté, lo juro, compartir su entusiasmo pero me vencieron los bostezos. Supongo que tengo justificaciones: vivo en la ciudad de México, soy de clase media, una miopía atroz me tortura. Me declaro también, de paso, azorado: no sabía que se me exigía sumarme al juicio de los otros. Eso me demanda, al menos, Eduardo Antonio Parra en un texto escrito para rebatir otro mío [Letras Libres no. 81]. Comienza su alegato confesando su asombro: unos, muchos, han dicho tal cosa y yo, uno solo, digo otra. No hay consenso, vaya asunto. Por fortuna su sorpresa languidece pronto y da paso a pasiones menos infantiles: el enojo, la ironía, el morbo, hasta concluir en una mueca, acaso una sonrisa. Mi espíritu es más pobre: su texto me provoca pocas cosas. Escribo por inercia.
¿Señores del jurado? ¿Culpable? Disculpen el melodrama. Es sólo que soy, como repite nuestro polemista, demasiado joven. Tengo diecinueve o veintiocho años, ya no recuerdo. De ser menos joven, eso es seguro, sería un adulto agradecido. Agradecería a Parra, por ejemplo, fijarse más en mí que en mis argumentos. Una curiosidad malsana salpica aquí y allá su texto: qué leo, cómo leo, qué sería de mí y de mi rabia en Argentina. (En Argentina, aclaro, bailaría tangos, comería alfajores, penetraría porteñas.) Su morbo no auspicia conjeturas inspiradas. Esto sugiere después de pensarme: me gustan los "relatos teóricos", desprecio el "realismo", disfruto aquello que —si entiendo bien una de sus frases trabajosas— es "raro" en México. ¿Relatos teóricos? ¿Despreciar el realismo? Me da pena (es un artificio: no soy penoso) explicarle a Parra lo siguiente: todos los relatos son teóricos, no se puede abjurar del realismo sin abjurar de la literatura toda. Cualquier escrito literario supone, así sea involuntariamente, una teoría: una apuesta conceptual, una postura ante la tradición, una manera de concebir la literatura. La crítica se ocupa, justamente, de desmontar ese esqueleto teórico. Lo mismo ocurre con el realismo: toda literatura es realista. Es decir: representa, con distintos recursos, a veces fantásticos, experiencias ocurridas fuera de los libros, en eso que por comodidad llamamos realidad. Así que no, lo siento: no abjuro del realismo porque aún me gusta la literatura. Sólo eso me gusta, de hecho. ¿México? Cómo podría gustarme.
El origen de la palabra polémica puede ser militar pero su ejercicio demanda, como quería Groucho Marx, lo contrario: inteligencia. Levantar unos argumentos para derruir otros. Oponer ideas alternas a las rebatidas. Pensar en voz alta. Parra argumenta poco, casi nada. Dedica su texto a citar mis tesis, a traicionarlas mientras las cita y a rebatirlas mientras las traiciona. Es usual su estrategia: no discutir nada que no haya sido previamente malinterpretado. Quisiera (otro artificio: no deseo nada) discutir algunas ideas pero la inexistencia de las suyas me obliga a ser sólo puntilloso. No dije eso, dije esto otro. No dije por ejemplo, como señala Parra, que la literatura del Norte fracase por ser realista. Toda literatura, insisto, lo es. Dije, y prometo no citarme: buena parte de la literatura del Norte fracasa por su tipo de realismo. Describí: un realismo más atento a la acción que al tedio, a lo público que a lo privado, a los hechos que a las emociones. No lo dije entonces pero lo digo ahora: un realismo que, bajo el pretexto de escuchar el mundo, desatiende los llamados de la forma. ¿Que no toda la literatura del norte es así? Nunca sugerí lo contrario. Festejé las excepciones, subrayé: hay, hubo, debería haber, otros realismos.
Escribe Parra que reduzco toda una literatura (la del Norte) (norte de México, un país al sur de Estados Unidos) a un solo tema: el narcotráfico. Si lo hago, me festejo. Ésa era, entre otras, mi intención: afirmar que una narrativa tan empecinadamente "realista" retrataría, casi por carambola, al narcotráfico. Hay, quién lo duda, más temas en ella: emigrantes, sexo, circos en el desierto. Pero mi ensayo no trataba, ay, sobre emigrantes, sexo o circos en el desierto. No me cuesta refrendarlo: toda literatura escrita en el norte de México alude, directa o indirectamente, al narco. El mismo Parra, tras censurarme, me confirma. Escribe sobre el narcotráfico: allá arriba "la vida está inmersa en él [...] todos tenemos algún conocido que milita en sus filas [...] es un fenómeno integral, capaz de cimbrar —no de destruir— todos los aspectos de la existencia humana". Coincido y pregunto: si el narco está tan presente en la realidad norteña, ¿cómo describir esa realidad sin aludir a él? ¿Es reduccionista o lógico afirmar que si se quiere retratar la vida, y la vida está "inmersa" en el narcotráfico, hay que sugerir el narcotráfico? (Es tan lógico como cacofónico.) Para no contestar Parra me regaña: el narco no es como yo, defeño clasemediero, señalo. Hay violencia pero la violencia es apenas un elemento más. Para persuadir echa mano del regionalismo: él lo sabe porque es de allá, yo no porque soy de aquí. Le concedo eso si él me concede que yo, por ejemplo, sé más del amor porque una vez, creo, ya no recuerdo, casi tuve sexo.
Ante la pobreza de sus tesis, una sospecha: molestan menos a Parra mis argumentos que mi manera de expresarlos. Una y otra vez no encuentra mis comentarios falsos sino exagerados. Una y otra vez me atiende más a mí que al tema. Una y otra vez opina que vocifero demasiado. Todo, casi todo, lo asombra. Que me exhibo y me autojustifico. Que no manifiesto las lecturas que dan sostén a mis juicios. Que mis juicios, por Dios, son radicales. Puede disfrazar su asombro pero apenas si me engaña: lo que le molesta es cierta crítica literaria. Yo acuso: Parra no tolera el protagonismo de la crítica. Acuso y, de algún modo, lo disculpo: no está sólo en su molestia, una tradición contraria a la crítica radical lo cobija. Quisiera Parra una crítica modesta, de medio tono, tan atenta a la pluralidad como para ser incapaz de arrojar cualquier juicio. Una crítica servil, al servicio de los autores que analiza, inconsciente de sí misma. Crítica subsidiaria, perdida en el reparto, apéndice apenas de las obras literarias. "Lo que no se tolera —escribía Roland Barthes en 1965— es que el lenguaje pueda hablar del lenguaje." Tampoco, hoy, que un lenguaje, el de la crítica, se afirme tan válido como el de la literatura.
De haber un jurado caminaría hacia ellos, alisaría mi cabello y diría: señores del jurado, ésa es la cuestión. No la literatura del Norte, sobre la que el señor Parra no aporta nuevos argumentos. No el narcotráfico. Ni siquiera esto o aquello. La crítica y la literatura, eso, sobre todo eso. Agitaría dramáticamente unos papeles en la mano y diría: esto, pruebas. ¿Mis pruebas? Además del texto polémico de Parra, sus reseñas, publicadas en esta misma revista. En ellas Parra ejerce eso que, tácitamente, defiende en su texto: una crítica modesta, sedada. Notas sin ningún vuelo literario, carentes de violencia, sordas a su propia problemática. Notas sintomáticas, castigadas por los rasgos que definen a casi toda nuestra crítica: nulo arrojo teórico, poco interés en los mecanismos formales, ningún intento de afianzar un lenguaje capaz de hablar de otro lenguaje. Eso y, animando todo eso, una certeza triste: la crítica literaria no es, no puede ser, literatura.
Señores del jurado, concluyo, si me lo permiten, mi alegato. (Música de despedida.) La crítica literaria es, puede ser, debe ser, literatura. Tan válida como la poesía. Tan creativa como la narrativa. Su oficio no es seguir a los autores sino afirmarse, con ayuda de ellos, como una voz aparte. Debe oírse tanto a sí misma como a los otros. Usar a los autores antes que dejarse usar. No es menos significativa que la ficción: una inventa realidades, la otra sentido. Es, como la poesía, un intento de decir lo indecible: el genio de unos autores, la extrañeza de ciertos libros, el placer de la lectura. ¿Exagerar? Todo el tiempo. No hay manera de defender un punto sin recargarlo. No hay manera, tampoco, de crear sin delirar. La crítica literaria debe delirar. Que lea a los clásicos como contemporáneos y a los contemporáneos como clásicos. Que emule y parodie. Que sea a veces ficción y otras ciencia, de pronto aforística o torrencial, nunca previsible. Que hable, también, de sí misma. Siempre. Por una razón: es tan significativo lo que ocurre entre un libro y la realidad como lo que pasa entre los libros y la crítica. ¿Sembrar discordia? Una vez y, después ante la alarma, otra y otra vez. La crítica no está ahí sólo para guarecer una tradición sino para poner otras en crisis. ¿Callarse? Sólo si el resto lo hace. Se dice para menospreciarla: depende de una creación previa, es posterior a la novela o a la poesía. Ésa es, señores del jurado, su ventaja decisiva: la crítica aguarda, dirá la última palabra.~

Thomas Mann (1875-1955)
Brevísimo diccionario
por Christopher Domínguez Michael

La obsesión de la crítica vigesémica por desterrar al autor terminó por conducir al callejón de los estudios culturales: sin artista, la obra queda en sociología. A saludable contracorriente, Christopher Domínguez Michael revisa los pliegues en que se confunden Thomas Mann y sus libros a cincuenta años de su muerte.
A la memoria de JGP, por supuesto
Auden, W.H. El entonces joven poeta inglés aceptó la petición de Christopher Isherwood de casarse con Erika Mann, apenas unas horas antes de que el Tercer Reich despojara en 1935 a la mayor de las hijas de Mann de la nacionalidad alemana, brindándole así la protección que correspondía a la esposa de un súbdito británico. Auden llegó a sentir algo más que un tierno afecto por la hiperactiva Erika, la única mujer que cubrió el juicio de los criminales de guerra en Núremberg. Quienes la vieron en esos días, con su uniforme de campaña del ejército de Estados Unidos, la describieron tan hermosa como Diana y tan segura de sí misma como la diosa Atenea repartiendo justicia.

Autobiografía. No ha habido escritor menos escrupuloso que Mann a la hora de retratar en su literatura los rostros apenas disfrazados de sus seres queridos. En la búsqueda de un personaje, Mann no perdonaba ni al más querido de sus nietos, cuya muerte imaginó con el propósito de escribir una escena análoga para Doktor Faustus. Toda la obra de Mann es una novela familiar, en la que el escritor es un padre de familia creador y destructor sólo equiparable al Dios del Antiguo Testamento.

Buddenbrook (1901), Los. "La asombrosa fluidez del desarrollo de Los Buddenbrook, la natural unión que se muestra continuamente en la novela entre lo cotidiano y lo significativo, que le da el gran peso y la gravedad de una redonda obra maestra en la que nada resulta gratuito y todo parece inevitable a pesar de la juventud de su creador y que no deja de admirarnos en ningún momento, es producto también de esa afortunada coincidencia entre lo colectivo y lo particular que hace posible lo que podríamos considerar las grandes obras naturales, que nacen precisamente de la coincidencia entre la visión del autor y las exigencias del momento. La crónica de la decadencia de una familia que Thomas Mann nos narra es también la crónica del fin de una época sin que el escritor necesite violentar en nada el curso de las acciones." Juan García Ponce, Thomas Mann vivo, 1972.

Brecht, Bertold. El gran dramaturgo tenía por motivo de gloria vestirse como vagabundo y se enorgullecía de las semanas que permanecía sin bañarse. Brecht creía que la mugre le daba un aura de santidad medieval, el apestoso prestigio de un eremita. No es extraño que escribiese algún poema satírico donde se burlaba de Mann por la esmerada atención que ponía el novelista en la limpieza de su atuendo y en su higiene personal. Sin duda, la mutua antipatía que se profesaban tenía motivos más profundos: uno y otro representaban dos maneras radicalmente opuestas de vivir la República de Weimar, pues Brecht, nacido en 1898, más bien formaba parte de la generación de los hijos de Mann. Pero la distancia se agravó en los años del nazismo y la guerra, durante los cuales —aun mientras los aliados bombardeaban las ciudades alemanas—, Mann no renunció a hacer corresponsable al pueblo alemán del dominio hitleriano. Esa disonancia moral enfurecía a los comunistas como Brecht, cuya tarea propagandística implicaba hacer pasar a la gran mayoría del pueblo alemán como víctima inocente del terror y la miseria del Tercer Reich.

California. "Nos avergüenza estar hurgando en vidas ajenas y al mismo tiempo no podemos evitarlo. La misma sensación de haberme colado en un mundo al que no había sido invitado la viví hace unos cuantos meses al visitar con el amigo perfecto, Efraín Krystal, un gran conocedor de Mann, la residencia donde vivió durante poco más de una década, en Pacific Palisades, un barrio de Los Ángeles. Aprovechamos la buena disposición del ejército de jardineros mexicanos que podaban las arboladas cercas del jardín; la lengua común nos sirvió de santo y seña. Pasear por los prados, estar en la terraza tantas veces contemplada en fotografías, la misma donde Mann acostumbraba tomar café con su familia y algunos privilegiados visitantes, contemplar la arboleda que rodeaba la casa con una grandiosidad que sólo se antoja calificar de wagneriana, me produjo una emoción desmedida. Imaginé el estupor que aquel hijo del Norte debió haber experimentado cada vez que al llegar a casa topara con ese paisaje sólo parecido al de los primeros días de la creación, vislumbrado en la infancia en los álbumes o en relatos de su madre brasileña. En esa casa, Mann concluyó el último de los volúmenes de José y sus hermanos; allí mismo concibió, escribió, sufrió y concluyó el Doktor Faustus." Sergio Pitol, El arte de la fuga, 1996.

Diarios. Marcel Reich-Ranicki, el gran crítico alemán que ha hecho de la custodia de la obra de Mann su misión, da a entender que existe un club —que en México le tocaría presidir a Sergio Pitol— de adictos a los Diarios de Mann, al que no pertenecen necesariamente quienes disfrutan de La montaña mágica o del Doktor Faustus. Escritos en una prosa detestable —lo dice Reich-Ranicki—, los Diarios son célebres por sus supuestos y escandalosos defectos. A algunos lectores les molesta la juguetona ambigüedad con la que Mann narra su vida erótica, colmándola de enigmas por descifrar para la posteridad. Y a los hipocondríacos, en cambio, nos interesa esa descripción pormenorizada que Mann hace de sus ciclos intestinales, indiscreción que tanto disgusta a los apolíneos y a los pedantes.
Mann quemó, a mediados de los años treinta, buena parte de sus diarios, conservando, al principio por descuido y luego por cálculo, los cuadernos correspondientes a 1918-1921 y a 1933-1955. Los Diarios son un libro tan útil para entender qué es y qué no es un escritor moderno, como lo son las Conversaciones con Eckermann, de Goethe. Las rutinas de Mann son lo contrario del tedio, una colección de manías donde la familiaridad con la gloria es un espectáculo soberbio. Destaca en los Diarios, inevitablemente, la eficacia y la elegancia con la que Mann atravesó noblemente esa lucha contra el nazismo en la que nadie habría contado con él. Y no menor es la atención perfeccionista que el escritor ponía, durante esos viajes trasatlánticos a Estados Unidos antes de la Segunda Guerra, en el arte de hacer y deshacer sus maletas. Mann, que se concebía a sí mismo como un genio cómico, desconocía el sentido del humor en tanto que ironía dirigida contra sí mismo, lo cual, finalmente, lo torna muy antipático para no pocos lectores. Yo me cuento quienes les asombra esa aura de majestad que tan naturalmente caía sobre su vida entera, dotando de grandeza casi todo lo que tocaba: los nietos, los perros de la familia, la literatura, Alemania, la sonrisa de un camarero, los hospitales, un paseo por el bosque, los buenos oficios de una enfermera.

Doktor Faustus (1947). Hay a quienes escandaliza el faustismo de la cultura alemana, y a quienes no satisface la interpretación fáustica que Mann hace, a través del músico Adrian Leverkühn, del nazismo, pues ven en la posibilidad de que el alemán se arredre de pactar con el diablo el verdadero origen de la tragedia. Mann no está exento, sin duda, de ese equívoco orgullo, a su manera también demoníaco.

Erotismo. Tan extraña es la posteridad que Thomas Mann, a principios del siglo XXI, es leído como un autor casi únicamente erótico. Tal cual él lo previó, al ordenar que sus diarios íntimos fuesen publicados tan sólo veinte años después de su muerte, su biografía ha ido cambiando a la luz del tiempo. Pasados los tiempos de la muerte del autor, Mann se convierte en el autor ante el Altísimo. Basta que él mismo haya anotado, en una página íntima de 1918, que toda su obra debía de leerse en los términos de su inversión sexual, para que toda sus novelas sean leídas bajo esa lógica, convirtiendo a Mann en el depositario final de la interpretación de sus textos, en este caso desprovistos escandalosamente de toda autonomía.
De Hanno Buddenbrook a Adrian Leverkühn, pasando por Tonio Kröger y Gustav von Aschenbach, se ha llegado a decir que todos los héroes masculinos de Mann —dado que en su obra las mujeres suelen no tener mayor protagonismo— anuncian la edad de oro de la cultura gay. A quienes sostienen lo anterior no les falta razón en ciertos aspectos: por ejemplo, Mann fue el primero en pretender que sólo la personalidad homoerótica de Chaikovsky explica la clase de sentimentalismo que anega sus conciertos y sinfonías. Pero también convendría no olvidar la interpretación que del erotismo en Mann se hacía antes de la publicación de sus Diarios en 1975, cuando el escritor salió póstumamente del clóset, y antes, también, de la proliferación de los estudios de género. En aquellas antiguas lecturas, acaso timoratas a nuestros ojos, se insistía en que para Mann la orientación sexual (y la genitalidad, estrictamente hablando) formaba parte del orden clasicista de lo bello, es decir que el género de Tadzio, el efebo de La muerte en Venecia, es secundario ante el espectáculo crepuscular de su belleza. Si todos tenemos los dos sexos del espíritu, la verdadera belleza sólo puede ser hermafrodita.
Thomas Mann intentó conciliar dos ideas muy viejas y acaso mutuamente excluyentes de la sexualidad. Una, alimentada en el fin de siglo por el decadentismo, presentaba la homosexualidad como una perversión santificada, propia de elegidos, que se debía y podía ocultar bajo la solemne fachada del rey burgués de la literatura alemana. Pero contra esa ocultación se rebelaba otro Thomas Mann, el heredero de Goethe, el fauno y el panteísta, el pagano que creía que todo amor, incluso el incesto, es natural porque ocurre bajo la autorizada e infalible vigilancia de la naturaleza. Curiosamente, esta última visión (y no la primera) fue la que el escritor vivió en familia, absteniéndose de deplorar el lesbianismo de Erika o la homosexualidad de Klaus o de Michael Mann. Y las propias aventurillas del viejo Thomas, infatuaciones platónicas suscitadas por meseros, ocurrían bajo la mirada cómplice de Erika, quien sólo deseaba que su padre no se expusiera al escándalo público. Mann, cuya fama de padre autocrático quizá sea inmerecida, nunca predicó la doble moral en casa ni pidió a sus hijos esa renuncia erótica que a él se le atribuye. Lo que Mann no toleraba ni perdonaba era que sus hijos careciesen de talento. Eso era la única y verdadera contranatura.

Freud. El reconocimiento crítico de Mann fue, para Freud, como un tronco de madera para el náufrago: la única prueba que el fundador del psicoanálisis recibió de que no moriría, como Moisés, antes de tocar la tierra prometida.

Gide, André. Gide y Mann se profesaban mutua admiración y, de alguna manera, el escritor francés se hizo cargo de esa dirección espiritual que Klaus Mann pedía a gritos, lo que su padre no dejó de agradecer. A Thomas, empero, lo escandalizaba un poco la ostentación que Gide hacía de su homosexualidad. La pederastia propiamente dicha, de la que Gide se gloriaba —y que actualmente lo habría llevado de inmediato ante un tribunal—, a Mann le parecía vulgar e inconcebible.

Hesse, Hermann. Aunque era mucho lo que los unía y llegaron a tener una buena amistad, los encuentros de Hesse y Mann, en Suiza, semejan la celosa atracción que un comerciante siente por otro. Las regalías, la mala fe de los editores y la necesidad de que algunos de sus libros continuasen circulando en Alemania, pese al nazismo, constituían uno de los temas centrales de su relación. A Mann, por otro lado, le molestaba la comodina indiferencia que Hesse manifestaba ante la política. Y a Hesse, esa especie de abuelo de los hippies, le daba risa la estirada formalidad que imperaba, a la hora de la cena, en casa de los Mann.

Hitler. Una de las pocas observaciones profundas que sobre la personalidad de Hitler ha postulado la historia proviene de Mann, de un texto poco conocido de 1939, titulado "Mi hermano Hitler". Mann sugiere en esta pieza que la vocación demoníaca de Hitler sólo puede provenir del colosal resentimiento de un pintorcete que, anhelante de prestigio, sale de la bohemia gracias al fanatismo. Ese Hitler romántico que venga su fracaso incendiando el mundo, ese pirómano, sólo puede ser un artista que, como el propio Mann dice que él lo fue, se nutrió desordenadamente de Schopenhauer, de Nietzsche, de Wagner. Por ello Mann decía que él y Hitler eran hermanos, es decir, hijos de la misma cultura y alimentados por la leche envenenada del romanticismo. Esa negativa a desentenderse del caso Hitler, confinándolo a la patología teratológica, esa decisión de tomarlo personal, familiarmente, sacándolo del armario, es una de las audacias menos reconocidas de Mann, para quien lo demoníaco también formaba parte de la realidad del mundo, de aquello que paganamente se entiende como lo divino.

Homosexualidad. Según Anthony Heilbut, el más osado entre los biógrafos recientes de Mann, la historia amorosa del joven Thomas Mann con Paul Ehrenberg fue una relación homosexual en toda la regla. Los especialistas ven actualmente con indulgencia aquella declaración del historiador Golo Mann, el más joven (y el más conservador) de los hijos de Thomas, donde decía que la homosexualidad de su padre nunca había ido más allá de la cintura. Pero tampoco puede dudarse, como lo muestran los Diarios, que Thomas llevaba con su esposa Katia una vida sexual activa y satisfactoria. La bisexualidad es una condición que el común de los mortales no podemos ver sino con escándalo, como si fuese propia de semidioses esa capacidad de viajar, de manera voluntaria, entre las más distantes esferas del ser.

José y sus hermanos (1933-1943). La obra a la que Mann le dedicó dieciséis años de su vida permanece como uno de los libros menos leídos de la literatura universal. Con la excepción de Juan García Ponce, creo no haber conocido a nadie capaz de concluir con la lectura de la intimidatoria tetralogía. Pero el asunto dista de ser exclusivo de la lengua española. En The Cambridge Companion to Thomas Mann (2002), el único texto que Ritchie Robertson, el compilador, mandó traducir del alemán es precisamente el estudio dedicado a José y sus hermanos, reconocimiento tácito de que no hay en inglés un conocedor experto del libro. ¿Cuál es el misterio que torna inaccesible una obra escrita por Mann para ser apreciada por varias generaciones? Sospecho que estamos ante un colosal error de lectura. Es raro el lector que se sumerge impunemente en Ulises, en En busca del tiempo perdido o en El sonido y la furia, mientras que nadie nos previene de que José y sus hermanos, contra la apariencia un tanto didáctica y legendaria del relato (y acaso también en contra de las intenciones del propio Mann), es una obra en verdad difícil, que exige tanto de nosotros como Joyce, Proust o Faulkner. La tetralogía se mide con el Antiguo Testamento, como Ulises se refleja en la Odisea. Tan ambiciosa para la literatura como la obra de Sir James Frazer para la antropología, José y sus hermanos habla del primero de todos los destierros, el exilio bíblico. Es una averiguación arqueológica monumental, un trabajo de campo en el origen mismo de la historia en tanto que incursión filológica en la caída en el tiempo. Pero casi nadie se siente tentado a agradecerle a Mann esa obra. Quizá sea cierto que es un libro ilegible, pese a su conservadora apariencia, como se supone que lo es Finnegans wake.

Kafka, Franz. Kafka leyó con admiración a Mann y Mann leyó con admiración a Kafka. La larga vida de Mann permitió que Kafka fuese primero su discípulo y luego su maestro, como le había ocurrido a Haydn con Mozart.

Mann, Heinrich. Papanatas, cursi, liberal blandengue convertido en estalinista, narrador justamente olvidado y otras lindezas son las cosas que habitualmente se escuchan sobre Heinrich Mann (1871-1950). Todos los intentos de rehabilitación del ilustrado Heinrich, amigo de la Revolución Francesa primero y de la Revolución Rusa después, han fracasado y, al final, la opinión que Thomas tenía sobre su hermano mayor ha acabado por ser la de la posteridad. Heinrich, quien en mucho contribuyó a formar a Thomas durante aquellas vacaciones de juventud en Italia, fue quien abrió el fuego durante la Primera Guerra Mundial, denunciando en su hermano menor la encarnación del literato reaccionario y militarista, guillermino y prusianizante. Y cuando en 1922 Thomas, gravemente impresionado por la violencia política, decidió apostar un tanto abruptamente por la República de Weimar y por la democracia parlamentaria, tal pareciera que sólo lo hizo para quitarle a su hermano mayor su enorme prestigio como hombre de izquierda. Si la fama literaria había sido ganada por Thomas con Los Buddenbrook, lo mismo ocurrió con esa celebridad política que lo transformó, de joven conservador a viejo socialdemócrata, en el más escuchado y aclamado de los escritores antifascistas, al grado que Roosevelt llegó a pensar en él como presidente de la Alemania posthitleriana.
Viviendo a expensas de Thomas en California, Heinrich murió cuando se disponía a unirse, en calidad de escritor oficial, al régimen comunista de la República Democrática Alemana. No había día más amargo para Thomas, según confiesa en sus Diarios, que aquel en que llegaba el correo con algún libro nuevo de su infortunado hermano. Leer a Heinrich le parecía una tortura.

Mann, Klaus. De los seis hijos de Mann todos acabaron por ser, de una manera u otra, escritores. Tres de ellos, dos hijos y una hija, fueron homosexuales. Dos de ellos se suicidaron. Y ninguno como Klaus (1906-1949) se esforzó tanto y tan fallidamente por brillar con luz propia. Si no fuese por la versión cinematográfica que István Szabò hizo de Mephisto, la novela de Klaus Mann, su nombre rara vez saldría de las biografías de su padre. Y hay un relato donde Klaus enfrenta a Thomas —Novela de niños— que debería leerse junto a la kafkiana Carta al padre, como un libro clave en la exploración de lo filial. Hombre atormentado por las drogas y por una homosexualidad vivida abiertamente, Klaus se suicidó, tras varios intentos, en Cannes. Fue, como su padre lo recordó casi con satisfacción, un artista mediocre. Pero quien lea sus diarios y memorias, encontrará en Klaus a un liberal de una lucidez extraordinaria, el muchacho que puso en las manos de su padre el hilo para salir de las tinieblas de la Alemania nazi.

Mann, Katia. La esposa de Thomas, la madre de sus hijos, murió el 25 de abril de 1980, poco antes de cumplir los noventa y siete años. "En mi vida", según registra Reich-Ranicki, "nunca pude hacer lo que habría deseado".

Montaña mágica (1924), La. La tonada, que viene de Lukács (y no todo lo que viene de Lukács es malo), dice que Mann fue o el último escritor burgués o el último escritor del siglo xix en el XX. Debe rechazarse ese lugar común, irrelevante en estos tiempos en que la vanguardia (a la cual Mann no perteneció) se ha convertido en el más museográfico de los clasicismos. Sólo un genio contemporáneo podía llamar a cuentas a la Alemania de Hitler (que para Mann también era la de Goethe y de Nietzsche) recurriendo a la leyenda fáustica, como él lo hizo en el Doktor Faustus. Nadie fue más siglo XX, o al menos encarnó mejor su primera mitad, que Mann y su familia. Harold Bloom, con esa manera encantadora de ser anticuado que tiene, afirma que no hay libro más actual que La montaña mágica. Puede que exagere, pero, si se trata de exponer dialógicamente toda la trama ideológica que dividió al mundo entre 1914 y 1989, no queda sino recurrir a la batalla entre Naphta y Settembrini, las dos caras de la moneda que atraviesa la modernidad, el supremo conflicto de ideas, el trueque de atributos.

Musil, Robert. Nadie fue tan severamente certero con Mann como Musil en sus propios Diarios, cuando presentó objeciones como la que sigue: "Cabe esgrimir contra Thomas Mann que recuerda a un muchacho que ha practicado el onanismo y que luego se convierte en padre de familia. El conocimiento de la inmoralidad y su superación por parte del hombre normal, esa inmoralidad ya inocua y a la que Thomas Mann alude con un guiño de complicidad, sólo puede referirse a eso. ¿Y a qué se dedica su pupilo Castorp todo el tiempo en La montaña mágica? ¡Evidentemente se masturba! Pero Mann priva a sus personajes de órganos sexuales, como si fueran de yeso" (octubre de 1932).

Orígenes del Doktor Faustus (1949), Los. Cuando yo tenía diecisiete años, Rafael Castanedo me hizo un regalo perfecto: un ejemplar de Los orígenes del Doktor Faustus acompañado de un casette con una selección de la música a la que Mann va aludiendo a lo largo de la novela y de ese fabuloso libro testimonial que cuenta su escritura. Ese gesto me abrió, de un solo golpe —cuyo eco no cesará sino con mi vida—, el mundo de la escucha musical y de la creación literaria. El universo se pobló de personajes excéntricos como T.W. Adorno (quien auxilió a Mann en la comprensión de la dodecafonía) y de discos de Schoenberg (quien obligó a Mann a reconocer en un epílogo su sitio indiscutible como creador de esa música). Gracias a ese regalo leí a Nietzsche (uno de los modelos de Adrian Leverkühn) y escuché el cuarteto de Hugo Wolf, las sinfonías mahlerianas o la sonata opus 111 de Beethoven, de la misma manera en que vi un destino completo en la escena en que Mann guarda la biblioteca que le sirvió para escribir y documentar José y sus hermanos y pone manos a la obra en la escritura de Doktor Faustus, una epopeya contra el mal.

Schoenberg, Arnold. No tiene razón Reich-Ranicki cuando dice que una de las debilidades del Doktor Faustus es la escasa pasión que Mann sentía por la música contemporánea que, encabezada por Schoenberg, se vio obligado a convertir en el corazón de su novela. Creo al contrario, con Ronald Hayman, que el supremo esfuerzo de un hombre como Mann, que se sentía el último de los románticos, por comprender la música posterior a Brahms se cuenta entre sus logros titánicos.

Sontag, Susan. A los catorce años, Susan Sontag y un amiguito de la escuela, ya entonces devotos de Thomas Mann, tomaron el directorio telefónico e hicieron cita para tomar el té con el gran escritor alemán, lo que ocurrió en la tarde de un sábado de 1947, en la casa del 1550 de San Remo Drive, Pacific Palisades. Mann trató a sus imberbes invitados con una cortesía exquisita y con una solemne generosidad. Extrañamente, Sontag se tardó muchos años en contar el episodio. Se avergonzaba de un atrevimiento que yo pondría sin vacilar en el libro de oro de las anécdotas literarias más edificantes.

Visconti, Luchino. En la ya larga historia de las irremediablemente conflictivas relaciones entre el cine y la literatura, quizá no haya momento de mayor armonía que la película de 1972 que don Luchino Visconti, conde de Modrone, consagró a La muerte en Venecia (1911) de Thomas Mann.~


Historia de la vida cotidana en México
por Enrique Serna

La historia de las grandes transformaciones políticas y sociales ofrece un visión incompleta del pasado: para saber de verdad cómo se han ido gestando las naciones y las culturas, la reconstrucción del mundo antiguo debe recuperar las minucias de lo cotidiano. Durante siglos, la novela, definida por Balzac como "la historia de la vida privada de las naciones", desempeñó la función ancilar de reflejar la cotidianidad omitida en los libros de historia. Por fortuna, los historiadores modernos han recuperado ese campo de estudio con un rigor documental que la novela no puede ni quiere alcanzar. En México, desde hace varias décadas, muchos especialistas en historia de la cultura, en historia económica y en historia de las mentalidades han explorado con erudición y talento la vida cotidiana de los antiguos mexicanos, pero sus trabajos estaban dispersos, y a menudo, sepultados en publicaciones académicas inasequibles. Ahora, por fin, tenemos una obra de carácter enciclopédico que reúne buena parte de esas aportaciones: la Historia de la vida cotidiana en México (FCE-Colmex) dirigida por Pilar Gonzalbo Aizpuru.
Según la cuarta de forros, "...el proyecto surgió en 1998, en un seminario de investigación de El Colegio de México, y creció para convertirse en una empresa compartida por varias decenas de investigadores de instituciones nacionales y extranjeras". Hasta la fecha han aparecido los tres primeros tomos de los seis que forman la serie: Mesoamérica y los ámbitos indígenas de la Nueva España, coordinado por Pablo Escalante Gonzalbo, La ciudad barroca, coordinado por Antonio Rubial García, y El siglo XVIII: entre tradición y cambio, que coordinó la propia Pilar Gonzalbo. Se trata, pues, de una obra totalizadora que describe con agudeza y amenidad la evolución de la cocina, la sexualidad, el vestido, el mobiliario, la pedagogía, la vida conyugal, los juegos infantiles, la regla monástica, la prostitución, la embriaguez, los ritos fúnebres, la decoración, la navegación, el comercio y la industria en México, desde la cultura olmeca hasta nuestros días. Con el fin de incitar a los lectores a disfrutar esta microhistoria monumental, que no debería faltar en la biblioteca de ningún mexicano culto, doy una breve noticia de su esclarecedor contenido y de las reflexiones que me suscitó su lectura.

La Iglesia y el pulque
En la época prehispánica la embriaguez de los jóvenes se castigaba con severidad, salvo en las fiestas religiosas, en que cualquier exceso alcohólico estaba permitido. En las bacanales de los mayas, los néctares sagrados no sólo se consumían por la boca. Para aumentar el poder embriagador del chij (savia de henequén fermentada), los mayas se administraban la bebida por medio de jeringas de enema. "Ese tipo de objetos de barro —señala Erick Velásquez García— han sido encontrados en el interior de cuevas, por lo que se piensa que las concavidades subterráneas eran lugares idóneos para una especie de orgías donde los participantes danzaban, se tropezaban y vomitaban dentro de una bolsa larga a manera de babero. El dios Akhan era considerado patrono de los enemas y las bebidas embriagantes."
Tras la Conquista, el alcoholismo perdió su carácter ritual y se convirtió en una evasión desesperada para los indígenas reducidos a la servidumbre. Durante los tres siglos de la Colonia, la ingesta de pulque en el Valle de México fue un grave problema de salud pública, pero la autoridad virreinal no podía erradicar ese vicio colectivo sin perjudicar a los grandes hacendados pulqueros. Obligada a condenar la embriaguez desde los púlpitos, la Iglesia, sin embargo, tenía un conflicto de intereses porque algunas de las órdenes religiosas más ricas poseían grandes plantaciones de maguey. En su estudio sobre las pulquerías en la ciudad de México durante el siglo XVIII (la época de oro de la industria pulquera), Miguel Ángel Velásquez Meléndez cuenta cómo resolvió este dilema la Compañía de Jesús: "Las consecuencias nocivas del consumo de pulque en el cumplimiento de las obligaciones religiosas, impedían a los jesuitas participar directamente en el mercado del pulque. No obstante, el floreciente negocio de las pulquerías capitalinas propició que hacia la segunda década del siglo XVIII, los jesuitas iniciaran la plantación intensiva de magueyales y su arrendamiento a particulares. Esta práctica redituó considerables ganancias a la Compañía, que en 1750 alcanzaron los 18 mil pesos mensuales."
Descargada su culpa en los hombros de los arrendatarios que se encargaban de extraer y comercializar el pulque, los jesuitas podían dedicarse a salvar las almas de los borrachos con la conciencia limpia. Su problema, y el de toda la Iglesia, era que muchas veces los indios preferían asistir a la pulquería que a la misa dominical. Citando al cronista Agustín de Vetancurt, Sonia Corcuera de Mancera explica por qué los sacerdotes eran impotentes para detener esa deserción masiva de los templos: "Los párrocos desesperan porque más auditorio hay en una pulquería que en la misa dominical, y más gente dispuesta a gastar en beber, que en escuchar al padre que predica. Una vez adentro de la pulquería, los asiduos están a salvo, porque tienen las pulquerías privilegio para que ningún ministro de la Iglesia, bajo graves penas, pueda entrar a sacar a los indios borrachos." Es muy significativo que la institución más poderosa del virreinato haya tolerado sin chistar el fuero de las pulquerías. Lo respetaba, sin duda, porque en ello le iba su propia salud financiera y la de sus benefactores. La protección al mercado pulquero pactada entre la Iglesia y la autoridad civil tuvo una vigencia tan larga que hasta la fecha, en recuerdo de sus viejos privilegios, las pulquerías aún ostentan letreros (ilegales, supongo) que prohíben la entrada a las mujeres, a los uniformados y a la gente de sotana. En vez de endurecer sus políticas de combate al narcotráfico, los neconservadores de todo el mundo deberían imitar la doble moral de la Iglesia novohispana frente al flagelo del pulque. Si los antros donde se consumen tachas y crack disfrutaran la misma inmunidad de las viejas pulquerías, el problema de la delincuencia ligada al narcotráfico quedaría resuelto de golpe.

Reglas del amor conyugal
En materia de virginidad prematrimonial, los aztecas fueron quizá más exigentes que los españoles. En el capítulo dedicado a "La cortesía, los afectos y la sexualidad" entre los nahuas, Pablo Escalante Gonzalbo describe cómo era el procedimiento para repudiar discreta y metafóricamente a las esposas livianas en el banquete de la tornaboda: "Si la esposa resultaba no ser virgen, a todos los comensales se les entregaba un canastillo con tortillas, pero uno de los canastillos repartidos tenía un agujero en la base. Al verificar que el canasto estaba roto, el comensal lo arrojaba lejos de sí con desagrado; de ese modo todos conocían la noticia y manifestaban su reprobación a la familia. Después de ello, el joven tenía derecho de repudiar a la esposa." Después de la Conquista, la humillación pública de la mujer siguió siendo una práctica habitual entre los indios sojuzgados. En un estudio que ilustra a la perfección la teoría del aguijón de Elías Canetti, según la cual el oprimido siempre tiende a descargar su resentimiento en el inferior, Sonya Lipsett-Rivera argumenta que en el México del siglo XVIII, la práctica de muchos maridos de castigar en públicoa sus esposas, llevándolas a un lugar visible para ahí desnudarlas, amarrarlas y apalearlas, era una reproducción del castigo público impuesto por los oficiales a los indios remisos. Entre los pueblos bárbaros del norte, la castidad y el buen comportamiento de las esposas tampoco les valía una gran consideración por parte de sus maridos. El investigador Bernd Hausberger cuenta que, en la Nueva Vizcaya, se perseguía por ley a los indios huidos con sus amantes y el gobernador de la región había descubierto un medio muy eficaz para descubrirlos: "Si viajaban con sus esposas, iban ellos a caballo y ellas a pie, pero si andaban con sus mancebas, las llevaban a caballo y ellos caminaban." Los adoradores de los usos y costumbres indígenas tienen aquí un buen material para reflexionar sobre las bondades de su doctrina.
La Iglesia intentó en vano reglamentar el mundo amoroso de la Nueva España, porque los propios españoles se encargaron de violar el sacramento del matrimonio al tener hijos naturales por montones. Según datos de Pilar Gonzalbo, en la segunda mitad del siglo XVII, el promedio de hijos ilegítimos bautizados en las parroquias de españoles de la Santa Veracruz fue de 42%, y entre las castas, menos reprimidas aún, ese promedio se elevaba al 51%. La abundancia de hijos nacidos fuera del matrimonio obligó a crear una nomenclatura barroca para clasificarlos en los testamentos, según la mayor o menor impureza de su nacimiento. Javier Sanchiz explica que se llamaba naturales a todos los hijos nacidos de hombre y mujer que al tiempo de su concepción podían casarse sin dispensa, espurios a todos los demás ilegítimos, incluyendo en ese grupo a los incestuosos, los adulterinos, los sacrílegos (nacidos de la unión entre un fraile y una mujer soltera), los manceres (hijos de prostitutas) y los bastardos (hijos de padres que no podían contraer matrimonio cuando los procrearon). En cuanto a las mujeres que no se casaban ni profesaban de monjas, Pilar Gonzalbo informa que las había de dos calidades: las castas doncellas, llamadas así aunque fueran ancianas, y las repudiadas solteras, "denominación que pocas mujeres aceptaban, pues implicaba un reconocimiento público de haber perdido la virginidad".
Como pagar los derechos parroquiales para contraer matrimonio era demasiado caro para los indios, muchos de ellos fueron precursores involuntarios del amor libre. Cuando no lograban ocultar sus concubinatos, la justicia los obligaba a pagar su pecado con una temporada de esclavitud. Según Caterina Pizzigoni, al recibir denuncia contra una pareja acusada de incontinencia, "las autoridades del pueblo, con orden del juzgado, aprehendían a la pareja y ponían a la mujer en un depósito y al hombre en la cárcel, donde ambos eran sometidos a un régimen de trabajos forzados sin recibir suficiente comida". Indignada por los malos tratos de los alguaciles, en el siglo XVIII una joven recluida en un depósito acusó al juez de Tlacotepec de estar acostumbrado "a comer del culo de las indias". Los párrocos tenían la misma fuente de alimentación, pues la cruzada contra la incontinencia no sólo buscaba moralizar a los indios, sino asegurar los derechos devengados por las parroquias.

Animales en la picota
Entre los teotihuacanos se le tenía tanto aprecio a los perros que los difuntos eran enterrados junto con sus mascotas, lo cual induce a pensar que eran sacrificadas a la muerte del amo. "La compañía del perro —explica Pablo Escalante— se relaciona con la creencia de que el difunto debía recorrer un camino difícil y peligroso antes de llegar al mundo de los muertos, en los últimos niveles del cosmos. El perro era su compañero y su guía". Los conquistadores no se quedaban atrás en su cariño a los perros y trajeron a la Nueva España gran variedad de razas, que de inmediato se aclimataron en las tierras americanas. Los perros sin dueño no tardaron en proliferar. En el siglo XVIII, como en la actualidad, la ciudad de México era una gigantesca perrera donde los canes rabiosos podían andar sueltos por doquier y de noche se juntaban en temibles jaurías. Dorothy Tank de Estrada cuenta que el virrey Revillagigedo ordenó exterminar a los perros callejeros que anduvieran sueltos después de las nueve, "perturbando con sus alaridos la quietud y el sosiego de sus vecinos". Se ofreció una recompensa económica por cada cadáver presentado al Ayuntamiento y el resultado fue un holocausto de veinte mil perros, una de las matanzas de animales más atroces en la historia de México.
En su afán por evangelizar a los gentiles, algunos predicadores novohispanos daban a los animales un trato similar al de los científicos que utilizan ratas de laboratorio. Antonio Rubial cuenta que, en el siglo XVI, el vehemente misionero fray Luis Caldera "arrojaba a una hoguera, en medio del atrio, perros y gatos vivos para ejemplificar los sufrimientos de los condenados en el infierno". San Francisco de Asís casi humanizó a los animales al considerarlos criaturas capaces de amar. Algunos inquisidores fueron más lejos atribuyendo a los animales la capacidad de pecar. Según Thomas Calvo, cuando el Santo Oficio tenía que castigar un acto de bestialismo, "el animal, sacrílego a su pesar, era colgado también, aunque fuera una borrica". La conducta de los inquisidores no debe causar sorpresa, porque siempre tuvieron inclinación a ensañarse con su prójimo. Pero es dudoso que las burras novohispanas, tozudas y perversas como siempre lo fueron, hayan escarmentado con este castigo ejemplar.Entre la academia y la literatura
Los buenos historiadores no pueden ser ajenos a dos géneros literarios: la narrativa y el ensayo, pues, aunque persigan una verdad objetiva y se alejen de la ficción, su oficio los obliga a narrar con soltura y a exponer ideas en un lenguaje preciso. Todos los trabajos reunidos en la Historia de la vida cotidiana en México están respaldados por una sólida investigación, pero algunos tienen además la plusvalía de su mérito literario, algo indispensable en una obra que intenta divulgar conocimientos más allá de los círculos académicos. Es una delicia, por ejemplo, leer la excelente prosa de Elsa Cecilia Frost, que resucita un viejo y noble género literario, el cuadro de costumbres, para narrar la jornada escolar de un alumno del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, en su estudio dedicado a los colegios jesuitas. Marie-Areti Hers también recurre con fortuna a la crónica imaginaria al describir la vida de una comunidad chichimeca en el cerro del Huistle. A veces el espíritu corrosivo del historiador enriquece la argumentación con una fuerte carga irónica, como sucede en el trabajo de Bernd Hausberger sobre las misiones jesuitas del noroeste, donde explora con malicia y humor negro la atribulada conciencia de los religiosos enfrentados a un mundo que no comprenden. A diferencia de Hausberger, en su estudio sobre los conventos mendicantes, Antonio Rubial prefiere que los hechos hablen por sí mismos, sin hacerse presente en el texto, pero es evidente que al exhibir la rapiña y las sórdidas luchas por el poder de las órdenes religiosas, entabla una polémica demoledora contra la historiografía católica sobre el Virreinato. Siguiendo los pasos de don Artemio de Valle Arizpe, Gustavo Curiel describe con humor frívolo y excelente prosa los ajuares domésticos en las mansiones opulentas de la aristocracia, en un trabajo que será lectura obligada para todos los novelistas y escenógrafos enamorados del lujo barroco. Otros estudios sobresalientes por su calidad narrativa son "Enfermedad y muerte en la Nueva España", de María Concepción Lugo Olguín, una historiadora con buenos recursos literarios que supo emplear un lenguaje lúgubre y emotivo, correspondiente al dramatismo de su tema, y el dedicado por Pilar Gonzalbo a los conflictos familiares del siglo XVIII, donde retrata de cuerpo entero a una esposa interesada que ejemplifica la doblez de la sociedad criolla.
Para terminar, un apunte crítico sobre la organización general de la obra. En el primer tomo, quizá el mejor planeado de la serie, los capítulos a cargo de Pablo Escalante, y los que escribió al alimón con Antonio Rubial, tienen una estructura bien articulada que logra retener la atención del lector y delinear la evolución de una personalidad colectiva. Esa estructura se rompe en los siguientes tomos, donde cada historiador desarrolla asuntos relacionados cronológicamente, pero con una temática muy diversa. Por su carácter disperso, la Historia de la vida cotidiana parece a ratos una antología o una miscelánea de ensayos históricos, más que una obra unitaria. La falta de ilación no le resta interés a las partes, pero sí al conjunto. Seguramente debe ser difícil y oneroso imponerle una línea de continuidad a todos los participantes en el proyecto, pero creo que los próximos volúmenes de la serie ganarían mucho si tuvieran una columna vertebral más clara.~


La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño
por José Miguel Oviedo

He tenido uno de los más agradables desconciertos literarios leyendo La literatura nazi en América. En realidad es un libro publicado originalmente en 1996 por la misma editorial, pero que me había sido imposible conseguir hasta ahora, pese a mi gran interés por la obra de Roberto Bolaño. Como muchos críticos y lectores, considero que Bolaño (Santiago 1953, Barcelona 2003) no sólo es el mejor narrador chileno de fines del siglo XX, sino una figura capital en la literatura hispanoamericana del período, lo que hace aún más lamentable su temprana desaparición. Exiliado al comienzo de la dictadura de Pinochet, vivió buena parte de su vida en México, Estados Unidos y finalmente en España, donde se instaló y fue lentamente haciéndose conocido. Esa experiencia cosmopolita, marginal y desarraigada hizo de él un paradigma del escritor que no pertenece enteramente a ningún lugar y cuya verdadera patria es la literaria, pues se reconoce mejor en los personajes y ambientes creados por su imaginación a partir de otros muy reales.
Tenía el don básico del buen narrador: el arte de convertir cualquier asunto, grande o pequeño, actual o remoto, verosímil o absurdo, en algo personal y cautivante, cuyo interés arrastraba al lector hasta la última página. Su lenguaje era en esencia funcional, pero poseía una tensión lírica, una ansiedad existencial, un impulso visionario y una extraña mezcla de simpatía y cinismo frente a sus propias creaturas; daba la impresión de conocer todas las trampas: las argucias y secretos del oficio, aprendidos de sus febriles lecturas, desde los clásicos hasta la novela fantástica, policial y de ciencia-ficción.
Aunque comenzó como poeta y publicó hasta cinco libros de ese género, es la obra narrativa, que inició hacia 1984 —acompañada por algunos ensayos—, lo que realmente importa. Como novelista y cuentista dejó varias obras tan notables como diversas: Monsieur Pain, Los detectives salvajes, Nocturno de Chile, Llamadas telefónicas y finalmente la monumental 2666, publicada póstumamente en 2004, que confirma la originalidad y profundidad de su visión.
El título La literatura nazi en América me despistó por completo, porque sugería que se trataba de un libro de ensayos. Las palabras con las que el autor lo presentaba le añadían cierta ambigüedad: como "una antología vagamente enciclopédica de la literatura filo-nazi en América desde 1930 a 2010". Esta última fecha —que le otorgaba una punzante ironía— daba una indicación de que el libro no era lo que parecía. Por otro lado, en un excelente trabajo sobre Bolaño, un crítico hablaba de la obra como una novela; yo no iría tan lejos, pero hay un margen para hacer una afirmación como ésa. Su lectura misma me trajo, a la vez, una decepción y una grata confirmación del raro talento del autor.
Lo que yo esperaba era un libro que discutiera formalmente el tema anunciado en el título, y que presentara ejemplos de una corriente de pensamiento que, entre nosotros, tuvo varios cultores —algunos famosos, otros piadosamente olvidados— que forman un grupo bastante numeroso si asimilamos a todos los que, de una manera u otra, sostuvieron ideas racistas, ultranacionalistas, fascistas o antisemitas. Los casos más tristemente célebres son los de Leopoldo Lugones y José Vasconcelos: el primero —gran poeta, narrador y filósofo— hizo un extraño viraje desde el anarquismo de su juventud y el apoyo a la causa aliada en la Primera Guerra Mundial, para terminar defendiendo el militarismo a ultranza, que llamó con exaltación "la hora de la espada"; el segundo pasó de militante de la Revolución Mexicana a identificarse, en la fase final de su vida, con la ideología fascista, en apoyo de la cual publicó la revista Timón. Pero el ejemplo más flagrante es el del novelista y ensayista boliviano Alcides Arguedas (1879-1946), que es recordado como indigenista, lo que no le impidió citar Mein Kampf, en el prólogo a la segunda edición (Santiago de Chile, 1937) de su Pueblo enfermo, entre las autoridades sobre el problema racial. En cambio, Borges, un hombre que siempre admitió ser un conservador y se sintió orgulloso de serlo, fue un fervoroso defensor de la cultura judía en un país y una época en los cuales era difícil y aun riesgoso hacerlo; basta releer "Deutsches Requiem" para comprobarlo.
El lector de este libro buscará en vano aquéllos y otros nombres que ocupan un capítulo vergonzoso de nuestra historia literaria: ninguno aparece porque todos son ficticios. Me bastó revisar el sumario para darme cuenta de que la obra pertenecía a una categoría a medias entre varios géneros y que podría denominarse "ficción no narrativa", con la importante excepción que señalaré más adelante. Adoptaba la engañosa forma de un diccionario de autores, con la diferencia de que todas las entradas biobibliográficas son apócrifas, y de que no aparecen en orden alfabético sino siguiendo agrupaciones algo caprichosas.
Esta clase de libros que aluden, bajo la apariencia de rigurosas recopilaciones, a personas u obras inexistentes tienen ilustres antecedentes: Vidas imaginarias de Marcel Schwob, Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters (aunque este hermoso libro sea una colección de poéticos epitafios); sin duda, el gran modelo en nuestra lengua es Borges, que escribió un Manual de zoología fantástica, además de Historia universal de la infamia —donde rehizo a su anteojo vidas legendarias o de otros autores como si fuesen suyas— y de célebres relatos como "Examen de la obra de Herbert Quain", "El acercamiento a Almotásim" o "Pierre Menard, autor del Quijote", que giran alrededor de libros inventados (en el último caso, a imagen y semejanza de uno real).
Esa huella borgesiana es visible en el trasfondo del libro de Bolaño: lo mueve una intención paródica, de juego ilustrado, lleno de guiños irónicos y de burlas a veces encarnizadas, a veces benévolas. Con frecuencia, Bolaño mezcla, como su maestro, lo ficticio con lo real para crear una sensación de verosimilutud en lo disparatado. Nos dice que su apócrifo Juan Mendiluce Thompson, miembro de una ilustre familia de intelectuales que podría ser el reverso del clan de Victoria Ocampo, detestaba la literatura inglesa y francesa y que lanzaba "diatribas contra Cortázar, a quien acusa de irreal y cruento; contra Borges, a quien acusa de escribir historias que 'son caricaturas de caricaturas' y de crear personajes exhaustos [...]; sus ataques se hacen extensivos a Bioy Casares, a Mujica Lainez, Ernesto Sabato" (p. 27). Entre las propuestas de Silvio Salvático figuran "la reinstauración de la Inquisición" y "la concesión de becas literarias a perpetuidad" (p. 57); de Daniela de Montecristo se cuenta que "en la nalga izquierda llevaba tatuada una svástica negra" (p. 95).
Un aspecto muy disfrutable de estas páginas es el de adivinar a quiénes alude Bolaño con sus personajes, lo que no es fácil. El lector puede pensar que con Segundo José Heredia le echa una broma al poeta cubano José María Heredia, o que tras el guatemalteco Gustavo Borda se oculta el nada ficticio colombiano Juan Gustavo Cobo Borda. Pero las respectivas entradas parecen desmentirlo. De paso, las fichas biográficas de algunos personajes los hacen "morir" en el futuro: Borda en 2016, Argentino Schiaffino en 2015, etcétera.
Detrás de este aparente diccionario está su inesperada conexión con el mundo narrativo del autor, donde también hay un constante juego entre lo puramente literario y lo testimonial y aun lo histórico. Desde ese ángulo cabe leer el libro: de otro modo, como un conjunto de vidas, situaciones y obsesiones de consistencia abiertamente ficticia, con las cuales se podría construir decenas de novelas, lo que subraya la rica inventiva de Bolaño.
Igualmente, debe recordarse que un rasgo clave en su obra novelística es la presencia protagónica de escritores y lectores como compañeros de ruta de seres marginales o perversos. La indagación del mal es un interés supremo que asocia a policías y criminales con escritores convertidos en "detectives salvajes". La violencia de cuño nazi no está, pues, muy lejos en el horizonte de estos individuos. En Estrella distante, novela publicada el mismo año que La literatura nazi..., aparece un piloto de la Fuerza Aérea Chilena implicado en la tortura durante los años de Pinochet. Ese mismo episodio aparece sorpresivamente al final del diccionario de Bolaño, cuyas últimas treinta páginas constituyen la gran excepción a la cual me referí antes: abandonan del todo el formato de ficha o reseña biobibliográfica (hay conatos de eso en algunas otras entradas, como la de Wully Schürholz) y convergen y se funden con el mundo narrativo —concreto, no virtual— del autor.
Esas páginas son absolutamente fascinantes y tienen una cualidad alucinante o pesadillesca, sin dejar de ser puntualmente reales: componen un relato autónomo, inundado por ráfagas torrenciales de acontecimientos y terribles escenas que nos quitan el aliento. Todo comienza, tramposamente, como una entrada más del diccionario, dedicada a Carlos Ramírez Hoffman, cuya ficha personal ("Santiago de Chile, 1950—Lloret del Mar, 1998") hay que tener muy presente. El texto se abre así: "La carrera del infame Ramírez Hoffman debió comenzar en 1970 o 1971, cuando Salvador Allende era presidente de Chile" (p. 193). El personaje participaba entonces en un taller literario, era conocido bajo el nombre de Emilio Stevens y enamoraba a las dos hermanas Venegas.
A partir de allí su vida adquiere un carácter cada vez más siniestro y delirante, estrechamente vinculado a la historia política chilena. Lo vemos, ya en plena dictadura, pilotear un avión militar (recuérdese Estrella distante), dar vueltas sobre un campo de concentración y escribir "poesía aérea" con letras de humo y con mensajes crípticos u ominosos como "La muerte es amor", que traen un eco del grito fascista "¡Viva la muerte!" en la Guerra Civil Española. Una de sus hazañas es haber dibujado en el cielo "una estrella que se confundía con las primeras estrellas del crepúsculo" (p. 200); otra es secuestrar y asesinar ferozmente a las Venegas.
Usando una forma de narración en flujo continuo —cuyo foco cambia todo el tiempo, siguiendo, sin pausas, una trayectoria tan lógica como delirante—, los acontecimientos envuelven a figuras históricas —como el general Arturo Prat—, incluyen referencias paródicas (el personaje escribe una obra teatral bajo el seudónimo "Octavio Pacheco", broma que todos entenderán), y presentan una creciente participación del narrador en su relato, con su propio nombre y en primera persona; es decir, la ficción absorbe y relativiza todo. La vida criminal de Ramírez Hoffman emplea como pantalla diversas actividades artísticas: fotografía, su adhesión a tenebrosas teorías que propugnan la abolición de la literatura y de los escritores como tales, etc. Las páginas que llevan al ambiguo final (que no revelaré) en Lloret de Mar, cerca de Blanes, donde Bolaño pasó su vida española, son vertiginosas y memorables, tal vez entre las mejores escritas por el autor.
La literatura nazi en América es un libro extraño, que no brinda el placer informativo que el lector esperaba confiado en el título, sino el tormentoso placer que secretamente nos tenía reservado. El texto comienza como un mero catálogo de fantasías librescas y culmina en una aterradora alegoría de la historia política y de la actividad literaria como una sola abominable experiencia. -


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La eternidad de la condena, de Horacio Ortíz
por Mario Bellatín

Quizá, uno de los libros más bellos del siglo XX sea La Muerte de Virgilio, del escritor austriaco Hermann Broch. Aparte de las connotaciones tan sutiles de una vida, las reflexiones acerca de la vejez y de la muerte próxima, el personaje enfrenta una suerte de autobiografía: en verdad, la radiografía de una historia de amor.
Falco, personaje del libro La eternidad de la condena de Horacio Ortiz, como el Virgilio de Broch, en total consciencia de la desaparición próxima de su cuerpo, no pareciera pretender saber quién es en verdad, ni da muestras de hacerse la ilusión de llegar a saberlo nunca. Se queda en el instante previo, esperando que alguien más, un escritor, logre captar en palabras esa cosa elusiva y contradictoria que es su propia alma. Cada quien, el Virgilio de La muerte..., y el Falco de La eternidad de la condena, cambia con el tiempo y las circunstancias; sus maneras de mirar no pueden ser, tampoco, las mismas.
En la novela de Ortiz es admirable el tratamiento de la idea según la cual, a medida que envejecemos, el contraste entre lo que creíamos que sucedería en nuestras vidas y lo que realmente pasó se agudiza, y tenemos, por tanto, al igual que Falco y Virgilio, una mayor capacidad para el arrepentimiento, el remordimiento y la culpabilidad. Estos dos personajes se dan cuenta de que es imposible retornar al punto en donde el camino se bifurcó, y avanzar en la dirección opuesta a la que en un principio se había tomado. A los dos parece presentárseles la ilusión de la vida humana como algo que cada uno puede crear personalmente, que está bajo el propio control. Falco piensa, como quizá hemos pensado todos nosotros, que al final de nuestras existencias seremos recompensados sólo si nos comprometemos desde jóvenes de la manera debida. Pero esto, lo sabemos, es también una mentira. Tanto el Virgilio de Broch como el personaje de Horacio Ortiz parecen darse cuenta de ello demasiado tarde.
La eternidad de la condena, de alguna manera, es un libro que va en contra de la idea de que la vejez es una etapa serena. De jóvenes nos dicen que en ese momento todo se vuelve lento, que el declive del cuerpo marcha al mismo ritmo que el corazón y el espíritu. Pero nuestro Falco no da la impresión de creer en esto; él se encuentra en una suerte de diálogo con la muerte, con el más allá. No está dispuesto a reparar en los procesos, y lo peor es que parece que en estos diálogos no ha descubierto nada interesante. Por eso, quizá, la cita de Cicerón, que aparece al final del libro, donde se dice que la regla del sabio debe ser renunciar a todos los placeres para conseguir otros mayores, y soportar una serie de dolores para evitar otros mayores.
Horacio Ortiz, desde la intimidad rotunda que son capaces de otorgar las palabras, con el ojo entrenado de un voyeur que hace del trabajo de selección una operación casi mecánica, realiza una suerte de desnudamiento del otro, y lo hace cuando ya, supuestamente, nada importa, pues Falco, en apariencia, es una sombra que trastabillea por calles grises. Devela un crimen íntimo y terrible, no el que cometió en contra de los amantes que son el motor de la trama, sino el delito que es capaz de urdir el narrador al mostrarnos una suerte de reverso del espejo de un torbellino pasional.
Horacio Ortiz enhebra la escena íntima con el espacio público sin un ápice del sentimentalismo que haría de Falco, tal vez, un héroe romántico. Está más allá de la dialéctica en que tanto el amor de un eterno adolescente como el fin de esta opresión, materializado en un crimen atroz, pueden valer lo mismo. De otra manera, no podríamos preguntarnos por lo que realmente hemos leído.
Creo que, sencillamente, en estas páginas el lector está frente a la recuperación de la vida en un instante de muerte. No nos hemos adentrado sino en un universo de palabras que suben al cielo; los afectos quedaron anclados en la tierra. Por fin, entonces, a partir de la lectura de La eternidad de la condena, vamos a ser capaces de entender que las palabras sin afectos sí son capaces de llegar a los oídos de Dios.~


Un jardín, cinco noches (y otros poemas), de Tedi López Mills
por Jorge Fernández Granados

El recientemente desaparecido crítico y poeta Saúl Yurkievich apuntaba que para lograr llevar a la página "ese agitado cúmulo de interferencias e intersecciones aleatorias, ese dinámico colmo de variables simultaneidades que es la realidad" se requería "una palabra antitética, alusiva, sinuosa, laberíntica, pasional, metafórica, plurívoca". Ni más ni menos. Sin duda la búsqueda de esa inquietante coincidencia entre la realidad y una escritura literaria ha sido el núcleo —a veces evidente, a veces secreto— de la mejor parte de la poesía moderna.
Creo que esa conciencia está presente en el más reciente libro de Tedi López Mills, el cual se recorre con la atenta lentitud de un acertijo. Los interrogantes (los implícitos y los explícitos de la tipografía) son con frecuencia la conclusión provocativa del poema. No hay, sin embargo, voluntad de ciframiento; más bien la hay de extrema precisión. Acaso reflexiones que pasan por el blanco de lo inmediato: un jardín, una mascota ausente, las horas del insomnio.
Los catorce poemas de este volumen (realizado, hay que señalarlo, con el notable oficio editorial de los artistas de Ditoria) se arraigan apaciblemente cada uno a temas y lugares específicos. Son, de hecho, paisajes. Paisajes de un espacio físico pero también de un espacio mental. Lecturas del paisaje bajo la "luz mental" que los explora. El espacio abstracto de estos ámbitos lo aporta el particular zigzagueo o desdoblamiento fonético de los vocablos y su espesura conceptual: "Castra mente, callada mente, / casi cálculo, casi cosa / que colinda conmigo / cascando quieta / la quebrada cal / cada cuándo / por costumbre / ¿Qué cambia?"
Lo que cambia posiblemente es el modo. Algo en todo esto recuerda los teoremas cubistas: un objeto es también una idea, un objeto depende de una idea a través de cierta percepción. La percepción aquí es altamente analítica y parece desmontar los objetos que recorre. Lo habitual, lo inmediato, incluso el propio pensamiento se ve explorado por la retícula de una percepción metódicamente cavilosa.
El título de Un jardín, cinco noches (y otros poemas) no podía ser más pertinente para definir este conjunto de textos. Efectivamente, aunque hay en él diversos temas y técnicas puestas en juego, su punto de partida o, más aún, su centro tentativo es un jardín. La autora describe este jardín con un profundo detalle, puesto que "el que vi al principio / es el que sigo viendo, / el que emplazo entonces, / breve, sentimental, un jardín lírico". Se trata de un lugar a la vez cultivado y subjetivo, un lugar labrado por "líneas y alas que visiblemente / enunciaban horas de síntesis / entre una muerte y un nacimiento". Pero ese lugar está alumbrado por dos luces. Por un lado la generosa luz solar y por el otro "... la luz que yo pongo aquí: / luz de la mente se llama y ninguna / lastima tanto sin dar nada a cambio / salvo la falsa claridad de haber sentido". El lugar, al parecer, es una encrucijada entre un paisaje exterior y la mente, entre la luz solar y la mental. ¿De qué naturaleza puede ser entonces dicho espacio? El poema lo afronta: "¿Mi jardín? De esa estirpe: / embustero y paradójico aun / en sus partes más duras, / su flanco de granito, / su senda de lascas negras, / su banca de mármol / donde me siento —acto de memoria— / para recabar otra cronología de pausas".
Así, este clarividente poema va cerrando círculos que él mismo planteó desde su comienzo, con una ejemplar limpidez de recursos y la misma voz sobria y reflexiva: "Lo sé: mi yo moldeado / hasta la insensatez / de un afecto naturalista / convierte a mi jardín / en un retiro de símbolos". La clave está, por cierto, advertida desde el primer epígrafe del libro: No hay más jardines que los que llevamos dentro (Octavio Paz).

El estado de las almas, de Giorgio Todde
por Mauricio Montiel Figueiras

La buena salud de la que goza de nuevo la literatura policiaca, un universo cuyo big bang data de mediados del siglo XIX, se debe en gran medida a los autores que han generado un viento fresco procedente del otro lado del Atlántico. De Andrea Camilleri, siciliano como Leonardo Sciascia —referencia obligada—, al holandés Tim Krabbé, cuya exactitud de relojero lo lleva a armar dispositivos que estallan lenta pero eficazmente en manos del lector; del alemán Bernhard Schlink, creador de un ex fiscal nazi vuelto investigador privado, a la israelí Batya Gur, cuyo superintendente Michael Ohayon se guía por un único dictum en la caza de criminales: "Sólo cuando me identifico con alguien sé por dónde avanzar"; del fenómeno Henning Mankell, responsable de ese adalid del spleen sueco que es el inspector Kurt Wallander, a la francesa Fred Vargas, que explota sus conocimientos de arqueóloga e historiadora en tramas no exentas de un filón irónico, el género fundado por Wilkie Collins, Arthur Conan Doyle y Edgar Allan Poe cuenta con exponentes contemporáneos que han sabido reconquistar el gusto de un público masivo que, la verdad sea dicha, siempre ha sido fiel.
A esta nómina se suma Giorgio Todde (1951), que comparte cartel con Gur y Vargas en la notable serie policiaca lanzada por Ediciones Siruela. Médico y escritor —mezcla que lo hermana con Francisco González Crussí—, Todde es oriundo de Cagliari, capital de Cerdeña, lo que le concede una insularidad que él mismo ha acentuado al optar, a diferencia de los otros narradores, por recrear más que crear al protagonista de sus libros: su paisano Efisio Marini (1835-1900), naturalista consagrado a recomponer "la materia destinada al máximo desorden", que antes de cumplir los treinta años, dice Todde, "elabora un método absolutamente personal de momificación que permite, sin cortes ni inyecciones, la petrificación de los cadáveres". Miembro de una rica familia de comerciantes que lo ve con malos ojos, y a contracorriente de los embalsamadores de moda, Marini revoluciona su profesión mediante técnicas que nunca acepta revelar y por ende se van con él a la tumba, como ocurre en el caso de otros colegas: el holandés Frederik Ruysch, que momificó al almirante Berkley; el italiano Paolo Gorini, que hizo lo mismo con el patriota Giuseppe Mazzini, y el español Pedro Ara, que se negó a "reparar" el cuerpo de Lenin.
Melancólico y visionario, Marini ha cobrado una trascendencia en el orbe científico que fue ratificada por Il Pietrificatore, muestra montada en el último trimestre de 2004 en el Centro Comunal de Arte y Cultura Il Ghetto, que ideó diversas secciones para desplegar la vida del médico, la historia de Cagliari a finales del siglo XIX, las distintas fórmulas de momificación y el recuento de los principales embalsamadores decimonónicos. Los primeros éxitos de Marini son el brazo de un cadáver y un cuerpo inmortalizado por el fotógrafo Agostino Lay Rodríguez; la fama posterior lo conduce a momificar a ciertas celebridades y a exhibir en Milán, París y Viena, apunta Todde, "una mesita con sangre y órganos cortados en rebanadas sobre la cual coloca también una mano de muchacha (todo ello, obviamente, petrificado)".
Esa mano de muchacha —de veintiséis años, se nos indica— aparece en Miedo y carne (2003), segunda entrega de la tetralogía protagonizada por un Efisio Marini vuelto detective incidental y completada por El estado de las almas (2002), L'occhiata letale (2004) y E quale amor non cambia (2005), estas dos últimas aún inéditas en nuestro idioma. A caballo entre la indagación policial, el retrato costumbrista y el devaneo fisiológico, El estado de las almas y Miedo y carne se proponen integrar una suerte de biografía fracturada del embalsamador: en la primera, ubicada en 1892 en Abinei, un pequeño poblado en los montes de la Cerdeña oriental, se alude a Carmina, la esposa de Marini, fallecida una década atrás en medio de una locura precipitada por el deceso de su primogénito Vìttore; en la segunda, situada en 1861 en Cagliari, la vemos intentando sanar las grietas conyugales ensanchadas en buena parte por el trabajo de su marido y encargándose de sus hijos, Vìttore y Rosa, que "crecen a [su] sombra tibia". Ambas novelas presentan a Marini como un hombre proclive a la languidez y el ensimismamiento, embarcado en una búsqueda del ideal femenino que encarna en un par de mujeres inolvidables: Graziana Bidotti, que perece ahogada en un río y por la que Marini siente una pulsión necrófila al cabo de momificarla en El estado de las almas ("Esa mujer, después de muerta, ha crecido dentro de él, quien la considera su Eurídice de cristal"), y Matilde Mausèli, la prima de Carmina que alumbra los turbios corredores en que se interna Miedo y carne ("Efisio se aparta un chisporroteo rubio de la frente: es Matilde que le revolotea por la cabeza"). Ambas novelas destilan desde el arranque un lirismo digamos telúrico que se antoja una novedad dentro del género:

En Abinei las casas de piedra son siempre las mismas porque nada se multiplica o disminuye en el pueblo fósil. El estado de las almas de la comunidad impresiona por el hecho de que los muertos quedan compensados con exactitud por los nacidos, y a causa de ello las casas son las mismas e invariado es el número de los hogares.
(El estado de las almas)

El miedo surge entre las piedras —más duro que las piedras— para el abogado Giovanni Làconi. Él lo reconoce y comprende por fin cómo está hecho. Siempre se había preguntado cuál sería la forma del miedo y de niño pensaba, cada día, que estaría dormido en el fondo del golfo, listo para echársele encima en forma de tromba de aire y agua.
(Miedo y carne)

Este lirismo se extiende a los cuadros ambientales, que confirman la destreza narrativa de Todde, y no pocas veces fungen como exteriorización de estados anímicos: "Da la impresión de que el atardecer hambriento quisiera devorarlo hoy todo, las marismas y las montañas. Un terror ha hecho enloquecer una bandada de patos que acaba en el interior de la franja roja y se desvanece. Da la impresión de que hasta las nubes corren para dejarse engullir." Sin perder de vista en ningún instante el sentido canónico de la pesquisa detectivesca, el escritor sardo se permite divagaciones psicológicas y aun filosóficas que lejos de entorpecerla robustecen la trama. "Cuánta oscuridad en nuestro interior", reflexiona un personaje de El estado de las almas al ver a Marini laborando en la mesa de disección; "Un cuerpo muerto conserva en sí el signo del homicida", asienta el propio médico en Miedo y carne. Estas nociones son fundamentales en la obra toddeana: Marini se asoma a las simas anatómicas del hombre para empezar a acceder a las tinieblas del espíritu, representadas por el párroco responsable de la manía numérica y simbólica que atraviesa El estado de las almas, y por esa especie de Medea nonagenaria que parece controlar no sólo el tráfico de opio en Cagliari, sino el fuego cruzado de las pasiones que incendian Miedo y carne.
Dueño de un temperamento que aúna el rigor científico y la vena poética, empeñado en hallar "un hilo conductor, una marca personal del [asesino], un estilo", Efisio Marini regresa literal y literariamente de entre los difuntos de la historia como un ser vital que respira a sus anchas entre momias y criminales, amores platónicos y deseos contradictorios: "La verdadera señal de que estamos en el mundo de los vivos es la respiración [...] Respirar es una acción sublime y complicada, no puede imitarse ni dejarse de lado." Inimitable es también el modo en que Giorgio Todde logra que el embalsamador aplique sus técnicas secretas para disecar los cuerpos del delito y convertirlos en objetos que irradian una belleza mórbida.

La otra mano de Lepanto, de Carmen Boullosa
por Lucía Melgar

Novela histórica y sentimental, en diálogo crítico con la obra cervantina, La otra mano de Lepanto ofrece una rica y compleja experiencia de lectura. A la vez que reescribe la vida de la Gitanilla, aquí heroína en Lepanto, y la mal conocida o acallada destrucción de los moriscos granadinos, Carmen Boullosa propone una reflexión sobre el acontecer histórico y sus interpretaciones, e invita a releer el presente desde el pasado. Notable por su complejidad narrativa, por el entrelazamiento de tradición, innovación y transgresión, rasgo boullosiano que aquí adquiere particular intensidad, Lepanto destaca en el conjunto de la obra de su autora por la centralidad de la violencia que se mira y narra desde cerca.
Boullosa no escribe sólo la destrucción de la comunidad andalusí o las atrocidades de la batalla que favorece a las potencias cristianas contra el Imperio Turco, narra también la afirmación de la vida y la búsqueda de otros modos de ser, en el mundo y en la literatura. De hecho el hilo que une los distintos puntos del Mediterráneo es el baile de María, la gitana protagonista, amiga de los moriscos, espadachina experta que triunfa en Lepanto. A la vez que encarna las contradicciones de la edad conflictiva, "la Bailaora" representaría la apuesta por la vida y la imaginación. La tensión entre la expresión de la vitalidad, y la narración de traiciones y crueldades que en parte caracteriza la creación de esta personaje, atraviesa, me parece, toda la novela y sugiere al menos dos lecturas, una más luminosa, centrada en la protagonista, otra, sombría, desde el núcleo mismo de la violencia, vista a través de personajes secundarios como Carriazo y Zaida. Aunque parcial, ésta es la que me interesa destacar aquí.
Mirar y pensar de frente el horror, como se hace en esta novela, permite mostrar las hondas transformaciones que inflige la violencia, y, sobre todo, pone en cuestión la forma misma de narrar. Mientras personajes como María y Zaida, su contraparte, encarnan y atestiguan los desgarramientos de una época de expulsiones y desplazamientos forzosos, de asesinatos y violaciones en masa, de guerras religiosas, de batallas y masacres, Carriazo, narrador testigo y participante de la Batalla de Lepanto, observa, registra y narra de cerca esa violencia exacerbada que cubre el mar de cadáveres, quiebra el tiempo en un antes y después de Lepanto y fragmenta su relato.
¿Cómo narrar ese horror? ¿Cómo transmitir el horror de lo vivido sin quedar para siempre atrapado en él? Esto es lo que se pregunta indirectamente Carriazo cuando escribe: "Nada peor nunca he visto. Esto no quiero dejarlo por escrito aquí porque no sueño sino con que desaparezca. ¿Por qué lo he de dejar fijado en tinta?" (364). Quien ya ha descrito el infierno, y subrayado la dificultad de contarlo todo, se resiste a quedar preso en una visión que prueba "a cuánto puede llegar un hombre y [...] qué cerca sabe estar de la bestia" (361). Su observación se asemeja a las reflexiones de Judith Butler en Precarious life / The power of mourning and violence (Nueva York, Verso Books, 2004, 160 pp.), ensayo escrito como esta novela a la luz del 11 de septiembre de 2001, otra fecha-acontecimiento que se interpreta como quiebre temporal, inicio de una "nueva era" tan poco esperanzadora como el "nuevo mundo" que surge entre las brumas de Lepanto.
Butler habla de la necesidad de reconocer y reconocerse en el otro para conocer la propia vulnerabilidad, la precariedad de la vida, ante la violencia, y señala la necesidad de "interrogar el surgimiento y desvanecimiento de lo humano en los límites de lo que se puede saber, oír, ver, sentir" (Precarious life, 151). Carriazo, y la voz narrativa a lo largo de la novela, ponen en escena la dificultad de ese reconocimiento en un contexto de violencia extrema. Boullosa recurre al poder de la ficción y lo reafirma. Crea para sus personajes un espacio que les permita recuperar su humanidad: la reinvención de su vida en la literatura. Así, la historia de María sería la que ella se inventó, la que habría querido (poder) vivir. Sin embargo, a la vez que acoge a sus personajes maltratados por la vida bajo el manto de la ilusión literaria, la autora, interlocutora de Cervantes, no puede ofrecer salidas fáciles. La otra mano de Lepanto narra las "otras historias", las que no se quisieron contar, se acallaron por conveniencia o se perdieron en relatos milagreros o mezquinos; historias marcadas por el sello de una realidad siempre brutal.
Vivir la agresión y la derrota continuas o desafiar al destino en un mundo de signos contradictorios y cambiantes conlleva hondas transformaciones que aparecen como heridas y mutilaciones. María y Zaida, su antagonista, son en este sentido figuras desdichadas en quienes se entrecruzan las desgracias de un destino individual y los influjos de un ámbito conflictivo.
Elegida para cumplir una misión histórica, María expresa en su baile la hibridez de la sociedad andalusí, encarna el afán de resistencia gitano y morisco, se mantiene moralmente pura en una sociedad donde más que la moral se aprecia la "limpieza de sangre". Como en muchas novelas, cuando la pasión irrumpe, su suerte cambia. Ciega y lúcida, valiente y sentimental, María vive una honda contradicción entre lealtades que, no obstante el poder de la imaginación, determina el fin de sus ilusiones. Si a través de su protagonista, Boullosa cuestiona la validez de las lealtades sociales y personales en contextos turbulentos y abre una posibilidad de trascendencia, así sea sólo en la ficción, a través de Zaida retoma, a nivel individual, la pregunta de Carriazo acerca de los límites de lo humano.
En Zaida, Boullosa crea un personaje notable y de terrible actualidad. Desde el pórtico de Galera, la morisca es una sobreviviente. Ha sobrevivido a la destrucción de la comunidad granadina, de su familia, y lo ha perdido todo. Testigo, agente y víctima de una violencia exacerbada, más que culpa o duelo, carga odio. Incapaz de reconocer al otro como tal, ve sólo la cara del enemigo en quien no piensa como ella. Su vida se transforma en un encadenamiento de crímenes. Su enfrentamiento final con quien para ella representa la mayor traición resulta de la pérdida de todo lazo humano, pero se debe también a la violencia que arrasó Al Andalus y que ha inundado el mundo de sangre. En esta "vengadora" inhumana y demasiado humana, que no sueña sino con el exterminio, Boullosa ha dado una antecesora a quienes se han convertido en piltrafas humanas bajo el peso de la Historia.
Cuando reflexiona sobre lo que implica escribir Lepanto, Carriazo expone, podríamos decir, un problema posmoderno: la dificultad humana, verbal, literaria, de narrar el horror vivido mientras se está viviendo, de expresar el dolor propio sin borrar el de los demás. A través de este testigo privilegiado de ese viejo "nuevo mundo", Boullosa plantea y deja abiertas preguntas que, a la luz de los infiernos de Nueva York, Afganistán, Bagdad, Palestina, resultan más acuciantes. La hondura de estas reflexiones, aunada a la intensidad imaginativa de esta novela, confirma el valor de las exploraciones siempre inquietantes de Boullosa.

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The Music of the Mill, de Luis J. Rodríguez
por José Ramón Ruisánchez Serra

The Music of the Mill de Luis J. Rodríguez cuenta la historia de tres generaciones de mexicanos en Estados Unidos. El abuelo, Procopio, es un yaqui que siente de pronto la inquietud del Norte en la brújula de sus pies y cruza la frontera sin más contratiempos. Se instala primero en Arizona y más tarde, ya casado, en Los Ángeles, donde consigue un empleo en la fundidora que consumirá sus fervores durante las siguientes décadas.
De la abundosa camada de hijos de Procopio, sólo importa Juanito, Johny, el más joven, el rebelde, el que en lugar de entrar directamente al vientre cruel de la acerería, explora las calles del barrio, se convierte en pandillero y, naturalmente, se gradúa en el inevitable mundo carcelario. Al salir, se casa con su novia de la secundaria y decide resignarse a trabajar con su padre y sus hermanos en la forja, donde logra rebasar los niveles elementales del trabajo físico gracias a su habilidad técnica. Su comprensión de las entrañas del leviatán lo lleva de manera paralela a la inquietud política.
Aunque fracasa su primer intento por tomar el sindicato con una planilla donde campean negros, chicanos y comunistas, el segundo, muchos años después, triunfa. Tristemente eso sucede en plena era de Reagan, cuando le toca presidir sobre el destace de la industria pesada.
La tercera generación es tradicionalmente la encargada de recuperar la memoria en las ya abundantes novelas de inmigración. En este caso la hija de Juanito, Azucena, es quien habla en primera persona y actúa como el lugar donde se deposita la memoria de una genealogía. Azucena: madre soltera, cantante de ocasión, salvada de las drogas y el alcohol por el evangelismo, adoradora del temazcal como puerta de entrada al conocimiento prehispánico, encarna la diferencia entre los mexicanos y los chicanos. Azucena puede escribir sobre la planta industrial porque ella nunca trabajó allí. Es la memoria de la incursión mexicana porque ya no habla español. Pero al mismo tiempo no logró la entrada al sueño americano.
Sin el fracaso de la tercera generación, ésta sería una novela más como La casa de la laguna de Rosario Ferré, The Woman Warrior de Maxine Hong Kingston o Dogeaters de Jessica Hagedorn, que en realidad no son sino modificaciones del modelo propuesto por la Bildungsroman. La idea es incluir a los abuelos en la arqueología del yo: los cuentos exóticos, pintorescos, de lo traicionado para devenir estadounidense. Al final aparece el ajuste de quien narra a la sociedad que la rodea. El triunfo implícito que el libro simboliza se debe a que ha dejado de ser como sus ancestros; a que, a pesar de comerse un chopsuey de vez en vez, habla más o menos el mismo chino que suahili un negro de Harlem.
Procopio, Johny y Azucena son la veta más potente de la familia, los mejores. Importa subrayar el hecho de que Rodríguez no haya escogido como personajes de su novela a los débiles, a los vencidos en la ruta. Importa porque ni siendo los fuertes y ayudados por el paso del tiempo logran la metamorfosis completa. Los chicanos siguen siendo víctimas de un racismo y de una rapacidad corporativa que acaba por vencer sus fieras energías individuales, lo que los obliga a replegarse en las expresiones marginales del mainstream. El silencio estoico, la violencia, las drogas y el alcohol, las "religiones tropicales", la actividad política radical son el núcleo de este catálogo potencialmente infinito de pliegues en los que se refugia el jodido, el postergado, el ciudadano de tercera.
Así, la clave para leer esta novela no se encuentra en el ascenso hacia el sueño americano, sino en el avance hacia su pesadilla. Estamos más cerca de la literatura y el cine negros del arco que comienza en el Invisible Man de Ralph Ellison y se prolonga en la producción de Toni Morrison y en las películas menos complacientes de Spike Lee y Mario Van Peebles.
Rodríguez es uno de eso poetas conversacionales capaces de acuñar impecablemente el instante. Lo mejor de su obra son los poemas que dedica a las epifanías que iluminan los páramos cotidianos: encontrarse con un boxeador chicano de Los Ángeles en pleno Nueva York, gozar el estallido sexual de una mujer que se levanta el vestido junto a una carretera atestada. En el caso de la novela, faltan estos instantes. A pesar de que Rodríguez trabajó en una fundidora, de que de alguna manera ésta es su vida, la nitidez se disuelve porque es un novelista primerizo. Olvida personajes, retoma subtramas cuando ya se han marchitado, inserta conversaciones de índole política o sociológica que deberían ilustrar el surgimiento de nuevos saberes pero en realidad los lastran.
Y a pesar de todo, su visión amarga, su voluntad de escribir la novela del inmigrante desde una voluntad mucho más cercana al realismo socialista que al realismo mágico, combinadas con lo que de verdad puede lograr en prosa —lo que prueba Always Running (traducido como Vida loca), esas memorias de la vida de pandillas en East la—, hacen esperar un nuevo intento, mejor templado por años de práctica en el verso, quizá menos ambicioso en su envergadura, pero mejor acabado.



Filosofía
Sobre el problema de Dios de Sartre
por Norman Mailer

Diría que Sartre, a pesar de su indiscutible vigor intelectual, su talento y su personalidad, es aún el hombre que descarriló el existencialismo, que lo sacó de cauce. Esto pudo ser, en parte, porque dio un rodeo demasiado grande para evitar el pensamiento de Heidegger. Heidegger dedicó su vida a trabajar con ahínco en la grieta de las asentaderas de la filosofía, justo ahí en la hendidura entre el Ser y el Ser-ahí. Incluso sugeriría que Heidegger estaba buscando una conexión viable entre lo humano y lo divino que no enardeciera irreparablemente a los mandarines alemanes de la era posterior a Hitler que reinaban entonces, que no tenían prisa por perdonarle su pasado y que difícilmente habrían fomentado su viraje hacia lo irracional.
Sartre, sin embargo, parecía cómodo como ateo incluso si su pisada filosófica carecía de una base en la cual apoyarse. Al diablo con eso, él no lo necesitaba. Estaba listo para sobrevivir en pleno aire. Somos franceses, estaba dispuesto a declarar. Tenemos mente, podemos vivir con el absurdo y no pedir recompensas. Esto es así porque somos lo suficientemente nobles para vivir con el vacío, y suficientemente fuertes para elegir una ruta por la cual incluso estamos dispuestos a morir. Y haremos esto en absoluto desafío al hecho de que, ciertamente, carecemos de base. No esperamos un Más Allá.
Era una actitud, una postura orgullosa; era igual a vivir con la mente de uno en el espacio informe, pero privó al existencialismo de exploraciones más interesantes. Pues el ateísmo es una empresa estéril cuando se encuentra con la filosofía. (¡Basta pensar en el Positivismo Lógico!) El ateísmo puede enfrentarse con la ética (como en ocasiones lo hizo Sartre brillantemente), pero cuando se trata de metafísica el ateísmo termina en una celda cerrada. Después de todo, es casi imposible para un filósofo indagar sobre cómo es que estamos aquí sin manejar alguna noción de lo que debió ser una fuerza previa. Si la existencia surgió ex nihilo, la especulación cósmica se asfixia. Y peor, en el caso de Sartre. La existencia se dio sin una sola clave que sugiriera si estamos aquí por un buen propósito o si no hay razón alguna para nosotros.
De cualquier manera, el talento filosófico de Sartre era condenadamente hábil. Era capaz de funcionar con precisión en las altas esferas de cada una de las estructuras lógicas que levantaba. ¡Si tan sólo no hubiera sido un existencialista! Pues un existencialista que no cree en algún tipo de Otredad es igual a un ingeniero que diseña un automóvil que no requiere de conductor ni acepta pasajeros. Si el existencialismo ha de florecer (es decir desarrollarse a través de una serie de nuevos filósofos que construyan sobre premisas previas), necesita un Dios que no esté más seguro del fin que nosotros; un Dios artista, no un legislador; un Dios que padezca las incertidumbres de la existencia; un Dios que viva sin ninguna de las garantías preestablecidas que se posan como íncubos sobre la teología formal, con su egoísta y flatulenta suposición de un Ser que es Todopoderoso y Bondadoso. Qué pantagruélico oxímoron —Todopoderoso y Bondadoso. Una noción que pasmaría a cualquiera y a todos los teólogos formales que intentaran explicar un terremoto. Ante la furia de un tsunami, sólo pueden soltar una ventosidad. La noción de un dios existencial, de un Creador o Creadora que probablemente hizo su mejor esfuerzo artístico pero que, aun así, fue descuidado al diseñar las placas tectónicas, está fuera de su alcance.
Sartre era ajeno a la posibilidad de que el existencialismo podía prosperar si tan sólo asumiera que, de hecho, tenemos un Dios quien, sin importar Sus dimensiones cósmicas (ya sean más grandes o más pequeñas de lo que suponemos), encarna de todos modos algunas de nuestras faltas, nuestras ambiciones, nuestros talentos y nuestra oscuridad. Pues el fin no está escrito. Si lo está, no hay lugar para el existencialismo. Si nuestras creencias se basaran en el hecho de nuestra existencia, no nos costaría demasiado trabajo asumir que no sólo somos individuos, sino que bien podemos ser parte vital de un fenómeno más grande que busca una visión más aguda de la vida, una visión que posiblemente podría emerger de nuestra condición humana presente. No hay razón, se puede argüir, por la que esta suposición no esté más cerca del ser real de nuestras vidas que cualquier otra que nos ofrezcan los teólogos oximorónicos. Sin duda es más razonable que la suposición de Sartre —a pesar de su deseo apasionado de una sociedad mejor— de que estamos aquí querámoslo o no y que debemos lidiar de la mejor manera posible con la nada endémica instalada en la eterna falta de base. Sartre fue ciertamente un escritor de grandes dimensiones, pero también fue un verdugo filosófico. Guillotinó el existencialismo cuando más necesitábamos escuchar su aullido, su graznido salvaje diciendo que hay algo en común entre Dios y todos nosotros. Como Dios, somos artistas imperfectos haciendo lo mejor que podemos. Podemos tener éxito o fracasar —Dios y nosotros. Ése es el aire implícito, aunque no desarrollado, del existencialismo. Haríamos bien viviendo otra vez con los griegos, con la esperanza de que el fin permanece abierto pero que la tragedia humana bien puede ser nuestro fin.
Las grandes esperanzas no tienen una base real a menos que uno esté dispuesto a encarar la fatalidad que también puede estar en camino. Ésos son los polos de nuestra existencia —tal y como han sido desde el primer instante del Big-Bang. Algo inmenso puede estar fraguándose, pero para enfrentarlo haríamos mejor esperando, no que la vida provea las respuestas que necesitamos, sino que nos ofrezca el privilegio de afinar nuestras preguntas. No es el absolutismo moral sino el relativismo teológico el que haríamos bien en explorar, si lo que realmente necesitamos es un Dios con el que podamos comprometer nuestras vidas.

Iraq vs. Vietnam: una charla con el Presidente
por Arthur Schlesinger, Jr.

Doble premio Pulitzer, el periodista, historiador y crítico Arthur Schlesinger, Jr., compara la guerra de Iraq con la de Vietnam y aboga por la teoría del mal menor que implica forzosamente la retirada de las tropas americanas del país del Medio Oriente.
"El Presidente de Estados Unidos lo llama", dijo la operadora. Entonces, una vibrante voz tejana irrumpió: "¡Qué tal, Artie! ¿Cómo va todo?". Esto confirmó que quien llamaba era, en verdad, el señor Bush, a quien nunca he tratado, pero cuya predilección por los apodos es bien conocida —nadie en 87 años me ha llamado alguna vez "Artie". "Estoy sosteniendo algunas charlas sobre la guerra en Iraq", continuó el Presidente, "y me gustaría saber qué crees que debería estar haciendo al respecto".
—Yo buscaría el momento adecuado para declarar la victoria y luego me esfumaría, señor Presidente —le contesté.
El señor Bush respondió:
—Mi gente dice que esfumarse sería un desastre, una calamidad. Si nos retiráramos ahora y dejáramos el desastre en manos de los iraquíes, ¿qué gobierno extranjero creería en la palabra de Estados Unidos en el futuro? Eso destruiría nuestra credibilidad. Debemos mantenernos firmes por encima de todo.
—Esfumarse crea una mala reputación —dije— y la última vez que Estados Unidos se esfumó de manera conspicua fue hace treinta años, en Vietnam. Los riesgos eran notoriamente altos. De acuerdo con la teoría dominó del presidente Eisenhower, la caída de Vietnam del Sur se traduciría en el control comunista del sudeste asiático. "Nuestra derrota y humillación en Vietnam del Sur", amplió el Presidente Nixon, "promoverían sin duda la imprudencia en los concejos de esos grandes poderes que no han abandonado sus planes de conquistar el mundo"... Sin embargo —agregué—, nos esfumamos de Vietnam. El espectáculo de nuestros aliados vietnamitas colgando de los helicópteros estadounidenses subrayó la derrota y la humillación del país. Pero la crisis de credibilidad nunca se materializó. La reacción mayoritaria de los extranjeros consistió en ver Estados Unidos como una nación que, tras un largo período de aberraciones, regresó a sus cabales. Esfumarnos nos permitió salir de una guerra sin victoria posible en la que nuestros intereses vitales no estaban involucrados. Esfumarnos nos permitió liberar las fuerzas armadas de Estados Unidos para realizar labores de contención y disuasión en otros lugares del mundo. Nuestra retirada de Vietnam incrementó, de hecho, nuestra credibilidad, de la misma manera en que la retirada emprendida por De Gaulle en Argelia incrementó la credibilidad del gobierno francés. Además, el análisis posterior refutó la teoría dominó que en principio nos llevó a Vietnam, de la misma manera en que el análisis posterior refutó la teoría de las armas de destrucción masiva que nos llevó a la guerra contra Iraq. Señor Presidente: por favor considere nuestra retirada de Vietnam como un precedente histórico... Lo que es más —añadí—, nosotros teníamos obligaciones concretas para con nuestros aliados vietnamitas, obligaciones que no existen en Iraq. Intervinimos en la guerra civil vietnamita para apoyar un bando. Esto significaba que, al retirarnos, abandonaríamos a nuestros camaradas vietnamitas. Estaba en juego una traición moral por la que nuestros aliados pagaron un alto precio. Debíamos enfrentar una decisión cruel: persistir en una guerra sin sentido o sacrificar a nuestros aliados. La geopolítica internacional es un juego rudo. Pero, a pesar de la muerte y la catástrofe que sembramos en Vietnam, catástrofe y muerte mucho mayores que las que hemos llevado a Iraq, los estadounidenses son hoy muy populares en el Vietnam comunista... El futuro de Iraq es incierto —concluí—. Esfumarnos podría conducir a la anarquía generalizada o a la dominación islámica; pero también podría precipitar la colaboración entre sunnitas, chiitas y kurdos para contener la insurgencia y gobernar el país. Tal vez el trauma de la retirada estadounidense estimularía el aumento de la responsabilidad iraquí.
—Mientras yo sea Presidente —respondió el Señor Bush—, nos quedaremos, pelearemos y ganaremos la guerra contra el terrorismo.
—Pero, señor Presidente —dije—, seguramente, mientras dure la ocupación militar estadounidense, los terroristas en todo el Medio Oriente tendrán un pretexto para continuar el reclutamiento. Como dice Chuck Hagel, un veterano de Vietnam y senador de su propio partido, "entre más tiempo nos quedemos, mayores serán nuestros problemas". Tal es la contradicción fatal en la política de la permanencia. Otra contradicción fatal es que, si el ejército iraquí ha de ser lo suficientemente fuerte como para destruir la insurgencia, necesitará de las poderosas armas estadounidenses, pero, considerando el futuro sombrío, nadie sabe cuándo se utilizarán esas armas contra el mismo ejército que las proveyó.
—Estamos en deuda con ellos —dijo el Presidente, refiriéndose a los reclutas estadounidenses muertos en la guerra de Iraq—. Terminaremos la labor por la que dieron sus vidas.
—Como señala Stephen Schlesinger, director del World Policy Institute —repliqué aún—, "siguiendo esta lógica, aún estaríamos peleando en Vietnam, pues estaríamos 'en deuda' con los cincuenta mil estadounidenses que murieron en ese conflicto..." La cuestión en Iraq, hoy, es evaluar dónde radican nuestros verdaderos intereses nacionales... Señor Presidente —dije—, nuestros verdaderos intereses nacionales radican en terminar esta guerra sin sentido.
Y entonces desperté. -



Artes Plásticas
Encuentro sorpresivo con Ana Karenina
por Hugo Hiriart

Nueva York es cosa viva. Como todo lo vivo, muda. Como todo lo que muda, destruye y crea (que en esto consiste cambiar, algo viejo se destruye y algo nuevo se crea en su lugar). Así, cada vez que me ausento y regreso a la ciudad, me dispongo, a veces con cierta aprehensión, a levantar las actas de defunción. Esta vez cayeron muchos; los cierres que más me duelen, de cerca de mi casa, son el lugar que vendía revistas internacionales, la librería Applause, consagrada a teatro y cine, y la miscelánea Verdi, donde trabajaban mis amigos los Juanitos, buenas personas, indocumentados ambos, que hablaban entre ellos en náhuatl y cuyo paradero ignoro ahora por completo.
Las actividades siguen, sin embargo: en teatro, una divertida farsa con tres mimos ingleses (muy serios, como deben desempeñarse los payasos), o la película en la que un brillante Philip Seymour Hoffman representa a Truman Capote, despiadado y amoral, con un guión francamente deficiente. Esto entre otras muchas cosas, una de ellas, la exposición de arte ruso en el Guggenheim. De esta última quiero decir algunas cosas.
No puedo juzgar que fuera una mala exposición. Sólo por la redonda maravilla de los viejos iconos, uno de ellos, no el mejor, del célebre Andréi Rublev, valía la pena hacer el viaje. Los iconos, al mismo tiempo familiares y misteriosos, traspasados de inasible fervor.
O también figuraba en ella un cuadro realista de Surikov y otro del inmenso Ilya Repin, ese justamente célebre donde los boteros del Volga arrastran desde la orilla un barco y que ha venido a ser emblema del dolor del trabajo como opresión inhumana, casi como esclavitud.
Pero también estaba esperando por ahí, hermosa y vivaz, la gran Ana Karenina. Pueden verla en la ilustración, el cuadro de 1883 del pintor Iván Kramskoy. Este cuadro le trajo incontables problemas a Kramskoy, empezando porque el dueño de la galería donde él habitualmente exponía, que era algo así como su representante, juzgó que la mujer retratada, no identificada —el cuadro se titula "Mujer desconocida"— por el descaro de la mirada y el gesto, no podía ser una mujer decente, y era por tanto una prostituta, y se negó, por miedo a un escándalo, a exhibirlo. Y como reaccionó él, con esa gazmoñería, reaccionaron todos los demás burgueses. Parece mentira que una obra, de apariencia para nosotros tan inocente, haya sido objeto de estas apreciaciones adversas y condenatorias.
Sucede que por aquel tiempo Kramskoy había recibido la comisión de pintar un retrato del oso León Tolstoi. El conde estaba feliz, le había cobrado aprecio al pintor y conversaba largamente con él, mientras posaba o paseando por el parque de Yásnaia Poliana. Por aquellos días, Tolstoi batallaba escribiendo Ana Karenina, y en sus conversaciones le hablaba de la novela a Kramskoy. De suerte que el pintor, que trabajaba en el cuadro de la muchacha al mismo tiempo que en retrato de Tolstoi, insensiblemente fue poniendo en la muchacha del cuadro el atribulado encanto que muestra Ana en la novela. Y resultó esa maravilla de vivacidad que es el cuadro de la muchacha en el carruaje.
Tolstoi, por su parte, también retrató a Kramskoy: es un personaje de la novela, el pintor Mijailov.
En el cuadro, es notable la habilidad con que el pintor hace más claros los tonos de sepia del fondo que los del primer plano. El rostro de la muchacha nos parece a los espectadores del siglo XXI, más que descarado, arrogante. Ya nadie se atreve de pedir a una mujer una reserva modesta, un neutro segundo o tercer plano desde el cual atender las demandas del varón, y por tanto, ya no advertimos su descaro, pero sí la actitud retadora de alguien que se proclama, como esta muchacha en su gesto, difícil de contentar.



Epitextos
Notas y notas
por Guillermo Sheridan

Terminé Seuils (Éditions du Seuil, 1987) de Gérard Genette, un formidable tratado entomológico sobre los insectos que revolotean en la página del libro (títulos y subtítulos, el nombre del autor, las dedicatorias, epígrafes, prólogos, prefacios, cuarta de forros), documentado con pasmosa erudición en diversas tradiciones literarias y editoriales de los clásicos a nuestros días.
El capítulo sobre las notas al pie de página me recordó el escrito que Gabriel Zaid publicó en Letras Libres, "Nota al pie de las notas al pie" (febrero de 2005). El libro de Genette le gustaría mucho a Zaid, desde luego más que las notas al pie. Para el francés las notas no dejan de ser insectos, pero pueden ser abejas, hormigas y hasta mariposas; para Zaid difícilmente pasan de moscas empeñadas en molestar al pobre lector.
A mí, las notas al pie me encantan desde que, muchacho, disfrutaba tanto a Darío como a su editor Méndez Plancarte. Releo en estos días Metamorfosis de Ovidio en la traducción y edición de Antonio Ruiz de Elvira y me la paso de lo mejor, tanto con Ovidio (el autor famoso, diría Zaid) como con las especiosas notas, y De la naturaleza de las cosas en la osada traducción endecasilábica del Abate Marchena y con las atildadas notas de Domingo Plácido (el orden de los factores sí altera, en este caso, el producto). De la abundante edición del Quijote que hizo Francisco Rico, leí exclusivamente las notas y aprendí mucho, por ejemplo, con las explicaciones sobre el arte y la retórica de la esgrima del Licenciado, de los que tanto se burla Corchuelo antes de ser vencido.
No me comparo con esos grandes filólogos, pero he puesto cientos de notas al pie y querría pensar que son adecuadas. De las 543 páginas que cuenta mi libro más reciente (Poeta con paisaje: ensayos sobre la vida de Octavio Paz, Ed. Era, 2004), 35 son de notas (y aunque halago en propia boca es vituperio, hay algunas formidables). Y más en mis ediciones críticas. Seguro cometí la fementida nota de pie que se sube a la cabeza, que es la que más enfada a Zaid. Es un gusto de prosapia: también le gustaron a Walter Scott, a Chateaubriand y a Rousseau, que llenaron de notas sus libros, lo mismo que Stendhal, Valéry o Joyce, que inventó los "anotadores" en coro (Dolph, Issy y Kev) que revolotean por Finnegans Wake. Entre nosotros, son famosas las sabrosas notas de Sarduy a su propio Colibrí, y los minuciosos microensayos de José Luis Martínez a la Correspondencia entre Reyes y Henríquez Ureña... et cætera.
Como explica Genette, hay muchos tipos de notas, según quién las puso, cómo, dónde, cuándo, por qué y para quién. A las que se refiere Zaid son las autorales, con las que un autor acompaña un ensayo de su propia pluma, y las alógrafas, con las que un editor acompaña críticamente a un autor famoso (hay veces, claro, en que el editor es tan famoso como el autor, tal el caso de Voltaire, cuyo Commentaire de Corneille "edita" al dramaturgo y lo pone como la prensa al vocero). Se centra, pues, Zaid en los asalariados de la "industria académica" que se enciman a los autores famosos como si fueran "el Espíritu Santo, dictando la Biblia". Si bien reconoce que hay comentaristas que "saben acompañar", Zaid considera que "lo más frecuente es que el lector esté en la incómoda situación de escuchar dos voces que hablan al mismo tiempo". La de los académicos, claro, desafina. Es la voz usurpadora de la academia, esa constructora de "andamiajes" que cubren de tal manera el edificio que terminan por suplantarlo (variante de la sentencia lapidaria de Alain: "La nota es lo mediocre que se pega a lo bello").
Desde luego abundan esos industriales-académicos deseosos de catapultar su nombre misérrimo a la marquesina del concurso Miss Puntitos que la academia ha creado para otorgar(se) aumentos de salario. Pero si hay una "industria" académica tonta —la de los "escorpiones con bonete", como les dijo Octavio Paz—, también hay ejercicios críticos capaces de enriquecer la lectura, de hacer más hospitalaria la estancia del lector en el edificio del libro; los hay que maquilan materia textual en ruidosas líneas de producción con ayudantes y becarios, y también hay los que practican una labor editorial amorosa, sin aspiraciones paracléticas, deseosos en efecto de acompañar a un lector que, a fin de cuentas, tiene la opción de leer solo, si así le place.
Del mismo modo, puede ignorar el resto de las moscas (en académico se llaman epitextos): desde el nombre del autor, la dedicatoria, fechas de escritura y/o lugar, epígrafes, hasta el indicador de contenido, esa suerte de exordio que, por ejemplo, Letras Libres desliza bajo el título para coquetear con el lector, provocar su curiosidad, o disuadirla. A mí no me gusta el tal indicador, una intromisión publicitaria que le quita al lector el placer del descubrimiento y/o le impone un sentido a la lectura; un mimo que lo hace perezoso y fomenta el culto a la rapidez y la facilidad. El del artículo de Zaid dice en parte: "las notas han ido recorriendo el cuerpo de la página hasta subirse, con gran cinismo, a la mismísima cabeza del texto." El lector ha recibido la sentencia sin juicio previo, en agravio de la argumentación del autor y de su propia lectura, como si el texto entero fuese una nota al pie del epitexto, algo no del todo distinto a esas notas luego de las cuales, como dice Zaid, es "secundario que el texto sea leído o no". Por lo que a mí toca, creo que si los textos son buenos, y son buenos los epitextos, los lectores pueden olvidarse hasta de que tienen prisa.

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Kaos y Control
por Héctor Toledano

Murió Don Adams, alias Maxwell Smart, alias el Superagente 86. Que la muerte de un actor de segunda sea una noticia digna de dar la vuelta al mundo apunta hacia el lugar que ocupa en los anales de la cultura de masas lo que fuera el vehículo de su celebridad, el programa de televisión que en México llevaba el nombre de su personaje y en el original en inglés se llamaba Get Smart, juego de palabras que liga el apellido del superagente con su proverbial estupidez y alude a la dinámica persecutoria que animaba cada episodio (y el espíritu de la época).
El Superagente 86 fue el primer programa que adquirió en mi casa la categoría de evento familiar imprescindible: algo que no sólo nos reunía religiosamente frente a la televisión, sino que justificaba que cualquier otra actividad contingente fuera anticipada, suspendida o pospuesta para no interferir con su horario. En esa medida, era una clara muestra del incipiente poder del medio para alterar en forma decisiva las fórmulas de convivencia vigentes hasta entonces en la mayoría de los hogares, poder que con el tiempo acabaría por erradicar las mesas del comedor de millones de ellos. La televisión comenzaba a convertirse en lo que es ahora, el sustituto electrónico de la mítica chimenea, el ámbito de irradiación luminosa que confiere su sentido a la palabra hogar.
La propuesta argumental era sencilla: había los buenos (Control) y los malos (Kaos). Ambas entidades resultaban casi indistinguibles en términos de su organización y procedimientos. Las separaba la naturaleza de sus propósitos, explícitos en sus respectivos nombres, y la composición étnica de sus contingentes: Control era mayormente un bastión de pureza anglosajona; Kaos un reducto vagamente nazi y vagamente soviético por donde desfilaba una plétora de personajes diversos con nacionalidades y acentos de catadura dudosa. De modo que Control encarnaba el sueño americano y Kaos a sus envidiosos enemigos y detractores. El paralelismo con la realidad contemporánea era total: la vida en Estados Unidos transcurría bajo el signo paranoico de la Guerra Fría, cuya visión maniquea del mundo ordenaba y justificaba las prioridades nacionales. Lo asombroso era el tono: el programa parecía dispuesto a burlarse de una mentalidad que en el año de su lanzamiento, 1965, gozaba del suficiente peso y curso social para justificar el involucramiento total del país en la guerra de Viet Nam.
En los hechos, sin embargo, su efecto era probablemente menos subversivo que tranquilizador. El Superagente 86 contribuyó a la definición moderna de un esquema, vigente hasta ahora, que parece murmurarle por lo bajo al ciudadano común, a contrapelo de las graves proclamas del poder, que por difícil que pueda ser la situación del país en un momento dado, su principal obligación sigue siendo pasarla bien, divertirse, comprar y dejar en manos de sus mayores la dura tarea de enfrentar las complejidades del mundo. Si la Guerra Fría se podía presentar como una broma, en la que buenos y malos son igualmente chambones, su dimensión en la realidad no podía ser tan terrible. En el programa, el conflicto aparece como rutina, tanto en el sentido corriente como teatral de la palabra: un proceso predeterminado donde cada bando desempeña el papel que se le asigna, ambos requeridos por el otro para justificar su existencia. En efecto, Control existe sólo porque Kaos existe y es gracias a ello como personajes como Maxwell Smart y la 99 (cuyo nombre de civil no llega a revelarse nunca) pueden conseguir trabajo, conocerse, enamorarse, casarse y reproducirse.
Lo cual era sin duda, y sigue siendo, el encanto principal de la serie. Ajenos en buena medida a los efectos directos del conflicto entre las potencias, incapaces de desentrañar las sutiles alusiones a los usos y costumbres de la burocracia en Washington, sin guerra propia que pelear contra nadie, lo que los espectadores mexicanos veíamos en la serie era la promesa de ese mundo ligero y alegre, donde hasta un mediocre de marca podía tener un empleo atractivo, coche convertible y esposa despampanante. Desprovista de los recursos técnicos de los que abusa ahora, la televisión estadounidense de la época echaba mano de lo mejor de su rica tradición cómica, desde el teatro de variedades hasta el stand up, para cumplir lo que sería desde entonces una de sus principales funciones sociales: la introducción paulatina y la estandarización masiva de lo aceptable, la regulación suave de unos criterios de normalidad que la naturaleza misma de la sociedad de consumo obliga a mantener en fluctuación constante.
En ese sentido, las aportaciones del programa son notables. Por una parte está el personaje de la 99, prototipo de mujer moderna, toda flexibilidad atlética, racionalidad y eficacia. Lo importante aquí no son sólo los atributos que la presentan como una mujer liberada, sino la forma que adquiere su liberación y los márgenes que la delimitan. La 99 se la pasa arreglando los desfiguros de su contraparte masculina y salvándolo de la muerte, pero no por ello deja de enamorarse de él o cuestiona su posición jerárquica. Sigue siendo en primer término un objeto erótico y a su debido tiempo acabará por cumplir su destino como ama de casa y madre. Sus nuevas aptitudes en el campo laboral no cancelan sus obligaciones tradicionales, simplemente las recubren de un resplandor inédito. De ese modo, la imagen de la mujer liberada matiza sus aristas más irritantes y ensancha el ámbito de su atractivo, pues aparece ante todo como una cuestión de ritmo, de actitud y de look.
El otro gran protagonista es la tecnología, que puesta en manos de personas tan comunes y corrientes prefigura su asimilación a los más diversos ámbitos de la vida cotidiana. No se trata únicamente del célebre zapatófono: la serie exagera hasta el delirio el culto a los gadgets que distinguen a las películas de espías, en particular a la franquicia 007, cuyas cintas ya son de suyo una parodia de sí mismas. El atractivo de los artefactos no radica en su efectividad, habitualmente pobre, sino en su carácter novedoso y su accionar sorpresivo, como tantos aparatos inútiles que acumulan polvo en nuestras casas (y en las bodegas militares de las grandes potencias).
Hay también un considerable arsenal químico, compuesto por gases paralizantes, pastillas para mentir, para dejar de mentir, para lavar el cerebro, aerosoles invisibles y una gama interminable de venenos, contravenenos, contracontravenenos y contracontracontravenenos. También sustancias psicotrópicas y alucinógenas que figuran en capítulos con nombres tan sugerentes como "Is This Trip Necessary?" y "The Groovy Guru", y que terminan por redondear la imagen del programa como un producto netamente sixties. Al igual que su estricto contemporáneo, La Isla de Gilligan, cuyo protagonista, Don Denver, acaba de morir también hace poco, El Superagente 86 es hijo emblemático de una época hedonista, chocarrera, volcada al futuro, donde todo era posible y nuevo, a pesar de la guerra y los conflictos sociales o precisamente a causa de ellos. Una época que quería volver a la infancia, recuperar la ingenuidad de los niños, ser como la televisión misma, que daba sus primeros pasos, y como nosotros entonces, que estábamos aprendiendo a verla.



Dramaturgia
Pinter, escritor de silencios
por Sabina Berman

—Harold Pinter Premio Nobel.
—¿Quién? ¿Dijiste Harold?
(Pausa.)
—Sí, dije Harold.
(Pausa.)
—¡Bien merecido! Me alegro por el bueno de Harold Bloom. Un gran sabio. ¿Te conté que lo conocí en una conferencia que dio?
(Pausa.)
—Esto lo haces para fastidiarme, ¿cierto?
(Pausa.)
Él se levanta y va a la puerta. Cierra tras de sí.

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Adapto un trozo de una obra de Harold Pinter para ajustarlo a la ocasión: el dramaturgo inglés, famoso "constructor" de ambigüedades, ha sido elegido para recibir el Premio Nobel de Literatura 2005.
Escribo premeditadamente "constructor" de ambigüedades. Pinter hizo un estilo de calcar y reiterar la dificultad humana de comunicar y de tener sentido. Un estilo donde más importante que lo escrito es lo omitido.
En un texto característico de Pinter, puede ser incierto el nombre de las personas. Su motivación sicológica es siempre dudosa. Los sustantivos mismos pueden servir para nombrar cosas inimaginables y tal vez inexistentes. Y las leyes que rigen los pequeños y encerrados mundos que describe son incomprensibles.
Pequeños mundos donde no hay Bien ni Mal, sólo consecuencias, usualmente tremendas.
Dramaturgo que instala al espectador en la angustia previa al ser y previa al no ser, la más eficaz de sus omisiones es la expresión verbal clara. Omisión formada por diálogos cortos y banales, que sirven más para no decir que para decir, y sus internacionalmente famosos silencios.
La pausa pintereana. No hay amante del teatro de la segunda mitad del siglo XX que no sepa de la pausa pintereana.
La acotación (Pausa.) es la línea más común de la obra entera de Harold Pinter. Fácilmente ocupa un diez por ciento de las líneas que ha publicado en su vida. Y de seguro no hay autor de teatro que haya utilizado tan a menudo la petición de silencio.
Oh paradoja: a un escritor de silencios, el Premio Nobel.

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—¿Qué piensan sus personajes cuando no hablan?
Lo preguntó un asistente a la conferencia que Harold Pinter dio en la YWCA de la calle 92 de Nueva York, allá por los años ochenta.
—¿Qué quiere decir usted? —preguntó él, reacomodándose los lentes de gruesos marcos negros.
—Cuando usted escribe pausa, sus personajes callan. Bueno, ¿qué piensan cuando callan?
—No importa —contestó Pinter—. Tal vez no piensen nada, tal vez sí, no importa.
—¿Y cómo debe un actor actuar interiormente esas pausas?
—Mire usted, debe decir el texto escrito y en las pausas básicamente debe no hablar.
Me contaba una amiga actriz que, cuando actuó un Pinter, en cada pausa contaba hasta 4. 1,2,3,4, mientras el público, absorto, tragaba saliva por el suspenso.

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— Un hombre leyendo un periódico y tras él una puerta. No puedo imaginar una situación más dramática.
Pinter lo dijo en la misma conferencia. Supongo que para el lector asiduo a la prosa debe de ser una afirmación misteriosa. Igualmente raros le deben de parecer, si se asoma a ellos sin previas informaciones, los textos escritos por Pinter. ¿Qué hay de dramatismo en un hombre leyendo el periódico y tras él una puerta?
Sólo alguien que lee trasladando de inmediato el texto a la fisicalidad del teatro puede imaginarlo. Supongamos una butaquería con trescientas personas en silencio y en escena este hombre leyendo el periódico, y por supuesto la puerta, en la que la atención de los espectadores depositará su esperanza de que algo suceda. Esperanza ascendente con cada minuto de silencio. Suspenso puro: trescientos espectadores tensos esperando que la puerta se abra y el vacío se vaya llenando de algo.
—Por mí —dijo esa tarde Pinter—, el hombre podría quedarse ahí leyendo el periódico la siguiente media hora.
Pero seguramente con la puerta tras él, agrego yo.

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Actor antes de escribir para el teatro y actor mientras ha escrito durante cinco décadas para el teatro, la obra de Pinter depende de su conocimiento de la tensión entre el público y los sucesos de escena.
Es un lugar común decirlo: el texto dramático sólo se completa en escena; sólo en escena cobra pleno sentido. Bueno, es un lugar común falso. Molière puede leerse con tranquila alegría y tendrá sentido. En escena nada más descubrirá nuevos elementos de eficacia dramática. Shakespeare leído es siempre majestuosamente elocuente. En cambio, representado, depende de actores magníficos: si son estupendos, Shakespeare crecerá en escena; si son mediocres, Shakespeare será insoportablemente extenso y monótonamente emotivo (y conviene entonces cerrar los ojos y atenerse al puro sonido del texto que lo narra todo con elocuencia). De seguro Bernard Shaw es mejor leído que actuado. Sus larguísimos prólogos y agudas indicaciones para los actores aparecen en sus libros, pero no son dichos en escena.
Pinter no: Pinter escribe para el teatro. Pinter es demasiado misterioso en el papel. Sólo en escena Pinter es el verdadero Pinter.

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En La fiesta de cumpleaños (1958), primera obra de Harold Pinter, un hombre es juzgado y sentenciado por unos visitantes desconocidos para él. La situación recuerda a El Proceso, de Franz Kafka. También pareciera una situación del teatro de Ionesco. Y, en efecto, Pinter inicia su carrera con obras de acusada influencia kafkiana e insertado en la estela del Teatro del Absurdo.
La fiesta... es vapuleada por la crítica inglesa. En 1959 Pinter estrena El vigilante, que es bien apreciada y traducida a varios idiomas. Las piezas que siguen van alejándose de ciertas convenciones del Teatro del Absurdo, como lo estereotípico de los personajes o la atmósfera simbólica de las locaciones, y van dando más sustancia de realidad también a sus tramas. Pero persiste la ambigüedad, lo irracional de los desenlaces, la dificultad de la comunicación.
Para finales de la década de los sesenta Pinter se ha colocado como el autor inglés vivo de mayor renombre internacional. Paradójico: de más claro perfil. Gloria suprema para un artista: Pinter se ha vuelto un adjetivo.
Una obra de estilo pintereano, una actuación pintereana, un silencio pintereano: lo ya dicho, en la segunda mitad del siglo XX no hay quien sepa de teatro que no comprenda el significado del adjetivo.
Gloria suprema e igualmente condena para un artista: ser ya adjetivo. Las obras pintereanas pierden, para el público, su garra. Su capacidad de crear angustia. Se han vuelto previsibles. Incluso sus finales imprevistos son esperados cómodamente. Sus obras han pasado a ser comedias del sinsentido. Ir a ver el último Pinter se vuelve un acto ritual del público de lo avant garde. Ay sí, vamos a verlo y luego cenamos en el restaurante de moda.
En 1978, valientemente, Pinter rompe con lo pintereano. Exagero: rompe con varios elementos del estilo que le han dado fama, cuando estrena Traición.
La trama de Traición no es ambigua. Se trata de un triángulo amoroso. Y ni remotamente está motivada misteriosamente ni está plagada de huecos de realidad. De hecho, Pinter sintetiza en esta obra un largo episodio de su vida personal. Su relación de amor y odio con la actriz Vivien Merchant, con quien estuvo casado durante veinticuatro años.
Continúa, sí, la contención verbal de los personajes, siempre apretados en el miedo a decir demasiado o a nombrar la verdad del presente, y continúan las pausas, los infaltables silencios.
Lo innovador de la obra reside en su arquitectura. El tiempo corre hacia atrás en Traición. La primera escena sucede cuando un matrimonio ha sido disuelto y la última escena diez minutos antes de que se consolide ante un juez. En esos diez minutos, el mejor amigo del esposo le declara su amor a la mujer del par, de manera que la misma noche en que el matrimonio se inicia formalmente ante la sociedad, se inicia el amorío secreto que habrá de destruirlo.
Traición es la última obra de resonancia internacional de Pinter. Por cierto, la más exitosa de todas.

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El 13 de octubre, veinte minutos del anuncio oficial, Pinter recibió la llamada que le comunicó su elección para el Premio Nobel. Su réplica: un silencio extenso, que desembocó en una oración concisa. "No tengo palabras."
Tardó en hablar con la prensa porque se entretuvo (después lo explicó) desayunando con su esposa (la segunda), con quien "bebió una copa de champaña".
Ya ante la prensa se declaró "abrumado" por el honor y consideró misteriosa la elección del comité del premio. Explicó que hacía años prefería escribir poesía que teatro y que de por sí dedicaba su tiempo más al activismo político que a literatura. De hecho a inicios del 2005 había anunciado su retiro como dramaturgo. ¿Podría ser que se le daba el premio, más que por su obra, por sus esfuerzos contra la guerra de Iraq? Lo preguntó, no lo afirmó. Y ese primer día de la gran noticia ya no hizo otras declaraciones.
So Pinter. Tan pintereano.
Harold Pinter fue desde joven un activista político. Un liberal de izquierda. Objetor de conciencia, no hizo su servicio militar. En la década de los ochenta atacó desde el púlpito de su fama, sin pausas y sin ambigüedades, al gobierno inglés de derecha de Margaret Thachter y al gobierno estadounidense de Ronald Reagan. La primera década del siglo XXI lo encuentra airado contra los nuevos dirigentes de los mismos gobiernos. Ha llamado al primer ministro inglés Tony Blair "criminal de guerra y asesino" y a la cúpula estadounidense "pandilla de delincuentes" enfrascada en "una pesadilla de histeria, ignorancia, arrogancia, estupidez y belicismo".
Es decir, Pinter ha sido a lo largo de su vida dos Pinters. El Pinter político, de claro signo ideológico y cero dificultad para decir fuerte y directo lo que piensa, y Pinter el creador de un teatro de la ambigüedad.
¿Por qué calló Pinter en el teatro? ¿Por qué no inició una tercera etapa, en la cual —acaso— se expresaran sus ideas políticas?
Después de Traición, en el teatro mundial la tendencia ha sido una reacción al minimalismo pintereano, una reacción a la ambigüedad de todo el Teatro del Absurdo y sus derivados, y una reacción contra el teatro de temas personalistas.
Rige más bien la teoría teatral de "la lasagna", nombre acuñado por Tony Kuschner (Angels in America), el dramaturgo estadounidense. La teoría de "la lasagna" supone que mientras más ingredientes expresivos tenga el teatro (diálogos, silencios, apartes, cambios escénicos, etc.), mientras más niveles de expresión tenga (cotidianidad, estrato simbólico, secuencias oníricas, discusiones filosóficas, mensajes políticos, etc.), más teatro es.
Más es más: la teoría de la lasagna.
Tom Stoppard y Alan Ayckbourn, los otros dos dramaturgos británicos vivos de trascendencia internacional, ambos con muchos años de edad y muchas obras estrenadas, como Pinter, han virado sus estilos con los nuevos aires. Nuevos dramaturgos han repolitizado el teatro, como Michael Flayn (Democracia), Eve Ensler (Monólogos de la vagina) o el ya nombrado Tony Kuschner. Y otros, desde siempre políticos, gozan de un renovado atractivo, como Darío Fo (Muerte accidental de un anarquista, El anómalo bicéfalo) o el mismo Bertold Brecht, inventor del drama activista.
Pinter no. Si Beckett y Ionesco fueron los padres del Teatro del Absurdo, Pinter fue su último gran exponente, y acaso así ha querido él quedar para sí mismo y para la historia del teatro.
Again, so Pinter. Desenlace a una vida dedicada a escribir para el teatro: el Premio Nobel lo sorprende en (Pausa).

Literatura
Claude Simon (1913-2005)
por Adolfo Castañón

El miércoles 7 de julio de 2005 murió en Francia, a los noventa y un años, Claude Simon, novelista eminente y Premio Nobel de literatura en 1985, autor de una obra caudalosa, compleja e innovadora que se vela y revela en la etiqueta editorial de nouveau roman. Nacido en 1913 en el norte de África, a Simon lo marca la experiencia de la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Con Samuel Beckett, Michel Butor, Marguerite Duras, Alain Robbe-Grillet, inicia un movimiento literario que en cierto modo recogerá en las letras las aventuras de la vanguardia en las artes plásticas —como las de la pintura cubista y abstracta de Juan Gris, Picasso, Mondrian, Kandinsky, Klee. A su vez, como es sabido y reconocido, estos pintores no dejaban de ser afines al discurso de una literatura esencial y una poesía pura. La obra de Claude Simon recorre y trabaja infatigablemente el camino de una pregunta: ¿Cómo es?, título, y no es fortuito, de una novela de Samuel Beckett. ¿Cómo es? ¿Cómo fue la experiencia? ¿Cómo reconstruirla y dar cuenta y cuento de aquello que pasó en un momento determinante? La anécdota, la trama, la red de peripecias y de aventuras se reducen en este proyecto literario a la letra minimalista, a una letra, a unas letras que desconfían del lenguaje, de sus trampas y traiciones, de sus falsas promesas, de sus colores pintorescos y locales. Una literatura por demás sobria y en cierto modo enamorada del vacío, del espacio literario fragmentado, atenida a sus propias leyes. El arte de la creación de personajes y situaciones era para la literatura de Claude Simon —pienso por ejemplo en una de sus primera novelas, El viento, o en las célebres Geórgicas— un punto muerto, pues si la literatura debe contar cómo es la vida, debe atrincherarse, encarnizarse en la descripción. Y en las novelas de Claude Simon —probablemente las mejores del nouveau roman— lo que importaba, lo que arrastra y se lleva todo es precisamente ese arte infatigable y voraz de la descripción. Claude Simon es un heredero pero no un imitador de Marcel Proust. Le tocó asumir su vocación literaria y narrativa en un momento: el de las guerras civiles europeas que se inician primero con la guerra de 1914-1918, y luego con la de España en 1939, y que prosigue con la gran conflagración de la Segunda Guerra Mundial. "No soy un intelectual, soy un sensorial [...] Pienso mucho mejor en términos de arte que en términos de literatura", dice en su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura en 1985. Y al igual que muchos pintores y escultores del siglo XX (piénsese en Jean Dubuffet, con quien sostuvo una abundante correspondencia, o incluso en Constantin Brancusi), su deseo de dar cuenta de lo real se explica en función de un imperativo: "volver a lo elemental, a la materia de las cosas."
La biografía literaria de Claude Simon es rica y variada, como lo puede ser la de un escritor que dedicó su vida a escribir, principalmente, novelas, y que publica su primer libro Le tricheur a los veintiocho años, muere a los noventa y uno, y publica alrededor de unos veinte títulos. Aunque hizo su entrada al mundillo literario bajo los estandartes de la "nueva novela" francesa de los años sesenta, en la compañía de Nathalie Sarraute, Alain Robbe-Grillet, Michel Butor, los lectores convienen en que el Claude Simon más atrayente es el de los inicios y sobre todo el del final —con la novela El tranvía, aparecida en 2001. Se reconoce que la espiral obsesiva de su estilo, el rigor descriptivo y el ingenio formal con que va compaginando dentro del relato formas y figuras, hacen de su obra un juego literario de altos vuelos donde ni la historia —con mayúscula y minúscula— ni la experiencia pierden intensidad o interés. El fraseo armónico de las cláusulas narrativas, el calculado tartamudeo, la construcción y deconstrucción de la memoria son parte esencial del gran juego de una obra escrita para despertar y no perder de vista lo concreto. Una obra no gobernada por el sueño, sino por la contemplación entrevista de lo concreto.

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En los países de lengua española, la "nueva novela" coincidió con dos movimientos tan pronto paralelos, tan pronto convergentes: de un lado el surgimiento de una narrativa experimental en Hispanoamérica que terminaría apellidándose boom latinoamericano; otra rama del árbol experimental literario en Latinoamérica la encarnarían Severo Sarduy, Salvador Elizondo, Julieta Campos, José Donoso, entre otros. Del otro lado, en España, Ana María Matute, Juan Goytisolo, Carmen Laforet, Raquel Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite serían contemporáneos de los escritores franceses etiquetados bajo la rúbrica del nouveau roman. Un dato relevante: los novelistas franceses, por tradición, por ignorancia del idioma español o por cualesquiera otras causas, no leerían ni a los españoles ni a los latinoamericanos. En cambio, los latinoamericanos leerían a los franceses y a los españoles (a veces paradójicamente en francés, dadas las dificultades increíbles para conseguir, hasta hace muy poco, libros de autores españoles en América Latina).
A la hora de leer las diversas necrologías escritas con motivo de la muerte de Claude Simon, llama la atención la falta de comparaciones y contrastes; también, en otro sentido, la falta de un juicio literario más radical y profundo que la mera euforia de la salutación fúnebre. ¿A qué se parecen las novelas de Claude Simon —para sólo hablar de él? Tengo para mí que no sólo hay en su obra el ascendiente obvio de un Marcel Proust o de un François Mauriac, sino sobre todo el imán de la novela alemana (Broch, Musil) y la arraigada convicción de que la narrativa se había quedado un tanto rezagada en cuanto a invención e innovación con respecto a la poesía (por ejemplo la de Pierre Reverdy o Guillaume Apollinaire) y por supuesto atrás, muy atrás, de la pintura. De otro lado, entre las obras de la nueva novela francesa, cabe decir que la de Claude Simon va a contracorriente de la austeridad insípida de un Alain Robbe-Grillet o de ciertas obras de Marguerite Duras.
Si se dice que la novela francesa está en crisis y que no tiene mucho porvenir —a pesar de que se publican quién sabe qué cantidad de novelas al año, y de que este decir es un lugar común que se arrastra desde hace más de cien años, es decir desde Rémy de Gourmont, por lo menos—, ¿es o no Claude Simon parte de esa crisis?, ¿forma o no parte de ese vacío producido por la necesidad de contar algo y la dificultad de hacerlo? ¿Cómo se explica que las novelas de Francia sean cada vez más un fenómeno local, un episodio nacional, y que muchos de los mejores escritores franceses no sean nativos de Francia (Beckett, Cioran, Yourcenar, Michaux, Ionesco, Glissant)? En cambio, se debe conceder que hasta los años ochenta y noventa, la teoría literaria se portó muy bien, y que Michel Foucault, Jacques Derrida, Roland Barthes han tenido una notable influencia en las Américas (Estados Unidos, América Latina, Canadá, etc.) ¿Hasta qué punto los escritores franceses se mimetizaron y camuflaron con sus teóricos para ilustrar, consciente e inconscientemente, el producto más vendido de la época-país que les tocó vivir, es decir la teoría? No me cabe duda en ese sentido de que, bajo el paraguas del nouveau roman, prosperó algún maestro de la falsificación y del contrabando verbal. Pero Claude Simon, como Beckett, como la Duras, es otra cosa y su hora todavía está por llegar: todavía lo tiene que traducir (¿al español?) un gran escritor y hacerlo suyo.

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Música
El mar cumple cien años
por Mario Lavista

La musique souvent me prend comme une mer.
-Baudelaire


En el verano de 1903, Debussy le escribe a su amigo, el director de orquesta, André Messager:


He comenzado a trabajar en tres bocetos sinfónicos intitulados: 1.- Bello mar de las islas Sanguinarias, 2.- Juego de olas, y 3.- El viento hace danzar al mar. La obra se llama El mar. Usted bien sabe que yo estaba destinado a la hermosa carrera de marinero y que sólo los azares de la existencia me obligaron a ir por caminos diferentes. He conservado, sin embargo, una sincera pasión por Él.


Habrían de pasar poco más de dos años para el estreno de la obra.
En esa época, Claude Debussy era aún el exitoso compositor de la ópera Pelléas y Mélisande —basada en la obra de teatro de Maeterlinck—, y se esperaba de él una música que continuara el lenguaje de Pelléas. Mas se sabe de su marcada animadversión a repetirse a sí mismo de obra a obra. "Si eso sucediera, decía, me dedicaría inmediatamente a cultivar piñas en mi cuarto". Nunca lo tuvo que hacer: con la música de El mar, el compositor renovó su lenguaje musical una vez más y se alejó para siempre de la sombra de Mélisande.
Conocemos por la correspondencia con su editor Jacques Durand, las numerosas rectificaciones y no pocos cambios que sufrió la obra durante el proceso compositivo. Es así que rehace completamente el final de "Juego de olas", pues, según él, "la primera versión no se sostiene ni de pie ni de ninguna otra forma"; dedica los últimos meses de 1904 a perfeccionar la orquestación, la cual es "tumultuosa y variada como el... mar! (con mis disculpas para éste último)"; el tercer movimiento se convierte en "Diálogo del viento y del mar", el primero en "Del alba al mediodía en el mar", título que haría decir a Erik Satie, con su habitual ironía, buen humor y mala leche, que a él le gustaba sobre todo lo que sucedía al cuarto para las once. Finalmente, en la primavera de 1905, le escribe a Durand: "Puede usted estar tranquilo, querido amigo, he terminado El mar". Debussy le envía el manuscrito y le pide que el grabado de Hokusai, "La ola", sea la portada de la primera edición de la partitura. El estreno tiene lugar en París, el 15 de octubre de ese año, bajo la dirección de Camille Chevillard, en la temporada de los Conciertos Lamoureux.
A primera vista, El mar no podría ser considerada como una obra revolucionaria, esto es, como una obra profundamente radical en sus fundamentos estructurales. Su lenguaje es, en más de un sentido, ajeno al radicalismo sintáctico y gramatical de una obra como las Cinco piezas para cuarteto de cuerdas, op. 5, de Anton Webern, o de las Seis piezas para orquesta, op. 16, de Arnold Schoenberg, ambas escritas, al igual que El mar, en la primera década del siglo pasado. Los títulos mismos de cada uno de sus movimientos evocan en el oyente un mundo, un discurso musical, susceptible de ser descrito, escuchado, en términos figurativos y realistas. No obstante, más allá de consideraciones descriptivas, por otra parte perfectamente válidas para poder tener una audición intensa y gozosa de la música, El mar, en su dilatada "geografía", encierra un elemento único y esencial, propio de su naturaleza. Me refiero a la presencia de un diálogo, de un incesante ir y venir entre el presente y el pasado. La obra oscila constantemente entre el ayer y el hoy, dando lugar a una narrativa musical que tiene que ver más con el paso del tiempo que con asuntos meramente anecdóticos.
En el personalísimo lenguaje de El mar, hay siempre fragmentos del pasado: cada elemento o "parámetro" musical cumple puntualmente con esta suerte de peregrinaje en el tiempo. Lo atestiguan ciertas técnicas o gestos tradicionales que trazan, junto a elementos innovadores, la singular geometría sonora de la pieza. Mencionemos las frecuentes repeticiones y recapitulaciones en un contexto donde la invención se renueva constantemente; los pasajes con una estructura rítmica regular al lado de sorprendentes y complejas texturas polimétricas; la presencia de temas, quiero decir, de contornos melódicos y rítmicos perfectamente delineados, que conviven con grupos o células de sonidos, verdaderos arabescos sonoros, cuya fugaz aparición se asemeja a un reflejo de luz; sin olvidar el empleo constante de acordes por terceras, que no es otra cosa que un tipo de estructura interválica que, como se sabe, define el marco teórico de buena parte de la música occidental, en particular aquella cuyo lenguaje conocemos con los nombres de modal y tonal. Pero en Debussy los acordes casi nunca se encadenan obedeciendo a la retórica tradicional, los suyos son acordes ingrávidos, acordes que, valga la expresión, "flotan sobre las aguas" sin que ninguna necesidad de causa y efecto los obligue a ir a un determinado lugar: son acordes que vagan libremente.
En cuanto a los procedimientos tradicionales de orden temático y repetitivo, señalemos algunos pasajes: la majestuosa conclusión a la que llega la obra por medio de la reexposición del coral con el que termina el primer movimiento y de la repetición del llamado tema cíclico que recorre los tres movimientos, tema que escuchamos por primera vez, con un corno inglés y una trompeta, al inicio de la pieza. Habría que mencionar, asimismo, el tema de los cornos en el primer movimiento, el cual se presenta tres veces, sin variación alguna y siempre en los cornos. La manera como Debussy maneja éste y todos sus temas lo acerca al modo de operar de Claude Monet cuando pinta, a través de varios cuadros, la cambiante luz que incide sobre una catedral a diferentes horas del día. En "Del alba al mediodía en el mar" los cornos enuncian el mismo tema, el mismo objeto sonoro, sin cambio alguno en su fisonomía. Lo que varía en cada una de sus apariciones es la orquestación, es decir, las sutiles gradaciones del color y de la luz que lo rodean e iluminan. En su invariabilidad y unicidad, el tema cantado por los cornos cambia de rostro gracias a las diferentes e inusuales combinaciones orquestales de luz y sombra que inciden sobre él: es el color el que modifica su apariencia.
Debussy mismo comparaba su trabajo con el de los pintores, y, según algunos biógrafos, consideraba El mar como una obra que reflejaba y expresaba las teorías impresionistas de manera más completa que los pintores. "Esto puede ser posible —le escribe a su hijastro Raoul Bardac— gracias a la ventaja que tiene la música sobre la pintura, en el sentido en que puede mostrar a la vez todos los cambios de luz y color". De ahí que la música del primer movimiento transite, a través de evanescencias y luminosidades, de una casi imperceptible bruma sonora al metálico estallido del sol, o que en "Juego de olas" escuchemos las más delicadas y exactas progresiones de color, de brillos y reflejos, de una ola en movimiento. Debussy capta, por medio de finas e infalibles pinceladas, el chiaroscuro de este mar siempre cambiante. "Juego de olas" es una perpetua danza del color donde nada permanece inmóvil, la música transcurre en medio de tenues, y también violentas, coloraciones de las aguas. Aquí el sonido, diría Neruda: "no puede estarse quieto / me llamo mar".
De esta manera, la imaginación, la fantasía, la inspiración pues, de Debussy, aunada a un perfecto dominio del oficio, renuevan el arte de la orquestación, convirtiendo al grupo de instrumentos en un cuerpo de luz y sonido de una sorprendente ductibilidad y maleabilidad, y con una asombrosa capacidad para producir atmósferas, texturas, sonoridades, matices, colores nunca antes escuchados. En una carta a su editor, le escribe: "El mar ha sido generoso conmigo, me ha mostrado todos sus ropajes". Es así que la técnica contrapuntística —la simultaneidad de líneas melódicas— se transforma en manos de Debussy, en una certera polifonía de colores. Dejemos por un momento a la orquesta y pensemos en una pieza como Campanas a través de las hojas para piano. Hay ahí un entrecruzamiento de timbres diferentes en el que cada registro o región del instrumento genera su propia luz, su personal atmósfera. Lo que escuchamos no es únicamente la red de melodías superpuestas, sino más bien un hermoso tapiz entretejido por finas y seductoras combinaciones de color.
El mundo de brillos y reflejos, de brumas y sombras, que recorre a El mar, nos pide escuchar la música de manera diferente: nuestra atención debe concentrarse en el tejido polifónico de colores. Además, en el nuevo entramado musical, el timbre alcanza la misma jerarquía que los otros parámetros musicales —tales el ritmo y la armonía—, actuando también como un elemento vital e imprescindible en la articulación de la forma. Más aún, el desplazamiento, a diferentes velocidades, de los efectos orquestales, y los incesantes e imprevisibles movimientos de luz y sombra, dan lugar, sobre todo en "Juego de olas", a un discurso cuya forma misma parece ser engendrada a medida que transcurre la música. Debussy concibe la forma musical, no ya como un arquetipo o modelo preexistente, sino como un constante devenir que se confunde con el proceso mismo de la composición. Esta innovadora concepción de orden formal será determinante en la definición de numerosas técnicas, escuelas y tendencias que darían a la música moderna del siglo XX su rostro múltiple y plural.
Para concluir, observemos, escuchemos, cómo las cambiantes y elusivas coloraciones de El mar inciden en el amplio abanico de técnicas y procedimientos tradicionales que hemos mencionado. La singularidad de su luz ilumina, por igual, los fragmentos del pasado y la invención del presente, creando un diálogo tenso, inteligente, entre el antes y el ahora, entre lo figurativo y lo no-figurativo. En este sentido, la obra es, en verdad, una fascinante narración del tiempo —de la que está ausente el hombre: en El mar no hay seres humanos: anclada en el presente, vuelve la mirada, a veces furtivamente, al pasado. Pero en última instancia, quizá su grandeza y su profunda originalidad y belleza pertenecen a eso que llamamos, me parece que con acierto, el misterio del arte. Acaso, El mar encarna el anhelo de Debussy por representar, mediante un arte hecho de sonidos y de tiempo, la inmóvil eternidad: "mar sonoro" (Gorostiza) que nos envuelve con sus seductores y húmedos sonidos. Celebremos, pues, los primeros cien años de ese mar imaginado por Debussy.

Arte Conceptual
Eco, Narciso y los procesos fronterizos
por Fiamma Montezemolo

El mito de Narciso y Eco cuenta en parte la historia de todos los que trabajamos, describimos, representamos, intervenimos, buscamos síntomas sobre Tijuana: habiendo aprendido la lección de Derrida sobre la metamorfosis del joven que contempla su imagen en el estanque, creo que de alguna forma hay siempre un narcisismo, una reflexión hacia y sobre nosotros mismos en el encuentro con el "otro". En la activación de cualquier diálogo-interacción artística con un objeto-sujeto, sea una persona, un grupo, una ciudad o una situación, siempre hay una vuelta hacia nuestro yo: cualquier otro es en parte una excusa para esa búsqueda sin paz que el hombre hace de y en sí mismo.
Quizás la parte más original del mito de Narciso es la respuesta de Eco, de su enigmático interlocutor: más que concentrarse en la historia de amor, hay que subrayar la importancia de la relación entre la imagen de Narciso y la voz de Eco. Es el momento en que la voz de la segunda se expresa en una repetición imposible en que Narciso pierde parte de su poder, porque Eco nunca repite lo mismo en realidad.
Lo que quiero decir es que el momento más interesante de la muestra binacional "InSite05" no está tanto en las obras mismas y su notable organización binacional, como en los rastros personales que deja tanto en las respuestas o no-respuestas de los asistentes como en lo que quedará en los artistas mismos después de esta experiencia en sus yos.
"InSite" tiene una historia ya larga de intervenciones del espacio fronterizo entre Tijuana y San Diego, que se inicia en la primera edición del proyecto en 1992. Los directores ejecutivos de este complejo programa son M. Krichman y C. Cuenca, y el director artístico es Osvaldo Sánchez. "InSite05" ha activado su diálogo con el territorio hace casi dos años gracias a una serie de residencias de artistas invitados, y ha abierto oficialmente sus prácticas en el dominio público este pasado 26 de agosto. El último evento se celebrará el 13 de noviembre. Los patrocinadores son varios, desde la Andy Warhol Foundation hasta organizaciones privadas, pasando por instituciones como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes o el Centro Cultural Tijuana. "InSite05" se centra en cuatro componentes: hay la parte de las Intervenciones, curada por Sánchez, en la cual veintidós proyectos de artistas locales y de fuera han iniciado el diálogo con este "Site/Sitio" creando experiencias de dominio público; hay la parte museográfica llamada Farsite/Sitios Distantes, curada por A. Pedrosa, que reúne en dos distintos lugares (Centro Cultural Tijuana y San Diego Museum of Art) la obra de 52 artistas que trabajan narrativas urbanas, y cinco curadores adjuntos que trabajan proyectos documentales sobre cinco megalópolis de las Américas; hay la parte de las conversaciones: una serie de diálogos, conferencias organizadas con invitados especiales llamados a discutir temáticas relacionadas con el evento; y, finalmente, hay la parte mas específicamente visual/informativa de "InSite05", llamada "Escenarios" y que incluye un "Archivo Fronterizo" curado por Ute Meta Bauer, el proyecto visual "Elipsis" y un proyecto en internet.
La parte a la cual me he sentido mayormente cercana, por ser quizás la más afín a cierto discurso social-antropológico, es la de las "Intervenciones", o sea la parte que —como Narciso— produce el diálogo más duro y abierto con Eco —el contexto—, enfocada primariamente en dos conceptos: el proceso y la interacción (esta palabra es siempre parte del vocabulario de InSite) con diferentes interlocutores locales.
Hay proyectos artísticos más articulados; otros más débiles, más refinados, más ambiciosos, más interesados en penetrar el territorio, más estéticos, algunos más sociales. La lista es larga y compleja, pero la premisa es que casi todos tienen el mérito de poner un marco magritiano a ciertas imágenes-situaciones locales, de resaltar ciertas resistencias cotidianas de esta frontera, empezando el juego de espejos que activa Narciso, estimulando el diálogo en algunos casos y su negación en otros. Hay fenómenos que existen desde siempre aquí y que nadie notaba en su singularidad, pero que —con una nueva mirada— toman forma en el sentido de que se hacen evidentes en su utilidad local, como es el caso de los maleteros que existen claramente antes de "InSite", pero que no habían sido formalmente reconocidos y que Mark Bradford detectó.
Las "Intervenciones" cubren varias temáticas: hay artistas que eligieron trabajar con niñas de la calle y personas con problemas de adicción, tratando de estimularlos a autorrepresentarse con una videocámara (Itzel Martínez del Canizo); hay quien trató el miedo, expresión emocional típica de esta frontera (Antoni Muntadas); hay quien interactuó con migrantes construyendo espacios para ellos (J.M. Martín) o zapatos especiales para brincar muros cada vez más difíciles de alcanzar (J. Werthein); hay quien construyó su discurso a través de la creación de talleres de ropa que refleja las preferencias en el vestuario local (BULBO); y quien se enfocó en la difusión de un rumor positivo que se debería desperdigar en la zona fronteriza de manera artificial, para ver sus efectos sociales y comunicativos (Mans Wrange); hay quien ha intentado hacer más visibles a los invisibles fronterizos que cruzamos como autómatas esta conflictiva frontera —con un botón asegurado a la ropa (R. Mano); y quien ha trabajado más a un nivel ecológico (SIMPARCH); o estético-urbano, como es el caso de los originales "Jardines de Playas de Tijuana / la Esquina", que hacen más vivible el espacio pegado a la barda fronteriza (Parral-Glassford); hay quien ha tomado el discurso del hospital psiquiátrico, del circo, hasta llegar a disparar un hombre-bala de un lado al otro de la frontera, como eje central de su proyecto (J. Téllez). Y mucho más se podría añadir a esta ya larga serie de proyectos.
Si el verdadero viaje está más en la mirada que en la geografía novedosa, "InSite" sin duda lleva nuevos ojos a esta zona, aun sea nada más provocando al contexto, a veces hasta llevarlo a iniciativas paralelas. Ése es el caso del Para-site de M. Ramírez Erre, en donde fueron invitados —en el mismo primer fin de semana de inauguración de "InSite05"— una serie de artistas alternativos al proyecto institucional; o el de la intervención critica en las señales del cruce fronterizo de H. Yépez y J. Otis.
Si el fin de toda la exhibición es un proceso real de interacción con varios fragmentos de la zona, aún no podemos saber cómo Eco reelaborará el mensaje de Narciso. Eco, por prohibición divina, no podía hablar por sí misma, pero dice Derrida que, en su enamorada e infinita inteligencia, encuentra la forma para, repitiendo las últimas sílabas de las palabras de Narciso, apropiarse de los términos para que conformen una respuesta. El asunto más importante aquí es, entonces, la obtención de un resultado que no sea solamente estético sino también ético-social. El arte contemporáneo parece de alguna forma ir en la misma dirección: hacia una poética de lo áspero que sea algo más que un simple acto instantáneo y que pueda perdurar en sus propios términos. El proceso de "InSite" se inicia con la aproximación de los artistas a la frontera y debería seguir después de ellos, en las futuras reacciones de ella a sus intervenciones para que ese proceso no sea de un solo sentido. ¿Cómo reinterpretarán su experiencia las niñas que trabajaron con Itzel? ¿La videocámara habrá llevado una esperanza a sus vidas o se frustrará más esa ilusión con la dureza de cierta realidad tijuanense? ¿Los pacientes del psiquiátrico se quedarán con una idea diferente de "nosotros" los que estamos afuera, y nosotros aprenderemos a no verlos en oposición a una supuesta identidad "sana", que se permite encerrarlos en nombre de esa suposición creando circos? ¿Los jardines se volverán un lugar de encuentro para la comunidad local? ¿El miedo que vivimos aquí todos los días alcanzará a llegar a Washington D.C. para que el cruce se haga más visible y más humano?
La otredad tiene miles de formas. Hay la étnica, la de género, la de clase, la experiencial, la psíquica y muchas más. El problema es reconocerla ahí donde es creada y donde contribuimos a crearla nosotros con nuestras representaciones-interacciones-intervenciones, y saber que asumimos una responsabilidad al llevarlas a cualquier marco.
El artista tiene un papel de crítico social, además del de creador estético. Osvaldo Sánchez habla del ser aliados en un acto de imaginación. El artista, activando o intentando activar algo en ciertos otros, no acaba su trabajo, porque su carga involucra ciertas responsabilidades futuras, incluyendo la de haber dado voz al otro a través de su presencia y de permitir que ese otro siga teniéndola. ¿Es éste un arte consciente de esta responsabilidad? Y, en fin, ¿estas otredades elegidas por el artista —los pacientes del psiquiátrico, las niñas, los migrantes— son más representativas socialmente porque llevan una carga de marginación más genuina, como dice H. Foster, o porque en parte reflejan nuestras propias experiencias de vida? ¿Eco no será siempre parte de la proyección de Narciso? ¿No son los mismos artistas en parte el producto de las experiencias migratorias, psiquiátricas, emocionales, políticas que sienten o detectan en los otros? Narciso y Eco son parte de la misma otredad, son el familiar-extraño, lo uncanny freudiano.

Colette
por María Minera

En este momento Colette es quizá lo mejor que puede verse en los escenarios de esta ciudad. Es una obra técnicamente irreprochable. También es convencional y un poco ingenua. A pesar de ello, o por lo mismo, es uno de los ejercicios más coherentes y serios de nuestra cartelera. No es excesiva ni insuficiente, transcurre de principio a fin sin tropiezos, las actuaciones son todas eficaces; la producción es acertada y el texto, elocuente. Y sin embargo nada en Colette nos conmueve demasiado. Tampoco nos sorprende. Todo es incluso un tanto predecible. Esto puede tener que ver, para empezar, con el género mismo. Así como el suspenso se sostiene mucho mejor en la pantalla grande que sobre un escenario, las biografías deberían tal vez estar confinadas a los libros y a la televisión. Podríamos decir que la vida es el asunto del teatro, pero me temo que se necesita mucho más que una biografía notable para tejer una buena trama. (A veces, de hecho, se necesita mucho menos que eso.) Y no hay atajos. Que alguien se haya tomado la molestia de colmar su vida de sucesos interesantes es una cosa; que esos sucesos puedan convertirse en material dramático es otra.
Tampoco pretendo sugerir que no pueda hacerse una buena obra de teatro a partir de una semblanza conocida. Una de las mejores muestras de la dramaturgia reciente es Taking sides, de Ronald Harwood, que toma como pretexto —y nada más— la ambigua presencia del director de orquesta alemán Wilhelm Furtwängler en la Alemania nazi para extraer cada gota posible de drama de lo que al final no es sino una discusión filosófica. Es decir, y para no dar más vueltas, ¿cuál podría ser el sentido de representar, el día de hoy, la vida de la escritora francesa Sidonie-Gabrielle Colette? ¿Qué zona de nuestra existencia podría ser iluminada? El único interés, me parece, de retomar la vida —y no la obra, que ésa es otra historia— de algún sujeto famoso no puede ser otro que el de ganar algo para la escena, algo que no podría ser puesto en boca de un personaje común y corriente. Una idea, una visión de una época que nadie más podría encarnar. Aun así, el peligro de caer en el mero didactismo es grande y ésa nunca ha sido la tarea del teatro. Pero sí explorar los misterios de la existencia. Dilemas morales. Las relaciones complicadas, incluso entre instancias abstractas como la política y el arte, que fue lo que hizo Harwood. Al final, puesto de manera burda: el teatro es conflicto. Quedarse o no en la Alemania nazi. Matar o no a Claudio. Esperar o no a Godot. Si lo que el autor busca lo tiene Virginia Woolf o Ronald Reagan, perfecto. Si no, ¿para qué meterse en problemas? Para eso tenemos los espléndidos documentales dramatizados de la BBC.
Dicho todo esto, ahora veo que acaso el problema principal de Colette sea que carece de conflicto dramático. Y tampoco es realmente teatral (pienso en Beckett, profundamente antidramático pero siempre teatral. En él, la representación es el drama). Sí, hay una trama: el viaje que emprende una mujer sometida a los caprichosos designios de un marido infiel hacia su emancipación. Cuántas veces hemos visto esta historia representada. La cuestión aquí es que esa mujer no sólo se llama Colette, que bien podría tener cualquier otro nombre, es Colette, la gran escritora francesa. Me parece desde luego mucho más interesante recurrir a ella que volver al cuento de la mujer ordinaria que se libera de la sujeción de un hombre idiota (para eso, además, ya tenemos a Ibsen). Por desgracia, los asuntos sobre los que se podría reflexionar a través de la figura de Colette quedan aquí apenas esbozados. Peor: quedan sólo dichos. Explicados. Como por ejemplo las ideas brillantes y revolucionarias de Colette sobre el ejercicio teatral, que ella misma menciona casi al pasar.
La obra da inicio cuando una mujer llega al famoso salón de belleza de Colette. Sin preámbulos, la escritora comienza a contarle su vida. Y, en un extraño "corte a", pasamos a ver eso que le cuenta. La cliente está casi todo el tiempo sobre el escenario, como un fantasma con tubos en la cabeza que, imagino, es el recurso ideado por el director para señalarnos que lo que vemos es en realidad un recuerdo. Al final, ya de regreso a la peluquería, Colette hace un resumen de lo que le ocurrió en la vida a partir del punto en el que termina la escenificación de sus memorias. Este recurso, además de ser cinematográfico, i.e. ajeno al teatro, es redundante. La pequeña historia que ocurre en medio debería bastar. Al público no tiene por qué importarle lo que le haya sucedido antes o después a la protagonista. La narración —casi diría: el montaje— es innecesaria, tanto como una respuesta a una pregunta que nadie ha formulado. Todo el tiempo parecería que Colette está a punto de decirle a su cliente/público: "No sé por qué le cuento todo esto." En efecto, nosotros tampoco. ¿Por cortesía? La gentileza, me temo, es para las señoritas decentes, no para el teatro, y mucho menos para Colette.
A estas alturas puede parecer que es imposible sostener la entrada de esta nota. Al contrario, vuelvo a ella: Colette es lo mejor que puede verse ahora. Es un ejercicio que cumple con suficiencia lo que se propone: contar un fragmento de la vida de esta "heroína de la Belle Époque", como se la define en el programa de mano (muy informativo, por cierto). Pero ésa es de por sí una propuesta convencional. Aunque la disfracen a ratos de atrevida —desnudando a todas sus actrices—, ni el modo de tratar el texto, ni la presentación del asunto son novedosos. Pero no siempre se tienen ganas de pasarse una tarde contemplando novedades que no acaban de tener ni pies ni cabeza. A veces se puede querer ir al teatro sólo para pasar un rato amable. Y eso, si no se tiene particular interés por conocer a fondo a Sidonie-Gabrielle Colette, ni a su Belle Époque, es lo que se nos ofrece aquí.

Cine
Donostia 2005, catálogo de entomología
por Fernanda Solórzano

Apenas arrancado el Festival de San Sebastián leí en la revista Variety lo que el crítico Todd MacCarthy consideraba el problema a la hora de cubrir un Festival tan desbordado como el de Toronto. Lo llamaba el problema del elefante, al que todos creen que conocen cuando en realidad sólo pueden tocar una parte de su cuerpo. En otros festivales, pasaba a decir, uno podía ver casi la totalidad de la sección oficial (Toronto, que no es competitivo, carece de ella), más dos o tres películas de secciones paralelas y hacer entonces un diagnóstico del momento actual del cine.
No entendí en ese momento —y era apenas la hora del desayuno— si el elefante era el momento actual del cine, el festival de Toronto, o una metáfora de lo inabarcable a la hora de valorar. No era importante, pensé, porque el animal al que yo me enfrentaba era sin duda mucho más pequeño y fácil de domesticar. Con veinte películas en competencia, y el hecho de que su selección es mucho menos estelar (se celebra en septiembre y no puede aspirar al estreno de las películas más esperadas de directores de prestigio mundial), San Sebastián tiene las ventajas derivadas de su bajo perfil: la sección oficial es más democrática, artísticamente hablando, a la vez que su sección Zabaltegui recoge lo sobresaliente de los Festivales de Categoría "A". La sección Horizontes Latinos hace un compendio de lo mejor de las cinematografías habladas en español, y sus retrospectivas temáticas y de autor son indicativas de aquello que se considera digno de revalorar.
Con esa tranquilidad de ánimos —el festival no era un elefante, y si el elefante era el estado del cine podía verlo desde unos metros atrás— me llegó el día de clausura y, con ella, la intuición de una metáfora zoológica peor: si un festival dicta la taxonomía de nuestras creaciones y gustos en cine, este año San Sebastián era un catálogo de entomología. La nómina de la sección oficial parecía confirmar la consigna del director actual: negar del cine todo lo que lo vuelva un reflejo de lo inaccesible o ideal, y dar la espalda a personajes que emanen grandeza. Una tras otra, con excepciones contadas, las películas de la competencia eran apologías del anticlímax y negaciones del hombre favorecido por algo que no dependa de su trabajo o de su voluntad. Si bien la épica del hombre común —el antihéroe simpático, las batallas de cotidianidad— ha reflejado desde hace décadas la intención del cine de bajarse de su pedestal y su estatus de mito, un grueso de películas recientes se han empeñado en hacer retratos minuciosos de la carencia y el antiglamour. No es sólo que frente a ellos el espectador se mire a sí mismo: se trata de asomarse a vidas sin visibilidad.
Esto lleva al desconcierto a la hora de juzgar. Mientras que la Concha de Oro de la edición pasada (Las tortugas pueden volar, de Bahman Ghobadi) fue unánimemente aplaudida por empatía con los niños de la guerra, y la del año antepasado (Schussangst, de Dito Tsintsadze), unánimemente abucheada por su desprecio a los hombres que matan, la ganadora del 2005 era la historia de hombres pequeños, que sufren por problemas pequeños, que causan daños pequeños y cuya felicidad nos da un poco igual. Se entiende que la pequeñez es un puente a la grandiosidad, y que el problema de la ganadora no es el relativismo de los términos sino la falta de originalidad. Después de que Anjelica Huston, presidenta del jurado, leyera el acta del Palmarés, siguieron algunos segundos de un silencio que nada tenían que ver con el asombro o a la reprobación. Era más bien un silencio para pensar mejor: para acordarse de la mentada película, que seguro estábamos confundiendo con alguna deslavada y menor.
Luego comprobamos que no, que no confundíamos nada, y que Algo parecido a la felicidad era esa película checa memorable por su rara calidad de no ser memorable en nada. A falta de argumentos en contra uno optaba por mejor aplaudir. Parecía que nadie tenía una respuesta a "¿Y por qué no?"
No había respuesta por varias razones. Una de ellas es que la película ganadora no era quizá la mejor, pero sí la que mejor exponía el tema que en la competencia oficial se había revelado como presencia terca: la vida de hombres-insecto, entre más insignificantes, mejor. Vecinos de una colonia industrial de la República Checa, los personajes de la Concha de Oro Algo parecido a la felicidad, del checo Bohdan Sláma, no sólo eran hombres y mujeres comunes sino infelices, inestables y pobres. Parientes perdidos de los polacos sufrientes de Krzysztof Kieslowski, estos otros europeos del Este tenían clones igual de anónimos en otras películas de la sección oficial: en Obaba, de Montxo Armendáriz (basada en la novela de Bernardo Atxaga, sobre la vida de pueblerinos grandiosos en su pequeñez); en la danesa Manslaughter (el deterioro moral de un hombre adúltero cuya amante asesina a otro hombre); en Verano en Berlín, de Alemania (ganadora del Mejor Guión, sobre dos mujeres solitarias y la tragicomicidad de sus días); en la eslovena Gravehopping (las interacción entre un recitador de textos fúnebres y sus perturbados vecinos), en Je ne suis pas là pour être aimé (un encargado de ejecutar embargos se enamora de una mujer infeliz) y la más lograda de su tipo Sud-Express, coproducción entre Portugal y España, convergencia de historias alrededor del tren que une París con Lisboa, todas crónicas desafectadas de vidas aburridas y duras.
Todas éstas podían ganar, y todas, a la vez, perder. Nadie se lo preguntaría ni a nadie le importaba en verdad. Había sólo una pregunta en el aire, que rápido se podía responder: ¿Por qué nada, ningún premio, a la ingeniosa A Cock and Bull story, del inglés Michael Winterbottom, a estas alturas perdedor reiterado de San Sebastián (el año pasado concursaba con Nine Songs, que ganó Mejor Fotografía, eufemismo para "no ganó")? Porque si algo no hacía Winterbottom era ceder ni ante la miniatura ni ante la tentación de magnificar. Una adaptación del inadaptable Tristram Shandy de Sterne, A Cock and Bull Story es un juego autorreferente, fiel a la estructura visionaria del original. A diferencia de la vencedora, es más parecida al cine que a la vida y a sus modestas aspiraciones a la felicidad. Un pecado de soberbia, en fin, en el contexto del Festival.
Esto por no hablar de Gilliam, el único que desafiaba los paradigmas. Entre silbidos, esos sí rotundos, Tideland obtuvo el premio Fipresci de la crítica especializada. A diferencia de los otros premios, aquí todos ubicaban el título y a su director.
También en concurso oficial, la película narraba la historia de una niña pizpireta, hija de padres yonquis, cuya mirada limpia le volvía natural preparar jeringas de heroína y, pasado lo que tenía que pasar, jugar con el cadáver disecado de su papá. Del total de la gente que asistió a la función de Tideland —sala llena: se trataba de Gilliam—, la mitad vio la película completa. La otra mitad —a la que Gilliam calificaría de estúpida— fue abandonando la sala, hasta hacer cola en la salida del cine. Los porteros de la corrección política, que pueden ver en películas violaciones y muertes siempre y cuando se vean en contexto, explicaban que era impermisible mostrar a una niña de nueve años preparando, amorosamente, la dosis para sus papás ("el morbo", decían. "Lo insoportable es el morbo"). Otros señalaban que el punto flaco de Gilliam seguía siendo, como en sus otras películas, el regodeo en la desmesura (que una cabecita de Barbie le hable a otra cabecita de Barbie durante varios minutos) y, como consecuencia, los baches en la línea de acción.
Así como nadie sabía bien a bien qué era lo loable de Algo parecido a la felicidad, nadie sabía tampoco qué era lo imperdonable de Tideland. Entre los suéteres luidos de los obreros checos y las menores pero lejanísimas aventuras del caballero Shandy, Gilliam le restituyó al cine su licencia para perturbar.

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Nueve orgasmos, de Michael Winterbottom
por Fernanda Solórzano

En inglés se llama Nueve canciones. Si se juntaran los títulos en ambos idiomas, se tiene, a grandes rasgos, el argumento de la película. Nueve escenas que muestran los encuentros sexuales explícitos de una pareja, son intercaladas con escenas de los nueve conciertos de rock a los que asisten cuando deciden abandonar la recámara. Así narrada, esta película del inclasificable Michael Winterbottom suena como una visita indecisa, desde el control remoto y sin necesidad de pagar el boleto, a una película porno y la programación de MTV. Por eso hay que verla y no sólo leer sobre ella aquí. El genio de Winterbottom es darle la vuelta a los tópicos y hacer de la nostalgia —no el sexo ni la música— el atributo de una película más compleja que sus predecibles cargos por provocación.

Sueños mortales, de John Maybury
por Mauricio Montiel Figueiras

Parte del boom alrededor de las dislocaciones mnemónicas y temporales, la inmersión del británico Maybury en aguas hollywoodenses plantea un viaje a la construcción y deconstrucción amorosa accionado por un tratamiento psiquiátrico que se cimenta en la camisa de fuerza a la que alude el título original (The Jacket). A caballo entre un presente claustrofóbico y un futuro incierto, un veterano de la Guerra del Golfo (Adrien Brody) se vuelve adicto a una gaveta forense, mediante la cual emprende una carrera contra el reloj que lo lleva a asumir el papel de falso augur en la época de la que anhela fugarse para reunirse con la mujer (Keira Knightley) cuya existencia alterará aunque ella lo ignore. Kris Kristofferson da magnífica vida al creador de la gaveta transformada en máquina de H. G. Wells.


El exorcismo de Emily Rose, de Scott Derrickson
por Fernanda Solórzano

Heredera en línea directa de la treintañera El exorcista, la historia de un exorcismo es narrada —su novedad— como un problema legal. Basada en un hecho real (los cargos por homicidio imputados a un sacerdote), El exorcismo de Emiliy Rose es una mezcla entre el género de tribunales y el de horror. El pragmatismo de los argumentos legales incluye al espectador en su derecho de no tomar partido por lo sobrenatural ni por la religión; el punto de vista subjetivo de la joven poseída, cumple las expectativas de quien busca experimentar el terror. En esa doble medida, la película complace a todos. Lo mejor, sin duda, la actuación de Jennifer Carpenter como demoniaca contra su voluntad, y la verosimilitud —nada efectista— de su transformación exterior.

El jardinero fiel, de Fernando Meirelles
por Mauricio Montiel Figueiras

Digno ejemplo de lo que el thriller logra cuando se adentra en la naturaleza humana y sus laberintos éticos, la obra de David Cornwell alias John le Carré ha corrido con fortuna en el cine. Pese a algunos vicios heredados de Ciudad de Dios —edición y fotografía neuróticas, saturación cromática—, el brasileño Meirelles se suma con decoro a la lista de directores que han adaptado al escritor. La ordalía de un diplomático melancólico (Ralph Fiennes) que busca esclarecer la muerte de su esposa (Rachel Weisz), una activista atormentada por los problemas de salud en Kenya, es el pretexto ideal para alumbrar las oscuras alianzas entre el gobierno británico y la industria farmacéutica. Romance de tintes políticos, el filme expone una de las grandes sombras de nuestro tiempo: el crimen corporativo.

Yes, de Sally Potter
por Fernanda Solórzano

En Yes, de la inglesa Potter, se conjugan en mismo número convenciones y trasgresiones. Las primeras son temáticas y hacen de la sinopsis un enemigo de la película: el affaire entre una científica norteamericana (fría y sofisticada) y un cocinero libanés (apasionado y pedestre), y la liberación de sus mentes y almas cuando deciden abandonar sus contextos, nada menos que viajando a Cuba, siendo la militancia cliché el talón de Aquiles de Potter. Las trasgresiones, hay que decirlo, salvan todo el asunto y la vuelven una película digna de ver y escuchar: distintos formatos y puntos de vista construyen un discurso visual mucho más interesante que el obvio, y el diálogo en pentámetro yámbico (la métrica de Shakespeare) permite que el placer fonético distraiga de los lugares comunes inevitables en toda metáfora sobre política y religión.

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